Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Cartas de amor a Capa (I)

Estoy en una esquina del ramal, de pie, esperando que llegue el metro, con un cuerpo paralizado que me clava, poco a poco, el deseo más grande de mi vida. La mañana, como de costumbre, siembra en mi el pánico. Debí descansar algo, pero éste primaveral frío cala hasta el último átomo de pensamiento. Los nervios no dejándome respirar, hacen de mí una andante máquina de humo.
Pero son los ojos de la gente lo que me hacen desconfiar. Todos andan hacia un destino claro, sin preocupación alguna de a dónde puede llevarles el vagón de metro; sin embargo, mi destino está confuso. Aquí no hay magia que valga, no hay ríos de chocolate en los adentros del túnel; ni desde luego, una guía de instrucciones que me instruya en los pecados de la vida. Esto, es sólo una fría prueba de lo que me ha llevado el reclutamiento de la pasiva soledad. He terminado aquí por el insospechado encuentro de unas desconocidas letras que cautivaron mi pensamiento noche y día. Cada una de ellas, ha engullido con feroces mandíbulas de conocimiento -sin piedad ni recelo- el alma de este vanidoso cuerpo. Y ahora, me encuentro aquí, luchando, contra el temor más grande de mi vida. 
Es la primera vez que leyendo "salida" he encontrado significado. Salida: ¿salida hacia la luz o hacia el exilio? Sólo quedan pocos segundos para encontrarme ante unos ojos que jamás me han visto. Mi camino hacia a ti acaba. Queda subir esas dichosas escaleras, tan pesadas como la pena. No hay camino tan largo como el de mi larga espera. Subo sin pensar lo que pueda encontrar fuera.
A pesar del frío, he sido capaz de levantar la mirada del suelo. Rebusco, como hiena a su presa, tu perfecta figura. Ahí estás tú -apartado del resto- sentado en un muro, ajeno a mi tortura interna. Te he visto mirarme, no me he equivocado. Esa tan ferviente figura es la que tantos meses he esperado. Cruzo la calle, que me aparta de tu mirada.
Me ha abrazado, me he quedado sin palabras. Nunca probé tan dulce abrazo. ¿Soy yo la que esperabas? ¿No dejas de mirarme, o soy yo la que intenta encontrarte? No dejas de sonreírme, y yo encarcelada en mi clandestina cárcel sigo. Ojalá entraras en mi cuento, estoy repasando un guión que ni siquiera he escrito. Sonríeme, sonríeme porque la sonrisa es lo que me está enamorando. Sólo he llegado a descifrar un mensaje «¿Quieres ir a mi casa o prefieres la calle?» ¿Qué podía decir yo? El frío estancaba mis pies, y no he tenido más opción: «En tu casa, así no nos congelaremos». Otra sonrisa, me siento como si hubiera gano un premio. ¿Había una respuesta incorrecta?
Sentados hemos cruzado más clandestinas miradas. Me siento avergonzada porque no sé como asombrarte. Estoy estancándome más profundamente, nado -con angustia y sin esperanza- en un naufragio olvidado. Háblame tú, pues en el peregrino camino me perdí por tan dulce mirada. ¿Quién, sino tú, podrá sacarme de este escenario de lágrimas? Y, aún sin mediar casi palabra, sigues sonriendo a esta mendiga solitaria.
El humo se ha apoderado de mi fuerza. Ya no sé ni mirarte. Me escondo entre cojines, preguntándome de qué me escondo. La cabeza no para de darme vueltas, quedándome sólo con la facultad de observación. ¿Qué vagara por tu mente? ¿Qué es lo que realmente esperas? ¿Esperas una historia o sólo entretenimiento? ¿Ser o no ser yo, en tan esperado momento? ¿Estoy naufragando sola o también naufragas tú? 
« ¿Quieres mirar por el balcón?», «Tiene grandes vistas». Y -sin dudarlo- me acerco a ese pequeño balcón. Me he percatado de que, cada uno de los dos balcones, tiene nombre. Le pregunto y, cómo no, sonríe otra vez; «Son cosas de mi madre». Nunca tuve un balcón. Siempre pensé que debía ser maravilloso poder sentir la calle aun pisando los ladrillos de una casa. «Yo no tengo balcón». «Yo comparto el mío contigo», y su confianza apoderó mi corazón. 
El silencio no es incómodo. Reina un silencio austero, confiado y astuto. Minutos críticos en una historia inacabada. Empiezo a recordar, que en la soledad, el silencio es lo único que me acompaña. Siento decepción, me he convertido en un pesado papel vacío. Ahora mismo, aún pensando, no sé si existo. 
Hemos vuelto donde puede que acabe todo. Vuelvo a esconderme entre cojines, o eso he vuelto a intentar. Me estás matando poco a poco; dime algo que me haga avanzar. « ¿Te han dicho alguna vez que tienes unos ojazos?» ¿Eso es una señal? ¿Avanzo o no avanzo? ¿Me quedo aquí sentada o sigo sonriéndole sin descanso? ¿Por qué me pones a prueba injusto Eros? Me siento desamparada, inútil...desdichada. 
Han pasado así las horas. Hemos estado los dos inmóviles como piedras. Me ha prestado un libro. ¿Querrá volver a verme? ¿Por qué no dejo de escribir renglones torcidos? ¿Percibo también qué tú te escondes? ¿Te escondes de mí o de las palabras que no has dicho? Bajamos escaleras y, otra vez, hemos coronado al silencio. Escúchame por dentro; dime tan sólo algo para no deprimir mis pensamientos. Me encuentro ciega; ¿te he defraudado? Seguramente, es mi apariencia. Sin lugar a dudas, te he defraudado. Mírame, por favor. Dime que no soy la que tú esperas.
Por una cuesta, te vas. Prefiero mirar hacia delante, no puedo soportar la angustia de esta incertidumbre. No sabes quién soy, no sé quién eres; pero ¿por qué has zancado en mis más profundos sueños? Me hallo en la triste esperar de saber que no hay espera por la que esperar. 
Vanora Miranda 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias