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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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¿HAS VISTO UNA LÁGRIMA BAJO UN MICROSCOPIO?

 

Dentro de poco, habrá oposiciones para un puesto nuevo en los laboratorios. Estará incorporado, sin miramientos, dentro del cuerpo de funcionarios del Ministerio del Amor. Lo conocerán como "El Científico de las Lágrimas". Una jornada laboral llena de mesas engordadas y atiborradas con un apilamiento de muestras por etiquetar. Jugará su curriculum a hacerle creer ser el nuevo Linneo. Bajo su microscopio pasará horas estudiando las formas de cada una de las lágrimas. Sus abstracciones. Sus geometrías. Sus genomas. Sus emociones. Al cabo de unos meses, el Ministerio pedirá más requisitos en la clasificación. Describa con precisión los dibujos adscritos a los negros. Naciones. Más tarde, comenzaron con las religiones. Luego, vinieron las mujeres, transexuales, homosexuales. Enfermos. Discapacitados. Al cabo de un año, pidieron la distinción del hombre burgués con el proletario. El científico era un hombre que hacía su trabajo. Mantenía una familia. Era un trabajo como otro cualquiera. Humilde. Respetado. Enriquecedor. Clasificar las lágrimas de los humanos nos salió por el módico precio de diez mil martebytes al mes.

Con el paso del tiempo, la lágrima se convirtió en acción de Bolsa. Todos los países compraban como locos el valor de sus lágrimas compatriotas. Subieron en alza la estadounidense, la alemana, la francesa, la rusa. Cayeron a pique la palestina, iraquí y siria. Nadie se explica el porqué, pero los ingleses dejaron comprar a los chinos y japoneses las africanas. Corea del Norte y Vietnam seguían abarrotados de inmensos barriles de sollozos. La India siguió el ejemplo de los bretones. España, Grecia, Portugal se quedaban en el banquillo. Rusia aprovechó la bajada e intentó invertir en el Mediterráneo. Las de África seguían sin nombre. Las de Sarajevo yacían con su biblioteca.

El mundo estaba dominado por el dominio. Ponían como niños fuera de sí, en un arrebato estúpido e ilógico, las lágrimas de la crucifixión de Cristo en la balanza. Las lágrimas de Judas. El testamento mortuorio al hijo de María. Las pasadas a la parrilla de Lorenzo. Las torturadas por Job. Ponían en la balanza sin escrúpulos sus propias lágrimas. Sus propias lágrimas... Pasarse la vida buscando la fórmula del cristal para no saber ver que es punzante.

Pero qué voy a saber yo. Jamás vi una lágrima bajo un microscopio. Tal vez sería irreverente una vez más a toda ciencia. Negaría tales abstracciones o dibujos. Bucearía en la mentira para crear otra verdad. No podría valerme un lunar cristalizado al lado de una hoja de nenúfar para valorizar el dolor. No me hagáis contar las grietas de esa hoja. No me hagáis contar los poros deformados del lunar. Ya no sé contar los ojos de vuestras lágrimas panópticas. Mis lágrimas, por desgracia, ya están ciegas y dictan, como Milton, a una de sus hijas. Dictan. Lágrimas mecanógrafas.

no sé cuál será la del dolor, pero ansío saber cuál es la abstracción lacrimal de la indiferencia

y tú, ¿has visto una lágrima bajo un microscopio?

 

Vanora Miranda 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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