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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 27 de enero de 2022

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El educador como filósofo

Una nota acerca de las Charlas sobre educación de Alain.

 

La naturaleza del arte de leer es, desde el principio, retrospectiva, y afín a la condición prospectiva de la escritura -sobre la que podría elaborarse una particular historia y que debe parte de su valor a la voluntad de leer, antes que a la voluntad de crear, por así decirlo. La lectura que conforma la crítica convertiría así a la crítica en un instrumento de renovación de la lectura, de manera que para continuar leyendo se volvería imprescindible adoptar el punto de vista del escritor. Con esa perspectiva, el poder de la escritura permitía que, al dar de nuevo valor a la experiencia, renovemos nuestro vínculo con la humanidad, sin adolecer la pérdida de humanismo. El hábito de la lectura sugeriría, entonces, la posibilidad de la escritura, una consecuencia, de acuerdo con Alain, de la nostalgia característica del regreso a la infancia, un sentido olvidado de humanidad que hallaría su verdadera expresión al convertir nuestra relación con el mundo en una experiencia más familiar por el carácter.[1] El hecho de que el pensamiento hubiera de regresar a su condición original conllevaría poner en cuestión el origen mismo del pensamiento y, tal vez, poner fin a la jerarquía o desigualdad de las relaciones familiares. En la Lección XXVII de Charlas sobre educación, Alain escribiría que "Sócrates tenía el arte de devolver cualquier idea a su primera infancia". El lugar común en que resolver nuestra educación habría sido siempre la ciudad entendida como una escuela más grande; sin embargo, el carácter se forjaría desde la infancia y la infancia se pasa en familia. Sócrates, quien guía las páginas de Alain y con el cual la humanidad aún estaría en deuda, sería el representante de la educación en Occidente.

Los caracteres literarios que han contribuido a dar testimonio de la apreciación de la cultura se habrían arrogado a menudo la voz del carácter humano, en un intento cada vez más inadvertido por transformar la realidad en una serie de circunstancias ejemplares que hubieran de exhortar al lector a colaborar en su propia educación. Considerado como la recepción casi perfecta de la escritura, aunque para ser perfecto debería ser capaz de interpretar a "golpe de vista" o "mirar" lo que lee, el lector sería también un producto de la experiencia literaria. Con esta perspectiva, el educador llegaría a ser receptivo ante la cultura, al advertir el aspecto reconocible del lenguaje en la actualidad, a tenor de lo que habría sido pensado en el pasado. No es de extrañar que el carácter, no la inteligencia, sea lo que determine la experiencia para Alain. La imitación es, efectivamente, una creación; la sociología del conocimiento, por tanto, es afín a la historia de las ideas.

Alain ha comentado que la palabra filosofía es como "un arrecife difícilmente abordable cuando nos agarramos a ella como si dijéramos con las manos; pero la palabra en general es tan fácil de reconocer como una carretilla o una locomotora". A mi modo de ver, Alain habría encontrado con éxito la clave de la ética en la definición de carácter, el humor (de cuya existencia no podemos dudar); nuestra experiencia consistirá, en definitiva, en la "percepción de un objeto conocido". Sin llegar a suscribir totalmente la idea de que el conocimiento procede de la experiencia, sino que, más bien, debido a que todo "conocimiento real" es experiencia, la naturaleza ética de las Charlas sobre educación lograría crear el efecto de que la experiencia del educador sea percibida como el conocimiento de uno mismo -recordando el espíritu socrático-, o el "gobierno de sí mismo", o incluso como el desarrollo o la independencia de carácter. Ahora bien, el carácter literario de las Charlas reproduce, hasta cierto punto, el tono de la conversación entre el maestro y el alumno, de acuerdo con la disposición de cierto registro moral conforme al cual no es posible medir tanto el grado de la acción del progreso humano como de la voluntad. En consecuencia, lo que podemos leer en las 'Lecciones' que contienen las Charlas no sería más que la facultad de la razón que informa al pensamiento, puesto que la experiencia resulta, en un sentido completamente literal, ilegible -y aquello que no puede ser leído, tal y como añadiría Alain, tampoco podría ser escrito, ni, por tanto, enseñado o aprendido. Se trata, en última instancia, de pensar correctamente -o, casi podríamos decir, filosóficamente- con el fin de ser libres.

Alain -el geómetra casi por antonomasia, sin olvidar al sociólogo y, por deferencia, al filósofo- habría convertido la condición de la educación -esto es, de la geometría, la sociología y la filosofía o, en resumidas cuentas, de nuestras humanidades- en la certidumbre de una vocación pragmática exclusiva, aún cuando, en sus propias palabras, no hubieran de existir unas "humanidades modernas", hasta el momento. Las Charlas sobre educación corroborarían el propósito de que la "gimnasia de la escritura" se haya convertido en la condición de la cultura. Las Charlas quedarían así inscritas en una conocida tradición pedagógica que se remonta, pasando por Kant, desde Aristóteles hasta Dewey, y cuya esencia o virtud estribaría en dotar a la educación de un marco universal capaz de referir la personalidad a la propia disciplina del pensamiento por encima de cualquier ideal enfocado hacia la formación de una sola de nuestras facultades.

El carácter -la palabra que, a mi juicio, simplifica con acierto el significado de la ética, sobre todo al considerar el compromiso de la ética con la educación, o la moral del pedagogo o educador, como un comienzo de libertad- no revelaría sino el humor que nosotros mismos habríamos extrapolado al mundo y a las cosas. La inteligencia representa en el fondo esa "parte del ser humano que sabe reír, la parte que no tiene miedo",[2] aún cuando únicamente lleguemos a conocer el mundo y las cosas a través del razonamiento, es decir, en la medida en que fuéramos capaces de pensar con cierto orden en el mundo y en las cosas. ¿De qué otro modo, sin embargo, podría registrarse un avance o progreso en filosofía? Una educación referida a la experiencia invalidaría de inmediato el juicio, considerando el conocimiento del mundo y de las cosas como algo secundario o, quizás, indiferente. Sócrates -quien, tal y como recuerda el propio Alain, había sido capaz de enseñar geometría a un esclavo- no daba lugar a la indiferencia. Nuestra educación filosófica, siendo coherentes, debería comenzar por no descuidar las formas. (En Pedagogía, Kant hablaría de dos fuentes de conocimiento, la razón y el recuerdo, que se corresponden con la especulación y la erudición, respectivamente. Alain habría sugerido que una educación basada en el recuerdo y en la evocación significaría, no obstante, una educación sin experiencia, aún cuando la experiencia muchas veces "puede ser imaginaria".[3])

De la ciudad, igual que de la escuela, se seguiría necesariamente un orden a fin de proteger la igualdad tanto en las leyes, como de los ciudadanos y escolares, a pesar de que una de las consecuencias del gobierno de sí mismo, con su razón en la propia falta de fe o confianza, fuera que implicaba una idea de bien en particular a la que habría de adaptarse la sociología, al margen de nuestra preparación para la vida pública. Como es sabido, la autonomía y la independencia democráticas afirman un sentido literal de la economía en todos los ámbitos humanos y del modo más natural posible. El fundamento político de nuestras democracias sería, con este trasfondo, un ejemplo práctico de precisión filosófica para la sociología y uno de los hábitos de nuestra educación. En la búsqueda de humanidad se encuentra el interés por la ciudad y la consideración del bien. El sociólogo, sin embargo, carecería de argumentos para enseñarnos a ser mejores ciudadanos, a menos que tal interés por la ciudad no elevara a la filosofía a un orden superior de actuación susceptible de ser interpretado sin ningún intermediario. Comprender la estructura de las sociedades no nos haría mejores ciudadanos, ni más sociables o cultos, debido a que la sociología no habla directamente al individuo, sino que se habría vuelto sintomáticamente previsible. La enseñanza de la filosofía consistiría, por el contrario, en la apreciación de la cultura o la transmisión de la grandeza humana, en cuya "fuerza" las generaciones más jóvenes habrían depositado la idea de la resistencia a la tiranía como uno de los valores objetivos de la educación. "Los medios de expresión -parafraseando a Alain- se imponen tiránicamente sobre las opiniones". El problema de la filosofía sería, entonces, en primera instancia, comunicativo. La sociología se ocuparía, por el contrario, del "estudio de las costumbres de los salvajes", una línea de investigación no tan familiar como nuestras costumbres y que podría desembocar en un círculo vicioso por el que, frente al derecho a recibir una educación, o una educación digna, nuestra educación no se apelaría, en cambio, al pueblo conocido ni a la "multitud", ni estaría a cargo de una élite de sabios provista aparentemente de un "espíritu justo" con la fuerza de voluntad suficiente para crear o inspirar espíritus libres. La noción de un "espíritu libre" hacía referencia al arte de escribir de Nietzsche; la de "espíritu justo" pertenecía, hasta donde se puede ver, al propio Alain. Aunque ambas estarían estrechamente relacionadas, el sentido universal que presupone la libertad de pensamiento tendría lugar en la esfera del conocimiento o, tal y como Nieztsche sugiere, según la voluntad de saber. El espíritu libre no representaría, al cabo, la voluntad de todos, sino cierta afinidad selectiva que permite dar cuenta del hecho de "saber leer" o, lo que es lo mismo, por ser capaz de "aclamar el propio pensamiento en otro hombre". "En contra de una educación elitista, el genio -advierte Alain- contribuiría a instruir a los más ignorantes". Vernos reflejados a nosotros mismos en otros podría ser, por lo demás, el principio de la tolerancia; el profesor sabría cómo ponerse en lugar del alumno, pero no al revés.[4] Si no resulta un riesgo afirmar que "la injusticia del sabio es la raíz de todas las demás", entonces el poder de hacer justicia no deriva del patrimonio, el estado social o en función de nuestra confesión religiosa, sino que implica simplemente el deber de educar a todos por igual. Reflexionando de lo abstracto a lo concreto, la tarea de la sociología sería conseguir cierta empatía con el presente.

Ver reducido el espíritu de la justicia terminaría siendo, por paradójico que pueda parecer, una muestra de la condición salvaje de la naturaleza, y nuestra rutina quedaría subordinada a la desconfianza en la civilización. Sin trascender los márgenes de la escuela laica, donde "se enseña la justicia, que no perdona, porque nunca está realmente ofendida", y entendida como el estudio íntegro de la sociedad, la sociología habría perdido parte de su crédito al tratar los asuntos públicos con un fin personal. Con esta perspectiva, la imagen más fiel de la sociología sería la de un "espíritu de conjunto" capaz de mostrar las diferencias sociales hasta el punto de lograr que desaparezcan por su propia evidencia. En lugar de los rasgos específicamente culturales de un pueblo o una sociedad, la sociología tendría que reconocer el valor de una lengua común, aún cuando "el maestro deba hablar poco". La lengua común de la humanidad sería equiparable a la expresión franca de la lengua materna, cuyo significado habría de depender de lo que quiere decir para nosotros que nos llamemos a nosotros mismos, y entre nosotros, seres humanos.

Prácticamente desde el período de entreguerras del siglo pasado, y como pensador y maestro en el Liceo durante casi toda su vida, Alain habría dado a la poesía el carácter de la lengua común de la humanidad, contribuyendo así a poner fin a los nacionalismos. El pedagogo que hubiera elaborado las lecciones sobre educación como una mera acotación a los textos sociológicos debía guardar la precaución de sobreponer la transmisión del conocimiento al estado actual, o familiar, de las cosas, consciente al menos de que, cuando se considera "al hombre como fin, nada funciona", mientras que "en cuanto se toma a la sociedad como fin, todo funciona". Tal vez el sentido último de las cosas, el tono reticente de la sabiduría humana, la cuestión pendiente de la filosofía, nos exige investigar cómo son las cosas en realidad, y no cómo deben ser.[5] (Así, el humanismo y el pragmatismo resultarían al fin compatibles; y la justicia literaria -poética- resultaría beneficiosa al poder ofrecer un punto de vista pragmático sobre las humanidades a fin de registrar la incumbencia de ciertos valores humanos en la educación -lo cual no sería incorrecto entender como una pauta de la ética literaria.)

En este sentido, las humanidades modernas de cuya existencia duda Alain podrían estar implícitas en la tarea de no suspender la conversación con los ciudadanos, con el fin de encontrar en el perfeccionamiento moral un equilibrio para el cumplimiento de los deberes e intereses del Estado, dando a conocer la dignidad de la vida democrática. Alain aduciría la experiencia de que "lo que hace historia en la enseñanza es precisamente lo que no es enseñanza dentro de la enseñanza".[6] (La buena voluntad es una redundancia de la voluntad.) El gobierno de sí mismo será entonces la condición de posibilidad para la intervención del gobierno o el Estado en nuestras escuelas, donde la cultura no ocuparía un vacío por el mero hecho de que la educación no radica en la formación del genio, sino que, al dejar entrever la cualidad del genio en la instrucción de los menos favorecidos en una democracia, permitiría cifrar el progreso humano en el esfuerzo por explotar el individualismo, individualismo que, entendido como referencia para la colaboración entre profesor y alumno en la escuela, así como un acontecimiento de la naturaleza humana representado libremente en el derecho al voto, ofrecería la oportunidad de juzgar a la sociedad con "piedad". El temor hacia la desobediencia de la ley -las "normas" en la escuela o el aula- no llegaría en realidad a suponer un impedimento para acercarnos a la idea de bien y comprender la historia de la educación como un experimento de libertad. Bastaría ver el mundo como una tragedia para comprender la necesidad -es decir, para reconocer la responsabilidad- de asumir el destino de las humanidades como un modelo de amor y piedad. "El amor -ha escrito Alain- desearía conservarlo todo".

En la escuela el compromiso por sobreponerse uno mismo al hecho de la finitud humana tenía que ver con una obligación de conciencia, mientras que aquellos que "rechazan la buena voluntad -y, al dejar de ser dignos de confianza, llevan a cabo el amor a sí mismo ligado al poder político, el cual esencialmente es distinto del amor a la humanidad-, son obligados por razones de orden" a tal efecto.[7] "Existen hombres -diría Alain- que rechazan la norma externa en función de una obligación de conciencia muy clara y ante castigos mucho peores que los que impondría la obediencia". El educador, sin embargo, no debía ponerse al servicio de la enseñanza con autoridad, renunciando así a la independencia y la madurez que garantizaban la educación, sino para ayudar a dar continuidad a la educación como una proceso, ya que él mismo contaría desde el principio con la posibilidad de decidir los términos de igualdad de la enseñanza, en lugar de escoger el poder político; un poder tan extraordinariamente contenido que terminaría por dar cuenta de, y servir para condenar, la conducta de quien Alain ha denominado un "pensador cautivo".[8] Con este arquetipo del conocimiento Alain querría hacer referencia al mito de la caverna de Platón. La actitud del pensador cautivo sería la de alguien que no está capacitado para la actividad política o para tomar parte en los asuntos públicos de la ciudad, y que carecería, por tanto, de representación y de un juicio justo ante los demás, "obligado a escuchar" o "cansado antes de actuar." El problema de la educación nos remite a la búsqueda de la libertad. De este modo, la aspiración del filósofo, o de la justa apreciación de la naturaleza ética de la educación filosófica, estribaría en mostrar que "la letra del hombre culto es tanto más propia de él cuanto más sometida está al modelo común", una ética o conducta de la vida fundada en la voluntad de "interesar sin mostrar que se quiere interesar". Crear, como veríamos antes, también es imitar. Irónicamente, Alain ha visto que la condición de posibilidad para constituir una república -tanto un gobierno republicano como una república de las letras- radica en que dos individuos no lleguen a saber nunca lo mismo. No por falta de experiencia, sino más bien con elocuencia y determinación, al filósofo y el educador les constaría que "sin traducción, no hay cultura para nadie".[9] El educador habrá de ser instado por los caracteres filosóficos a traducir la imagen de la humanidad, esto es, el culto a los muertos, a un lenguaje asequible para todos, la lengua común de la humanidad, la poesía; y la traducción del conocimiento será lo que ponga de manifiesto el pensamiento, tratando de evitar las dudas acerca de la ventaja de la cultura para la vida.

La imagen de la educación entendida como la expresión universal de la filosofía sugeriría que los ciudadanos son capaces de soportar la experiencia fundamental de las humanidades según la cual "no hay hombre sin cultura", lo que transformaría la cualidad reservada por la que "la humanidad se vuelve pensamiento" en un hecho al alcance de la mayoría.[10] No obstante, el curso del tiempo no alcanzaría precisamente a resolver la naturaleza de la tragedia humana, pero ayudaría a crear -imitar- la idea de "una imagen del mundo sin tragedia". La experiencia de la lengua común de la humanidad sería equiparable al conocimiento de las humanidades. Nuestro sistema educativo podría proporcionar un sistema de conservación de la cultura deducido de la economía de principios que refiere la geometría y que puede servir como modelo a la ética. Sócrates se había dirigido a nuestra humanidad al enseñar que "no hacer uso de lo que se sabe" es peor que ignorar. Reconocer la existencia de una "mayoría inculta" podría ser, con esta perspectiva, el enunciado de la democracia -la cual terminó por asesinar a Sócrates. La justicia encontraría entonces su justificación en el futuro; sólo la democracia podía exigir la vida de sus ciudadanos al ser capaz de ilustrar -o como hacia Sócrates con las ideas de los demás, iluminar- nuevas vidas. La última palabra correría a cargo de la posteridad. La educación trascendería las circunstancias de la enseñanza; una educación excelente debe perseguir la crítica de la educación.



[1] Véase Charlas sobre educación. Pedagogía infantil, trad. Manuel Lázaro y Mª del Carmen G. Cela, Losada, Madrid, 2002. Para una comparación entre el trinomio de la vida familiar, la vida escolar, y la vida civil, acúdase, por ejemplo, a la Lección VI en Charlas sobre educación y a la Lección XXIV en Pedagogía infantil.

[2] Pedagogía infantil, p. 224.

[3] Véanse I. Kant, Pedagogía (trad. de Lorenzo Luzuriaga y José Luis P. Arranz, Akal, Madrid, 2003) y la entrada del Diario de Alain de 1947 recogida en la sección de Pedagogía infantil.

[4] Pedagogía infantil, p. 163.

[5] Charlas sobre educación, p. 208.

[6] Véase la entrada del 31 de octubre de 1949 del Diario de Alain, recogida en Pedagogía infantil, pp. 375-9.

[7] Charlas sobre educación, pp. 321 y ss.

[8] Véase la Lección LV en Charlas sobre educación.

[9] Charlas sobre educación, pp. 368-372.

[10] Una de las últimas Lecciones de las Charlas llevaría significativamente el título de 'El despertar de los individuos'.

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