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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 16 de septiembre de 2021

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Confesiones de un periodo gris que pudo ser negro.

Reflexiones de los cambios que hemos podido experimentar tras el confinamiento.

Todos hemos tenido que superar algún momento difícil.
Todo el mundo ha pasado por situaciones complicadas, en mayor o menor medida, que han supuesto un enorme trastorno del día a día y una transformación brutal de la cotidianidad.
Y lo que es peor, muchos de nosotros todavía no lo hemos superado y llevamos arrastrando secuelas, que oscurecen las falsas luces de esperanza que el retorno de la normalidad intenta proyectar sobre nuestras mentes.
En este artículo voy a expresar mi opinión y la de una serie de amigos y conocidos sobre lo que ha supuesto el fin del confinamiento y el paso a la nueva normalidad. Por motivos obvios no voy a usar sus verdaderos nombres.
En mi caso es muy complicado de explicar.
Desde que tuve la capacidad de hacerlo sin que fuese contra las normas he salido de casa, he visitado a mis familiares, allegados, amigos, personas queridas. Siempre cumpliendo con todas las medidas necesarias y solo si ellos estaban cómodos haciéndolo.
He regresado a mis antiguos hábitos y he recuperado la normalidad en mi vida, porque mi vida tampoco era ciertamente espectacular o disfuncional, así que la nueva normalidad no es sino una prolongación de la antigua normalidad, pero con mascarilla y distancia social.
Sin embargo, noto algo en mi interior que no funciona como debiera.
He reflexionado para intentar averiguar dónde está el problema.
¿Por qué no me siento bien siguiendo con mi vida después del confinamiento?
Y la respuesta es tan sencilla como aterradora: Yo sigo confinado.
Físicamente soy libre, hasta donde las circunstancias externas me lo permiten.
Pero mentalmente sigo confinado. Sigo encerrado en mi casa esperando una solución a un problema que es posible que no llegue, intentando vivir con normalidad, o haciendo como que sigo viviendo con normalidad, pero en realidad viviendo con miedo ante una amenaza invisible que me ahoga por dentro.
Este es mi problema: soy libre, pero sigo confinado.
Mi amigo Eduardo lo tiene más complicado que yo.
Él es gay y bien parecido. No tiene pareja estable y su larga lista de conquistas era la envidia de nuestro grupo de amigos, claro está, extrapolando la situación a un grupo de amigos heterosexuales que solo envidiaban su facilidad para ligar, no sus relaciones con otros hombre.
Pues bien, para Eduardo esta situación sí que supuso un cambio radical en su forma de vida.
No solo es que estuviera casi tres meses sin continuar con su vida alocada y digamos promiscua.
Es que cuando nos hicieron creer que todo había terminado, ya era demasiado tarde y Eduardo tenía miedo a volver a su vida anterior en materia de conquistas y amantes.
Así que durante el confinamiento Eduardo sustituyó el contacto con otras personas por un sex shop gay.
Como era una persona sexualmente muy activa, cambió el sexo con otras personas con sexo con uno mismo.
Y como el sexo con uno mismo a la larga se puede hacer monótono, entonces comenzó a introducir en sus experiencias los juguetes sexuales para hombres homosexuales.
Un sex shop gay es una tienda erótica donde Eduardo puede encontrar cuando quiera diversos artículos y juguetes eróticos y sexuales, que le ayuden a disfrutar de sus relaciones sexuales en solitario.
Y lo más fácil de todo es que al tratarse de un sex shop gay online, Eduardo no tenía que salir de casa para comprar sus juguetes gays. Solo tenía que buscar en su ordenador y en dos días se lo llevaban a casa.
¿Qué encontraba Eduardo en un sex shop gay? ¿Qué era lo que le atraía, además de la gran variedad de masturbadores, dildos, anillos, lubricantes y vibradores?
Cuando se lo pregunté, Eduardo me confesó, con una expresión de paz en el rostro, que el contacto humano le había empezado a dar miedo, y que prefería sustituirlo por los juguetes sexuales para gays.
¿Ha cambiado Eduardo su forma de ser tras este negro capítulo de nuestra historia?
Podríamos decir que básicamente no ha cambiado. Le gustaba mucho el sexo y era sexualmente muy activo, y ahora sigue teniendo ambas características.
No han cambiado sus costumbres, sino la forma de llevarlas a término.
Pero Eduardo sigue mentalmente confinado, como yo. El miedo al contacto social le ha obligado a cambiar la promiscuidad por los dildos y masturbadores.
Por último, voy a hablar de mi amiga Eva.
Podría hablar de muchísima gente más, pero creo que con estos tres ejemplos es suficiente.
Eva es una persona muy física. Le encanta dar besos y abrazos a la gente. Siempre que nos veíamos me daba dos besos, aunque nos hubiéramos visto pocas horas antes.
La distancia social ha hecho mucho daño a Eva.
Ahora cuando me ve, o cuando ve a cualquier otra persona, se queda con una mirada triste en los ojos, señal de lo que piensa que debería estar haciendo y lo que en realidad hace.
Mientras que estamos todos hablando de nuestras cosas, Eva se ha vuelto más huraña.
Es como cuando enjaulan a un león y no le dejan disfrutar de la libertad de su jungla.
A Eva la distancia social la ha enjaulado, y se siente prisionera de una celda imaginaria que la rodea constantemente mediante una distancia de seguridad que por mucho que la irrite, debe cumplir por sus propias convicciones y por la responsabilidad individual.
Así que Eva también ha quedado confinada. Ella está confinada físicamente, aunque esté en un espacio abierto o rodeada de gente.
Mi caso, el de Eduardo o el de Eva, solo son tres pequeños ejemplos de mi entorno, de cómo veo yo a la gente que quiero después de superar una crisis que en realidad no hemos superado.
Ahí fuera hay millones de personas con millones de historias de sufrimiento interiorizado. Porque parece que tenemos que estar contentos porque lo peor ha pasado. Pero ¿y si no estamos en realidad tan contentos?
¿Y si este confinamiento ha sido una situación de la que ya no podremos escapar el resto de nuestras vidas?

 

 

Género al que pertenece la obra: Ensayo literario
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