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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 1 de julio de 2022

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LA POLLA CALIGULINA

 

La polla caligulina es descendiente directa de la dinastía Julio-Claudia. Su extensión territorial abarca Europa, África del Norte y el Próximo Oriente. Domina las magnolias con la serenidad de los Imperios y con lengua bípeda de santo recita los salmos del bautizo limítrofe. No siente vergüenza a la hora de la expedición. Repta la tierra del Monte Palatino y la Colina Capitolina con la tenacidad de un bebé sediento de leche, llevando a rastras su carro de palabras prostituidas y múltiples máscaras. Su energía es ilimitada, dura en el filo de la batalla más que el ejército mongol. El amanecer de su capullo es la obstinación al derrame de los deltas, al tsunami del Océano Índico y la inexactitud de las propiedades sólidas y líquidas. Su anochecer es el grito de las hienas enloquecidas por la carne y el león apresurado por el antílope. Cada embestida es una hipoteca con intereses. Su arquitectura se debate entre la formalidad de la erección toscana o la vegetalidad corintia. Se abre paso entre las pirámides como si fuera experta de un dialecto entre el élfico y el latín. No deja lunar ni antojo en el cuerpo sin la auscultación pertinente digna de un dermatólogo. Es la astronauta dispuesta a liquidarse entre materia oscura, la que no duda en enviar cuatro caballos montados por jinetes a cabalgar por el ecuador de las provincias. Son movimientos limpios, de nomenclatura clásica, aterrizando con un trémolo de cuerdas en la boca y un arpegio del arpa entre los muslos. El fin último es adueñarse del oboe denostando el canto nostálgico de un cisne, esperando los apoyos discretos del arpa, dejando espacio al pizzicato de cuerdas de las mandarinas. Y esperar, esperar hacer ungüento de su bálsamo con el que realizar el exorcismo de la promiscuidad y la carencia. Durante la espera, el mercurio es la despensa de la fuente, la reducción a la primera materia. El cobre y bronce, el intento metafísico de coagulación de sombras de rinocerontes y bisontes, convirtiendo  el último desastre natural de la Tierra la construcción de templos entre alcantarillas, donde el placer no se distingue del relincho de un caballo. Siempre corre el peligro de las filtraciones de agua para regalar un molde de su esfinge en forma de estalactita. Su firma es un intento de revolución dentro de la Titanomaquia, porque no hay rayo que pueda transformar el deseo en barrotes dentro de mi Tártaro. Ahí encuentra las primeras décimas de fiebre, las alucinaciones producidas por el brote adiatrépsico, haciendo de su cuerpo una mantis fantasma camuflada en el árbol de hojas muertas o el azúcar derramada intentando imitar copos de nieve. Llegan entonces los desfiles de delfines abanicándose con cangrejos y cabras calzando ojos de lobo, dromedarios agnósticos del agua, flamencos blancos por el vitíligo, jirafas usando pelícanos de collar, elefantes vigoréxicos utilizando como pesas la luz y el instante. El preludio a la casa destilada de verbos y banquetes sintácticos. La coda de un silencio tránsfuga del pentagrama.  

 

Vanora Miranda      

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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