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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 16 de febrero de 2019

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La caja

Sentada dentro de la caja, la multitud esperaba ansiosa. Muy pronto algún pseudolíder les hablaría, y ellos quedarían extasiados. Luego, se levantarían y alzarían a quienquiera que les hubiera hablado, como una procesión violenta de santos.

Escuchaba los bombos, los gritos desenfrenados. Querían que se les hablara ya, querían revuelo. Querían adrenalina, querían guerra. No importaba qué querían, cuando el pseudolíder hablara iba a haber violencia, iba a haber un apoyo desenfrenado hacia él, tampoco importaba lo que él les dijera. Y el pseudolíder entra.

Vestido de traje, recordando probablemente las indicaciones que con P. le habíamos dado: “no ocultes nunca tus manos”; “recuerda sonreír constantemente cuando estés en la caja”; “di lo que quieras pero con confianza, ellos te creerán”; “trata de no parecer demasiado preocupado, pero tampoco demasiado alegre y frívolo. Debes aparentar saber qué es lo que esta gente necesita, que se encuentran en una situación grave y que podrás solucionar todo”; “di que les darás la tierra prometida”.

La presencia de este hombre era impactante, un poco más alto que la mayoría, con calma en expansión. En la mano llevaba el discurso que le habíamos escrito. No era muy difícil hacerlo, sólo debíamos llenar los espacios en blanco con algo referido al tema que el pseudolíder quisiera tratar.

Este hombre llega al estrado. Las luces lo iluminan como a una visión religiosa. Sólo estaba él allí arriba, la multitud estaba exactamente un metro y veinte centímetros más abajo. Toma un poco de agua y comienza a hablar:

“Compatriotas, nos encontramos en tiempos de tristeza. Es deplorable deber admitir que mucha gente se encuentra en sufrimiento. En épocas anteriores sólo se logró un crecimiento de la desocupación y corrupción, obtenido por políticas individualistas de gobierno.

Compañeros, sabido es que esta situación no podría ser peor. Pero, les prometo que yo voy a ser quien la revierta. Seré el vengador del pueblo, encarcelaré a todo corrupto. Con su apoyo, lograré un país perfecto. Lograremos, amigos míos, tener el mundo a nuestros pies...

Apenas pudo decir esa oración, la multitud se abalanzó contra el estrado. Todos querían tocarlo. Luego de un estallido de descontrol y ruido salen cargando a su líder y haciendo todo lo que él les dijera. Una vez más, la caja había actuado como nosotros habíamos predicho.

Ya vacía y restaurada del disturbio previo, la sala se volvió a llenar.

Otra vez la multitud esperaba, otra vez quería violencia, otra vez querían que alguien les dijera la verdad de la vida.

Un nuevo pseudolíder entra. Esta vez, le habíamos recomendado vestirse de manera similar a la clase baja, porque queríamos analizar si en el funcionamiento de la caja existía una relación entre el tipo de discurso y el atuendo. Todas las recomendaciones anteriores las repetimos. Otra vez, el pseudolíder habla:

“Compatriotas, nos encontramos en tiempos de soledad. Es desconcertante deber admitir que mucha gente no ha velado la muerte de S., nuestro cantante en los últimos quince minutos. En épocas anteriores sólo se logró un reconocimiento de su labor artística, pero no su calidad humana, obtenido por nuestro arduo trabajo por darle la gloria que se merece.

Compañeros, sabido es que esta situación nos dejó en desconsuelo. Pero, les prometo que yo voy a ser quien pelee por la beatificación de S. Seré el vengador de su muerte, encarcelaré al médico que no pudo salvarlo de la sobredosis. Con su apoyo, lograré que S haga sus milagros. Lograremos, amigos míos, que S. sea reconocido como santo...

Otra vez, el público actuó. Otra vez, nuestra creación funcionó.

Nunca había querido entrar, ya sabía lo que me pasaría. Si formaba parte de la multitud iba a perder toda conciencia, todo poder de razón. La caja estaba diseñada para eso, aparentaba ser un entretenimiento. Su disposición era similar a la de un teatro, un poco más oscuro, para dramatizar la imagen del pseudolíder.

A los pseudolíderes los entendía, si bien no creía que gobernar una masa era algo que mereciera pagar una cifra tan alta como era el uso de la caja. Pero no podía comprender a la multitud, ¿por qué venían?, ¿esa pizca de adrenalina y violencia justifica perder todo lo que nos individualiza?, ¿las promesas de un mundo perfecto merecen que se luche por ellas?

Había un experimento más que siempre había querido hacer: necesitaba saber si al completarse incoherentemente el discurso, éste también actuaba. Necesitaba saber cuánto perdía la razón el público, cuán peligrosa era nuestra creación.

Así fue que cuando la caja se llenó fui yo quien entró como pseudolíder. Fui yo la que pronunció el discurso infalible:

“Compatriotas, nos encontramos en tiempos de estupidez. Es maravilloso deber admitir que mucha gente como ustedes no tienen mente propia. En épocas anteriores sólo se logró un avión, pero no que las vacas volaran, obtenido por payasos extraterrestres que vienen a atacarnos.

Compañeros, sabido es que esta situación justifica la celebración. Pero, les prometo que yo voy a ser quien se ría de la estupidez humana. Seré el vengador del Sol, encarcelaré a la muerte. Con su apoyo, lograré que el Sol no queme y la Luna de calor. Lograremos, amigos míos, que la locura se expanda como un virus...

Muy a mi pesar, la caja actuó igual que siempre. Me aplaudieron, me alabaron. Éste era un experimento en el cual hubiera preferido fracasar, porque descubrí que la caja es infalible, mientras que esa cosa llamada mente humana ya no existe.

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