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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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Dos inmortales en un Café

 

Érase una vez o, tal vez, dos,  que vivía un placentero héroe de miradas, recatado, silencioso en pensamientos, astuto en frases elocuentes y fuera de toda arma narcisista. Le acompañaban letras escritas en su piel, un anillo que no se quitaba ni para dormir, pero su mayor acompañante era su fiel amiga, captadora de sonrisas. Era una máquina algo más pesada que diseñada; robados las mañanas, paseos y búsquedas los sábados, arte los viernes, y algún sentimiento inmortalizado los domingos, resumían las tres partes de ese corazón con barreras y sueños. El resto de ésta concluía en el pensamiento más escondido de su cueva, lejos de todos aquellos que le acompañaban en sus ratos libres.

 

Su poesía, su lírica más llamativa sólo salía a la luz cuando la noche llegaba a su aposento. Se recataba de todo papel escogido anteriormente, se postraba en ese sofá azul abrazado por inmensos cojines y escuchaba una y otra vez el último CD que le había fascinado. Entre otras cosas, escogía las palabras adecuadas, las embellecía como podía y recogía los datos necesarios e importantes de cada uno de sus adversarios. Podía pasar horas observando las calles de esa ciudad proscrita, él siempre encontraría algo. Tenía un talento salido de esas películas sin color. Podía  pasar por un fascinante amante de caricias sensuales y selectas, cálidas respuestas y, ante todo, terminar las frases con delicadeza.

 

 Su aura era la imperfección de la sensibilidad. Su artista interior era la bestia más feroz que destacaba a la hora de que los rayos del sol penetraran en el globo terráqueo. Era la perfecta arma seductora entre las miradas que robaba a las desprovistas almas. Ojos claros cual la miel, una sonrisa fina, delicada y seductora; una nariz pequeña e imperfecta que, aun siendo imperfecta, perfeccionaba su rosto intangible. Y, como todo héroe, no podemos olvidar a su fiel rocín, que había convivido con él unos trece largos años, Yrraj. Los largos bigotes dejaban ver el paso del tiempo, pero el carisma y el vivo espíritu lo dejaba caer en reconquistas de cestas que trajera su dueño. Ante todo, era un cierto vividor de experiencias y sensaciones, aunque siempre al lado de su fiel  amado amigo y héroe, Lord Capa

 

Capa tenía un peculiar vicio, el café. Podía ingerir toneladas de café, degustándolo compaginadamente con libros. Alguna que otra vez, se permitía el lujo de escavar afondo en los momentos instantáneos que robaba de los inframundos. Cafeterías, rincones secretos, pero siempre huía a la montaña. Tal vez, no se sabe bien, era el sitio que mejor le conocía a él. Demasiadas horas paseando en el fondo de los caminos perdidos y recónditos, animales susurrando en su oído por las noches, la luna que no paraba de regalarle amados versos de apaciguamiento y, siempre, las brillantes y relucientes estrellas.  Esas estrellas  eran la cuna de los mecidos pensamientos. Paisajes, paisajes que con tan solo cerrar los ojos podían recordarse...

 

Dejemos a un lado a este héroe moderno. Ahora, sin mucha dilación, nos centraremos en el segundo pilar de esta historia de perdidas perdices.  Sentimos ofrecerle al lector a este peculiar contraste en la voz de experiencia del héroe y la tan desastrosa calamidad de la excentricidad en, llamémosla por decir algo, anti-heroína.

 

Aronav, o así le habían nombrado sus padres cuando nació, tenía un mundo de fantasías por donde pisaran sus pies. Es posible, por hacer una hipotética teoría relativista, que dibujara imágenes cinematográficas cada pensamiento que escupía alguien por la boca. Si su humor era malo, bueno, seductor, irónico, entre los otros tantos que no he nombrado, podía desdoblar la realidad paralela hacía otra estancia totalmente diversa e irreal. Para ella, era real. Eso era su vida, las hipotéticas visiones y reacciones que no podían llevarse a cabo o que simplemente debía descansar en el resguardo de su más temida personalidad. Sus amantes eran las letras. Las encontraba bellas. Desde siempre había analizado cuidadosamente las hermosas líneas que crearon los grandes antes que ella; sus lienzos policromados en sentimientos era su psique, aunque no era la único cosa que amaba en este mundo.

 

Las líneas melódicas contaban sus historias más escondidas y tristes. No había día que no resistiera entonar un re mayor, un mi sostenido o, tal vez, un Soul de los años setenta. Llevaba un tiempo retirada de escenarios sin aplausos, en los circos de lo absurdo, de las palabras que volaban con los sueños, pero ahí sentía ella encontrarse cuando cerraba los ojos en su recluido mundo. En ciertas ocasiones, sentía la frustración de la poco técnica a la hora de hacer bailar el pincel, pero su ostentoso orgullo la dejaba avanzar como podía en las telas de los lienzos. Algo pintaba, algo intentaba decir.

 

Su compañera más fiel era la plata de los ríos. Pasaba horas con ella susurrándola, despertándola de los horribles pensamientos nocturnos. Nunca dejaron de atormentarla las inconcluyentes preguntas sin respuesta, las que estaban siempre presentes y, en muchas ocasiones, no dejaban que avanzara hacia nuevas metas. Formaban parte de ella un collar que prometía el deseo a todo ello que quisiera, dos pulseras aparentemente nuevas, pero que ya daban las primeras señales de desteñirse el brillante suspiro de la novedad; unas uñas poco cuidadas, con falta de color entre los dedos corazón y anular, un aro que atravesaba por la mitad sus jugosos labios y dos pendientes dispares en cada cardinal de sus orejas.

 

Mirada gatuna, como sus propias garras a la hora de debatir temas relevantes al mundo o a los propios miedos de su persona, unas armas escondidas por el dolor pasado en el pecho y una suspirada sonrisa aunque llorase primaverales manantiales,  estaban presentes en el perfume que desprendía con sus caminantes pasos y, finalmente,  una nariz chata de frente y, quizás,  reflejo puntiagudo en perfiles.  Su vicio era las burbujas, allá dónde hubiera un refresco que efervesciera su paladar no podía rechazarlo. No sólo contentas con eso, su rincón de reclusión era junto al mar. Allí estaba su lugar, su futura tumba en unos años y  -sin ninguna objeción por parte del que narra-  pilar de sus recónditas imágenes mentales.

 

Aquí están los dos, los personajes de nuestra historia. Déjenme que les prosiga relatando está delicada y dulce historia, no en una ciudad de la antigua Verona, no en una ciudad dónde los pintores velaban las horas del café o las incesantes palomas en el cielo de Italia revolean por las cabezas de los peatones. Nuestra escena más popular, de los cantos de juglares o -póngase en la época actual señor narrador- en los gritos de cantautores escondidos. Estamos en el país de las Moaxajas, de los Cancioneros de palacio, donde el sutil baile de lo enfermo y sensual frenesí se dejaban en las paredes de  bares y tabernas.

 

Un día, podría ser incluso el día de mañana, en un Café de la ciudad de resistencia, se dispuso Aronav a leer los versos siguientes de su amigo. Su vista no podía quitarse de las delicadas hojas, los sueños y dimensiones que la estaban ofreciendo eran, incluso, más bonito que el despegue de las estrellas fugaces hacia coordenadas incalculables del universo. Pero ahí estaba ella, sentada en esa mesa cuadrada con un sofá a su espalda. La barra del bar estaba justo enfrente de ella. Tenían una extensa variedad de tazas con distintos diseños, formas y tamaños. Al fondo de del pasillo que se abría por la cúpula formada por columnas, se encontraban más mesas cuadradas, pero tampoco era un fondo tan profundo como el mar. Hacía su izquierda se encontraba una ventana bastante grande, donde también se encontraba una mesa, pero sin sofás. En su lugar, había dos sillas, con sentimiento de vacío y abandono si ninguno se sentaba en ellas. Era como la perfecta mesa para un encuentro de enamorados. No quiso que volvieran a ella pensamientos de ese estilo, quería dejar la mesa y las sillas como puros aspectos físicos incontrolables e inexplicables, aunque siempre sus ojos ponían belleza y poesía a las delicadas figuras que dibujaba el subconsciente.

 

 

Como si una espesa bruma se hubiera transformado en las afueras del Café, se llenó su escena. Así, poco a poco, empezaron a llenársele las piernas de un escalofrío prudente y sosegado y, observando entre la claridad que había por las esquinas, pudo divisar la figura del héroe. Ahí estaba él, en la  mesa de la otra esquina. No pudo evitar mirarle de reojo, su postura de búsqueda interna le hacía cada vez más sexy. Le siguió observando durante un tiempo. Se levantó. No se preguntó en ningún momento lo que hacía, pero ahí estaban sus piernas avanzando hacia ese desconocido vampiro de la bruma. Seguía embobado con en sus acciones. Parecía trabajar en sus creaciones, revisando afondo cada detalle de la imagen como si fueran sus hijos. Ella seguía avanzando a esa figura. Y, sin pensarlo siquiera, se sentó en la vacía silla. Se miraron.

 

-          ¿Curiosidad? - preguntó ella con mirada seductora.

 

-          Ya no, admiración. - respondió el mirándola a los ojos.

 

-          ¿Admiración? ¿Cómo se puede admirar a alguien si no he abierto los labios? ¿Has indagado en mis pensamientos sin yo saberlo? - sonrió.

 

-          Admiración por sus ojos. - repuso él sin echar la vista a un lado de la imagen que tenía de frente.

 

-          Bueno, se dice que es el reflejo del alma. La psique. Es curioso, ¿os sabéis el mito de Cupido y Psique? Tiene que ver con los ojos, por eso dicen que es el reflejo del alma. - sonrió otro vez atontadamente y dejando la vista a un lado.

 

-          Lo desconozco. ¿De dónde sales? - preguntó con demasiada curiosidad.

 

-          Ja,ja,ja - se escucharon sus altas risas- . De Umpalandia. No, realmente soy de aquí y de allá, pero lo mejor de todo es que necesitaba a alguien desconocido para poder ser sincera con lo soy. - afirmó ella.

 

-          No os veo cuidando los huertos de caramelo del señor Wonka. - sonrió.

 

-          ¿Sin coherencia? - preguntó ella por sorprender.

 

-          ¿Quién sois con coherencia?

 

-          Gran respuesta. Citare una frase: "Todos empezamos siendo desconocidos, lo importante es cómo terminamos"

 

-          Bonito juego de palabras, pero no da respuestas inmediatas, que es lo que buscaba. Supongo que este no es el medio para obtener ese tipo de respuestas.

 

-          Entonces ya tenemos algo en claro. Algo se buscaba, siempre se busca algo.

 

-          En fin, me quedaré con sus bellos ojos

 

-          Sólo puedo deciros que me llamo Aronav. Es mi nombre real. Raro, pero real. 

 

-          Bonito por lo extraño. Pero, en fin, mejor así. Las letras son para indagar, la piel para conocer. ¿No os vais a casa? Es tarde.  - fijó después por cuarta vez su mirada su rostro.

 

-          No. Soy ave nocturna.

 

-          ¿Ve en la oscuridad?

 

-          Más bien, indago en los pensamientos que no puedo decir a nadie, en la soledad de la noche. Escribo, escribo lo que no puedo decir y, así, me conozco más a mi misma o comprendo más lo que me rodea.

 

-          Tiene aspecto de conocerse perfectamente, otra cosa es que se guste. - respondió él con pensamiento claro.

 

-          Sí, creo que has dado en el clavo, pero siempre hay cosas que descubrir. Puede que haya cosas que no me gusten, está claro. Aunque, suelo pensar que eso es culpa de la sociedad que nos hacer ver moralidades políticamente correctas.

 

-          Es sencillo. Es tan sencillo echar la culpa a la sociedad que ya no lo considero ni arte. A mí, personalmente, me gusta más saber cómo soy, gustarme con mis fallos y descubrir que lo imperfecto es mucho más divertido que lo perfecto.

 

-          No le echo la culpa entera a la sociedad, pero el arte también es crítica, liberarse de todo. Sí, la imperfección es bella.

 

-          Hablaba del arte de echar la culpa. Pero el Diablo me libre de andarme ahora con doctrinas. Haga vos lo que buenamente quiera, que seguro será lo mejor para vos. - añadió él.

 

-          ¿Salís entonces vos de un cuento? Hemos abierto la capa del libro...sin título, ni autor.- dijo aplicando la suave textura de su mano sobre la que él apoyaba en la mesa.

 

-          Autor tiene. Somos los dos. Título...estará escrito en una lápida, supongo. Hasta que no se termina una historia no se le puede poner nombre.

 

-          Dentro de poco, saltaremos como en El Mundo de Sofía. Iremos divagando a que nada existe y que todo es un cuento...Bueno, hay historias interminables que no llegan a cerrarse.

 

-          Sí, pero tienen que ser contadas en otra ocasión y vos no me dais el papel de ...hija de la luna.

 

-          Depende de cómo quieras ver a la Luna. Puedes verla como un símbolo de muerte o como un simple guardian.

 

-          ¿De dónde salís Aronav?

 

-          Salgo de los amores que nunca pueden ser encontrados. De un mundo que no existe ahora, pero existió. Se llama Romanticismo. A lo mejor terminaré como una loca, viendo molinos de viento que son gigantes en mi búsqueda.

 

-          Sabes que no siempre eres romántica, quizá por eso no sales de ahí. Es tan abstracto el término...Sales de otro lugar. - respondió como si conociera perfectamente a la joven doncella.

 

-          Es una mezcla de todo. La pasión por el arte de las palabras. - miró terminando a su cortés héroe.

 

-          Eso es lo poco que sé ahora de vos. Que romántica no es que sea exactamente, más allá del momento concreto claro, cuando todos los somos. El hecho de estar buscando las palabras que terminan en punta no es romántico.

 

-          Sí, no lo es, pero no creo que deba descubrirme  del velo todavía. Es lo gracioso de las cosas.

 

Cruzaron miradas por un instante y él comenzó a hablar otra vez.

 

-          Tiene más de literatura y de inteligencia que de romanticismo. No quiero quitar ningún velo. De hecho ambos sabemos que jamás nos volveremos a ver. No se preocupe por los velos.

 

-          ¿No? Entonces es porque vos lo decidisteis así. Preferís imaginar que no existo. Soy una imagen de vuestro café y volveré a desaparecer por la bruma que me ha llevado a vuestra mirada.

 

-          Ahora que sé que vos no estáis de acuerdo, pues si, se ve que es por lo que yo decidí. Una cara y palabras que me llegaron en una tarde de otoño.

 

-          Os dejaré con sus imágenes. Con tus almas robadas. Cuando fotografías algo te llevas un pedacito de alma. Perdonadme, ¿qué deseáis?

 

-          Deseo tantas cosas de madrugada...

 

-          ¿Cómo el que, Señor?

 

-          En nada. Simplemente, no sé. Cuando hace falta me río de mi sombra cuando me sigue.

 

-          Entonces eres un niño perdido de Nunca Jamás, como Peter Pan. Tendrás que coserte la sombra en los zapatos para que tú seas dueño de ella.

 

-          Soy dueño de muy pocas cosas, y mi sombre creo que me tiene cariño, no me abandona. - terminó diciendo bebiendo un sorbito de café y prosiguió diciendo- ¿Sabe? Tiene varias docenas de imágenes que haría mías o la haría mía en decenas de imágenes, no lo sé.

 

-          Tenía hambre de elocuencia. Hambre de encontrar la aventura, salir por la puerta pisando fuerte y encontrar algo que me sorprenda.

 

-          ¿Se ha sorprendido?

 

-          Sí, y no me suele pasar, Noble Caballero.

 

-          Pues, no es así.

 

-          Entonces, hágame suyo cuando le sea preciso.

 

-          ¿Tenéis vos un óbolo? Creo que debo pagar mi peaje a Caronte. Este sueño he de pagarlo en el purgatorio.

 

-          Por tener no tengo ya ni Alma. Lo mío es todo por miradas. Con una buena mirada a todas partes llega. ¿Por qué no aparecisteis vos hace unos años? Hace diez, pero tal y como está ahora hubiera removido infiernos por tenerla. No consigo leer en sus ojos, todavía no puedo acostumbrarme a ellos.

 

-          Segura entonces quedo, si en mis pensamientos no podéis entrar.

 

-          Del todo no. Y, créame, quisiera, pero ni lo voy a intentar. Sus verbos hablan con soltura, cuando quiera usted que yo conozca sé que me lo hará saber.

 

-          Es mejor reservar lo que no debe ser nombrado. - bajó la mirada.

 

-          ¿De dónde salís y por qué tan tarde?

 

-          Nunca es tarde, el tiempo nunca existió.

 

Diciendo esto, Aronav se levantó. Dejó en una servilla su número de teléfono. Cuando terminó, echó la mirada hacía sus dulces ojos. Le sonrío. Quiso besar esos labios bañados en pecaminosas palabras. Le dejó la servilla en esa mano delicada. Él la observaba muy cerca, analizando sus gestos y muecas. Mientras tanto, ella se dirigía hacia la puerta de ese Café perdido en una calle de guerras. Antes de irse sólo digo estas palabras:

 

-          No tengo motivos para olvidar las cosas, porque considero que todas ellas son la suma de lo que soy o quiero ser.

 

 

( Continuará....) 

 

Vanora Miranda

 

 

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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