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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 8 de agosto de 2020

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¿Nos puede enseñar la psicología a detectar la mentira y el fingimiento?

Los niños en la Edad Infantil, o lo que es lo mismo, antes de los 6 años pueden contarnos cosas imaginativamente sorprendentes.

 

Sus vivencias oníricas y las emociones y los recuerdos que les han impactado en su temprana experiencia familiar, social o audiovisual pueden ser revividos con toda intensidad en cualquier momento por ellos, formando parte de su especial sentido lúdico de la realidad. Incluso en algún momento de su actividad diaria pueden llegar a revivir, realmente, en una experiencia física y emocional intensa situaciones de carácter imaginativo. Se trataría de una especie de "alucinación" que se suele dar espontáneamente en estado de vigilia y que es bastante normal en la edad infantil, no tiene significado patológico y recibe el nombre científico para la psicología de "eidetismo".

Los niños pequeños no mienten, imitan creyendo inventar e inventan creyendo imitar. En sus invenciones no hay sentido malicioso sino vano intento todavía de hacer armonizar pensamiento con objetividad.

Uno de los intereses de la actual psicología del desarrollo consiste, precisamente, en establecer criterios fiables para la evaluación de la credibilidad del testimonio infantil, que se expresará a través del juego, del dibujo o de historias recurrentes acompañadas de alteraciones emocionales. Tanto Anna Freud como Karen Horney, de quienes ya hemos escrito aquí, intentaron aplicar técnicas de psicoanálisis para acercarse a la comprensión de las emociones y de las realidades testimoniales que expresa el juego infantil.

Pero será sólo a partir de la Edad Escolar, en el momento en el que el desarrollo de la inteligencia escolar les permite el acceso a la comprensión de los criterios morales, cuando llega la ocasión en la que, conscientes del sentido del engaño, lo utilicen sistemáticamente para alcanzar sus interesados fines. Habrá llegado la hora en la que aprendemos la necesidad de adaptar la realidad a nuestras expectativas o necesidades. De protegernos con la mentira de situaciones que no sabemos enfrentar o superar. O de utilizarla de manera "inmoral" aviesa o, incluso, cruel.

La característica del estilo del pensamiento escolar de vincularse a lo concreto y la todavía no desarrollada capacidad para el fingimiento, una conquista psicosocial interesante de la pubertad en la que volverá con fuerza la habilidad cognitiva de fabulación- pero esta vez de manera intencionada-, les hace no obstante vulnerables a la detección de sus mentiras.

¿Pero podemos, especialmente los educadores, tener la suficiente capacidad como para detectar las mentiras?

Hemos de partir que en nuestro caso, el de profesionales para quienes el descubrimiento de la mentira tiene importancia en nuestro trabajo evaluador y orientador del conocimiento y del comportamiento, tenemos limitaciones importantes.

Y esas limitaciones son mayores a partir, sobre todo, de la edad adolescente. Pensemos que, confiados en nuestra experiencia, tenemos tendencia a sobreestimar nuestra capacidad para distinguir entre la verdad y la falsedad.

Se ha insistido, no obstante, en que existen determinadas señales conductuales que descubren a la persona mentirosa: apartar la mirada, parpadear mucho, taparse la boca con los dedos, darse golpecitos en la nariz, pasarse un dedo intermitentemente por la base del párpado, podrían ser gestos de la motricidad facial significativos de un intento de ocultación de la verdad que se indaga en una entrevista o interrogatorio.

También en el ámbito de la psicomotricidad facial podrían presentar movimientos minúsculos, determinadas contracciones, que podrían ser detectadas por un experto en este campo. Como ya sabemos, los músculos del rostro contribuyen a la apertura y la oclusión de los orificios faciales, a la masticación y a la expresión mímica. Pero, en realidad, ninguna de estas supuestas observaciones delatadoras garantiza el desenmascaramiento del engaño.

En cuanto a la calidad del discurso se ha dicho que presentan más lapsus, más vacilaciones y aparentes contradicciones, que el tono de la voz es más agudo y que ofrecen pausas de mayor duración al hablar. Tampoco ninguna de estas características nos conduce de manera fiable al descubrimiento de la mentira.

Descubrir la verdad va a depender, no de la observación de la cara o de la mirada o de los titubeos, sino de la lógica del discurso y de su adecuación a los hechos. Enseñar esto a los alumnos es mostrarles el verdadero camino para descubrir las mentiras, estrategia que puede transformarse en un magnífico recurso de aprendizaje. No olvidemos que un argumento - en cuanto que relato de una acción o situación- es, en realidad, un razonamiento.

Y un modo de argumentar es, también, una manera de razonar. Una película del famoso detective Sherlock Holmes, un gran maestro en la persuasión retórica, puede ser un magnífico instrumento para diferenciar la verdad de la falsedad a través del análisis y de la utilización del razonamiento inductivo y deductivo. En el discurso detectivesco de Holmes se aducen las pruebas pertinentes, confirmadas y probadas, y se confutan las artimañas del adversario y astuto criminal. En este caso se ofrece una narración clara y verosímil de los hechos que no solamente logra el propósito de instruir sino también de deleitar y asombrar con su exposición.

Holmes es, en efecto, un personaje elocuente, conspicuo, pertinente, capaz de iluminar los aspectos oscuros de la situación que se ofrece como objeto de reflexión, conciso y ordenado en la exposición, todo un modelo a seguir. Este tipo de planteamientos cinematográficos que se siguen con agrado, que no aburren ni fatigan, pueden contribuir al descubrimiento del placer de la lógica, un placer para el cual el escolar maduro comienza a estar sobradamente capacitado.

El interés que aporta a las habilidades cognitivas del razonamiento, el creador de este curioso detective que es Sir Arthur Conan Doyle, radica en que mostró un tipo de argumentos aptos para una correcta investigación basados, precisamente, en la lógica de la deducción y en la eliminación de cualquier posibilidad de azar en la conquista de la verdad.

El detective parte así de indicios que, cuando se ven avalados por otras pruebas ciertas, logran transformar las sospechas en certidumbre y todo ello mediante un sencillo silogismo o razonamiento deductivo: si lo que he sospechado se acompaña de pruebas ciertas, entonces lo sospechado se transforma en verdadero.

En la exposición de este arte de enfrentar lo verdadero con lo falso, lo realmente útil con lo vano, y las cosas claras con las ambiguas, el cine de averiguación se convierte en un importante vehículo cultural y educativo. En un espacio incluso apto para la silogística de Aristóteles o los más avanzados y sencillos recursos de la más actual lógica binaria.

Y desde el punto de vista de la psicología del razonamiento, vemos también cómo en la obra de Conan Doyle podemos considerar esos metacomponentes del razonamiento, descritos por Sternberg, y que actúan en el correcto procesamiento de la información, decidiendo qué información es significativa para la resolución de una determinada cuestión y cuál otra no:

"Cuando se elimina lo que es imposible- sostenía Holmes rotundamente - lo único que es posible es la verdad".

Sólo se coge a un mentiroso aprendiendo a razonar con lógica. Por eso se estudia lógica en psicología.

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