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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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Empirismo Existencial

 

Mi enfermedad mental

me ocupa muchas horas al día.

Intento calmarla con fantasías,

pero esa voz intransigente,

sin forma ni abstracción posible,

vierte su nefasta cicuta

en mi lóbulo temporal izquierdo.

 

Cicuta, así la llamo.

Cicuta es andrógina, pero con voz.

Cicuta es incorpórea...

Cicuta excava y exhala los miedos,

me hace sentir un monstruo.

No llego a divisar quién de las dos soy:

Cicuta o la sombra menospreciada.

 

¿Por qué esta enfermedad?

Aun derramando café, oigo su cara.

La negación parece ser su invitación...

Cuando replican sus voces en lo alto,

en la cúpula más perfecta de todas,

mis ojos dejan de ver las sombras platónicas,

y Egoísmo paga el óbolo a Caronte.

 

 El monte Pelión parece ser mi cuna,

no hay ningún banquete enojado,

pero Eris, aburrida, desaloja

las migajas de ilusión...

mientras Suplicio raja el corazón.

Tantas mentiras irreales, tantas,

que se disfrazan de verdades.

 

Odio ser mujer, odio este embarazo.

Parir tantas veces el amor,

mediante sintaxis vomitarlo,

enterrarlo en las páginas de papel o,

simplemente, desterrarlo.

Odio ser monstruo, odio a mi sexo

por recordarme la primera letra de mi nombre.

 

Y todavía, en las horas que me deja

en la terapia secular de antiguos psicólogos,

rechina en mi cuero cabelludo el nombre

de aquel que definió la perfección ...

Cicuta, ¿alguna vez te cansaste

de desayunar, oprimir, martirizar,

 sollozar o matar mi mente?

 

Pasando las horas en este jardín podrido,

observé a mi alrededor sus flores:

las Azuzenas se habían marchitado,

las Gardenias se habían gastado,

los Geranios estaban olvidados,

el Eléboro crecía y la Damasquina

retumbaba la explanada.  

 

Pero  olvidé...olvidé una esquina.

Había una flor muy escondida.

Detrás del Espino Blanco

se encontraba el Clavel.

Estaba perfecto, relinchando al sol,

sin llorar, seguro de la putrefacción.

Creo que era rojo o cegado de pasión.

 

Mi enfermedad mental

a ciertas horas me excita.

Produce en mi el orgasmo

de sentir las letras como espinas.

¡Perdona, perdona a Cicuta!

Siempre plantando en mi Damasquinas.

No quiero llorar, no me dejes llorar.

 

Cicuta, así la llamo.

Cicuta es enfermedad.

Cicuta es el embrión de elefante.

Cicuta es dolor.

Cicuta es inaguantable.

Cicuta es mi destrucción.

Cicuta es mi monstruo incansable.

 

 

 

 

 Vanora Miranda 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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