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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 20 de octubre de 2020

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PSYGOSCELIS ADELIAE

 

he invertido el Polo Norte. Mary Shelley tuvo que querer decir la Antártida. Coleridge era un hombre culto, nunca pudo situar a un albatros en el Polo Norte. El sí cosmogónico que atormentaba a Clarice comienza, sin lugar a dudas, en la Antártida. La única estación epistolar de un Robert Walton con anginas de conciencia

 

pero esto es poesía

 

la poesía no tiene conciencia      el hielo es bosque

 

en esta Antártida es imposible hacer barricadas a los druidas. Se hace hueco a los trovadores con sus herejías, con sus incircunstancias, con los lametones de clítoris a las musas medievales. Se espermiza la moral, el palo en el culo que se estancan en el espacio entre coche y andén. Pluralizan las constantes vitales de la plusvalía del reglamento metropolitano

 

pero no, no, no

 

esta poesía trae a una Antártida trópica

 

aplastante Trópico de Ecuadores. Oclusivas y jónicas estrellas en las tormentas de las cabras. Jerusalén abriéndose como el coño de una virgen. Antártida camuflada de ramos y asnos voladores. Un belén forjado con icebergs a capa y espada, con una pingüina adelia de emperatriz. Floreces, radiocassette, en el desierto de camisas y vapor

 

brújulas de hielo, buscáis sin descanso la piedra perfecta entre peces y ballenas. La piedra más hermosa. Atrás quedará la tentadora eternidad recluida en las fauces de la piedra Filosofal. Ya no habrá genuflexión posible al Cáliz. La magia es para cambiar las páginas de la Literatura: Ginebra descubrió el Grial e hizo bebérselo a orgásmos a Lancelot

 

Lady Shalott al verse hundida en la barca, sorbió el arte con pajitas. Olfateó el sudor lunar, la basalidad en la danza de los muerciélagos. Los gusanos no osan posar sus clitelos en la espada que separa, si es que existe alguna, sus cuerpos. Espero que los tenga bien puestos en los calzoncillos Merlín, Arturo... el que se haga llamar "posador de espadas"

 

que vengan aquí con sus ejércitos de dinosaurios, viajar si acaso al País de las Maravillas, hacer la fiesta de los huevos líricos. ¿Sabrá distinguir mi huevo? ¿El reptil que es capaz de mamar de raíz el sol? Ay, el huevo es como llamo yo al ovillo del vacío. Una Ariadna encerrada en un laberinto por la bestia del minotauro. El tributo fue el silencio. El tributo fue el puto silencio.

que responda el significado y el significante, los árbitros de las tarjetas rojas o amarillas. Las pinto azul, rosa, naranja, verde, ¡MORADO! Las pinto tricolores. Policromadas. Traigo el esfínter de los huecos esdrújulos y llanos. Las fágias, los fégios, los fígios, ¡LAS FÚGIAS! Traigo. Esa tarea que se vicia con el Carnaval o las presentaciones. Traer. La musicalidad de la fonética nos contradice. El diccionario es sólo viento firmado.

 

bajo la costilla y el diluvio de las huellas dactilares. Ya nada, nada, nada. No salen pompas, ni espuma en las erupciones del microondas. Porque lo sabes, es nada. Ya nada, nada. Porque yo lo reduzco todo si es preciso. Desvanecer en los cometas de interés público con Galileo. Aplaudo. Aplaudo con maquetas de un mausoleo y el laberinto.

 

Escucha, escucha al minotauro

que planta el huevo ovillado

llovizna de saxofones afinados

la piedra más hermosa de la isla de Ogigia

la pingüina adelia marginada en canciones aqueas

escucha, joder...

escucha al minotauro 



Vanora Miranda   

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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