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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 4 de abril de 2020

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Verdades

 

Platique y platique, ya se le habían ido lo menos cuatro horas y los trastos sin lavar. Los niños chorreados de mugre y sudor correteaban por la calle llena de polvo. Y ella, apoyada en la reja que separaba su patiecito del de la vecina, decía que sí, que lo del plomero le constaba. Miguel, con las patas flacas y las rodillas encostradas, su panza de hermano mayor se le rebosaba de los pantalones demasiado chiquitos. Milagro de la naturaleza parecía que chicas patitas pudieran soportar semejante panzota: "ma, ¿me das dinero para una nieve?" "Yo le aseguro, doña Panchita, que no son cuentos. Dicen que la joya estaba embrujada, que ya traía la maldición desde antes." "¡Qué embrujada ni qué ocho cuartos! Lo que pasa es que la debería haber dejado donde estaba. Con los muertos no se juega." "Ma, ¿me das para una nieve?" "Oiga, Panchita, ¿y usted sabe de dónde salió la güera?" "Pues a mí me dijeron que era su sobrina, pero vaya usted a saber. Su sobrina de ella, me refiero." "¿De la difunta?" "Eso dicen." "Ay, ¿cómo cree? Eso habría estado muy feo, ¿no?" "Pues sí, doña Cloti, pero ya ve cómo son los hombres, nomás les gusta una y no miran ni de dónde salió." "¡Ay, bendito el cielo que hay justicia!" "Sí, bendito el cielo. Mire nomás cómo les fue a los dos. La justicia les vino directamente desde abajo." "Ma, ¡dame para una nieve, por fa!" Y las moscas revoloteando sobre los granos de arroz pegados en los platos de la comida. Ya eran más de las siete y el silbato de la fábrica hacía un buen rato que había sonado. El sol estaba acariciando las lomitas y los trabajadores ya venían en los camiones de regreso a la ciudad. Polvo y silencio pesado en la carretera. "El que da y quita, con el diablo se desquita, doña Panchita." "¿Usted cree que fue eso? ¿Habrá sido el diablo?" "Seguro. Mi comadre estaba en el cementerio, por eso le digo que yo sí me lo creo, porque me lo contó ella. Dice que clarito vio cómo la güera se acercó para poner las flores en la tumba, y cómo quitó corriendo las manos como si se hubiera quemado. Las flores se quedaron todas desparramadas, entonces el plomero le dijo que las levantara y las pusiera en los floreros." "¿O sea que sí es verdad que se acercó varias veces?" "Tres, Panchita, tres. La tercera fue para echarle agua a los floreritos." "¡Maaa, por faaa!" "No, pues sí, tres ya son muchas, como que ya estaba provocando a la muerta, ¿no?" "La güera esa no tenía vergüenza." "Pues viera, doña Cloti, que yo al principio creía que sí la quería. El plomero a la difunta, digo. ¿No dicen que estuvo trabajando un montón de meses del otro lado para poder comprarle la joya?" "Eso dicen. Que le costó una dolariza, más a parte la inscripción." "A mí me contaron que se la dio para convencerla de que se casara con él. Que según esto no podía vivir sin ella y ya ve." "¡Hombres!" "Sí. Todavía no la había enterrado cuando ya se había traído a la güera." "Ni la quería." "Ma, quiero nieve." "Ni la quería." "Pues no, doña Cloti, la verdad es que ni la quería." La verdad es que el plomero siempre la quiso, desde la primera vez que la vio. La quiso y aceptó todas sus condiciones. Vivir sin casarse con ella, sin averiguaciones sobre su pasado. Escribió en oro su promesa de amor eterno. Algo bonito pero inútil, decía ella, porque prometido o no, si el amor entra de veras en el corazón, ni quién pueda volver a sacarlo. Vivieron una vida serena al margen de chismorreos y comentarios, y cuando ella se enfermó, él volvió a prometer. Prometió que cuidaría siempre a la güera, la hija que ella había tenido escondida, guardada a cal y canto entre las monjitas de la capital. La güera fue el único secreto del pasado de ella que él pudo conocer. Prometió que la joya pasaría del cuello de la madre al de la hija; a manera de préstamo, como amuleto para atraer la buena suerte en el amor. Una vez conseguido, la niña tenía que devolver el medallón.

"...Y cuando la estaban velando, dicen que la güera no despegaba los ojotes del cuello de la pobre difunta." "¿Usted estuvo ahí?" "No, pero estuvo una vecina de una amiga de mi comadre, que vio cómo él le quitaba la joya."  Y el padre de Miguel ya lo había dicho muchas veces, por las buenas, sin llegar a las malas palabras. Que la cosa estaba muy dura y él se reventaba a trabajar. Que si era para estar todo el día platicando con las vecinas y descuidar la casa, mejor se fuera ella también a la fábrica, total, los niños ya estaban grandes y podían cuidarse solitos. "Como lo oye, doña Cloti. La tercera vez que la güera se acercó a la tumba, salió la mano de la difunta y le arrancó el medallón del cuello." "Justicia desde abajo, Panchita." "Sí. Mi comadre vio salir a la güera del cementerio con el cuello pelón. Luego ya nadie los vio más." "Ay, doña Panchita, yo no me acerco a esa casa, de seguro tiene fantasmas." "Ma, ¿me das para una nieve?" "¡Qué nieve, ni qué nieve! ¿Qué no ves qué horas son? Ya no tarda en llegar tu papá y por tu culpa ni siquiera he empezado a preparar la cena. Ándale, baña a tu hermanito. Si querías nieve, me la tenías que haber pedido antes y no a estas horas."

Unas vecinas decían que los cuerpos del viejo y la güera estaban pudriéndose dentro de la casa cerrada, muertos por la maldición del medallón. Otras, que se los había llevado la muerta para que vagaran perdidos en el más allá. ¡Puras mentiras! Si alguien hubiera estado en la estación unos días antes, de madrugada, hubieran visto cómo los dos se subían al camión. El plomero estuvo en el cementerio para contarle a su adorada difunta que durante unos días no iba a poder visitarla, que se iban a Colima porque la niña se había enamorado y se casaba con uno de allá. No hubo quien le contara esto a Doña Panchita. Cloti le juró mil veces a su marido que sólo había salido un momentito a pedirle azúcar a la vecina, nada más. "¡Ubícate, gordo! Esta casa da mucho trabajo, no seas desconsiderado. Ni que tuviera todo el día nomás para pensar en hacer tu cena." Miguel y su hermano, con el pelo mojado y los ojos achinados de sueño y cansancio esperaban con los codos en la mesa el final de la discusión y el chocolate con pan dulce.

Nadie vio el medallón guardado entre las flores. Ninguna vecina supo cómo la güera lo devolvía con su propia mano, colocándolo sobre la tumba envuelto en una carta. Nadie del barrio leyó nunca la inscripción.

 

 

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