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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 20 de octubre de 2020

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El ejército social

 

Puertas cerradas. Los vientres fértiles, que descansaban en el césped seco, se separaban de los inconclusos y defectuosos. Eran pocos, pero tenían fuerza interior. Los pechos que sobresalían de su ansiada carga interna se detenían en las imágenes de lo que pudo llegar a ser una revolución clandestina. Todo era distinto. Las ropas tapaban la vergüenza de saber quiénes eran y hacia dónde llevaba el olor del tiempo. Perseguían, atacaban, deseaban...pero siempre desde el silencio, lo oculto e indecible.

 

Habían construido túneles de almacenamiento popular. Podías ser enviado a distintos puntos de la ciudad con tan sólo una palmadita en la espalda. Sí, esa palmadita parecía decir que eras al menos alguien; pero no era así. Se regían como un ejército, aunque no lo sabían. Sus pasos eran de clones programados con palabras baratas que apagaban la alarma pasando a la conformidad. Unos, sin decantarse el pequeño escritor de uno en particular, habían sabido ver el poder del miedo colectivo. Aprovecharon cada lágrima de búsqueda, los pesares del no saber, las inmensas mareas de apaciguamiento mental; convirtiéndolo en el arma de los siglos venideros.

 

Allí estaban, los pobres indecisos que no se preguntaban nada. Se les veían decididos y calmados, pero llevaban vidas que no querían y los que eran felices con sus normas, estaban facilitando el trabajo a los que fabricaban pesadillas. Muy difícil se hacía la tarea de encontrar a estos soldados entre las gentes de a pie. No se juntaban con los de rango diferente, estaban por debajo de sus posibilidades. A fin de cuentas, la "caridad" de estos soldados era lo que hacía que el mundo siguiera yendo "recto".

 

Además de "ésta atmósfera idílica", convivían también diferente tipos de reglas y leyes sociales. Eso sí, ningún soldado civil se había puesto a redactar, a penas, unas letras de ese libro de justicia e igualdades. Nadie se atrevía a cuestionar las desfachateces o prescribir lo que estaba escrito. Nadie se paraba a repasar con un corrector lo que estaba oculto en letras pequeñas. Se regían, se guiaban por un grupo de letras que carecían de significado para ellos. Los temas importantes o las marchas por la abolición sólo se destapaban con la bajada de los números. Ni unos cuantos se cuestionaban la grandeza de la vida en sí, ni de cómo se dejaban marginar en una sociedad corroída por el desdén y el desprecio entre unos y otros. Criados por la ignorancia y el deber de la obligación, olvidaron quiénes eran y quiénes estaban a su alrededor.

 

Desde luego, lo peor no eran los soldados en edades avanzadas. Realmente, lo preocupante, era el servicio de reclutamiento infantil. El proceso de selección era "uno para todos y todos para uno". No se apiadaban de aquel que tuviera ideas, era un peligro público. Las ideas eran malas, hacían hablar a los callados. Es por eso, que se les trataban por escoria, por extraños. Se les intentaba callar con palabras iguales a cuando se comía sopa y estaba caliente: Está caliente y así será siempre cuando salga de la cazuela. Es aquí donde se veía la verdadera diferencia de clases: el que preguntaba y creía lo que se le era contestado, el otro, sin embargo, quedaría con una pregunta más en la cabeza, un cuestionamiento de la curiosidad que tanto nos costó en su día. Ese árbol de la sabiduría mancillado por los labios de una mujer parecía ser sólo una historia de paraísos olvidados en una vida tan lejana como inexistente.

 

¿Y sí soplas la sopa? ¿Y si pones hielo? ¿Y si sólo coges con la cuchara la sopa de los laterales?....  

 

Seguiremos con esos túneles del ejército, de ese séquito ajeno. Eran vías aparentemente sencillas. Su cúpula se emergía desde lo más profundo del suelo. Sus pesadas eran como los de las hormigas que trabajan programadas por el instinto. Parece ser que los ejércitos se veían igual, sin sentido a la cuestión de las cosas o, al menos, de la palabra razón. La razón, sí. Esa palabra que sólo se ha seguido en los libros de burgueses afrancesados. Qué lejanos se quedaron de sus ideales. Qué lejos se encontraban todos del principio, del saber primigenio.

 

Alejemos la vista desde arriba. El punto de perspectiva lo cambiaba todo, tanto el uso de la palabra como el de esconderla. No importaba la presión en el pecho de algunos oprimidos por el hablar y ser callados con las absurdas reglas. La ceguera de un tal Saramago, las luchas que sufrieron los partícipes de una sangrienta guerra que sólo ha quedado como una "rivalidad estúpida". ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué tan ciegas? Algunos de ellos se jactaban o tenían el valor de esconder la verdadera idea que se mantuvo en pie de bandera para su bien. Años de enseñanza para jóvenes bestias salvajes en donde el que ganaba salía a la gloria de los textos futuristas. Como si las guerras fueran producto del ejército, más bien producto del comandante, de la Abeja Reina.

 

Dispara. ¡Es una orden! ...

 

Ordenes. Ordenes. Ordenes. Ordenes. ¿Sabían lo que era una orden? Sólo sufrían la orden cuando recaía en sus propios pies, cuando la manta de invierno no podía tapar el frío o la mismísima oscuridad. Pocas veces se habían levantado de esas camas para oponerse a lo que les decían, siempre por lo que se les ordenaba. Unos se metían al servicio pleno de la estupidez y de la obediencia, otros a lo que quedaba por asentarse.

 

¿Por qué disparo? ¿Por qué me han enviado aquí? ¿Qué hay detrás?

 

Los avances humanísticos estaban totalmente tirados en el Acantilado del Idealista. Así se llamaba ahora al cementerio de las verdaderas mentes. Rodeados de astucia servil, pobreEdad de Hierro o, podría decirse, la Edad del Petróleo. Demasiados avances para la pérdida de tiempo. Avances para el desuso mental, adiós al pensamiento...simplemente descansa de las jornadas que te robamos de vida. Se nuestro. Se un arma para nuestro indiscutibledominio. Armen en filas. Derecha. Izquierda. Uno. Dos. Tres... Abriendo paso en filas. No salgáis de la línea dictada. Todo lo demás es incoherente. Diferente. Extraño. Pestes.

 

Así los días pasaban. Los años también. Y, además, las épocas, con sus respectivos siglos. Mantenían el orden con seguimientos de papel. Un papel te hacía ser un alguien. Por seguridad. No por control. Adiós a la privacidad. Adiós a la vida.

 

Aunque, la mentira más grande de todas era la de inmortalidad. La Tierra envejecía con ellos, el Sol también. Nadie les diría si el final era mañana. Sus vidas no importaban, las suyas sí. Eran los que levantaban las primeras gotas de rocío, pero sólo eso. Los que debían vivir la sensación de frescor se les permitía a unos cuantos elegidos. Pero esto no es lo importante de la historia. Quedaros con el Sol. Tal vez mañana no amanezca igual que ayer. Un día, el Sol, no saldrá. Nada fue nunca eterno...

 

 El verdadero problema del asunto yacía en el uso de la palabra. Se destapaba un enorme miedo a los que reaccionaban a la obviedad de los años. Confundían, una y otra vez, el significado de madurez. Eclipsaban la invención de nuevas clasificaciones por la obediencia. Si uno de los soldados se negaba a acatar las estúpidas palabras o reglas era  un niño que se negaba a obedecer o un perdido de la vida. Más perdidos estaban los que se guiaban por inútiles órdenes que aquel que se cuestionaba al menos lo que le dictaban personas que no habían llamado nunca a su puerta para pedirle un abrazo, una sonrisa o, sin más, una palabra de preocupación.

 

Lo importante era el cotilleo cotidiano: si alguien se casaba, si alguien expulsaba un gas fétido, si alguien se divorciaba, si alguien tenía problemas familiares, si alguien iba a un funeral, si alguien mandaba al monte a otro. Nadie preguntaba cuándo se celebraría una reunión de impuestos. Nadie preguntaba cuándo se celebrarían Cortes, simplemente se cortaban frases. Nadie era invitado al Parlamento. Corrales. Granjas. Campos de concentración con amplías fronteras, pero fronteras.

 

                                                                                                   .....

Unas cuantas notas se empezaron a escuchar dentro de una habitación de un lugar recóndito. Y se oyó la voz de una mujer cantando ...

 

One is the loneliest number

That you'll ever do

 

Two can be as bad as one

It's the loneliest number since the number one

 

 

No is the saddest experience

You'll ever know 

Yes, it's the saddest experience

You'll ever know 

Because one is the loneliest number

That'll you'll ever do

One is the loneliest number 

That you'll ever know 

 

It's just no good anymore 

Since you went away

Now I spend my time

Just making rhymes

Of Yesterday


Because one is the loneliest number 

That you'll ever do 

One is the loneliest number

That you'll ever know 

 

One is the loneliest number

One is the loneliest number 

One is the loneliest number

That you'll ever do 

One is the loneliest number

Much much worse than two 

One is a number divided by two

 

 

 

Terminó la canción. En su interior quería escucharla una y otra vez. Ya nada sería igual desde que pasaba noches creando y especulando sobre la importancia de las cosas. Esa era una de las razones por las que nunca debió ser feliz.

 

Había veces que dudaba en escribir. Parecía un robot que quería hablar, decir, pero siempre con las mismas ideas o utilizando los mismos recursos. ¿Qué podría decir hoy? ¿Qué idea quería expresar? Tal vez un simple halo contra la sordera, ceguera y antitactosocial. No sabía muy bien por dónde empezar. Siempre la misma canción. Exprimirse como una naranja no se le daba bien. Una inseguridad la invadía cada mañana, pero la noche le inyectaba un poco de valentía cuando era necesario. Dos personas en una. No sabía la coherencia de la verdad, pero buscaba su respuesta incansablemente.

 

Digamos que era un número clasificado en un fichero que nunca llegó a ver. No necesitaba la prueba de un papel para saber quién era y por qué estaba sintiendo los latidos que retumbaban en su pecho. Era mucho más complicado que eso, una impotencia llena de bombas de relojería divulgadas entre el cementerio y el desuso.

 

Cogió un cigarrillo. Lo encendió. Y así podía pasar algunos momentos solitarios en ese lugar que llamaba casa. Se mataba, pero al menos se mataba a sí misma. Se inventaba enfermedades en laboratorios y luego vendían productos que la mataban igualmente, eso sí con hipocresías de una preocupación extrema a la hora de ponerse uno enfermo. Que no mintieran tanto, lo que querían es pagar menos por mi salud. Nadie de los que ponían las normas se había acercado a saludar a su puerta para saber su bienestar mental o físico. Realmente, simplemente era un recorrido de letras, estudios, fecha de nacimiento y un interrogatorio al lado de la palabra muerte.

 

Otra pesadilla más que atormentaban los días cada vez más. Había sueños, claro, pero se hacían menos habituales cada vez que envejecía su cabeza. Se desviaba de la preocupación auténtica del todo por los altos cargos. De repente, encontró una alegoría graciosa de cómo algunos representaron a la mujer en las antiguas escrituras. Parecía mentira que un rumor general reflejara a la mujer como bebedora sin escrúpulos, además de persecutoras del desorden social... Rara imagen griega, pero podría acogerla ella con brazos abiertos a la fumadora insaciable.

 

Pocas horas quedaban para un nuevo Tropa en filas. Pero, antes de todo, tenía que apaciguar todo lo que no estaba en calma. Expandirse. Crecer. Conocerse. No quedaba tan lejos el poder de su infancia, de sus sueños o fantasías. La imaginación no la había abandonado entre los peluches ni los cuentos. Aunque, esa niña sostenía ahora un cigarrillo en la mano y unas verdades enfrente de los ojos que antes no dejaban ser vistas por un mundo de perfección. Nunca tendría el deseo de tener hijos. ¿Sabría mentir lo suficiente a una mente inocente? ¿Sabría engañar como otros?

 

La hora se acercaba. Había que darse prisa antes de que el Sol cambiara su distanciamiento de recordar ese día como ese mismo día. No quería ordenar ese recuerdo, simplemente plasmarlo con lo mejor que sabía hacer: palabras.

 

Empezó a teclear ...

 

Puertas cerradas. Los vientres fértiles, que descansaban en el césped seco, se separaban de los inconclusos y defectuosos. Eran pocos, pero tenían fuerza interior. Los pechos que sobresalían de su ansiada carga interna se detenían en las imágenes de lo que pudo llegar a ser una revolución clandestina ...

 

Vanora Miranda

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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