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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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Incómodos silencios

 

Grisel era especialista en encontrarse dentro de situaciones surrealistas. Demasiadas cosas extrañan habían pasado a lo largo de esos últimos meses, sin contar las innumerables veces que había tenido pensamientos impúdicos, pensamientos que le llevaban una y otra vez a desearse a sí misma con más fuerza. Una narcisista sin miedo a las opciones del pensamiento moral o ético, alejándose de las sociedades cerradas y caprichosas.

 

Las montañas de libros dejaban claro que su idealismo había tomado todo su ser con demasiada fuerza, su alevosía llenaba ese vaso que no dejaba de rellenarse.  Las pestes de la incultura y la osadía de prestar su nombre a las desgracias ajenas del mundo creaban más odio y repugnancia a esas hormigas trabajadoras de su espacio vital.

 

Cada día que se levantaba veía el mundo menos borroso, más claro que nunca. Siempre con miedo de cerras los ojos y no saber si despertaría al día siguiente. Se preguntaba cómo las personas descansaban sin la dudosa existencia del mañana. Nada es infinito, entonces el mundo tampoco lo era. De una sola cosa estaba segura: ella también estaba condenada a las mismas cadenas pesadas del principio y el fin.

 

Hacía días que no conseguía una nueva historia para aquellos escritos llenos de ilusión y auto-discriminación. Comprendiendo que el único modo de ser sincero sin causar daño era ser sincera con una misma, confío en la persona que mejor la comprendía: ella. ¿Quién si no iría a enredar los hilos de su pensamiento? ¿De las cuestionables preguntas que la inundaban día y noche?

 

Cansada de todo. Cansada de las mentiras que se creía ciertas. Cansada de su fantasía incasable. Cansada de su niña interior. ¿Habría algo nuevo que descubrir? ¿Qué era madurar realmente? ¿Ver  más mierda en el mundo? ¿Dejar de creer en toda esa magia que nos inunda sin saberlo? Sólo sabía que la fantasía de su mundo se estaba apagando, ¿qué podría hacer?

 

Sólo había comprendido que sin música no podía seguir. Deseaba con todas su fuerzas continuar en las cuerdas de una línea vocal, donde nada fuera lo que era. Allí delante, detrás de las incesantes luces que brillaban en su rostro, se llevaban la vergüenza y el miedo a lo que más odiaba: ella.  ¿Por qué las rosas le dieron un color tan marchito?

 

Allí estaba ella, delante de un hombre más. La repugnancia que sentía a sí misma, la pesada carga de portar su mente en un instrumento tan insuficiente y poco deseado. Y si los ojos hablaran, sólo se oirían los gritos de auxilio. Sólo las palabras de "sácame de aquí".  No sabía si ese hombre era real o no. Se tumbo en el suelo frío. Se dispuso a abrir poco a poco las piernas, sin prisas. Simplemente dejando espacio para lo que ya había vivido tantas veces. Las preguntas empezaron a invadir su cabeza, ¿sería aquello lo que buscaba? ¿Cómo sería su coño visto desde otras perspectivas?

 

¿Cómo son los coños de otras chicas? ¿Cómo son sus texturas? ¿Qué sabor tendrán? ¿Qué sabor tendría el suyo? ¿Chocolate? ¿Piña? ¿Coño? Las cosas pasaban demasiado rápido y cayó en la cuenta que siempre había sido virgen mentalmente. Siempre se tienen primeras veces...

 

Ese hombre extraño tenía el pelo rubio y largo. No podía ver su cara con claridad. Era irreconocible desde esa perspectiva, pero, ¿qué más daría? Ahora la moda estaba en aquí te pillo y aquí te mato. Si no sabía su nombre tampoco importaba. Los nombres sólo eran para los románticos, los que no desean quedarse en el anonimato. Tal vez por eso, su rostro era borroso, porque no merecía ponerle alma a su polla.

 

De repente, necesitaba hablar. Necesitó expresar sus pensamientos a ese borroso espectro.

 

-          Qué bien que estés aquí. ¿Sabes? Las vírgenes mentales necesitamos sexo siempre. Necesitamos esa necesidad de descubrir el sexo. No sé quién eres, pero eso da igual. Supongamos que eres el espécimen número x y que estás aquí para metérmela, correrte e irte. Déjame que te diga que comparto tu postura. Somos personas desconocidas que encontraremos pronto la unión de asquerosas células y fluidos mutuos.  Pero, compréndeme, lo necesito. Necesito la necesidad de ser penetrada y escuchar mis gemidos fluir en la noche. Gritar sin parar, apaciguar la ira en el placer y, si tenemos tiempo, dejar que nada importe hoy. Ven aquí. Quiero que me folles.

 

-          ¿Quién te dijo que somos desconocidos? - dijo el espectro.

 

-          Supuse que, sin tu rostro a la vista, podrías ser la inocencia perdida. Aunque, la perdí hace tiempo. No hay nada de mi inocente, sólo existe el mal en mis ojos. Tú no puedes ser nadie de mis sueños. Los sueños son visibles, claros y puros. Tu impureza es lo que no me deja reconocer tu rostro. Por favor, dime quién se esconde bajo esos prejuicios y miedos.

 

-          Tú, mejor que nadie, sabes quién se esconde tras este rostro que no deja que te folle con tranquilidad. - aclaró él.

 

-          Te conocí hace tiempo, ¿verdad?  Eres difícil. Demasiado. Ojalá dejes de hablar y me penetres ya. No quiero tener conversaciones con el placer.

 

-          Entonces, ábrete de piernas. Entera. Sólo para mí. ¿No tendrás dudas?- preguntó él.

 

-          No. Lo único que no tengo es dudas. Sé quién puedes ser. Pero tengo miedo de enfrentarme a los hechos. Deseo dejar mi vida atrás sin saber quién eres. No necesito más que tu polla...no necesito tus palabras para mi desdicha. ¿Por qué cuando pones las cosas fáciles se complican? No he deseado en ningún momento percibir la vibración de esas masculinas cuerdas vocales. No me hagas sufrir. No estoy pidiendo tu amor, sólo que me folles.

 

-          ¿Eso fui para ti?- preguntó con una incipiente sonrisa.

 

-          Eso es lo que deseo haber sido yo para ti. No necesito que me quieras, sólo que me recuerdes. Lo único que me hará especial es eso, la sombra de mi recuerdo. Nunca me quisiste, si así fuera, ¿por qué estarías aquí? Eres ese deseo inocuo que reside en mi subconsciente. Sé quién eres...La pregunta es si tú lo sabes. ¿Quién fuiste? ¿Qué fuiste? ¿Qué diste y lo que no?

 

-          Hmmm....

 

-          No importa en realidad nada. Somos dos humanos en proceso de necesidad procreadora. Mi instinto  y reloj no dejan de llamar mis puertas una y otra vez para tener satisfacción de algo que, en realidad, es lo más asqueroso y superficial. ¿Sabes? Sé lo que necesito. Sé lo que queremos todos, pero he llegado a la conclusión que lo que quiero es imposible.  Quiero un alma que me ayudé a superar el verdadero problema de todos: la no existencia. ¿Quién llevará mi brazo hacia sus puertas? ¿Quién coño aliviará mi angustia de la nada? Nadie sabe lo que es...¿Qué era ese Caos?

 

-          ¿Buscas a un sabio? - preguntó irónicamente él.

 

-          Busco ...busco y , algún día, dejaré de buscar. Simplemente, entenderé de una vez que no hay nada que buscar. Pensamos que lo que hay es lo que existe, que lo que somos es lo que hay que aceptar. ¿Acaso un asesino acepta ser asesino? Yo no acepto ser una asesina.

 

-          ¿Por qué te llamas asesina?

 

-          Porque mis manos están bañadas con los peores crímenes de la historia de la humanidad. No soy capaz de mejorar las cosas. Me siento como ese pedacito de pan que se cae debajo de las mesas al comer. Minúscula, inconclusa y casi inexistente desde el cielo.  ¿Qué ambiciones cambian el discurso de las cosas? ¿Qué poder tengo? ¿Qué soy? Me he engañado pensando en las explicaciones de los más antiguos, pero sigo sin saber realmente la necesidad o la realidad de mi ser. ¿Qué es el ser humano fuera de la Tierra? ¿Qué es realmente nuestra figura? ¿Qué tenemos que hacer? ...

 

-          Deja de hablar. Follemos.

 

-          Sí, tienes razón. Las palabras no cambian nada. Aunque, te pido un favor. Cuando termines córtame en pedazos. Recoge lo que quede de mí y quémame. Necesito cortarme... Necesito sentir. Necesito llenar tantos vacíos que no sé por dónde empezar. Pero siempre queda la misma salida: recortarme como un recortable. Pegar los pedazos de pensamientos en las paredes para que otros cambien lo que ya no puede tocarse. Ven... Fóllame.

 

 

Los suspiros y gemidos abarcaron las largas horas en esos pensamientos irracionales. Ese espacio se había convertido en el prostíbulo de los miedos y verdades. Allí estaba ella, inclinada hacia delante, apoyada con las manos en frente del armario. Su deseo se hacía cada vez más intenso, lo estaba disfrutando demasiado. No eran caricias, sólo placer...

Inundar la verdad con ese placer parecía esclarecer las pocas cosas que podía serlo. Escucharse a sí misma... Ya no había ninguna imaginación que pudiera invadir su cabeza. Sólo follar, follar y follar...

 

Ese extraño rostro cada vez se hacía más visible. Grises cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir vio el rostro de su padre. Ese era él. Siempre lo fue.

 

-          Ahora sé quién eres, pero, ahora, la sombra soy yo. Siempre fui la sombra...

 

Él no la miraba. Su visitaba estaba distanciada en los hermosos pechos de su cuerpo. Ese asco que Grisel sentía, era el puro reflejo de lo que él había repudiado siempre. Su afición a las discordias, las competiciones interminables...Todo se perdía en ese momento...

 

Grisel  empezó a sentir la tristeza. No tardo mucho en derramar la primera lágrima. Sentía asco, pero más le inundaba la lástima. Lástima de su victimismo y su miseria interna. Sólo se oyeron, a lo largo de ese incesto, cuatro palabras repetidas en el aire.

-          Siempre fui tu sombra.

 

Vanora Miranda

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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