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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 27 de octubre de 2020

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Leía, leía y leía

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Leía, leía y leía es una pequeña narración escrita por Nela Vega Divassón (Amina para sus lectores).

Tanto en ésta como en otras narraciones de la autora se puede disfrutar de pequeños relatos originales que esconden una historia y una moraleja educativa detrás.

Este relato en concreto está protagonizado por dos niños que mediante la lectura podrán fortalecer mucho más sus lazos de amistad.

Recomendada para todos los públicos (especialmente niños).

 

Leía, leía y leía


Había una vez una niñita de 11 años a la que le encantaba leer, no había cosa que más le gustara en la vida. Leía, leía y leía. Es verdad que había muchas otras cosas que le gustaban, pero no tanto como leer. También había otras muchas cosas que le gustaban más, pero acabó dándose cuenta de que, en realidad, leer con sus padres, comentar lo que había leído o ir a la biblioteca a elegir el siguiente libro, no venía a ser otra cosa que... leer.

Todo transcurría así hasta que un día descubrió una cosa que no tenía nada que ver con leer y... se llamaba Fernando. También le gustaba jugar con él, ir al parque con él y ver pelis con él...

Muy orgullosa un día ella fue a enseñarle su escondite. Muchos niños (y niñas) tienen un escondite que es una casa en el árbol; otros algo más materialistas tienen su caja con el mando de la play u otros (otras) su casita de muñecas... pero ella tenía su "caja de libros". Su caja de libros era la caja de la antigua tele, no tenía mucho más, o al menos así lo creería Fernando en un principio, pero lo cierto que eso no era totalmente verdad. En realidad, aquella caja cuidadosamente forrada y pintada con vistosos colores de casitas, hadas, juguetes, cenefas... y repleta de todo tipo de libros (tapa blanda, dura, muy "gordos" o muy "cortos"), lo significaba casi todo para ella.

Pero él, él no lo vio así... "Veníamos a jugar al Monopoly, ¿no?"-dijo-. Ella jugó al Monopoly, jugó mucho y se lo pasó genial... en realidad, ni siquiera se acordó de que a Fernando no le había gustado su tesoro; o, al menos, eso fue lo que pensaron sus padres...

Al día siguiente, María pidió un cómic, se lo dieron, y se leyó un cómic. Después, María pidió un libro de coches, se lo dieron, y se leyó un libro de coches. Un tiempo más tarde, María pidió un "As" y un "Marca", se lo dieron (aunque algo sorprendidos), y se leyó un "As" y un "Marca"... Sin embargo, al día siguiente, cuando María fue y se quedó calladita en el recibidor esperando a que sus padres fueran a cenar, tal y como hacía para pedir sus libros, no pidió un libro, pidió... ayuda.

"Papi y mami -dijo- necesito ayuda". Sus padres le miraban sorprendidos, pues tenía hasta cara de pena. "Necesito ayuda porque tengo que ayudar a Fernando". María suspiró profundamente y se puso el flequillo detrás de las orejas, mientras se sentaba. Después miró a sus todavía estupefactos padres y siguió hablando. "Fernando necesita ayuda porque era verdad que no entendió mi escondite. Yo al principio pensé que si que lo entendía, pero que él no se había dado cuenta. Pero no era así. Luego pensé que lo que pasaba era que conmigo se aburría y no quería hacer lo que más le gustaba en este mundo -leer- conmigo, pero si jugamos tanto tiempo, entonces tampoco era eso. Y, al final, pensé que mis libros le aburrían. Ya sabéis, es un chico -añadió resoplando-. Por eso me he leído lo que leen los chicos, pero eso tampoco parece que pueda gustarle. Así que... no sé qué hacer. Tenéis que ayudarme para que se dé cuenta de lo que se está perdiendo." Entonces María abrió desorbitadamente sus pequeños ojos.  "Si hasta me ha dicho que... que... -suspiró- que odia leer".

Así, aquella noche María no durmió mucho. Al día siguiente, mientras desayunaba sus cereales de todos los días en su platito de todos los días, sus padres le dijeron: "María, hemos pensado que si quieres, vamos a una librería a buscarle algo a Fernando." Entonces, María sonrió, supo que si sus padres la ayudaban, todo iría bien.

Fueron a su librería favorita, a aquella chiquitita pero con grandes estanterías repletas y repletas de libros; de los libros que había leído y de los libros que le quedaban por leer. Se paró en la segunda y empezó a bucear en ella, pero... se giró sorprendida dándose cuenta de que sus padres no habían hecho lo propio, sino que se habían desplazado hasta otra estantería, otra que ella no frecuentaba: la de libros "rollo", al menos para ella. Sonrío. Tal vez para Fer esa estantería no se llamaría de la misma manera.

Así empezaron a ojear libro a libro.

-"Busquemos primero los que la portada mole más, ¿vale? Si la portada no te gusta, entonces no te atrae el libro". María se giró hacia sus padres. "Si no le gusta leer, habrá que ponérselo fácil". Sonrió.

Y todos fueron buscando uno con portada atractiva.

-"Vale -dijo María- busquemos ahora de éstos cuál es muy largo, muy largo. Ése no nos vale". Sus padres la miraron sorprendidos. Ella se rió. "Yo siempre cojo esos para que no se me acabe tan pronto, pero si le doy ése a él, no va a atreverse a empezarlo. Los largos los dejamos para cuando leer le guste."

 Y quitaron los más, más largos.

-"Bien, ahora vamos a leernos los resúmenes. Papi, tú que eres chico, tienes ventaja, pero mamá y yo tenemos que pensar como chicos. Coches, polis, bomberos... ésas cosas".

María leía ávidamente las reseñas hasta que dio con los dos libros que más le gustaban para su amigo.

-"No sé cuál elegir de estos dos"-dijo María a sus padres-.

-"Dime un número" -le contestó su madre-.

-"¿Un número?" -preguntó María- "el... 30".

-"Vale".

La madre cogió ambos libros y los abrió por la página 30 y se los dio a María para que se leyera algunos párrafos. María los leyó tranquilamente. Y los releyó. Y después de haberlos releído varias veces, miró a sus padres y sonrío.

-"Ya sé cuál. Éste, que tiene más diálogos. Así le va a ser más fácil leerlo. Es más fácil leer libros con diálogos". Y sonrió.

Así se fueron a casa, con el libro bien envuelto en una bonita bolsa, bueno, sería bonita para él como había dicho la tendera, porque estaba llena de libro-coches. A ella le parecía un poco cutre.

Al día siguiente cuando se fueron juntos a jugar, ella le dio su regalo.

-"¿Qué es?"

-"Es una sorpresa".

-"¡Ah, vale!"

Fer lo abrió sin ser consciente de todo el lío que había conllevado su regalo antes y se sorprendió al verlo.

-"¡Uy! Nunca me había regalado un libro alguien que... no fuera de mi familia. ¡Qué raro!"

-"Ya, pero éste te va a gustar".

-"Ah, ¿sí?, ¿por qué?"

-"Porque lo he elegido para que te guste a ti. Sé que no te gusta leer, pero... mira, leer es como el pan, claro que te gusta más el chocolate, pero el pan también te gusta. ¿A qué sí? Pues esto es lo mismo."

-"Ah".

Unos días más tarde, Fer le reconoció a María que le había gustado la sorpresa.

-Me ha gustado, pero... el próximo día vamos juntos, ¿vale? Así elijo yo.

Sonreí. Tendría que contárselo a papá y a mamá cuando llegara a casa.

-"Papá, mamá, le ha gustado el regalo. Pero la próxima vez quiere venir él".

-"Claro hija -le contestó el padre- una vez introducido en el mundo de los libros, querrá elegir él. Pero has hecho bien en regalarle éste, sino, él tal vez nunca habría sabido que leer es divertido."

Sonreí. Ahora Fernando también entendía que leer podía ser muy muy divertido.

 

Amina.

 

FIN

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