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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 8 de agosto de 2020

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La Eva del futuro

Como ya sabemos "Androide" en masculino o "Ginoide" en femenino es el nombre con el que se bautiza a los robots de características antropomórficas capaces de imitar, como autómatas, formas y conductas humanas. De ahí que también llamemos a estas máquinas antropomórficas "humanoides". Hoy trabajamos ya con organismos cibernéticos y biónicos, en los que los biomateriales avanzados, los sistemas de inteligencia artificial y la mecánica robótica han logrado, mucho más allá de las simples "marionetas animatrónicas" "dar a luz" a la verdadera "Eva del futuro".

 

¿Pero quién fue el primer pensador capaz de concebir semejantes artilugios de parecido humano?

La palabra fue utilizada, por vez primera por el filósofo y teólogo alemán Alberto Magno, profesor de Tomás de Aquino, en 1270. San Alberto, el padre de la ciencia moderna, no sólo concibió la posibilidad de crear seres autómatas sino que a raíz de sus experimentos en el campo de la botánica y de la alquimia descubrió el arsénico, y como geógrafo y astrónomo ofreció los primeros argumentos rigurosos para afirmar la redondez de la tierra. Si vais a Köln (Colonia) podréis rendir homenaje a sus restos en la Iglesia de San Andrés.

Pero el concepto de "Androide" fue popularizado y difundido por el escritor francés Auguste Villiers de L´isle-Adam en su curiosa novela profética de ficción simbolista "Ève future", publicada en 1886.

Se trata de Hadaly una mujer mecánica imaginariamente construida por Edison.

La obra narra la historia de Lord Ewald, quien desesperadamente enamorado de la bellísima y vulgar cantante Alicia Clary, y no siendo correspondido, es ayudado por su amigo, el inventor Edison, para que la olvide. Edison la va a ofrecer, a cambio, un invento prodigioso.

Ha creado una ginoide, "revestida de tiernas carnes", que se mueve y habla ¡gracias a la ayuda de la electricidad del fonógrafo!

Pero eso no es todo. La ha construido, con voz y ademanes, completamente similares a la inalcanzable Alicia (ver mi artículo e. innova robótica de febrero 2011: "Resucitar las estrellas"), pero con el alma hipnóticamente arrebatada e insuflada de otra mujer maravillosa, Sowana. Alma y cuerpo a la carta.

Ewald la lleva a su castillo pero un incendio terrible acaba con la muñeca prodigiosa y con el disfrute de una vida de placer y satisfacción.

Desde luego no nos encontramos ni mucho menos ante una novela científica pero sí de una narración en donde se produce una fabulación simbólica en torno a los, en aquel entonces, nuevos y sorprendentes hallazgos de la ciencia: el teléfono, el gramófono, el cinematógrafo e incluso las interesantes aportaciones a la psicología que provenían de los estudios sobre el tratamiento hipnótico de la histeria de Charcot.

J. M. Charcot (1825-1893) había aportado a la psiquiatría dinámica francesa la idea de la existencia de un subconsciente que se encontraba en la causa de los fenómenos hipnóticos y de los síntomas de la histeria. Idea que, recogida por su discípulo P. Janet (1859-1947), despertó el interés de Freud, el cual siguiendo esta trayectoria de pensamiento llegó a considerar el inconsciente como la esencia de la realidad psíquica de los seres humanos.

No olvidemos que Freud tradujo obras de Charcot y, también de Bernheim, miembro de la escuela de Nancy que fue visitada por él y que se había hecho famosa por la práctica metódica de la sugestión y de la autosugestión.

"Edison" va a enseñar al protagonista de la novela cómo dominar mediante la hipnosis la conducta de su estatua animatrónica, persuadiéndole de que, como la realidad sólo vive en nuestro pensamiento, su pensamiento podía animar la muñeca.

Pero no olvidemos que, en esta obra, el propio Edison es retratado no como un científico sino como un mago en un laboratorio de alquimia.

Ironía, premoniciones, sombras y luces, hacen de esta novela, muy ligada a algunos de los "Cuentos crueles" (del mismo autor), una obra interesante en cuanto a lo premonitorio. Una ficción creativa que se va a añadir al género literario y cinematográfico que empezaría a hacer furor a partir de los primeros años del siglo XX: la proliferación imaginativa de los robots humanoides.

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