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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 14 de noviembre de 2019

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La búsqueda de la eterna juventud

Si te sirve de algo, nunca es demasiado tarde o, en mi caso, demasiado pronto para ser quien quieres ser. No hay límite en el tiempo. Empieza cuando quieras. Puedes cambiar o no hacerlo. No hay normas al respecto. De todo podemos sacar una lectura positiva o negativa. Espero que tú saques la positiva. Espero que veas cosas que te sorprendan. Espero que sientas cosas que nunca hayas sentido. Espero que conozcas a personas con otro punto de vista. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgullosa. Y si ves que no es así, espero que tengas fortaleza para empezar de nuevo.

El curioso caso de Benjamín Button

Figura 1 - Benjamín Button en su adolescencia.


 

 

En 2008, Brad Pitt protagonizaba una película dando vida a un tal "Benjamin Button", recién nacido con ochenta años, y que a lo largo de su vida iba rejuveneciendo a medida que pasaba el tiempo, haciendo real, al menos en la gran pantalla, el sueño de la eterna juventud, provocando que las agujas de su reloj vital corrieran, imparables, hacia atrás.

La idea de la película no se alejaba demasiado de la que impulsó a un vallisoletano, Juan Ponce de León, a la búsqueda de la isla Bímini, en pleno Caribe, en la que según las leyendas indígenas existía un maravilloso manantial cuyas aguas tenían la capacidad de rejuvenecer a todo aquel que las tomaba. Antes de llegar a la temprana edad de los cuarenta años, llegó a sus oídos, mientras participaba en la conquista del actual Santo Domingo y Puerto Rico, la existencia de la "fuente de la eterna juventud" en algún punto geográfico recóndito de aquellas tierras.

En Biología, la "fuente de la juventud eterna", o lo que podría parecerse a ella a nivel molecular, no fue buscada con premeditación por los investigadores, como si fueran un Ponce de León contemporáneo. Tampoco, por ahora, contamos con el "remedio mágico" que nos haga rejuvenecer al estilo de Benjamin Button. La clave está en las respuestas que dé la Ciencia en los próximos años a las preguntas que puedan hacerse los investigadores sobre la telomerasa. Pero, ¿qué es esta proteína?

Nuestra información genética se encuentra en el núcleo de cada una de nuestras células. Dentro encontramos los cromosomas, que representan la forma de empaquetamiento de nuestros genes, donde reside nuestra información hereditaria. Un gen es una secuencia de ADN (o ácido desoxirribonucleico) que puede leerse utilizando un abecedario de tan solo cuatro letras: adenina (A), timina (T), citosina (C) y guanina (G). El ADN en el núcleo de nuestras células se empaqueta de una manera muy peculiar, dando lugar a una estructura final que conocemos como cromosomas (estructura violeta en la figura 3). En los extremos de estos se encuentran los telómeros (coloreados de rojo), regiones extraordinariamente ricas en la letra "G".

¿Para qué sirven los telómeros en nuestros cromosomas? Su posición no es casual, sino que funcionan como verdaderos capuchones de los propios cromosomas, protegiéndolos de ser degradados por algunas proteínas o de que los extremos de estas estructuras se unan a los extremos de otros cromosomas.

Sin embargo, cuando hablábamos de Benjamin Button o Juan Ponce de León no hablábamos de telómeros, sino de una proteína denominada "telomerasa". Lógicamente, su nombre nos da una pista de la increíble relación que pueden tener los capuchones de los cromosomas con esta proteína. Fue en los años ochenta, cuando en el laboratorio de Elizabeth Blackburn, donde trabajaban también Jack Szostak y una jovencísima científica Carol Greider (que con tan solo 23 años, comenzando a realizar su tesis doctoral, descubriría la existencia de esta proteína), se empezaron a conocer un poco más una de las bases fundamentales de la Biología celular que conocemos hoy en día.

Nuestras células, al dividirse, necesitan duplicar su material genético para poder repartirlo entre las dos células hijas que se originan. Los cromosomas, por tanto, deben replicarse y este proceso de copia provocaría que sus extremos (telómeros) fueran acortándose poco a poco, de forma que en un momento de nuestra vida, serían demasiado cortos para mantener el resto de la información genética intacta. Es aquí donde interviene la telomerasa, proteína que actúa copiando parte de esa secuencia de "G" de nuestros capuchones, garantizando que nunca sean extremadamente cortos como para evitar un daño irreversible en nuestros cromosomas y por tanto, nuestro consecuente envejecimiento. Asimismo, en ocasiones los cromosomas se ven sometidos a daños como el estrés oxidativo, por lo que contar con estos capuchones que garantizan cierta protección y seguridad, supone una herramienta molecular excelente para garantizar la estabilidad de nuestro material genético.

Si la telomerasa no existiera o fuera no funcional, los organismos envejecerían, debido a que la división celular no sería correcta, pues los cromosomas se acortarían, degenerándose. En cambio, en el caso del cáncer, se da el efecto contrario, puesto que las células tumorales precisamente tienen la propiedad de no envejecer. La relación por tanto de la proteína telomerasa con el envejecimiento y el cáncer es directa, por lo que existen una gran cantidad de investigaciones sobre este tema.

Hace un par de años, por ejemplo, se conocieron los resultados de un grupo estadounidense, en los que habían utilizado ratones manipulados genéticamente que no expresaban la proteína telomerasa. Estos ratones se utilizaron como modelos de ciertos desórdenes caracterizados por el envejecimiento prematuro. Se trataron con telomerasa y, sorprendentemente, los ratones, igual que "pequeños Benjamín Button", rejuvenecían. Todo indicaba a que en el futuro, si se continuaban las investigaciones, la telomerasa podría jugar también un papel muy importante en la ralentización del proceso de envejecimiento humano.

 

¿Quién no sueña acaso con encontrar la "fuente de la juventud eterna"? Quizás, en lugar de encontrarse en aquellos manantiales casi mágicos americanos, la respuesta estuviera a nivel molecular. El futuro y el paso del tiempo nos darán una respuesta, mientras tanto, solo nos queda ver como las manecillas de nuestro reloj siguen hacia adelante. Quizás, algún día, empiecen a girar hacia atrás como fruto de las investigaciones sobre la telomerasa.

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