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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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LA ALFOMBRA DE CLEOPATRA

 

 

A Catherine, mi madre  

 

Ella venía.

Confundía mi fascinación con pereza.

Con cuatro años de aprendizaje forzado,

- no es que lo empezara a comprender-,

era su rutina maternal inesperada.

 

¡Ya lo creo que venía!

 

Acompañada del sabor a té con leche;

de las violadas páginas

por la lámpara de noche;

de los guiones de Trumbo y Mankiewicz,

de las dichosas obligaciones hereditarias.

 

¡(Suena tu nombre)! ¡(Se repite tu nombre cariñoso)! ¡(Otra vez tu nombre)!


¡Despierta!¡Una alfombra de Cleopatra SÓLO para el César!

 

Cleopatra.

Soy Cleopatra.

Me enrollaba entre las sábanas

como el camaleón con su lengua, 

-con seducción y desparpajo infantil-,

mientras imaginaba las luces, la cámara y la acción.

 

Ella.

Ella hacía de César.

Entretanto,  mi postura en esa alfombra imaginaria

hacía mímica a Elizabeth Taylor

y el dormitorio robaba apodos a Sunset Boulevard.

 

Ahora despliego otra voz, una de tantas. ¿Será la de niña? No sé. En realidad, tampoco lo quiero saber. No quiero que lo sepas. Pero, ¿sabes? , es inquietante su simple aleteo por estos lares, los del pensamiento; surfea, patina y se pone en huelga - supongo- con el lóbulo temporal derecho. Al final, todo gira en torno a lo diestro cuando el espejo es zurdo. Yo soy niña, una niña zurda. Te preguntarás si busco un jardín, pero no. ¡Basta ya de los jardínes! Me saben a poco, son una minucia. Yo busco esas más de 200.000 galaxias, perderme en el polvo y los infinitos gases. Ser el gluón más fuerte, el más grande.


Viene otra voz. Esa voz está contigo ahí, en esa escena forrándose para no arrugarse; se adhiere al cerebro como el cordón umbilical. Se aleja su color del té con leche cósmico de tus desayunos. Olor a rizo recién peinado. Hacerme la muerta cuando en realidad estaba haciéndome la viva. Transformarme; ser de tu máquina de escribir múltiples voces. El rizo, el olor del  rizo... la precipitación meteorológica inexplicable en momentos de máxima crisis. Los baños con supuesta leche de cabra haciendo de china con un barco a cuestas. Nuestro Nilo particular enfrentado entre el verde y la autopista;la alfombra,el camaleón, el Boomer kilométrico.


Divisiones. Fragmentación. Rebobinar una vez, y otra y otra más y otra... rebobinar la película del pensamiento hasta que se raye definitivamente el DVD. Congelar nuestra imagen. Observar a esa yo irreconocible. Extrañarme y extasiarme del roce que las manos del hoy sienten con el rosado natural de la piel que apenas había dejado de ser virgen. Acercarme, como un espíritu perdido, a tu jersey turquesa; coger prestadas tus gigantescas gafas a la moda Umbral. Alejarme de nuestras figuras congeladas por el pasillo que en mi recuerdo parecía tan largo como la Muralla China. Ahora, lo observo como si fuera un poco más largo que el diámetro de un mechero.              


Continuo con mis fragmentaciones. Sé lo que busco perfectamente: la puerta del despacho. Reconozco esa puerta de madera vieja. Me apresuro a abrirla. La abro y vuelvo a cerrarla, busco algo escondido en la joroba de la puerta. Ahí está: tu poster gigante de Drácula de Francis Ford Coppola. Al fondo, pegado casi junto a la ventana, encima de la mesa, tu máquina de caperuza roja. La busco incansablemente, como si supiera olfatear mi destino en el sonido de sus teclas. Me inventaste primero en tu máquina, ahora no puedo parar de encontrarme entre sus letras.


No sé por qué he huido aquí, a esta casa, a este pasado concreto. Tal vez sea porque es el único sitio donde puedo ser yo misma agusto. No tengo que esconder que soy una niña atrapada en un cuerpo que se descompone. No tengo que camuflar mi tristeza con los gritos o la rabia. No tengo que renunciar a la imaginación por las obligaciones. Supongo que por eso he huido a ti, a tu máquina de escribir. Para escapar de la doble condena en la que me has postrado sin querer. Una de ellas es la propia vida. La otra, descomponerse cada día en trocitos de poesía.


Sin embargo, aquí está la imagen. Este es mi vórtice, el que Pound nunca supo encontrar, pese a quien le pese. Lleno de amor, añoranza y nostalgia. No puedo evitar levantarme todos los días buscando mi alfombra de Cleopatra. Caminar entre maquillaje y vestidos egipcios impregnada del aroma de tus rizos. Pasar los días viviendo en la isla de Ogigia, mientras el mundo se empeña en enviarme a Ítaca. A quién voy a engañar... en el fondo tú y yo sabemos que juego a ser Cleopatra. En realidad, soy Calipso intentando esconderme de la muerte en la poesía y sus páginas.

 

Vanora Miranda      

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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