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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 8 de agosto de 2020

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Fracaso escolar y Psicología de la emoción infantil

El curso acaba de comenzar y avanza sin demasiada ilusión. Se dice que nuestro país alcanza altos niveles de fracaso, hasta un 30% en la Enseñanza Secundaria Obligatoria; aún hay un mayor índice de fracasos en chicos que en chicas, aunque la tendencia es - en este sentido de modo lamentable - hacia la igualdad total.

 

¿Qué es lo que sucede? O dicho de una manera a mi modo de ver más acertada: ¿qué es lo que le sucede a quien fracasa?

Vivimos en la falsa cultura del éxito, alcanzarlo se convierte en la primera necesidad, la de ser el primero, la de conseguir los mejores puestos, los mejores beneficios y, sobre todo, con poco esfuerzo, sin otra motivación que pasar por delante de los demás, y, sobre todo, que los otros puedan comprobarlo.

En el colegio -en el que yo estudié- las notas eran semanales, para mayor sufrimiento de los que entonces éramos niños. El director se pasaba por las clases para exponértelas, mientras el corazón se ponía a cien y se resecaba la boca. Luego se entregaban en cuartillas de imprenta en diferentes colores para presentarlas en casa. Si te las imprimían en color negro, no había remedio, tu condena al fracaso total era irremediable, entonces no estaba de moda el color morado, o malva, y éste era el que correspondía al siguiente nivel por la cola del oprobio. El verde no era buen color aunque mantenía su sentido de esperanza. El azul ya era otra cosa notable. El rojo un gran distintivo que hacía que destacaras de una manera más floreciente; pero las había también en color oro, el oro del éxito supremo, el oro que garantizaba un porvenir de matices semejantes, el color de los primeros de la clase.

Ahora vivimos en un mundo de escaparates dorados poblado de nubarrones negros. Conocer las causas del fracaso supone aportar las claves para reducirlo ¿Pero es tan difícil conocer las causas del hundimiento escolar? A mí no me lo parece tanto.

Pensemos, en primer lugar, que nada hace fracasar tanto como el propio fracaso. Y es que si no se experimenta nunca ninguna sensación de éxito la losa que pesa sobre ti es absoluta, jamás te liberarás de ella.

Pero ¿no puede haber algo en lo que cada cual pueda ser reconocido de manera positiva y motivadora? En psicología del desarrollo se habla de "experiencias cristalizadoras" para referirse a aquellos momentos en el que nos sentimos íntimamente satisfechos por el reconocimiento de algo que habíamos hecho con ilusión. Ese instante puede marcar nuestro futuro, hacernos salir del atolladero de nuestra propia mala prensa, la que se nos crea cuando nos sentimos incapaces de llamar la atención sobre algo de lo que hacemos y creemos importante.

Tal vez para muchos padres, profesores o adultos en general, lo que un niño hace es porque tiene que hacerlo, puesto que se le exige en sus contenidos curriculares propios y no hay más que hablar.

Pero los niños se encuentran mucho más inseguros de lo que creemos, viven situaciones de inferioridad frente a un mundo que no comprenden del todo y en el que tienen que rendir cuentas, sienten un pánico atroz a ser menos que sus iguales y necesitan de nuestra ayuda para superar sus incertidumbres, su falta de control del ambiente que les rodea, sus dificultades y problemas. Sus temores y angustias.

¿Vamos a ayudarles haciéndoles sentir fuertemente sus fracasos? ¿Comparándoles, en condiciones de inferioridad, con sus compañeros?

Una vez que se han perdido en el laberinto no saben cómo salir de él. Tenemos que abrirles todas las puertas, antes de que sea demasiado tarde.

Los niños no sólo son pequeños de tamaño, también son débiles e inseguros frente al ambiente físico, social, laboral, económico y familiar que complica muchas veces las cosas. Viven las tensiones con una sensibilidad que muchas veces no somos capaces ni de concebir ni de tener en cuenta. No porque seamos personas desatentas o inclementes, sino porque el agobio también nos paraliza y no llegamos a conseguir, en la lucha del día a día, estabilizar todos los frentes.

Además nada ayuda a nuestro alrededor, la cultura de la idiotez anestesia las mentes, los héroes no son, precisamente, los que realmente hacen cosas por los demás y les ayudan a sacarlos de las dificultades, aquellas personas que trabajan por una sociedad mejor. Pero, algunos sabemos que el verdadero héroe, o heroína, es aquel, o aquella, que tiende una mano, que aporta recursos inteligentes para rescatar a los otros de sus propias trampas, quien sabe escuchar más allá de lo que oye, e intuye el camino para sacar adelante a quien más lo necesita.

¿No nos hemos puesto a pensar que tal vez la causa del fracaso, del retraso, de la indisciplina, de los prejuicios raciales y culturales, del acoso y de la violencia no se encuentra, precisamente, en el colegio?

¿Qué sufrimos un estilo de vida inauténtico, basado en valores a menudo inútiles para la verdadera satisfacción personal?

¿Qué el mundo que rodea a nuestros hijos, saturados de violencia audiovisual, de incesantes reclamos consumistas publicitarios, de modelos sociales impresentables, no les transmite más que mensajes bochornosos y ridículos?

Nunca, a pesar de la estafa a nivel global que llaman "Crisis" ha habido mayores recursos técnicos para enfrentarse a los problemas de la educación como ahora. Nunca tantos y tan buenos libros, y conferencias y cursos, sobre convivencia y disciplina escolar, sobre las emociones y las inteligencias, sobre el desarrollo de competencias, sobre la orientación y las tutorías, nunca, a pesar de todo, tanto sentimiento de impotencia. ¿No será que el fracaso escolar responde a un generalizado fracaso de la ilusión social por un mundo mejor que hay que construir desde el colegio y con los esfuerzos de todos?

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