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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 14 de noviembre de 2019

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Repensar la escuela

Actualmente nos encontramos ante una situación crítica de la Educación Infantil como etapa educativa. Durante demasiado tiempo, la Administración se ha centrado en servir a los intereses económicos y demográficos a cualquier precio, aumentando progresivamente las ratios de forma que es cada vez más frecuente encontrar en los centros escolares clases de infantil con veintisiete y veintiocho alumnos de tres, cuatro o cinco años.

 

Es inadmisible que se ponga como excusa la conciliación de la vida familiar y laboral aumentando la oferta de plazas a cualquier coste en detrimento de la calidad. En la práctica los niños a partir de los tres años tienen jornadas "laborales" iguales o superiores a las de sus padres, pues muchos se quedan a clases extraescolares.

La LOE confiere a esta etapa un carácter educativo es cierto, pero al mismo tiempo habla de la primera etapa del sistema educativo como un periodo voluntario. Es decir que la separa del resto del sistema.

Por otra parte, en el currículum de la educación infantil ya casi no tiene cabida el juego, que supone la forma de aprendizaje por excelencia, convirtiendo la Fase Lúdica Infantil, olvidando su sentido, en una especie de preparatoria para la Educación Primaria.

Por eso hay que transformar la escuela de arriba-abajo. Necesitamos un sistema educativo que mediante el aprendizaje social y emocional fomente la educación personalizada, que potencie el desarrollo de cada individuo, que estimule la creatividad, la pasión, la energía, el talento...

Hay una vuelta a centrarse en lo académico: lectura, matemáticas y ciencias, somos profesores de lectura, matemáticas y ciencias. Lo bueno de la educación es la experiencia, disfrutar del momento, centrarse en la satisfacción de tener una pregunta y poder buscar la respuesta y no necesariamente en la propia respuesta.

Es una frustración en el profesorado y en el alumnado la obsesión por los resultados, la magia del viaje se ha disipado. No hay pasión, ni emoción, se ignora la alegría de lo que pasa por el camino.

Como profesoras de educación infantil, defendemos la idea de la etapa 0-6 años como un proceso único, sin cortes y nos atrevemos a ir mas allá y reivindicar el periodo 0-12 años como un solo periodo donde realmente exista la coordinación inter-ciclos con lo que se conseguiría una mayor coherencia en el proceso de aprendizaje.

Hoy en día, por el tipo de sociedad en el que estamos inmersos, casi todos los niños han sido atendidos en Escuelas Infantiles o Casas de Niños, lugares donde habitualmente se concede mucha importancia al mundo emocional y de los afectos como base para el desarrollo del resto de las capacidades

Pero cuando estos niños llegan a los CEIP para cursar el segundo ciclo de infantil, se encuentran con periodos de adaptación ridículos; aulas llenas de niños, mesas y sillas donde su movimiento no tiene cabida; métodos editoriales cargados de una innumerable cantidad de fichas que no tienen el más mínimo interés para ellos, vacías de contenido y absurdas, pero que hay que hacer una detrás de otra, una detrás de otra...jornadas de adulto, muchos de ellos son los primeros y los últimos del cole; un montón de personas de referencia a su alrededor: padres, abuelos, cuidadores, monitores de comedor y de actividades extraescolares...especialistas y profesores que cada vez atienden a más niños con menos apoyos o en algunos casos con ninguno.

En definitiva, lugares inhóspitos donde lo importante es aprender a leer y a escribir cuanto antes porque se persigue por encima de todo la excelencia, la calidad, el uso de las pizarras digitales y el bilingüismo, pero eso sí, sin tener en cuenta los intereses y el momento evolutivo de los niños.

Y nos preguntamos dónde quedan los afectos, la calidez, la confianza en las capacidades de cada uno, la sorpresa, la consolidación de aprendizajes que son cimiento de tantos otros, el respeto de los tiempos, el aprendizaje por descubrimiento, el deleite de los procesos, el aprendizaje cooperativo, las ganas de aprender, el gusto por experimentar, el desarrollo de las capacidades artísticas, la riqueza de lo diferente, el placer de lo conseguido...

Los griegos decían que no aprendemos repitiendo, de memoria, sino haciendo, cuando nos emocionamos

La prisa se ha instalado en nuestras vidas y hemos permitido que también se cuele en la escuela, cuando esta tiene otro sentido, otro tempo...repensémosla.

Convirtámonos en mediadores entre el conocimiento y la acción de los niños. Propongamos espacios sugerentes, ayudémosles a construir sus aprendizajes, a iniciar búsquedas, a generar pensamientos, a formular preguntas... acerquémonos al conocimiento de manera natural, tal y como lo hacen los niños. La cuestión es cambiar la mirada, que las cosas tengan sentido para todos.

Lo que está claro es que los niños quieren ir más allá de lo que nosotros les ofrecemos: podemos darles las cosas que tienen que hacer o construir con ellos el conocimiento.

No nos quedemos en lo conceptual y utilicemos la memoria como estrategia y no como aprendizaje machacón que no nos lleva a ninguna parte.

Contribuyamos, utilizando como recurso la literatura infantil, a que el conocimiento huela a chocolate, encienda los colores, nos invite a jugar, a recordar, a suspirar, a acompañar, a pasear en bicicleta, a avanzar, a subir a los trenes, a dudar hacia dónde vamos...y nos permita conseguir cosas juntos para saber por ejemplo a qué sabe la luna:

Entonces, el ratón subió por encima de la tortuga, del elefante, de la jirafa, de la cebra, del león, del zorro, del mono y...de un mordisco, arrancó un trozo pequeño de luna. Lo saboreó complacido y después fue dando un pedacito al mono, al zorro, al león, a la cebra, a la jirafa, al elefante y a la tortuga. Y la luna les supo exactamente a aquello que más le gustaba a cada uno.

Y todo ello para que los chicos no lleguen a otras etapas sin saber, por ejemplo, emitir una opinión sobre algo porque eso no está en el libro.

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