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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 11 de julio de 2020

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Cuando dar en el clavo consigue curarnos

A finales de mayo conocíamos quiénes eran los ganadores del Premio Príncipe de Asturias de Investigación científica y técnica. En la edición de 2012, se ha concedido este galardón al biólogo británico Gregory Winter y al patólogo estadounidense Richard Lerner. Atrás han quedado científicos tan importantes como el  médico japonés Shinya Yamanaka, cuyas investigaciones han permitido importantísimos avances en medicina regenerativa y al físico italiano Federico Capasso, quien desarrolló el láser semiconductor de cascada cuántica.

 

Winter y Lerner, procedentes del campo experimental de la Biología, se hicieron famosos por sus contribuciones en el área de la Inmunología, que es la ciencia que estudia cómo nuestro sistema de defensas es capaz de reconocer a elementos propios y extraños, con el objetivo de protegernos frente a posibles infecciones y agresiones. Una ciencia tan importante nos ha dado a lo largo de los años avances fundamentales, tales como las vacunas, el descubrimiento de los anticuerpos o el desarrollo del diagnóstico serológico.

Precisamente por el desarrollo de anticuerpos con utilidad para el tratamiento de enfermedades, han recibido el galardón Winter y Lerner. Pero, ¿qué son los anticuerpos? A finales del siglo XIX cuando aún no se conocía bien cómo nuestro organismo podía defenderse, diversos científicos empezaron a postular la idea de que estos elementos esenciales para nuestro sistema inmunitario, podían ser proteínas (al igual que la hemoglobina, el colágeno o la caseína).

Podríamos decir entonces que los anticuerpos, que son un tipo de moléculas biológicas conocidas como proteínas, funcionan con un mecanismo parecido al que ejerce una llave sobre una cerradura. Imaginemos que queremos entrar en casa y tenemos cientos de llaves en nuestra mochila. Sólo una de ellas será la que abra la puerta, pues encajará perfectamente con la cerradura, es más, reconocerá su forma y podrá ser introducida en la hendidura, de forma que consigamos no quedarnos en la calle.

De una forma parecida actúan nuestros anticuerpos. En este caso, tenemos mil puertas con sus correspondientes cerraduras (lo que se conoce como "antígeno"), y buscamos una única llave ("anticuerpo"), que encaje de manera adecuada con la puerta y cerradura que sea su pareja. Con esta relación tan específica un anticuerpo puede reconocer de manera única. El reconocimiento del anticuerpo con el antígeno hace que en nuestro organismo se etiquete al elemento dañino que contiene el antígeno, con el objetivo de neutralizarlo y que no provoque problemas mayores en nuestra salud.

La forma de los anticuerpos es sencilla, aunque como todo lo que se ve por primera vez, parece más fácil de lo que en realidad es. En general, presenta una forma en "Y griega", con una parte constante y otra variable (que será la que reconozca nuestra cerradura o antígeno).

Debido a la gran especificidad que los anticuerpos presentan, desde hace tiempo se pensaba que podrían ser utilizados para el tratamiento de enfermedades de manera mucho más específica que lo que realizan los fármacos convencionales. En este sentido, y tras el desarrollo de los primeros anticuerpos monoclonales por los científicos Köhler y Milstein, que hoy en día son utilizados por ejemplo en el tratamiento del cáncer de mama, los avances que brindaron a la sociedad Winter y Lerner supusieron un paso más en la mejora terapéutica.

Así Winter ideó la forma de modificar células animales, para que actuaran como pequeñas fábricas donde producir anticuerpos, con el objetivo de que los resultantes no presentaran ningún tipo de rechazo en el organismo humano (a pesar de ser producidos en un animal de otra especie). Lerner, por su parte, construyó lo que se conoce como "bibliotecas combinatorias", considerado como el avance más importante tras el descubrimiento de Milstein y Köhler. Con sus investigaciones, Lerner y Winter consiguieron fabricar anticuerpos de gran importancia a escala de laboratorio. Sus descubrimientos permitieron que un simple hallazgo como fue el de Milstein y Köhler pudiera ser llevado a escala industrial y producido de manera barata (y segura).

Hoy en día, gracias a estos avances contamos con un buen número de anticuerpos monoclonales que actúan como fármacos contra diversos tipos de cáncer, la psoriasis, el asma de origen alérgico o la artritis reumatoide. Y precisamente por su gran especificidad, se considera que estos anticuerpos serán los fármacos del futuro, ya que son capaces de "dar en el clavo" en el tratamiento de enfermedades, de forma que la terapia es mucho más precisa, generando un menor número de efectos secundarios.

 

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