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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 18 de septiembre de 2019

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Adiós a la percepción

Vuelvo a empezar y, aun con el riesgo de ser redundante, lo haré por el principio. Puedo recordarlo, al menos creo hacerlo con la suficiente nitidez como para hablar de ello.

En esa época estaba estancado. Los días se me antojan en mi memoria de color gris, con breves luces, tal vez producto de alguna cita concreta; pero por lo general dominados por la rutina y el tedio. Era insoportable trabajar en el mismo almacén día tras día, vivir la misma cotidianidad en el hogar y tener como única motivación sumergirte en un sueño tan profundo que quepa la esperanza de no despertar.

El mundo decidió por mí. Mi mujer se cansó antes que yo y me dejó, lo recuerdo perfectamente, el primer día de Semana Santa. Valiente puta, tuvo unas buenas vacaciones por delante.

Tal acontecimiento me produjo una verdadera crisis, que sólo logré superar tomando una radical decisión: montaría mi propio negocio. Un nuevo proyecto, algo totalmente mío, sin verme obligado a estar bajo las órdenes de nadie y tener mayor libertad. Pensé que podía ser la clave para salir del bache. Durante noches no dormí, obsesionado con el tipo de negocio que montaría. Al final pensé en una tienda de comics. Es de las pocas cosas que me han apasionado en esta vida y en el barrio no había ninguna librería especializada en artículos por el estilo. Aún rememoro en mí la euforia de aquel momento, las ganas que tenía de llevar a cabo mi deseo. Incluso encontré un establecimiento en venta y resultaba perfecto. Entraba y fantaseaba con posters colgados, muñecos de plástico en estanterías, miles de comics, juegos de rol, películas...

Sin embargo, todo en este mundo tiene un precio, y cumplir un sueño es lo más caro que puede haber. Mi situación económica era deficiente ahora que mi mujer no estaba y, para entonces, me era imposible abandonar el trabajo. Si quería independizarme laboralmente necesitaría mucho dinero, más de lo que pueda darme el paro.

Lo primero que pensé fue la posibilidad de tener un segundo trabajo. Luego me di cuenta de que sería complicado obtenerlo. Surgió un trabajo nocturno, pero no podría mantenerlo. ¿Cuánto podría estar sin dormir? Cambiar mi vida era para mí la puerta del cielo. La única forma que tenía de salir del bache era realizando mi proyecto. No sé cómo podría estar tan seguro. Yo lo sentía así y era lo único que me importaba.

Tuvo que ser el azar quien conspiró para que me quedara sin café. Es mi debilidad. Soy de esas personas que sin café no puede moverse por la mañana, aunque hubiese dormido mil horas.

No era el mejor plan del mundo. Bajé sin mucho entusiasmo a la cafetería de debajo de mi casa. Creo que desayuné unas tostadas con tomate y, por supuesto, café. Las noticias del tiempo me tenían abobado cuando mi atención se centró en un hombre de aspecto risueño que estaba sentado en la barra. No era él lo que me interesaba tanto como su conversación. El tipo en cuestión contaba jovialmente al camarero como había conseguido un dinero extra siendo cobaya en un laboratorio cercano al polígono industrial. Estaban enzarzados en una discusión sobre si pertenecía a una farmacéutica o al ejército. Les interrumpí con cordialidad y le pedí la dirección al hombre. No tuve pudor en interrogarle sobre las condiciones. Los riesgos eran mínimos y la paga dependía del experimento.

¿Lo haría o no? Tampoco tenía nada que perder. Me pondrían una pomada, me irritaría un poco la piel y tendría cien euros más en mi nómina. Me tranquilizaba pensar que seguro que sólo sería eso. En una ocasión oí que, por dejar que te quitaran un dedo para luego cosértelo, podían llegar a  ofrecer miles de euros (no recuerdo cuántos).

Eso me alentó.

Una tarde me presenté allí y entregué una solicitud para cooperar con el centro. El laboratorio era parte de un instituto de investigación financiado por el ministerio. No tengo ni idea de qué podrían investigar. Tampoco me preocupaba. Al fin y al cabo, siempre estaba a tiempo de echarme atrás.

No recuerdo con exactitud qué día fue. Me llamaron por teléfono para concertar una cita. Un escalofrío me recorrió la espalda y tuve un ataque de nervios. Arrepentimiento, también náuseas. La amabilidad de la voz de la operadora me hizo confiar, pero no por ello calmé mi inquietud.

De camino al centro, en más de una ocasión pensé dar la vuelta al coche y dejar el asunto. Uno no siempre se deja guiar por su intuición; eso se llama valentía, tener voluntad para llevarse la contraria. Yo me la llevé todo el camino. Necesitaba el dinero. Mi tienda de comics era mi aliciente y me motivaba imaginando el éxito que tendría.

La recepcionista me condujo a un despacho. Las paredes estaban forradas de cuadros de medicina (reconocí en uno de ellos a Vesalio) y carteles de congresos de física. No faltaban igualmente archivos y todo tipo de carpetas. Por respeto no curioseé demasiado, me limite a permanecer en mi silla, observando todo alrededor como un niño que entra por primera vez en su clase nueva.

Al rato entró una mujer de cuarenta años, con gafas de pasta. Su vestido estaba tapado por una bata blanca. Dudo si fue con ella con la que hablé. De todos modos, su sonrisa me hizo reconocer al instante a la agradable telefonista.

Tardó en dirigirse a mí. Lo primero que hizo fue mirar unos papeles, luego me escudriñó con la mirada para volver a sumergirse en los documentos. Finalmente, lo dejó todo en la mesa, entrelazó los dedos de las manos y me dijo:

-Hola, señor Kooner, soy la doctora Dilmer, la directora del Departamento de Psicología y Percepción de este centro. Le hemos llamado porque se ofreció como voluntario a colaborar con el instituto de investigación. Su informe médico es perfecto y su solicitud fue realizada correctamente. También hemos confirmado que no tenga antecedentes de ningún tipo, familiares en su mayoría. Podemos decir que es usted apto.

-Un ciudadano ejemplar que dicen-contesté riendo. Ella también rió. No era un témpano después de todo.

-Algo parecido -Hizo una pausa-. Bien, quería comentarle que ha sido elegido como sujeto de pruebas para un experimento en el que llevamos tiempo trabajando.

Fue al grano con rapidez y firmeza. Supongo que no se le escapó mi palidez o, al menos, los nerviosos movimientos que hacía en la silla. Me recoloqué y suspiré pensando en los mil sufrimientos que podría padecer de salir mal.

-No se preocupe -prosiguió- que no es nada peligroso. De hecho, el procedimiento es muy sencillo. No hay que intervenir quirúrgicamente ni vamos a probar ninguna sustancia que pueda causarle daños. Le inyectaremos un isótopo que nos permitirá ver su actividad neuronal. Es completamente indoloro. Estimularemos su encéfalo mediante un casco especial y podremos ver las reacciones de distintas áreas. No tendrá siquiera que hablar. Todo será interpretado por nuestro ordenador central que nos dará los resultados a su reacción.

-Entonces, a ver si he entendido. Me sientan, me conectan a un aparato y sólo tengo que mirar cosas. ¿He entendido bien?

-No sólo ver, también oír, etc. Pero sí, en resumen es más o menos eso. El isótopo que vamos a inyectarle, ya digo, es simplemente para poder observar su actividad neuronal, no produce efectos secundarios y, quitando el pinchacito de la vía, no le dolerá nada.

-¿Cuánto me pagarían por eso? -La ineludible pregunta.

-Dependerá de los resultados. Tenga en cuenta que, en el momento, a lo mejor le pedimos hacer algo más. Dependerá del trabajo que hagamos y el tiempo que debamos retenerle, aunque le aseguro que será poco. De todos modos, puedo garantizarle que de los mil quinientos no creo que baje.

La cifra me impactó. Recuerdo en mi una tentación tan irreflexiva como difícil de esquivar, una invitación a decir que sí sin meditación alguna. Era mucho dinero para solamente mirar cosas, algo que, tras pensarlo detenidamente, me parecía sospechoso.

-¿Por qué tanto dinero por, simplemente, mirar?

Mi desconfianza debió molestarla. Su semblante se ensombreció y su voz se volvió más seria y contundente.

-Verá, señor Kooner, esto es una investigación. No puedo darle ningún resultado ni puedo decirle qué vaya a pasar. Precisamente le llamamos para poder tener resultados. Por las variables de riesgo que hemos podido medir, no corre usted peligro. Por aceptar ese riesgo, por mínimo que sea, debemos pagarle según unos estatutos.

Pese al miedo que tenía a la prueba, tenía razón. Debían cubrir cualquier mínima inseguridad, ya fuera una lesión, un daño colateral sin importancia. Cualquier ligera ampolla que pudiera crecerme debían tenerla en cuenta. Visto así, no pagaban mal y podía estar más o menos tranquilo. Sólo me faltaba preguntar para qué era el experimento. Como conejillo de indias me interesaba, aunque fuera, para hacerlo bien.

-¿Qué se pretende probar con este experimento?

-Es complejo de explicar. Estamos trabajando con los límites de la percepción humana. Usted, por así decirlo, no ve los objetos como son, sino a través de representaciones. Su cabeza ordena el mundo con unos esquemas mentales para que pueda desenvolverse en el mundo. Nosotros queremos probar si somos capaces de eliminar esas barreras.

Medité unos segundos.

-¿De ser así -pregunté- sería el primer hombre en ver los objetos tal y como son, no es así?

-Exacto. Vería los objetos cotidianos más allá de la percepción humana y también aquellos que se escapan a ella.

-¿A Dios?

-Es posible. -Me sonrió con ingenuidad.

Ahora que rememoro todo lo allí ocurrido, igual que puedo ver el diálogo con una precisión casi extrema, igual que el rostro de aquella señorita diciendo cada palabra, no puedo garantizar qué fue lo que me hizo aceptar. Sé que firmé aquel mismo día y que me citaron para el día siguiente por la mañana, y tuve que pedir un día libre en el trabajo. Recuerdo todo eso, pero no por qué lo hice. Pudiera ser el dinero prometido o quizás la fama si salía bien, ser el primer hombre en superar los límites humanos, como Neil Armstrong. Conquistaría una tierra inalcanzable para el ciudadano medio y se me recordaría por ello... si todo salía bien. A la vez no podía quitarme de la cabeza las consecuencias que podría tener tan pretencioso experimento. Me eran desconocidos los daños que podía ocasionarme, pero mi mente elucubraba, ya se encargaba la imaginación de proporcionarme las posibles muertes que me aguardaban.

 

Mi cabeza es como una biblioteca a medio quemar. La memoria, cuando no tiene suficientes imágenes, ata las ya existentes para que tenga coherencia. Su vulgar expectativa del mundo es una mezcla de lo que es y lo que quisiéramos que fuese. Bien puedo gritar que mi destino no fue como esperaba y mi recuerdo está demasiado vivo en mí como para que haya tenido que inventarme nada.

La sala estaba desnuda, a excepción de unos cables que corrían hasta un extraño armatoste de metal colgando del techo, situado debajo de una silla vieja acolchada. En una pizarra había un triángulo perfecto dibujado. También había una mesa con una serie de objetos pulidos: prismas, conos... cada uno de distinto color. Una pantalla donde podía verse una figura cambiante, un cubo de varios colores moviéndose de un lado a otro.

Me senté y unos operarios me ajustaron el casco a la cabeza. Como bien me señaló la doctora Dilmer, un enfermero inyectó una sustancia transparente que me heló las venas. Lo notaba corriendo por mi cuerpo hasta que se reguló con mi temperatura. El interno se fue y me quedé solo en la sala.

Una megafonía a mi espalda me asustó:

-Señor Kooner, vamos a comenzar. Mire fijamente los objetos.

Obedecí y observé los objetos con todo el detenimiento que pude.

Pasó un rato y no ocurrió nada. Sólo un zumbido en mi cabeza, fruto del aparato de metal. Nada pasó. No dije nada, fui paciente, esperando ver algo... o no verlo. Me revolví en mi asiento y por un momento se me pasó la idea de que todo había sido en vano. ¿De ser así me pagarían? Nada cambiaba, ningún malestar. Sólo que el tiempo pasaba y me estaba empezando a cansar. La silla era incómoda, de eso sí me acuerdo bien. Tabaleaba en mis rodillas y suspiraba. Me mantenía en silencio por si pudiera interferir en el experimento.

No me daba cuenta de todos los cambios que se estaban produciendo en mi cuerpo. El primer síntoma de ello fue un ligero mareo que achaqué al calor y al cansancio. Comencé a temblar, mis extremidades se movían como si estuvieran fuera de mi control. Pronto me percaté de que sólo era una sensación, que mis movimientos eran firmes y sólidos. Era la sensación de mi mismo lo que estaba transformándose.

Mi piel se volvió tirante y los movimientos que hacía con las manos expulsaban un haz, un pequeño rastro como si mi córnea retuviera todas y cada una de los instantes en su trayectoria. Aunque los veía como un conjunto, inseparables, también, si me fijaba lo suficiente, podía percibirlos separados, infinitas posiciones del recorrido. ¿Cuántos puntos componen una línea? Yo podría haberlos contado hasta la saciedad. Mis manos, el palpitar de mi pecho, las motas de polvo que emanaban de mi nariz. El circular de mi sangre me parecía discontinuo, quizá sentía lo que se siente en un infarto.

El estómago se me revolvió y vomité. Contemplé toda la secuencia de la caída en picado de mis propios fluidos, rompiendo contra mis piernas y el suelo: primero como un órgano que se salía de mi boca hasta convertirse en una plasta. El movimiento del líquido extendiéndose a mis pies, incluso el calor que fluía en mi carne, todas sus partículas en movimiento eran captadas por mi ojo. El tiempo se detenía en cada mínima impresión. No había movimiento, sino una suma de momentos atados de forma deductiva.

El cuadrado de la pantalla iba por imágenes superpuestas. El sonido era una presión contra mis oídos, como un martillo cuya finalidad fuera lacerarme. La luz se me clavaba en los ojos como un hierro afilado. El mismo movimiento de las pupilas dejaba a su paso una estela de color. La exactitud o inexactitud de mis impresiones constituía una barrera infranqueable. No lograba seguir con la mirada la trayectoria de los objetos. No podía establecer un orden. El caos que reinaba en mi mente era aplastante.

Poco a poco la lentitud del mundo se convertía en un susurro, en una sombra de luz. Todo frenaba, y lo que podía ver como un proceso se convirtió en un instante. Mis músculos tiraban de mis extremidades, pero no los veía ante mí. Las marcas del color era lo único que se conservaba intacto. Todos los movimientos en una única imagen.

Afiné mis sentidos y mi intuición para lograr volver a una forma del mundo coherente, pero me fue imposible. Un chirrido, un dolor agudo me desgarraba si intentaba tomar el control de mi propia construcción del mundo. Mi cerebro me quemaba. Se convertiría pronto en ceniza.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no había fondo.

Incapaz de distinguir la figura del fondo, el color avivado y a la vez tan pobre, se iba pudriendo. La claridad imperceptible de los límites, la curvatura se convirtió en una mera parábola en un eje cartesiano. Los objetos que había sobre la mesa no tenían reverso oculto. Mi intelecto era incapaz de alcanzar a comprender que eso no podía ser así.

Sin embargo, aunque entendía que los bordes debían perderse en algún fondo latente, captaba perfectamente el borde de la curvatura, los lados pulidos, y a la vez irregulares. Una muesca se conformaba de infinitos lados. Nada hay en la naturaleza que sea recto y perfecto. Mi propio cuerpo lo componían 32032781 polígonos, los objetos sobre la mesa la mitad. Incluso esto me resultaba dudoso. Podía imaginar e ir subdividiendo todos esos planos, esas líneas, conformando otros nuevos, que iban adquiriendo mayor realidad si cabe conforme los iba creando mentalmente. Mis pupilas actuaban como microscopios de dos dimensiones. Las mismas áreas absorbían otras, el croma de color se mezclaba en abismos de líneas que difuminaban los contornos.

Las auras  del movimiento que antes vi eran innumerables planos, unos sobre otros, que simulaban un proceso de cambio. No obstante, todas estas relaciones que podía hacer entre los objetos eran deducciones: era capaz de entender qué había, pero no de verlo. Ni siquiera el sonido parecía natural, sino un pitido inconsistente, imposible de determinar en qué tonalidad, un murmullo de un frotar de aristas.

Un nuevo pinchazo. Creo que grité, al menos sentí como si mis pulmones lo hicieran. Lo extraño de la sensación me hizo reconsiderar mi propio cuerpo como el producto de un dios que ve. Si tenía la razón la doctora y todo esto era perceptivo, ¿sería posible que mi propio cuerpo hubiera mutado por percibirlo de otro modo? Y si eso era así, en qué me estaba convirtiendo se escapa a mi entendimiento.

Recuerdo que cuando volví a volcarme en el mundo exterior, todo era negro, incoloro. Cada plano había dejado al descubierto su composición: un universo ilimitado de líneas. La conjunción de los segmentos, a la vista de todos más que ausente, impresionó mis sentidos como un ahondamiento material en la imposibilidad lógica. ¿Cómo podría describir el infinito; que por mucho que viese una línea, mi mirada se sumergía en ella y encontraba una infinitud más insondable; que mi cuerpo se convirtiese en una recomposición; que dejase de sentir más que un mero palpitar energético?

Las líneas iban hacia todos lados, tantos como pudiera yo relacionar sus puntos. A veces me parecían horizontales, a veces oblicuas. Incluso podía imaginar pequeños remolinos de puntos, líneas continuas que construían circunferencias y elipses.

El mundo se había destruido para mí y, sin embargo, no dejaba de estar dotado de vida. Las rectas eran como venas, que bombeaban algún tipo de fuerza, que fertilizaba la realidad. Supuse que los mismos puntos atómicos que las componían no carecían de movimiento. Los únicos lugares donde podía percibir estos puntos eran en los cruces entre líneas. Colisionaban como coches en una autopista y, solo entonces, era capaz de percibirlos parados.

Mi sensibilidad se nubló. En estos focos de choque me hundí y toda la realidad se convirtió en un aglomerado de puntos, que ni estaban unidos ni separados. Era capaz de dividirlos y no por ello carecían de solidez para ser percibidos como líneas. Igual que el movimiento cuando no podía ver el tiempo, los puntos arrastraban tras de sí otros puntos, siendo en sí mismos independientes y teniendo puntos independientes conformándose a su vez en su interior.

Mi tacto se disolvió en mi cuerpo y mi cuerpo murió. Mi último palpitar de corazón todavía lo recuerdo. Mi percepción interna, desaparecido el mundo, se esfumó. No me hallaba en ningún lugar, en ningún momento. Mis órganos se mezclaron con los puntos colindantes a mi corporeidad. Por más que intentaba alejarme de los objetos, retornar el mundo con cuerpos sólidos y delimitados, que se mueven y sufren el cambio del tiempo, era imposible. Mi cerebro destruyó todos los esquemas imaginados, incapaz de tener ningún tipo de experiencia exterior. ¿Cómo podría sentirme a mí mismo si era incapaz de separarme del resto del mundo? La plasticidad de mi carne sufrió el minimalismo del punto: noté un estiramiento curvo y luego una regresión a la unidad elemental de la geometría, una implosión de sentidos, como si mi materia se hubiera reducido a cero.

La última vez que mis ojos vieron, que mis oídos sintieron, un túnel con un único fin, un abismo hiperconcentrado me absorbió y mi mente quedó en vilo de un sinfín de energías que fluían a través de mí, a través de todo el mundo. No había límite, tampoco lo contrario. Todo el universo en un punto y yo con él.

Aún sigue siendo un misterio como sigo siendo capaz de recordar aquello, como no he muerto. Algunas veces me dominan energías negativas, deduzco, que hay a mi alrededor, pero me resultan casi imperceptibles dado que no puedo diferenciar nada de nada. Tal vez esté en un hospital, en un manicomio, catatónico y con la mirada perdida, con mis ojos clavados en el mismo punto donde reside mi alma. Lo único que puedo manejar que sea distinto a este estado, exactamente esto, mi memoria: mis residuos de una vida dotada de sentido, donde cada cosa parecía algo distinto al resto.

Es posible que mi memoria esté bañada de miles de errores y sé que habrá lagunas y cabos sueltos. Al fin y al cabo, no espero que mis reconstrucciones sean infalibles. Son imposibles de contar las veces que he recompuesto toda mi vida, he llorado sin ojos los momentos tristes y he reído sin aire los mejores. Siempre dirigido a mí. En ocasiones he llegado a inventarme una historia distinta de la original. Pero lo hago siempre limitado por mi memoria.

Sólo me queda eso: empezar de nuevo; y, aun con el riesgo de ser redundante, lo haré por el principio.

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