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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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EL TEMPLO DEL PRESTIDIGITADOR

 

 

 

¡Sentada!

Como había hecho durante cinco años.

Con sapos y ranas jugando

al cruz y raya en el córtex cerebral.

Era el Templo de las cariátides podridas,

cuyos pasillos, con especial olor a intelligentsia,

producían anginas.

Su césped era lo único que reconfortaba,

y entre ecos de versos

que relataban al marinero maldito,

mujeres agorafóbicas masturbándose,

el poeta eléctrico llorando la muerte,

o el ritmo prerrafaelita de la barca del arte moribundo,

la ventana trasladaba a una habitación en Arles.

La enfermedad  invadía los árboles,

Van Gogh resucitaba durante el encarcelamiento

¡Casa Amarilla!

y entre lección e instrucción

los pupitres alquilaban el nombre

a los arbustos del Jardín del Poeta.

Sin embargo, cuando se traspasaba

las puertas de salida se respiraba ese incienso

repugnante en los pasillos: olor fétido de dandy adiestrado.

¡Horizonte flamenco!

Bancos de parque , siameses de la pared,

aspirando a  tabla de juegos del charlatán.

La figura sin nombre, la pluma jorobada

en busca de sublimidad, de anacronicidad biológica,

simpatizante de Ignatius J. Reilly,

observaba los excrementos de caballos

en los resquicios de la iglesia de Pedro.

- Ay ,  perdónales bendita - lo que seas-

pues en esta medievalidad moderna

pasamos hambre de tinta

y recibimos como pan la mentira.  

Sí, hambre de tinta que nos descarta

como descendientes directos de Gutenberg.  

Pasillos divorciados, psiquiátrico,

¡Plagio absurdo del  Senado Romano!

¡Ejército de prestidigitadores!

Y las plumas jorobadas...

sus  meros simplones curiosos.

 

Vanora Miranda 

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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