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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 24 de octubre de 2020

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En la habitación

En la habitación

 

He sentido su presencia, su aliento demoníaco. Se dilatan mis pupilas. Es el Hombre Salvaje, feroz en su presencia y deslumbrante de vista, ojos como carbuclos, grandes que miran hasta que penetra directamente en tu alma, ese es, es es el hombre que ha robado mi ser. El Salvaje pasea por la habitación con una indefinible espresión en su rostro. Es ahora cuando veo que se acerca. Mis sentidos se agudizan maravillosamente:puedo escuchar el batir de mi propia sangre, el oleaje profundo de mis venas; sentir un universo de átomos de polvo posándose en cada poro de mi piel; ver la sombra de la Luna durante el día; oler el perfume de esa colonia característica que desprende su cuerpo de el. Luego, esa luz blanca que todo lo absorbe, desdibujando los contornos de las cosas en un espeso halo de niebla.Mi Amado, ha cogido mi mano. Tengo los ojos cerrados, pero reconozco ese tacto untuoso; es como si me rozara la mano de ébano de una estatua policromada. Esas manos son suaves y tíbias, cálidas como vientres de palomas; y cuando me acarició sentía casí el aleteo de unas invisibles alas sobre mi piel. Oprime mis dedos con decisión, con rabia. Escucho frases entrecortadas, gemidos, súplicas, un grito enloquecido de placer...Besa mis labios con indestructible afán de posesión, con furia animal, derramándose su carne sobre mi rostro frío e inmóvil. Sé que mi silencio es como una invisble y mortífera lanza que penetra su pecho, desgarrándole. No dire nada. Pienso en que el mundo acaba, y solo nosotros dos nos fundimos poco a poco , como los herreros funden las espadas; solo queda un instante, ese instante nuestro. Finjo no sentir nada, pero esas caricias sentitizan el final de un alma sin dueño, alargan mi afán por poseerle, buscar la manera de atarle con cuerdas invisibles y hacerle prisionero. Tiemblo cada vez más de ese calor intenso, penetra poco a poco en el oleja de venas descontroladas. Me coge, me ha atrapado con sus brazos rodeandome, mi cuerpo y el suyo son fusión de átomos descontrolados por un mismo deseo, poseernos. Abro los ojos y quedo asombrada ante tal mirada, soy una estatua frustada observando ojos victoriosos; cada vez que los miro me arrastras contigo al infierno. acaricié ese rostro suave. Ahora, ese hombre Salvaje mío,observa mi pecho, pecho que se vuelve transparente como una frágil urna de cristal al ser tocadas como una mano acariciando una hoja rota de otoño. Si, esa urna frágil en su interior guarda resplandeciendo dos corazones enlazados, pero él solo ve mis pechos enblanquecidos, aquellos que levantaron pasión desde el principio. Gime de placer, mientras el múltiple latido de los corazones se agitan en mi pecho.Después llega el pensamiento de tal pasión, llego la hora de la confesión al papel. En ella, te relato, digo mi secreto, desvelo mi gran enfermedad.Mi enfermedad es diferente de todas las demás; porque me gusta; me da placer, mi enfermedad es lo que deseo y mi dolor es mi salvación. Por lo tanto, no veo ante quién podría quejarme de mi enfermedad; pero siento tal placer en quererlo así, que sufro placenteramente y tengo gozo en mi dolor que estoy enferma entre delicias. Eres tú, mi querdio amigo, tal enfermedad. No hay vacuna alguna que cure tal locura de la cual gozo deliciosamente

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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