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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 8 de agosto de 2020

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"El Estrangulador" de Manuel Vázquez Montalbán

Una aproximación a la esquizofrenia desde la Psicología, la literatura, el arte y el cine.

 

Hay, lo sabemos, una estrecha unión o complementariedad entre la psicología, la literatura, el arte y el cine. Cómo éste da forma de imágenes a las novelas y cómo éstas adoptan a veces el lenguaje y la técnica narrativa del cine.

El referente cómplice de una novela: " El estrangulador ", la que nos va a servir de guía para introducirnos en el complejo mundo de la psique humana, es una película: "El estrangulador de Boston". Que se dio a conocer universalmente a través de la película dirigida por Richard Fleischer.

Curiosamente este director es hijo del dibujante creador de Popeye; personaje que como tantos otros encontraron en el cine el acomodo de sus "tiras animadas". Y es que tal y como reconoció I. Panofsky, en 1934, "The comics Strips", o las "tiras dibujadas" en forma de viñeta, fueron una de las fuentes más representativas del arte cinematográfico. Fue precisamente, el 16 de Febrero de 1896, muy pocos meses después del nacimiento del cine, cuando aparece en el New York World el primer personaje que protagonizara un comic: Yelow Kid.

La película de Fleischer, "El estrangulador de Boston" - el asesino del Yo escindido-se estrenó en 1968 y se encuentra interpretada por Tony Curtis, un ejemplar padre de familia que, en su delirio esquizofrénico, se transforma en un estrangulador en serie. Henry Fonda, hace el papel de John Bottomly: un alto funcionario prudente y eficaz a quien el gobierno designa para desempeñar la urgente e importante misión de localizar y arrestar al peligroso criminal.

La novela de Manuel Vázquez Montalbán, premio nacional de las letras españolas en 1995, va a fabular la historia de Cerrato, quien cree ser Albert DeSalvo, el verdadero estrangulador de Boston, "de la raza de los mejores estranguladores de Boston". El más, el mejor de los estranguladores. El cual, según propia confesión, había matado mucho y bien, aunque por estrangulamiento sólo afirmaba haber cometido tres crímenes, de los treinta y siete que personalmente se atribuía, utilizando en los restantes los más variados recursos, sin desdeñar -dice -la alquimia letal clásica del arsénico, el cianuro o el curare.

Desde el hospital psiquiátrico - en el que se encuentra internado por sufrir un conflicto de personalidad - Albert Desalvo o, más sencillamente, Cerrato, se brinda a contarnos la verdad del "caso del estrangulador"; ya que según él, la película es sólo una sombra en tecnicolor (¡qué bello oxímoron!) de su vida y que únicamente la historifica a partir del instante en que le encierran. "Contar la verdad, precisamente, en unos momentos en los que el pasado no ilumina ya nada y el futuro es más imperfecto que nunca".

Cerrato se encuentra internado porque los demás, los que él llama "curanderos del espíritu", dicen de él que no es él. Porque niegan su identidad de artesano del crimen. Porque, según afirman, ha inventado todos sus asesinatos y éstos no son más que "recuerdos alucinatorios" a partir de " un proceso de evocación falsificador" típico y sintomático de la esquizofrenia. Pero reales o soñados ¡Qué más da! Si cada uno de nosotros somos, más que nuestra realidad real, nuestro propio sueño.

Además, lo de menos son sus crímenes, pura metáfora literaria del espíritu rebelde que se hace fuerte en la asunción de sus propias contradicciones éticas y estéticas. Lo que Cerrato mata es la angustia que nos hace culpables de nosotros mismos, que inunda del sentimiento de vergüenza los impulsos de nuestra propia humanidad insegura. Este es el motivo por el que Cerrato quiere hacer justicia (justicia ajusticiando) con su niñez y con su adolescencia, con esas etapas del desarrollo, pobladas de fantasmas del recuerdo, que fueron los pilares de nuestra personalidad.

Y es, precisamente, desde su infancia desde donde va a proyectar toda su vida y su vocación como estrangulador. De su infancia procede su Amor por Alma, la muchacha de los senos asimétricos, su pasión y obsesión de voyeur ilustrado, la impronta que marcaron sus amigos tempranos y la influencia contradictoria de sus educadores. Y en la base de todo, el conflicto psicológico ambivalente jamás resuelto de todo ser humano con sus progenitores.            

Alma era la vecina del piso de abajo, con la que desahogó toda su pasión de voyeur, o como él mismo dice "de coleccionista de porciones de anatomías deseadas", "asistiendo desde el riesgo de la clandestinidad, al desarrollo de su anatomía asimétrica".

Alma - llamada así como Alma Mahler, el modelo femenino que inspirara la pintura de Gustav Klimt y para quien posaría en su "Judit" - fue en efecto su primer amor y, también como es natural, tratándose de un estrangulador uno de sus múltiples crímenes. Aunque Cerrato -aparte de de estar ingresado por esquizofrénico- no había matado nunca a nadie. En realidad primero trataron de considerarle sólo como un paranoico, en un intento de minimizar su enfermedad; pero como - según él - ser paranoico está al alcance de cualquiera se negó en rotundo. Cerrato quería ser esquizofrénico o nada. Y su insistencia fue tan pertinaz que le dejaron como tal.

El término "esquizofrenia" significa en psicología: "mente dividida" e implica la pérdida de coordinación entre las diferentes funciones psíquicas, particularmente entre los aspectos cognitivos y conativos (emocionales) de la personalidad. Y es así cómo esta psicopatología ha sido designada como una "hipotonía de la conciencia", como una "ataxia intrapsíquica", como "un proceso irreversible que modifica la personalidad de base", según K. Jasper; o como" una adaptación patológica de la personalidad al medio", en definición de Meyr. Para el representante de la corriente anti psiquiátrica, Laing es, simplemente, "la única forma racional de enfrentarse a un mundo loco".

Las esquizofrenias son clasificadas en tres categorías: la paranoide, un trastorno de la percepción y del pensamiento, la hebefrenia, trastorno de la afectividad y la voluntad, y la catatonia que, según Cerrato "es la más agradecida porque da el espectáculo, ya que el loco se mueve muy a lo raro y asusta o hace reír."

Cuenta nuestro protagonista que una vez fue visitado por Laing, el padre de la anti psiquiatría. Y Cerrato aprovechó la ocasión para montarle un show catatónico que le puso muy incómodo. Laing había comenzado diciendo que a Cerrato le habían encerrado en una metáfora médica llamada locura, que en su caso psiquiatra y paciente eran "dos falsos locos descontextualizados". Cerrato le dejaba hablar pero "cuando - según cuenta- se puso catatónico perdido, Laing tocó el timbre para que vinieran los loqueros y se acabaron las metáforas"...porque "mucha anti psiquiatría,-dice Cerrato- pero cuando te haces el loco llaman a los loqueros".   

Fueron los recuerdos de ese momento de transición entre la infancia y la adolescencia -tan decisivos en Psicología del Desarrollo- los que configuran los orígenes de la identidad asesina del estrangulador.

En el paisaje de la infancia de Cerrato se dibujan los recuerdos de la contemplación clandestina de los pechos asimétricos de Alma desde el balcón de piedra y forja que daba a la intimidad iluminada de su ventana. Pero en su caso, como en el de los demás chicos, siempre hay un personaje que aparece destacado en la película del recuerdo: es el amigo compañero de nuestra niñez. Y ese fue Juanito "Seisdedos" para Cerrato.

Era el amigo golfo de la calle, el de billar y futbolín, ese que se encontraban en su deambular sin destino los chicos de los años sesenta, cuando el tiempo, que todavía no había sido robado por las nuevas tecnologías, permitía la aventura social de relaciones obtenidas al azar de la casualidad.

Seisdedos no era una buena compañía, se trataba de un muchacho de asilo, de un chico "descarriado" que hurtaba monedas a su abuela para jugar a la ruleta por los descampados, y que llamaba claramente a su madre lo que realmente era; aunque hay algunas cosas que aunque sean verdad no deben decirse.

A veces recordamos escenas de la película de nuestra infancia en Blanco y Negro, otras incluso como si fueran escenas del cine mudo, y parece que fue en uno de esos recuerdos cuando se llevaron, de nuevo, a Juanito al orfanato. También recordaba Cerrato - en Blanco y Negro- cuando Seisdedos volvía a su encuentro, tras largos meses de hospicio lejos del fraile celador, con la boca llena de pupas.

"La ventaja de que te puteen desde la más tierna infancia - dice nuestro estrangulador - es que no se te desarrolla el sentimiento de autocompasión, entre otras cosas porque careces del referente de una Edad de Oro".

Esa era, precisamente la razón por la que nunca se compadeciera Seisdedos de sí mismo y cuando, alguna vez, se le nublaban los ojos, antes de tener que regresar al encierro del hospicio en compañía del fraile pederasta, éste se los restregaba con violencia en un gesto digno de orgullo y de autoestima.

Pero lo que no pudo soportar Cerrato de él fue cuando una vez, (en uno de esos lapsus temporales en que Juanito disfrutaba de libertad) le habló de su amor por Alma, de la muchacha dorada por excelencia, la de la perfección asimétrica de su seno derecho, la de la delicadeza casi transparente de su piel y de sus largos brazos "que parecían pedir la música del Lago de los Cisnes para bailarla", Seisdedos le respondiera lacónicamente: "Si no tuviera que irme al asilo, yo a esa me la tiro".

Tampoco podemos recordar la ciudad de nuestra infancia sin la figura de algunos maestros que dejaron en nosotros huellas imborrables. Pero los maestros de los años sesenta, que entonces superaban en número a las maestras, no solían significarse, exceptuando casos aislados, por la suavidad y delicadeza en las relaciones con los niños.

El señor Dotras, a quien en su imaginario delirante colgó en una verja de una villa Art Déco, había sido el maestro que más había influido, de manera paradójica, en la infancia del estrangulador.

Fue uno de esos maestros crueles, tan abundantes, en aquellos momentos, que imbuidos en un ambiente de represión y de violencia, de fanatismo y de intolerancia, de sórdidas y grises relaciones sociales, maltrataban de palabra y obra a sus alumnos.

Nunca como entonces la vergüenza pública frente a los demás niños de la clase, el sentimiento constantemente transmitido de culpa y, sobre todo el miedo que creaba estados de angustia y de silencio, un silencio amenazante que parecía paralizar el tiempo que quedaba para salir, habían configurado los estados de ánimo de la infancia. Era aquel, sobre todo, un "Tiempo de Silencio". Dotras, símbolo del educador sádico de la época, la tenía tomada con Cerrato porque decía, afeminando la voz, que le disgustaba su sonrisa "pálida", ponía así en entredicho una de las gracias que le atribuía su madre. También sus bofetadas de piedra, que estallaban en una cabeza pequeña, eran el símbolo de las que constantemente recibieron los muchachos de entonces.   

Situaciones como ésta y otras muchas de conflicto familiar ensombrecieron la supuesta felicidad de aquella infancia, pero también hay hoy multitud de niños que no podrán nunca hablar de su infancia como de un "tiempo feliz", por eso no soportaba el estrangulador padre de familia oír decir a su esposa, María Asunción: "Nuestros hijos...¡Son tan felices!", sin saber, la pobre, que con esa expresión estaba firmando su sentencia de muerte porque, y estas son palabras textuales , "No hay nada que irrite tanto a un estrangulador, si es de raza, como verse implicado en cualquier reparto de felicidad" La esposa fue, en lo que no era más que una ensoñación fabulada, el último de los que el estrangulador consideraba: "crímenes fundamentales", después, naturalmente, de los de los padres y los hijos.

El padre de Cerrato, era, "un pesimista maltusiano" que le había engendrado en "un momento de debilidad erótica, histórica y científica" y que opinaba, en su caso particular con toda la razón del mundo, que los hijos suelen ser desagradecidos y metafóricamente parricidas. Como de hecho muestra, de manera, evidente el "Complejo de Edipo".

Dice Melanie Klein, una de las más radicales figuras del psicoanálisis europeo, que la observación de los niños, en proceso de análisis, conduce a la convicción de que el niño pequeño tiene fantasías de padres internos amenazantes, aterrorizantes y represores que constituyen, de hecho, un súper-ego particularmente feroz que el yo del niño, además, sufre con ansiedad.

Cerrato, como buen estrangulador, quiere disfrutar de la satisfacción de ver superados todos los complejos posibles, originados y creados como resultado de " la crisis del Yo burgués en aquella Viena terminal, del XIX, que hizo posible a Freud y a todas las revoluciones éticas, estéticas y filosóficas", matando en la imaginación de su delirio no sólo a sus padres, a los que invita a compartir un suicidio colectivo-familiar, sino también a sus tres hijos, a los que arroja por un acantilado como continuación y epílogo de ese juego que consiste, básicamente, en hacer como si volaran, balanceándolos por el espacio, de un modo rítmico, y sujetándolos con los brazos. Y cuando veía sus caritas pasar del éxtasis a la sospecha de que su papá no estaría al final del abismo para salvarles, sentía Cerrato, con satisfacción haber superado, también, el Complejo de Abraham. El del padre que quiere matar a sus hijos.

Pero no podríamos terminar de definir la personalidad de Cerrato, Albert Desalvo, el estrangulador de Boston - Boston para los amigos - sin volver a esa característica fundamental de voyeur y fetichista ilustrado.

Cerrato era en efecto voyeur, pero porqué se iba a preocupar por ello, si ya S. Isaac, psicólogo infantil, en su trabajo " Desarrollo Social en niños pequeños" (publicado en 1933 en Londres, editorial Routledge) había mostrado -en un estudio con niños de la escuela materna - de tres a seis años - , que el exhibicionismo y el voyerismo, así como el sadismo ingenuo, eran comunes a estas edades. Subrayando, este autor, una destacable curiosidad temprana y persistente acerca de la anatomía del otro sexo. Manía que abría de pasar después por el llamado "período de latencia de la libido" en la Edad Escolar para resurgir con fuerza en la adolescencia.

Cerrato, por otra parte, y como buen fetichista, había desarrollado un fetichismo por determinadas partes del cuerpo, el seno derecho de Alma y las piernas de la vecina de arriba, prescindiendo del conjunto. Desde sus observaciones clandestinas fue apreciando Cerrato como los senos de Alma, crecían con voluntad desigual: "El izquierdo - dice- era un cerrillo tenso con el cráter pudorosamente abierto, inacabado y en cambio el derecho crecía en dirección a las mejores estrellas, con la punta impertinente y conquistadora"...su pecho era, en efecto, a juicio del estrangulador "una síntesis de expresionismo y cubismo, era cubismo picassiano, tan expresionista como cubista". El pecho de Alma podía haber sido uno de los pintados por Klimt, si ésta - dice- hubiera tenido sentido de la lascivia y de la ironía. También pensaba Cerrato que jamás nacerían piernas femeninas como las de su vecina del piso de arriba, tantas veces lamidas, por sus ojos, en la escalera: "Eran tan hermosas - dice- las piernas de aquella mujer que presuponían el absoluto entre sus muslos".

Como mirón adolescente, Cerrato, podía otorgar ya a su fetichismo el carácter de perversión, de desviación de la conducta sexual para dar satisfacción a las necesidades de sus instintos. Según Freud, el fetiche masculino viene a ser, siempre, un sustituto del cuerpo materno, especialmente del seno, y quizá sea por ello por lo que la reacción fetichista hacia el seno de la mujer exprese conflictos infantiles no resueltos.

Pero ante todo el voyerismo y el fetichismo son expresión del imperativo del deseo: "El deseo lo es todo", un deseo que alcanza su punto máximo de sublimación en el arte y la literatura.        

Alma fue una adolescente de los años sesenta que con el tiempo se casó con un marido corriente - como tantos otros - llevando una vida corriente, como muchas otras "que nunca se casaron - dice Albert DeSalvo, con maridos sabios en adjetivaciones".

¡Felices los voyeurs y fetichistas que, como Cerrato, pudieron superar, a través del arte, la decepción de la realidad! Por ello Cerrato decide proyectar en la Danae de Klimt, toda su pasión idealizada por Alma, esa es, precisamente, la razón por la que - en su archivo secreto de estrangulador - el caso de Alma, figure bajo la denominación de "Asesinato de Danae". Como sabemos, La Danae era uno de los dieciséis cuadros de Klimt expuestos en Viena en 1908, uno de los componentes de la llamada "Iglesia de Klimt" y fue en su momento el cuadro más provocador porque representaba el éxtasis del orgasmo en plena masturbación, éxtasis figurado por el polvo de oro que sale del sexo de la muchacha. Cree sinceramente Cerrato que el ornamentalismo Déco había tenido siempre un matiz masturbatorio.

Al igual que Freud, cuando comprobó los resultados devastadores de la primera guerra mundial, y pensó que el Eros y el Thánatos, el instinto de satisfacción sexual y el de destrucción, eran los dos impulsos básicos de todo ser humano, Cerrato había sospechado también que "la conducta humana no es más que un enmascaramiento racionalizado de la conducta instintiva" ,"sospecha ratificada por el hundimiento de la racionalidad convencional, tan esforzadamente construida desde el Renacimiento, hasta la desgraciada derrota histórica del Comunismo Soviético." Pero no era el hundimiento de la doctrina comunista lo que sentía sino, más bien, el hundimiento, por desidentificación, de todas las demás ideologías.

Desnudo de ideología, sin nada en lo que creer, nada por lo que entusiasmarse, sin movimientos estéticos o filosóficos que merezcan la pena, sin nuevos paradigmas que expliquen teórica y según principios universales el significado del mundo, la materia o el universo, sin avances definitivos de una ciencia - económicamente empobrecida - que cerquen de una vez por todas la enfermedad, la vejez y la muerte; viendo el triunfo más apoteósico de la idiotez, comprobando el empobrecimiento de la intimidad y de la sexualidad, sintiendo la vuelta al conservadurismo más radical, a Cerrato no le queda más que el refugio en sus "mujeres soñadas", entre las que se mezclan personajes reales de su infancia y adolescencia, como son los casos de la supuesta vecina del piso de arriba y el de Alma, la del seno derecho perfecto. "El estrangulador" una novela sobre el alma humana que hay que leer.

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