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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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Reacciones

 

El teléfono volvió a sonar. El sueño que mostraba la vida que tal vez nunca tendría se esfumo como la espuma de Afrodita en los mares del salobre Ponto. Malditos sueños que le hacen ver imágenes felices, inexistentes; sólo sueños, insaciable subconsciente. Sabía quiénes eran, cuál era su trabajo.

 

Abrió los ojos cabreada, sin saber muy bien por dónde empezar a soltar los pensamientos que la carcomían. Hizo el esfuerzo de coger el móvil y ahí estaba ese jodido número que hacía unos cuantos días no paraban de preguntar por el mismo nombre. Ella no era la persona que buscaban, pero, ¿eso que importaba?

 

La cuestión no era quién era ella, sino lo lejano que estaba la sociedad en aquellos momentos como para denominarse algo medianamente cercano a lo que se llama "sociedad". Esos problemas reales, los que no tienen soluciones sino aceptación habían quedado como el ciclo vital de lo humano.

 

¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban las personas? ¿Qué era el mundo ahora?- «El reflejo de fiebres que nunca fueron curadas»- o eso pensaba ella. Cogió el teléfono móvil saliéndose de lo que pensara o dejase de pensar. Seguían llamando y seguían y seguían. «Encima de inhumanos, hijos de puta» - ¿qué sino tenía que decir ella? ¿Palabras de pena o de compasión? ¿Respeto? ¿Cómo se puede respetar a alguien que ni siquiera ve lo que no se quiere ver? - «¡Jodidas fiebres amarillas!».

 

Tras largos intentos, el otro lado del invento del siglo XIX no se sentían aludidos con las incesantes negativas que Godiva les enviaba. Y así, aun sabiendo el siguiente paso de estas gentes, empezó a sonar el teléfono del salón. ¿Era una criminal? ¿Era alguien tan importante como para sentir el acoso? Daba igual casi todo, el miedo todavía no se acercaba a sus puertas del ser. No iba a sucumbir otra vez al mismo maltrato psicológico. Ésta vez, ella sería más fuerte. Situaciones malas las hubo siempre, pero siempre salir hacia delante fue la respuesta, ¿por qué ésta iba a ser diferente?

 

Y el teléfono seguía sonando. Ella colgaba. Él sonaba. Ella colgaba y él sonaba, sonaba y sonaba. Antes de que terminase el cuarto acorde de la música destinada a la percepción de ser buscada, descolgó el teléfono móvil.

 

-          Mira, no sé quién serás, a qué cojones trabajas, pero como no me dejes dormir te juro por mi vida que hago lo posible para joderte la vida a ti.

 

-          Hola, buenos días, ¿es usted Nadie?... - dijo una voz femenina. 

 

-          Que da igual quién sea, que da igual lo qué haga o deje de hacer. La cuestión aquí es, ¿quién es usted? ¿A qué se dedica en su vida? ¿Está orgullosa de que éste sea su trabajo? ¡Diga! ¿Lo está?

 

-          Entonces, si no sabe quién soy, ¿por qué estas respuestas?

 

-          Mire, ¡váyase usted a la mierda! No tienen vergüenza, porque es así, ¡no la tienen! ¿Llamando a estas horas? No pillan que la gente puede estar durmiendo, ¡jodidos enfermos de la fiebre amarilla!

 

Al otro lado del cacharro se escuchó un silencio. La voz femenina que acompañaba ese mal despertar se había convertido, sin explicación, en un hombre. Qué era eso, ¿la táctica del miedo o la de la mediocridad de no saber responder a las preguntas de Godiva?

 

-          Sí. Hola, ¿Hablo con Nadie? - Sonaron así las palabras de la voz masculina.

 

-          ¡Esto es increíble! ¡Encima no tenéis la decencia de dar argumentos para lo que hacéis. ¿No sabéis adiestrar bien psicológicamente a vuestros esclavos? ¡Qué os jodan! ¡Qué os jodan mil veces!

 

-          ¡Hable usted bien!

 

-          ¿Qué hablé yo bien? ¿Podéis tener menos vergüenza todavía? Lo que hacéis se queda corto con los nombres que os he dado.

 

-          ¡¿Pero es usted Nadie?!

 

-          ¡Pero qué cojones importa que sea Nadie! ¡Dejadme dormir, joder! ¡Dejadme dormir!

 

Godiva no quiso oír más. Colgó el móvil. Era absurdo seguir una conversación con personas totalmente en el punto argivo de tan destructora enfermedad. ¿Qué se suponían que tenía que sentir ella? ¿Cómo tenía que reaccionar? ¿Gritar? ¿Cómo podría gritar más alto todavía?  

 

El móvil no volvió a sonar. Al menos ese sonido, tan odioso ahora, no volvería a repetir la monótona melodía. Aun así, Godiva, se quedó pensativa en esa extraña escena, pero realmente reconocible en las pasadas partidas del ajedrez. Lo peor de todo no era su situación, sino las situaciones que requerían de más urgencia. No era la única en el mundo, en las fichas de un tablero que en vez de eliminar extermina. Había cosas malas, por supuesto, pero no por ello iba a dejar de opinar como lo hacía. Las etapas venían y se iban tan repentinamente como tan esperadamente.  Ojalá aquellas cabezas pensantes volvieran al sitio donde sólo hay tumbas exiliadas sin cenizas ni corazón. Aunque, sólo había una cuestión importante en ésta odisea de empresarios, banqueros y especuladores.

 

Ya no pensaba en el amor a los demás, simplemente en el significado de la dignidad o la moralidad. Pararse a pensar por un instante en los otros, en la existencia de la empatía. Suponía, ya sin suponer más suposiciones, que algo de eso habría sido enseñado, en algún que otro momento, en los libros de texto de las escuelas. Pero, ¿a quién iba a engañar? ¿Así misma? No podía engañarse más, había personas en su mundo real que no sentía más que otra cosa que lo que les dictaban sentir, pensar o hablar, sin cuestionarse si quiera las acciones.

 

Olvidan. Sí, olvidaban que todos somos iguales a todos ante circunstancias impuestas. Iguales en esclavitud. Impuestas son las leyes fuera de la solidaridad y la gratitud. Animales civilizados, pero con leyes no muy lejos de las selvas; creamos una selva compuestas de máquinas que dominan nuestro pensamiento y que no dejan desarrollar nuestros propios sentimientos o impulsos. Somos marionetas, peluches en camas de hombres ricos que sólo miran sus cuentas.

 

Se empeñaban en follar los sueños, ilusiones y fantasías, que por mucho que insistan, Godiva sabía que no eran tan irreales o fantásticas. A ella la enseñaron la fuerza y la importancia de creer en algo fuera de las caras o pensamientos de los selváticos compañeros de vida.

 

Es cierto que tardó tiempo en comprender. Comprender en lo que nadie comprendía: no había respuestas sino, simplemente, la vida. Vida...vida...vida. Que se empeñaran en destruir todo lo poco que quedaba ya por destruir, daba igual ya. Godiva sabía que había más personas que creían, en la lejanía del mar, en la fuerza de personas como ella. En que algún día, con ejércitos suficientemente numerosos, idealistas efímeros echarían al cielo las injusticias, el hambre, la enfermedad amarilla, fuera de los velos ciegos.

 

Godiva. Godiva. Godiva. Un nombre y una simple alma. Un individualismo tan fuerte que sólo sus pasos retumbaban por dónde no deberían ser escuchados.

 

«Yo me follo a los que no tienen dignidad. Yo me follo a cualquiera que no me deje soñar.»

 

Vanora Miranda

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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