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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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Cartas de amor a Capa (II)

Sólo he llegado a amar una vez y, todo lo demás lo he dejado guardo con llave entre mis sábanas. Ahora, mi almohada respira un único nombre. He intentado quitarme el ensordecedor eco cada noche, pero es imposible abandonarlo...
He respirado amor más veces, aunque ninguna vez tan fuerte. Ahora, más que nunca, me siento como en el exilio de una mísera cárcel, ahuyentado aullidos de deseo inalcanzable. No puedo mentirte, me siento como un animal salvaje; he decidido entregarme a la noche, vagar por las sombras y, tal vez así, llegaré silenciosamente a poseerte. Ya no queda culpa; no queda nada en mí humano que me excuse. 
He sentido pena, desengaño, fervores inconstantes y, aún así, no he sabido valorar las luchas internas que me atemorizan. El deseo me ha llevado a un camino sin retorno, ya no queda salida para ésta tan enferma cura. Y mi almohada, ¡sigue gritando tu nombre!
Mi impotencia me abruma. Estoy abriéndome cicatrices curadas por tan sólo tener una oportunidad de hablar contigo cara a cara. Te siento, pero te escapas por la ventana. ¿Cómo puedo hablarte sin tan siquiera verte? ¿Cómo puedo amarte sin tan siquiera tocarte? Vuelas hacía la luna -como siempre- lobo salvaje. 
Es horrible ésta tan angustiada carga. No he sabido mediar palabra, aunque en el amor todo son locuras excusadas. ¿Qué mejor locura que aullarte en silencio a la luna? ¿Tal vez me escuchas? ¡Escucha el aullido que te llama! La cordura es mi enemiga y la locura, mí más preciada amistad. Me voy...me voy, no sé si por la puerta o la ventana.
¡Tanto tiempo he gastado pensando en ti! Me he cuestionado la existencia de SU Dios. He calumniado su nombre, maldecido su existencia y -sin remordimiento- he insultado su recuerdo. ¿Por qué mandó tu flecha en mi afligido pecho? Si existe Dios, ¡qué baje y vea! ¿Éstas son sus fichas? ¿Éste es su peón? ¡Baja, yo te ordeno! ¡Baja, y siente lo que es dolor!
No sólo culpo a SU Dios. Te culpo a ti también. ¿Por qué me haces sufrir? ¿Por qué me haces tan desdichada? No te conozco, no me conoces; no nos conocemos nada. Tú eres mi sueño y yo tu pesadilla ahorcada. Sales, entras, te escondes y sólo conozco pensamientos en palabras. Pienso que tu soledad es lo que tú buscabas. Sin que tú lo sepas, voy llorando detrás de tu sombra. No me sirve el cielo, no me sirven tus palabras, ¿eres realidad o magia?
Mándame definitivamente al eterno exilio, está cárcel se hace pesada. Como toda cárcel, sentimientos reprime ahogándose en las penas de la pared pegadas. Me cuesta demasiado ignórate, me cuesta sentirme presa de un poder que sólo yo he coronado. ¿Por qué me haces tanto daño? ¿Por qué no le importo a nadie?
No sé porque, pero me siento musa entre las nínfulas de a pié. Fuera de clasicismos, me encuentro removiendo pisadas futuras -intentando contar cada una- para volver a un pasado, hoy llamado presente. Aun así, no encuentro ese monte donde las fábulas y sueños son reales, un monte con sonrisas de chocolate, donde nosotros seguimos siendo niños y, aunque sin saberlo, seguimos esperando las luces de navidad en las calles. 
¿A dónde me has traído? Esto más que una realidad parece el mismo infierno. Sin poder encontrar ninguna red que me proteja de una caída libre desde los adentros de la tierra, sigo pintando cuadros metalizados en horas por pinturas. Lamentablemente, me he dado cuenta que el suspiro de la muerte se ha convertido en libertad. 
Paseo observando el viento, es el único que me habla de ti. Sin saber cuándo, ni cómo, te convertiste en la palabra prohibida. Si menciono tu nombre, se caen las lágrimas de mi sonrisa. Y, aun así, no he podido mandar a mi alma no mandarte letras escritas - en un triste y viejo papel- las cadenas de este cansado corazón. 
Han pasado días, semanas, meses y sigue sin aparecer tu sombra. Me he cansado de esperar un balcón que nunca llegarán mis pies otra vez a pisar. Sin quererlo, dejé de mirar por la ventana para no volver a caer en una autocompasión infinita. Sólo he divisado hojas a lo lejos, hasta que la última destronó el silencio.
Y la hoja, mató a la esperanza. Sus círculos vertiginosos eran brazos removiendo las olas del aire, unas veces a la derecha y otras, con la misma delicadeza, se aproximaban levemente hacia la izquierda; creí ver una bailarina clásica, sintiendo la dulce muerte del otoño y, cuando a punto estaba su triste cuerpo de caer en brazos de su féretro, el viento se la llevó lejos. ¿Por qué seguí pensando en ti? 
Así, me encontré en un invierno que helaba heridas. Es indudable que la esperanza me ha llevado al mismo destino; a un féretro vacio. Jamás imaginé que podría escuchar mis propios lamentos hasta en mis sueños; el monte sigue estando lejos de mi alcance. ¡Cuánto lamento para tan poco camino! Esperando, esperando poder la ventana mirar.
Tanto odio y amor para un simple sueño. ¿Por qué... por qué sigo caminado?? Camino no encuentro si tu nombre no hayo. ¿Dónde te escondes olvidado peregrino? ¡Qué pesados se hacen tus colores de deseo! Mi mar has convertido en sombras. Mar, veneno del traidor escondido en tus pesares, veneno de desgracias de esta tan pesada palabra. ¿Eros, por qué me engañas? Tus brisas corren fuertes como dagas son mis armas, armas de mujer esculpidas en plata.
Amor...amor, amor. Lobo...lobo de dulzura salvaje, mortalmente herido por mordeduras de amor. Lobo...lobo estepario...lobo salvaje, sí supieras tan sólo lo que es tener palabras bañadas en sangre. Entrando estoy en la cuestión más grande: serte o no serte en este desierto de mezquindades. 
Me excita tan sólo la idea de que vagues por mis pensamientos. Pecados encuentro en tus peregrinos besos... ¿eres, pues, la Julieta de tu Romeo? Ahogándome en el mar te espero. Tu mente que, incansablemente, atormenté buscando en poemas desiertos, poemas sin lágrimas para mí. ¿Te burlaste?, ¿te escapaste de palabras que soy incapaz de concederte?
En este naufragio de lágrimas -sin libertades- he quedado estancada. He gritado, pero tú ya ni me hablas. Sin quererlo, he empezado a disfrutar fumando pensamientos vacíos; pensamientos que sólo yo escuchar puedo. Sin saber, sin querer, sin preguntar por qué, tu rostro mis sueños siguen perturbando.
Y, respiro amor. Sólo respiro amor. El humo como golondrinas ha volado y yo tus pensamientos de tumba rescato. Poco a poco, empecé a beber tus cenizas sin amor. 

 

Vanora Miranda

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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Comentarios - 1

Elisa

1
Elisa - 17-04-2014 - 02:59:13h

Vanora muchas gracias por deleitarme con tu prosa y tu verso.
No puedo expresarte lo que siento con algunas de tus obras, en especial con esta he llorado y ha removido muchos de mis sentimientos.

 

No cambies nada de ti porque contigo muere la perfección.


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