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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 12 de noviembre de 2019

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Sweet sixteen

Dirección: Ken Loach

Guión: Paul Laverty

Reparto: Martin Compston, William Ruane, Annmarie Fulton

País: Reino Unido / Alemania / España

Año de producción: 2002

 

Sweet Sixteen (Felices dieciséis) narra la historia de Liam, un adolescente de quince años de un barrio obrero de Escocia. Liam vive con su hermana y el hijo de ésta mientras espera que su madre salga de la cárcel. Con la idea de dar a su familia una vida 'normal', decide ganar dinero de una de las pocas formas que están a su alcance: traficando con drogas.

Ken Loach, responsable de películas tan interesantes y necesarias como Agenda oculta (Hidden Agenda, 1990), Lloviendo piedras (Raining stones, 1993) o La cuadrilla (The Navigators, 2001), rodó hace casi una década una obra perfectamente reconocible dentro de su extensa filmografía pero más cercana al melodrama que al drama social, del que es uno de los mayores y mejores exponentes. A pesar de la evidente denuncia de las condiciones sociales en las que vive un importante sector de la población en el 'primer mundo', la historia de Sweet Sixteen se centra más en la actitud de su protagonista y en las (complicadas) relaciones de éste con sus familiares y amigos. La dirección de Loach, concisa, clara, directa y cámara en mano, confiere el tono semi-documental que le acompaña en muchas de sus películas. En este sentido, los escenarios reales y los actores no profesionales aportan la naturalidad y la credibilidad necesarias para la historia. El guión, premiado en el festival de Cannes de 2002, es del abogado Paul Laverty -'cómplice' de Loach durante los últimos quince años y ahora también guionista de la que es su pareja, Icíar Bollaín, en También la lluvia-.

Loach y Laverty se inspiran en la obra maestra de la nouvelle vague Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups, François Truffaut, 1959) y realizan una potente radiografía de la juventud a través del personaje de Liam. Es éste uno de los motivos principales por el que Sweet Sixteen es una película recomendable para ver con alumnos y alumnas de Bachillerato. Sin embargo, debido a su temática dura y, sobre todo, a su crudo lenguaje, varios países (entre ellos España y el Reino Unido) le otorgaron la calificación de NR18. Grave error, pues no es solo que la película hable de jóvenes, si no que puede tener una lectura dirigida exclusivamente a ellos; a enfrentarles, a encararles, con una realidad que a lo mejor muchos no son capaces de ver.

La fuerte personalidad de Liam -un espléndido Martin Compston- es la base sobre la que se construye el film. Al comienzo del mismo, Liam desafía a su abuelo y al novio de su madre y se niega a pasar droga a la cárcel para que ésta trafique dentro, pensando en los problemas que podría causarle a su progenitora. Se lleva una paliza tremenda, pero no le importa; su objetivo es evitar más sufrimiento a su familia (su madre, su hermana y su sobrino) y darles un hogar. Liam se llevará más palizas, pero su firme determinación permanecerá inamovible. Su inteligencia y atrevimiento le permitirán, con la ayuda de Pinball (su mejor amigo), robar un alijo de heroína para venderlo él mismo y conseguir así el dinero necesario para comprar una caravana en la que poder vivir con su madre cuando ella salga de prisión. Sin embargo, no valorará suficientemente las consecuencias de sus acciones y su vida cambiará completamente cuando le encuentren los mafiosos y criminales que controlan el tráfico de drogas de la ciudad.

La previsibilidad de algunos momentos y varios cabos sueltos de la trama no son obstáculo para la generación de un abierto debate con jóvenes sobre la historia -de hecho, probablemente lo favorezcan-. Existen subtramas y detalles a lo largo del metraje que pueden originar puntos de vista interesantes. De los personajes principales, la hermana de Liam, Chantelle, aporta una suerte de equilibrio y estabilidad al protagonista imposible de encontrar en nadie más. También la amistad entre Liam y Pinball y los derroteros que toma constituye un importante foco de atención. Las decisiones y los actos de Liam, la difícil relación con su  madre y, por supuesto, el problema sobre la juventud y las drogas, pueden ser fuente de innumerables discusiones.

Liam trafica con drogas en vez de ir al instituto, pero no tiene ninguna intención de drogarse; la heroína le interesa porque gana más dinero con ella que con otros productos con los que también puede comerciar de forma ilegal (cigarrillos de contrabando, por ejemplo), y le permitirá pagar la caravana que quiere regalar a su madre. Así, el dilema de si el fin justifica los medios -y hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por lo que queremos- es el más fácil de plantear pero, en mi opinión, no debe ser el tema nuclear de un análisis que puede resultar rico y prácticamente inagotable sobre ética, moral y política. De todos modos, si tuviera que indicar una idea principal sobre la que orientar la reflexión, probablemente elegiría la pregunta que Loach y Laverty pretenden que el espectador se haga, con su descripción ajustada de la situación de marginalidad y exclusión social que se da en algunas zonas deprimidas de las grandes ciudades: ¿qué podemos hacer?

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