Ir al contenido

Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

Inicio | ¿Quiénes somos? | Editar mi portal

Cuando Paris encontró la injusticia ...

 

Érase una vez un barrio de una gran metrópoli, donde la armonía de la ciudadanía se respiraba entre las esquinas. Los rayos de sol se filtraban por las ventanas, los colores grises de los edificios parecían azulados, provocado por los brillantes reflejos solares y, sin saber cómo ni por qué, la prospiradad se instalaba en las casas de la maravillosa comunidad.

 

Entre todos los habitantes de esta calurosa y admirable ciudad, había nacido Paris. Paris era un niño de nueve años, que llevaba viviendo en el mismo barrio desde que nacío un día de primavera. Desde siempre sus padres le inculcaron la mejor de las educaciones, pasando una infancia agradable liderada por: compañerísmo, igualdad y libertad.

 

Cuando Paris cumplío los seis años, sus padres decidieron asignarle una paga diaría de 1.10 euros, para que pudiera comprarse chucherías, cómics, cromos o algún bollo de la panadería del barrio. Paris, que siempre fue goloso, decidió, desde ese momento, comprarse una palmera de chocolate todos los días después de salir del colegio. Y, así, fueron pasando los años. Todos los días pasaba por la panadería a comprarse esa palmera de chocolate.

 

No era una palmera cualquiera, sus sabor era inconfundible. Ese chocolate era adictivo e inimitable, se desacía en la boca dejando su sustancia penetrar, poco a poco, por las papilas gustativas. Los mordiscos eran viajes paradisíacos, en dónde podías sumergirte en el país de la mismísima fábrica de Willy Wonka. No había palmera de chocolate en el mundo que se igualara a la de la panadería del barrio y todos los amigos de Paris del colegio opinaban los mismo.

 

Un día, sin saber cómo ni por qué, las cosas cambiaron. Paris, al salir del colegio, se dirigió como siempre a la panadería con sus amigos. Lleva sus 1.10 euros en el bolsillo, ni un céntimo más , ni un céntimo menos.

 

Paris.- ¡Buenas tardes, Helena!

 

Helena.- ¡Buenas tardes, Paris! ¿Lo de siempre, no?

 

Paris.- Sí, lo de siempre. ¡Quiero esa palmera de chocolate!

 

Helena.- ¡Je,je,je! Las buenas costumbres nunca cambian , ¿eh?

 

Paris.- ¡Desde luego que no!

 

Helena.- ¿Cómo van las clases?

 

Paris.- Bueno... ¡Odio al profesor de matemáticas! No sabe explicar bien las cosas, pero todo lo demás me gusta.

 

Helena.- ¡Ay, esos profesores!

 

 

Cuando la panadera Helena le envolvió la palmera en el envoltorío de siempre y Paris se dispuso a pagar su 1.10 euros de siempre, pasó algo sorprendente para Paris.

 

Helena.- Lo siento, Paris, pero son 1.75 euros.

 

Paris.- ¿Cómo que 1.75 euros? Siempre he pagado 1.10 euros desde hace 3 años.

 

Helena.- Lo sé, chaval, pero ahora han subido los precios de todo. Díle a tus padres que te den de ahora en adelante 65 céntimos más.

 

Paris.- ¡¿Pero cómo puede ser esto?! ¿No puedes cobrarme cómo siempre?

 

Helena.- Lo siento, chaval, pero no puedo. Vuelve más tarde o mañana con los 65 céntimos que te faltan.

 

Paris se sentía indignadisimo. ¿Cómo podían subir los precios de todo? Él sabía que sus padres no iban a darle más dinero, ¿qué haría ahora? ¿Cómo podría comprar de ahora en adelante esa deliciosa palmera de chocolate sin esos 65 céntimos de más todos los días? ¿Tendría que hablar con sus padres?

 

Al volver a casa, Paris no sabía como quitarse el enfado de encima. Después de tanto tiempo, siendo un cliente fiel a esa panadería de la esquina, le habían tomado cómo tonto y pagar más de lo que valía la palmera. ¿Qué podía hacer? A la hora de la cena, cuando sus padres llegaron del trabajo, Paris decidió contarles lo sucedido.

 

Padre.- Bueno, Paris, ¿qué tal el colegio?

 

Paris.- Bien , papá, bien, pero estoy más preocupado de otras cosas.

 

Madre.- ¡Madre mía, cariño! ¿Qué problemas tienes? - dijo con una sonrisilla y mirada de complicidad hacia el padre de Paris.

 

Paris.- Sí, mamá, estoy muy enfadado.

 

Madre.- ¡Vaya, hijo! Y eso , ¿por qué?

 

Paris.- No he podido comprarme mi palmera de chocolate.

 

Madre y Padre.- ¡Ja,ja,ja! ¡Vaya por dios! ¿Por qué?

 

Paris.- Porque han cambiado los precios de todo. La panadera Helena me ha dicho que tengo que volver con 65 céntimos más mañana o no podré comprarme más palmeras de chocolate nunca más.

 

Padre.- Al final a la fuerza aprenderás el valor de las cosas.

 

Paris.- ¿Eso quiere decir que me daréis los 65 céntimos de más todos los días?

 

Madre.- No, no te los daremos.

 

Paris.- Pero, ¿por qué no?

 

Padre.- Paris , dijimos 1.10 euros todos los días y, así, ha siempre. No podemos darte más dinero, es lo que te damos y es lo que tendrás que saber gastar.

 

Madre.- Lo siento hijo, pero tendrás que pensar en comprarte otra cosa en vez de la palmera de chocolate.

 

 

Paris no habló más en toda la cena. Cuando llegó la hora de irse a la cama, no podía dejar de pensar en cómo solucionar el problema. ¿Cómo haría que las cosas cambiaran? ¿Cómo podría hacer que la panadería volviera a los precios normales, dejar esos precios desorbitados fuera de su barrio? Pasó pensando así varías horas, hasta que, de repente, se le ocurrió un plan. Era el plan brillante, hablaría con todos los amigos que tenía, movilizaría al colegio entero si podía. Tenía que convencer a las personas del abuso de la panadera Helena. Sí, ese era el mejor plan. Por fin, concilió el sueño.

 

A la mañana siguiente, Paris se vistió, hizo la cama y desayunó como siempre, aunque hoy iba a ser un día especial. El plan que había maquinado toda la noche se llevaría a cabo hoy, no dejaría que se hiciera con la suya la panadera. ¡No pasarían nunca más!

 

En el camino hacia el colegio, Paris se encontró, como siempre, con su amigo Héctor.

 

Paris.- ¡Héctor tengo que contarte algo súper importante!

 

Héctor.- ¿Qué ha pasado?

 

Paris.- Ayer fui a comprar la palmera de chocolate, como todos los días, pero la panadera ha subido los precios de todo. ¡Ahora las palmeras de chocolate cuestan 1.75 euros!

 

Héctor.- ¡Ala, casi dos euros! ¿Y los chupa-chups a cuánto están?

 

Paris.- Pues seguro que ha subido de precio, ella dijo que "todo ha subido de precio".

 

Héctor.- ¡Qué descaro! ¡¿Cómo pueden permitir eso?!

 

Paris.- Anoche no pude dormir, estuve pensando cómo hacer que esto cambie y , al final, conseguí idear un plan infalible.

 

Héctor.- ¡¿Cuál?! ¡¿Cuál?!

 

Paris.- Tenemos que difundir la noticia a todos los niños del colegio, a los del barrio, a los del barrio más cercano y al más lejano. ¡Tenemos que unirnos para parar esto!

 

Héctor.- ¡Ala, qué gran idea, Paris!

 

Paris.- ¡Venga, manos a la obra! ¡Hoy es un gran día!

 

Dicho esto, Paris y Héctor se dirigieron al colegio a difundir su gran plan. Nadie puso oposición, los demás niños estaban igual de indignados por el poder absoluto que ejercía la panadera Helena y sus compinches. Así, pasandose la información mediante notitas en las clases, corriendo la voz en los recreos, los parques y los barrios, Paris unió a todos los niños que pudo.

 

Después de salir del colegio, se reunieron todos en la esquina que daba con la panadería. Muchos de los niños habían trabajado en los recreos ha crear y pintar pancartas de indignación, en donde se podía leer desde "¡No queremos chorizos vendiendo, sino panaderos!", "¡Hoy tenemos razones por las que ir al colegio!" hasta "¡No tocaremos ningún libro sin palmeras!".

 

A la voz de "los niños unidos jamás serán vencidos" se pusieron en marcha a las puertas de la panadería del barrio de Paris. Al oír el incesante coro que retumbaba en toda la panadería, Helena salió a la calle a ver lo que pasaba. Cuando se encontró con todos los niños indignados que no dejaban pasao, tuvo que volver a su puesto de panadera. Sin saber muy bien que hacer llamó al jefe de la panadería, Agamenón.

 

Helena.- ¡Jefe, tenemos un problema!

 

Agamenón.- ¿Qué problema?

 

Helena.- Verá, tenemos a un clan de niños indignados por la subida de los precios.

 

Agamenón.- ¡¿Cómo?! ¡Haz que se marchen, no podemos permitirnos una caida en la empresa!

 

Helena.- Lo sé, señor, pero es que son muchos. He oído en el incesante coro que no se marcharan a menos que volvamos a los mismos precios.

 

Agamenón.- ¡Son niños!

 

Helena.- Sí, pero no quita que tengan razón.

 

Agamenón.- ¡Deja que se les quite la tontería, por amor de Dios!

 

Helena.- Sí, señor, eso haré.

 

 

Al ver la negativa de la panadería y del bloqueo que se les hacía para entrar, todos volvieron a sus casas desilusionados. Paris no sabía como luchar con estos malechores y decidió unir a todos los niños para que cada día se volviera a repetir la protesta en las puertas de la panadería, impidiendo que  vendiera productos a altos precios.

 

Los días pasaban y la ilusión que tenían todos empezó a decaer, hasta que un empollón de la clase de Paris, Ulises, ideó un nuevo plan para derrotar a los panaderos. Entre todos, construirían un caballo de papel y cartulinas, en los cuales se adentrarían unos cuantos niños. Cuando la panadera Helena viera el regalo como un perdón de todos los niños, abriría las puertas y, así, se adentrarían unos pocos para dejar paso a todos para entrar. Y así, durante un domingo entero, los niños se pusieron a trabajar en el caballo que les abriría esas puertas deseadas.

 

El lunes, por fin, llegó y todos estaban impacientes de que llegaran las cinco de la tarde para salir a poner en práctica el plan de Ulises. Paris estaba emocionado, tal vez la derrota de los panaderos estaba cerca. Cuando el timbre de libertad sonó, todos salieron corriendo de las clases, se pegaban empujones para alcanzar las puertas del colegio, había incluso profesores que se habían unido a la liberación de los precios de la panadería.

 

Al llegar a la panadería, Héctor dejó el caballo en la puerta dejando que se adentraran dentro de él Paris, Ulises y él mismo por un escondite que había construido ellos. A la media hora de espera, Helena decidió abrir las puertas de la panadería y recogió el caballo, el cual, efectivamente como pensó Ulises, pensó que era una tregua en el "rídiculo levantamiento de niños". Al poco de dejarlo en la entrada y llamar a su jefe para informar de que todo había terminado, salieron Paris, Ulises y Héctor de las entrañas del caballo. Sin pensarlo dos veces, abrieron las puertas a los demás y la panadería quedó, en poco tiempo, invadida por un ejército de niños, profesores y algunos padres.

 

Paris.- ¡Exigimos la bajada de los precios! ¡Los niños no somos tontos! ¿Verdad, chavales?

 

Todos.- ¡Los niños unidos jamás serán vencidos!

 

Helena.- ¡No puedo hacer nada, no soy la que pone los precios!

 

Todos.- ¡Qué llame al jefe! ¡Qué llame al jefe!

 

Helena, sin pensarlo dos veces, llamó a su jefe, Agamenón. Las miradas de todos se clavaron en aquella pobre panadera, la ira era la gotita que se leía en esos ojos espectantes.

 

Agamenón.- ¿Sí? ¿Se  acabó ya la tontería?

 

Helena.- Jefe, la panadería está tomada.

 

Agamenón.- ¿Cómo qué tomada?

 

Helena.- Pues eso, que está invadida por niños, profesores y padres. Todos exigen lo mismo, ¡precios dignos!

 

Agamenón.- ¡Échales de mi panadería!

 

Helena.- Lo siento, señor, pero yo también me úno a la causa. Los precios se bajan a como estaban o sino búsquese otro negocio, éste con sus reglas está condenado a la caída.

 

Y, sin rechistar más, Helena colgó el teléfono. Prometió a todos los niños, profesores y padres poner los precios de siempre y poner caramelos en un bol para que todos ellos los cogieran gratis. Todos celebraron la victoria y antes de que cerrará la panadería Helena, Paris se acercó a ella.

 

Paris.- Helena, gracias.

 

Helena.- ¿Gracias por qué?

 

Paris.- Porque sin tu apoyo no hubieramos conseguido nada.

 

Helena.- Bueno, creo que eso lo tienes bien aprendido: "la unión hace la fuerza".

 

Paris sonrió y se puso en camino a casa, aunque Helena le paró y le dijo: Toma, por todas las palmeras que no has podido comprar. Y, así, le dio esa palmera de chocolate que hacía días que no probaba. Cuando hizo amago Paris de pagarle lo de siempre, 1.10 euros, Helena le quitó la mano.

 

Helena.- No, esta es gratis. - y con una última sonrisa, le dejó marchar.

 

 

Paris es un niño como tú. Tenía las mismas necesidades que cualquiera de vosotros pueda tener. Él lucho por lo que creyó que es justo, ¿por qué no vosotros también? El poder de cambiar las cosas no es de unos pocos, sino de todos.

 

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado.  

 

Vanora Miranda 

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
Bookmark and Share

Comentarios - 0

No hay comentarios.


Escritores complutenses 2.0. es un proyecto del Vicerrectorado de Innovación de la Universidad Complutense de Madrid
Sugerencias