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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 27 de noviembre de 2021

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Dulce ausencia

[Relato publicado en la revista piloto durante el año académico 2006/2007]


Nunca pensé que pudiera sucederme. Desde niña, desobediente, jamás hice caso de las advertencias de mi madre: "¡Vas a acabar contigo!"

Cuando no era por arriesgada con la bicicleta, era por intrépida encaramada en los árboles; y mi
madre, claro está, temía por mi vida. Más adelante en mi historia lo mismo: "¡Vas a acabar contigo!" Eran los viajes continuos y los incesantes cambios horarios los que me tenían trastocada y, como consecuencia, pastillas para estar despierta, pastillas para estar dormida. Y ahora no sé si lo uno o lo otro, lo cierto es que no estoy. No me hallo, no me encuentro. ¿Existo?
Anoche cené con unos amigos y he de decir que de ligero nada: huevos salteados con gambas y
espárragos trigueros, salsa barbacoa con delicias grasientas y abundantes en colesterol, varias
copas de vino, pinchos morunos, angulas, salpicantes, ajosarrieros, empanada, chucrut, kebap... y tarta de chocolate, como no podía ser de otra forma. Me estallaba la cintura, pero todo era tan apetitoso, que no me daba tregua para tomar aliento. Claro que si tomo, además, algo de aliento, ya no me hubiese cabido el licor del postre. Fue una velada amena que duró hasta bien entrada la madrugada y, cuando el sol empezada a despuntar, me fui a dormir. ¿Con pastillas? No
recuerdo. Lo único cierto es que no existo.
¿Dónde estoy? Volvieron a sonarme en los oídos las palabras de mi madre: "¡Vas a acabar contigo!" Pero sé que no estoy muerta, doy fe de ello porque respiro, veo, siento. Siento el calor del sol que no se cuándo ha aparecido, o cuándo he aparecido o desaparecido yo.
Lo cierto es que...
Todo empezó cuando al abrir los ojos vi que yo no era yo. Me puse muy nerviosa y comencé a dar paseos desasosegados por la habitación. La tarde anterior me había hecho la manicura francesa y no estaba por la labor de comenzar por mi gran vicio. Así, introduje mis manos en guantes de lana y, voluntariamente maniatada, seguí paseo arriba y abajo por toda la casa. No quería abusar de los tranquilizantes, pues las copas de vino, el champán y el licor de la cena podían hacer en mi interior una bomba de relojería; así que tenía que acudir a los remedios caseros de toda la vida, de toda mi vida: los hidratos de carbono y las uñas; es decir, al pan y a acabar con la manicura francesa. Acudí a la panera y ahí quedaban, anónimos, los trozos sobrantes de la cena, casi duros pero apetitosos. Cogí el más pequeño y le di un mordisco, luego me quité los guantes y... "¡Ñam!", mordisco de uña. Una, dos, tres... Seguí con un trozo más grande de pan y "¡Ñam!¡Ñam!", luego un dedo, dos, tres... Sí, digo dedo, pues las uñas ya se me habían acabado. He de reconocer que aquella mezcla me gustó pues me recordaba las meriendas de infancia.
Logré, al cabo de un rato, serenarme mientras la mente se iba en devaneos y recuerdos de infancia, de adolescencia y de madurez. No sé cuanto duró la meditación, pero en ese intervalo de querer adivinar mi futuro conforme había transcurrido el pasado me fui quedando transpuesta; tampoco soy consciente del rato que estuve en brazos de Morfeo, pero lo cierto es que cuando quise retomar mi existencia la voz de mi madre se hizo más poderosa "¡Vas a acabar contigo!" ¿Cómo que voy a acabar conmigo? ¡He acabado conmigo!
Solo me quedaba la boca. Por arte de birli birloque me había convertido en un ser de chocolate y me ha había comido poco a poco, empezando por las uñas, luego los dedos, después los brazos,
codos, piernas, rodillas, pies,... , el resto, y solo me daba la boca. ¿Dónde estaba?
Levitando, me acerqué a la habitación de mis hijos y les besé la frente con toda la intensidad que podía; luego fui al lecho donde dormitaba mi amado y le besé los labios con el ardor de la madrugada, pero ninguno se percató de mi dulce ausencia.
Decepcionada y sin saber qué hacer, hice lo que creí más oportuno: sacar la lengua y lamer lo que quedaba de mí hasta desaparecer.
¡Despierta! -dijo él mientras asomaba con una humeante taza de chocolate- ¡Es domingo y te mereces desayunar en la cama!
Me incorporé y, con todo el dolor de mi corazón, respondí: "No gracias, ya he tenido bastante".

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