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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 1 de octubre de 2020

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Los óculos del caracol

Tomás Navarro bajó del autobús y se cubrió la cabeza con el periódico extendido. La lluvia caía a cantaros. Subió la calle empedrada en pequeños saltos para evitar así que sus zapatos se mojaran. El brillo de los faroles permitió ver el reflejo que desprendía el temporal, así como los guijarros suaves que se limaban ante el paso incesante de los arroyos.

Vislumbró el enrejado de su casa con su característico decorado, así como el esmerado piso de cemento. Se concentró tanto en llegar y resguardarse de la terrible lluvia, que no alcanzó a mirar el suelo. Algo tronó debajo de su zapato. Sintió el crujido de súbito, con una sensación de sorpresa y susto. 

Tomás se dio cuenta de que se trataba de un caracol. No era la primera vez que ocurría esto. Siempre que aparecía la temporada de lluvias salían de su escondite y se interponían en el camino de baldosas, pasillos y jardines, justo en los puntos donde las personas suelen transitar. Era de esperarse que la concha estuviera triturada, rota en decenas de fragmentos, una masa de baba sin forma. Pasó la suela por el borde de la banqueta para deshacerse de aquellos restos. Ahora sólo permanecía un rastro húmedo, sin ninguna señal del caracol.

Pero su viacrucis no terminaba ahí: decenas de caracoles se hallaban desperdigados en todos puntos y arrastrándose hacía todas direcciones, con su paso aletargado y acuoso, como si se tratara de una pista de baile.

Caminó por encima de ellos, sorteándolos, alzando los pies por encima de sus rodillas. Abrió el enrejado. Justo ahí, en el patio de su casa, se encontraban tres caracoles adheridos a los mosaicos del patio.

Tomás, maldiciendo a todas voces, alzó su rostro con gotas de lluvia escurriendo y gritó:

-¡Julia! ¡Saca la escoba! Estos caracoles ya se metieron en la entrada. ¡Y ya pisé una!

Su esposa se asomó por la ventana de la sala. Segundos después apareció en el marco de la puerta, con una toalla seca. Tomás se sacudió el exceso de agua, cogió la toalla y entró a la casa.

-Hay que barrer allá fuera. Esos caracoles me van a volver loco -dijo, mientras se pasaba la toalla encima del cabello. Su esposa lo miró con los ojos entrecerrados, casi al borde del sueño. Dio media vuelta y subió por las escaleras, no sin antes decir:

-Mañana no entrarán, Tomás. Déjame dormir. Te preparé unos emparedados. Tómalos de la mesa de la cocina.

Tomás frunció el entrecejo y gruñó:

-Malditos animales. Uno de estos días yo...

Luego de tomarse un baño, calzarse las pantuflas y vestirse las pijamas olvidó los zapatos en el baño. Debía estar ahí todavía la marca viscosa del caracol, una marca que no le gustaría volver a ver la próxima vez que se calzara el mismo zapato.

Salió de la habitación. Su esposa giró en la cama y preguntó:

-¿Qué haces?

-Voy a limpiar mi zapato.

-¿Por qué?

-¿No te dije que pisé un caracol allá afuera?

Ella murmuró algo y hundió el rostro en la almohada, muerta de sueño.

Tomás se dirigió al baño, tomó los zapatos y los llevó a la sala. Cuando se dispuso a limpiar la suela del zapato marcado, se encontró con algo muy curioso: la saliva del caracol había desaparecido. En su lugar se hallaban tres puntos de metal, tan brillantes a la luz que tuvo que cerrar los ojos para no deslumbrarse. Los puntos eran tres veces más grandes que la cabeza de un alfiler y su separación formaba un triángulo. Tuvo que hacer uso de su navaja de bolsillo para retirarlos y examinarlos a detalle. Tardó veinte minutos en remover todas las piezas. Se colocó las gafas y acercó una lámpara. En el triángulo, los puntos se articulaban por medio de una pequeña estrella cristalina.

Regresó a la alcoba sumido en duda. Se recostó a un lado de la cama y continuó maldiciendo en voz baja.

-¿Ya limpiaste tus zapatos, Tomás? -preguntó Julia.

-Sí. Eso hice.

-Mañana barreré el patio y la banqueta antes de que llegues. ¿Ya estás más feliz?

-Sí. Feliz.

-Entonces apaga la maldita luz y déjame dormir por lo que más quieras.

Tomás no respondió. Después de cinco minutos el sueño lo venció.

 

* * *

 

Luego de disponerse a salir por la mañana con rumbo al trabajo, Tomás observó el patio y notó con satisfacción que no había rastros de ningún caracol. Del otro lado del enrejado ocurría lo mismo. El sol se asomaba a sus anchas por encima de las colinas sin una sola nube encima y sin ninguna amenaza de lluvia a la vista. Era un hecho científico que la lluvia, la humedad y el agua asentada provocaban que los caracoles salieran de sus escondites y se regodearan de la vida en lugares abiertos y, sobre todo, transitables. En ocasiones hacían uso de su piel pegajosa para succionarse de cualquier superficie y arrastrarse sobre ella. Los había visto escalar y salir con vida de los caudales.

Durante el trayecto hacía su oficina, escuchó el pronóstico del tiempo en la radio del autobús. Vaticinaban buen clima, nubes despejadas, temperatura cálida y poca probabilidad de lluvia. Lo aprovecharía para encontrar a los caracoles y arrojar sobre ellos jabón en polvo que los haría quemar su delicada y repugnante piel debido a su alta concentración de HP. Perecerían al instante. No sería difícil encontrarlos. Entonces, cuando todos y cada uno de ellos dejarían de existir daría paso a la escoba de Julia para barrerlos de una buena vez. Enseguida depositarían sus restos en el contenedor de basura orgánica.

Luego de su jornada en la oficina, la luz comenzaba a menguar poco a poco. Bajó del autobús, y fue recibido por una gota de lluvia. El cielo estaba oscuro debido a la presencia de una nube gris. Para su sorpresa, la nube comenzó a cerrarse como una pesada cortina. Los truenos se presentaron en rugidos consecutivos. Los rayos sucedían aquí y allá en un alboroto de flashes. La lluvia comenzó a caer.

-¡Me lleva! ¡Otra vez no!

Sacó de su portafolio el periódico, lo desenrolló y lo colocó a unos centímetros por encima de su cabeza. Con esfuerzo subió la pendiente. La lluvia impedía que viera el suelo que pisaba. No tenía una idea de cuál era la distancia que lo separaba de su casa. Durante todo el trayecto deseó no pisar a uno de esos repugnantes bichos. Cada pisada que realizaba era un suplicio, una agonía, una muestra de su caprichosa suerte.

 Se percató que el farol que iluminaba la calle estaba fundido. Lanzó una maldición que puso en alerta a los perros que se resguardaban en sus pequeñas casas de madera. Estaba oscuro; no podía ver siquiera sus pies. Un relámpago iluminó en un breve instante la banqueta donde Tomás intentaba circular. Se encontró con decenas de conchas de caracol. La imagen se grabó en su mente antes de ser tragado por la oscuridad. Permaneció quieto por un momento, con el periódico arriba de él y la boca abierta. Intentó sortear la banqueta y caminar por la calle. Las rocas estaban resbalosas. Por un segundo creyó que perdería el equilibrio y que caería al suelo. Se sujetó del capote de un auto y regresó con precaución a la banqueta. Fue entonces que pisó la concha de un caracol.

Esta vez el crujido sonó diferente. El sonido se asemejaba al tronido de un reloj de cuarzo. Se agachó y observó el resultado. Una pequeña luz comenzó a parpadear en el suelo, justo en el lugar donde juraba se encontraba el caracol. Un nuevo relámpago dejó entrever que ahí yacía un mecanismo roto.

Tomás lo recogió del suelo. Las piezas se desperdigaron en su mano. No podía tratarse de los restos de un caracol. Seguramente algún distraído tiró un objeto al suelo cerca de la entrada de su casa. La lluvia envainó, pero a Tomás parecía no importarle. Estaba fascinado por aquel tinglado de piezas.

Salió de su asombro y guardó las piezas en el bolsillo de su saco. Tardó mucho tiempo en eludir a los caracoles. Abrió el enrejado de su casa y entró.

Julia extendió hacia él una toalla seca. Tomás no profirió ninguna queja. Tomó una ducha caliente. Al salir y colocarse las pijamas, se dirigió al estudio sin decir una sola palabra. Extendió las piezas sobre el escritorio y las examinó con minuciosidad.

Se encontraban pedazos de concha de caracol, pero de un material distinto. No podía estar equivocado. Intentó unir con pegamento la concha como si se tratara de un juego de rompecabezas. Los fragmentos embonaban a la perfección. Las pequeñas piezas no correspondían a las de un reloj, ni siquiera tenían la composición electrónica requerida. Llamó su atención una pieza: se trataba de dos puntas alargadas, muy parecidas a las antenas que portaba un caracol.

-¿Qué demonios es todo esto? -profirió Tomás para sí mismo, mientras sujetaba aquella curiosa pieza con la yema de sus dedos. Una corriente eléctrica pasó de una punta a otra. Tomás sintió como atravesaba su piel y las soltó.

Corrió hacia la habitación. Sacudió a Julia que permanecía acostada en la cama y dijo:

-Julia, despierta, tienes que ver esto.

-¿Mhh? Ay, Tomás, déjame dormir, por favor.

-Pisé otro caracol. Al menos eso creo. Nunca antes había visto uno así.

Julia tardó en levantarse de la cama. Tomás no dejaba de apurarla. Al arribar al estudio, las piezas habían desaparecido. Tomás miró dentro de los cajones y debajo del escritorio, pero no se hallaba ningún rastro del caracol. Se rascó la cabeza, desconcertado.

Su esposa cruzó los brazos y preguntó:

-¿Qué querías que viera?

-¡El caracol! Tenía dentro de ella piezas que...

-¿Qué clases de piezas? -preguntó ella, en un tono displicente.

-Piezas mecánicas de metal y plástico. Las examiné aquí -señaló el escritorio- y me percaté que la concha coincidía con la forma de un caracol.

Julia abrió los ojos por completo y exclamó:

-¡Ay, Tomás! -Le dio la espalda a su esposo-. Mañana tengo cita con el dentista por la mañana. Deja de jugar, ¿quieres?

Tomás la miró como se alejaba por las escaleras. No perdió tiempo y buscó las piezas del caracol de metal por toda la estancia. Sin embargo, no halló ningún rastro.

 Debían estar en alguna otra parte.

Abrió la puerta principal de la casa y se encontró con tres caracoles en el patio. Cada uno se dirigía a distinto punto. Se dio cuenta de que ninguno de ellos se asemejaba al que había pisado. Los tomó con los dedos, uno por uno y después los arrojó en una bolsa de plástico. Repitió la misma operación con los otros que se encontraban en toda la calle. No le importó la lluvia, ni siquiera las altas horas de la noche. Dos horas después regresó a su casa con la bolsa llena de caracoles, uno encima del otro. Vació la bolsa en el patio de azulejos.

Tomás extrajo un martillo de la caja de herramientas y apaleó las conchas como si se trataran de nueces. Los golpes se repetían una y otra vez. Todo el contenido comenzaba a convertirse en una masa espesa de color verde. A pesar del desagradable espectáculo, Tomás encontró una satisfacción un tanto maniaca al destruirlos.

Julia abrió la ventana del cuarto y dijo:

-Por Dios, Tomás, ¿no te das cuenta que es la una de la mañana? ¿Quieres dejar de hacer eso? La señora Villalpando acaba de llamar para quejarse del ruido.

No volteó siquiera a verla. Julia dijo algo que Tomás no alcanzó a escuchar y cerró la ventana.

Continuó con su labor. Estuvo a punto de terminar cuando abrió de golpe uno de ellos. El sonido fue más seco y crujiente. Se inclinó y vio una desagradable forma a sus pies. Se trataba de un caracol mecánico, partido en dos, justo en la concha, con las dos espirales intactas. La limpió y la llevó dentro. Se aseguró de colocarla en un lugar seguro donde Julia no lo viera.

O donde no pudiera escapar.

 

* * *

 

-¿Y bien? ¿Qué cree que sea, profesor?

Tomás no dejaba de parpadear ante las luces de los proyectores del laboratorio de la Facultad de Ciencias. Se inclinó hacia adelante a fin de sondear la expresión del profesor Rossi, mientras éste examinaba la visión aumentada que ofrecía la lupa.

El profesor preguntó:

-¿Existe alguna razón en particular para que usted tenga este mecanismo?

-Ninguna.

-¿Dónde dice que lo encontró?

-En el patio de mi casa.

-Ahh -expresó el profesor Rossi.

-Y bueno, ¿eso qué significa?

-Es un juguete mecánico.

-¡Un juguete! ¡Eso no puede ser!

-Debió caérsele a un niño. Ya sabe cómo son de distraídos.

-¿Ah sí? ¿Y qué me dice del caracol que pisé antes? ¿Eran dos juguetes? Y creo que llegué a encontrar un tercero. Esa fue la primera vez, pero no estoy muy seguro.

-¿Qué le puedo decir, señor Navarro? Tal vez un niño extravió el juego completo.

-¿Este juguete funciona bajo la lluvia? ¿Convive con los demás caracoles? Parecen tan reales...

-Bueno -comenzó el profesor Rossi-, usted conoce los avances de la industria juguetera. Hoy en día crean cosas impensables.

Tomás estuvo a punto de decir algo, pero el profesor lo interrumpió:

-Aguarde. Aquí hay algo. -Alzó el objeto con unas pequeñas pinzas y lo acercó a la lupa. Tomás miró a través de ella y preguntó:

-¿Qué es?

-Parece una lente. Una muy pequeña. Se encontraba incrustada justo debajo de la punta. En realidad la punta corresponde al ojo del caracol. Es más pequeña que la lente de una cámara de un teléfono móvil. ¿La ve?

-Sí... la veo. También la abertura.

Entonces Tomás hizo un horrible descubrimiento. Se quedó inmóvil por un segundo, miró la pequeña lente y regresó su mirada al profesor con una expresión de asombro.

-¿Qué le ocurre? -preguntó el profesor-. ¿Se siente bien?

-Tengo que irme. Mañana lo paso a ver.

-Oiga... -pero Tomás ya había abandonado el laboratorio.

Sabía que debía sentirse aliviado, pero por una extraña razón no lo estaba. Comprendió en ese momento que se había aferrado a la noción de aquellos repugnantes juguetes que aparecían por su casa, para no entregarse a otras ideas más inconcebibles.

Sintió un malestar en el estómago. Algo estaba revolviéndose por dentro. Comenzó a tener nauseas en plena calle, pero se controló.

Halló una cantina y decidió pasar el mal rato de anoche y la respuesta burda de esa mañana en el laboratorio con una botella de cerveza bock. Algo dentro de él había suprimido el instinto de responsabilidad para acudir al trabajo. Llamó por teléfono para reportarse enfermo. No estaban muy convencidos, pero aceptaron por fin los argumentos de Tomás. Valía la pena descansar y pensar bien las cosas.

Para su suerte, esa tarde no llovió. Regresó más temprano de lo acostumbrado. Las calles lucían despejadas y limpias, sin un solo rastro de basura, heces de perro y, sobre todo, caracoles cibernéticos. Entró en la casa y se dirigió a la alcoba. Se quitó los zapatos y se recostó en la cama sin ni siquiera tomarse la molestia de cambiarse de ropa. Miró el techo, intentando de alguna forma alejar las preocupaciones que lo perturbaban.

Una lente... ¿para qué podía servir? ¿Cuál era su función? ¿Qué hacía que un niño de cinco años deseara grabar algo con un caracol de juguete? Se levantó de la cama y buscó en la Internet algo que pudiera indicar su existencia. Consultó los portales de las principales jugueterías, pero ninguna lo trabajaba.

Anhelaba con desespero volver a su ambiente cotidiano; los recuerdos de transitar con paz sobre la banqueta, con lluvia y sin ella. Si cerraba los ojos volvía a sentirse en ese lugar al que mucha gente retorna después de una extraña semana de pequeñas alteraciones. «Creo que alguien me la quiere hacer -se dijo-. Alguien desea saber cosas acerca de mí».

Llegó a la conclusión de que estaba siendo vigilado.

Los caracoles eran pequeños dispositivos de vigilancia, tan sutiles y cotidianos que nadie se fijaría en ellos. Por desgracia él sabía por qué: mantenerlo vigilado, sin un aparente fin. No podía concebir que fuera de esta forma. Miró el techo por horas. Temía que fuera sorprendido en un acto infraganti para después despojarlo de sus derechos como ciudadano. Esto podía representar el encarcelamiento por algo que no cometió.

El caracol tenía un aspecto orgánico por fuera. Pero debajo de toda su coraza se encontraban cables y circuitos, componentes en miniatura, resplandecientes... Había mirado el interior del caracol y vio un enmarañado de enlaces, motores, válvulas, relés, circuitos integrados, todo en dimensiones muy pequeñas.

Pensó con atención de qué manera el Gobierno, alguna institución secreta, o vaya saber que jodida mente torcida, había diseñado los caracoles. Ahora tenía una idea bastante clara de cómo estaban diseñados. Dos paneles principales, uno a cada costado de la concha; con seguridad los técnicos los retiraban a fin de inspeccionar el funcionamiento de estos extraños dispositivos de vigilancia.

Julia rodó hacía su lado izquierdo. Rosó las ropas de calle de Tomás y despertó.

-¿Tomás? -musitó, con los ojos entrecerrados.

-¿Qué ocurre? -alcanzó a decir él sin el menor tono de voz.

-¿Por qué no te has quitado la ropa?

-No lo sé. Supongo que tenía mucho sueño.

-Pues no parece que lo tuvieras. ¿Te sucedió algo?

Tomás guardó silencio en espera de que ella abandonara la conversación y se dispusiera a dormir. Pero no lo hizo. Julia colocó una mano en el hombro de Tomás y preguntó:

 -¿Tu hermano Israel volvió a pedirte dinero?

-¿Eh? Sí, eso es. Volvió a pedirme dinero.

-¿Y qué le dijiste?

-Le dije... Le dije que lo iba a pensar. -Intentó calmarse y aparentar que su nerviosismo se debía a un problema monetario entre hermanos. Susurró en la oscuridad-: Vuelve a dormir, Julia. Ya verás que ese imbécil no recibirá ni un quinto más.

Julia dijo algo incoherente y volvió a quedarse dormida. Tomás intentó hacer lo mismo, pero fue inútil: aún pensaba en la lente del caracol.

Y en los vigilantes.

Saltó de la cama y corrió al baño. Vomitó en el excusado. Después de eso, ya en pie y con el sudor escurriendo en su frente, se restregó la cara con agua fría. Se miró en el espejo por largos segundos, en espera de despertar y salir de esta pesadilla.

«Creo que lo entiendo -pensó atrozmente-. Debe ser así. Este dispositivo... Si encuentro la señal que emite con toda la información, puedo encontrarlos a ellos también. Tiene que ser enviado y recibido por otro dispositivo. Mi información, mi vida, todas mis acciones han sido almacenadas en esa minúscula unidad. Yo me hallo en el centro de toda esa información. Todo gira en torno a mí.»

Salió del baño, se sentó en su inmenso sillón y encendió un cigarrillo. Su mano temblaba. Necesitaba dormir. Se preparó un té de tila para conciliar el sueño, pero sus terribles sospechas volvían a asaltarlo:

«Tengo que pensar las cosas con calma -se dijo-. ¿Qué tratan de hacer? ¿Volverme loco? Los exámenes médicos y psicológicos de la oficina no habían encontrado nada anormal en mí. ¿Estarán confabulados para hacerme creer que yo soy una persona sana? Y en tal caso, ¿por qué?

»Porque yo sé algo que ellos quieren -se respondió-, y eso, de alguna forma, los condiciona. Después de todo soy consciente de mis actos y de mis pensamientos. Eso debe desagradarles. Debe enfurecerles que tenga el control de las cosas. Lo menos que pueden hacer para que no lo eche a perder es que vigilen cada movimiento mío.»

Se dedicó toda la noche a tapar las ventanas hasta oscurecer por completo el interior de la casa. Desconectó todos los aparatos electrónicos, incluida la línea telefónica y la señal de Internet inalámbrica. Pensó apilarlos todos y cada uno de ellos en un sitio despejado y solitario, conseguir dinamita, encenderlos y ver todos y cada uno de esos aparatos volar en mil pedazos. Si los vigilantes hacían uso de caracoles, ¿qué podía impedirles utilizar aparatos caseros como una lavadora o una licuadora?

Julia también debía estar vigilada... Le aterraba el hecho de que una mujer indefensa pudiera estar involucrada en un acto vil como ese.

Pasó toda la madrugada acondicionando la casa. Retirar el teléfono fue sencillo. Aún faltaba el cable óptico, por lo que tuvo que derribar las puertas de tablaroca. La instalación eléctrica fue lo más difícil. Tiró todas las lámparas. Removió los contactos y los enchufes. No dejó que un solo cable se asomara. Con cemento fresco tapó los huecos y orificios que habían quedado en las paredes y techos. Con martillo, cincel y sierra de mano picó todas las paredes hasta retirar las canaletas y todo el cableado. Soldó las tomas de agua que había en la casa, incluidas las del cuarto de servicio y el jardín. Cerró la válvula de gas principal y retiró los tubos. Cuando por fin terminó miró con desconfianza las cañerías y el retrete. Ya se le ocurriría algo por la mañana.

Entonces, y sólo entonces, pudo concebir el sueño.

 

* * *

 

Era de noche. Los grillos cantaban en una tonada quieta alrededor de la cuadra. Un perro ladraba a tres cuadras de su casa. Una tonada de jazz salía del equipo de sonido de algún vecino, apenas lo suficiente bajo para no perturbar a nadie. Tomás se echó hacia atrás en su sillón favorito, con un vaso de gin tonic en la mano. Dejó escapar un suspiro de alivio. Hacía semana y media que no había acudido al trabajo.

Atendió una llamada por teléfono. Se trataba del profesor Rossi.

-Señor Navarro -empezó el profesor-, hay algo que me gustaría atender con usted en privado. Es acerca de los curiosos juguetes que trajo consigo hace dos semanas.

Tomás tragó saliva.

-¿Qué ha pasado? -preguntó.

-No puedo decírselo. Es algo que debe ver por usted mismo. Venga a verme al laboratorio.

-Pero...

-¿Está ocupado? Creí que el asunto le interesaba. Si no es así, yo...

-De acuerdo. Sí me interesa.

-Muy bien. Aquí lo espero, entonces. Y no se lo diga a nadie. Buenas noches.

Tomás cortó la comunicación. Se mordió los labios, contemplando con cierto temor el teléfono recién colgado. No se había atrevido a salir desde hacía semana y media. Julia insistía en que eso no era nada sano. Aprovechaba para recordarle a Tomás que debía consultar a un médico; no tenía caso que no acudiera a la oficina si no se trataba aquel trastorno de ansiedad que le impedía salir de casa.

Tomás abrió la puerta principal con cautela y escudriñó el exterior. La noche estaba muy oscura. Una leve brisa soplaba entre los árboles y sobre la autopista.

 No había llovido en todo el día; las calles lucían despejadas. Pero eso no aseguraba que los caracoles no planearan su nueva táctica de vigilancia, pensó. Sólo faltaba que la terrible lluvia hiciera acto de presencia para salir de sus escondites.

Tomó un taxi y apareció veinte minutos después en el laboratorio del profesor Rossi.

-¿De qué quería hablar conmigo? -preguntó Tomás.

-El registro de grabación. Lo he hallado. -El profesor Rossi se dirigió hacía un escritorio donde mantenía sujetado al caracol. Dos cables de video habían sido conectados dentro de su enmarañado sistema electrónico. Se inclinó ante él y sonrió, fascinado por el descubrimiento. Le dio vueltas y la expuso a la luz. Frunció el ceño y se concentró. Sus largos y ágiles dedos habían explorado el diseño: enlaces, terminales... Ahora se limitaba a comprobarlo. Enseguida dijo-: Me costó trabajo dar con las conexiones. Nunca antes había visto un sistema electrónico como éste. Probé la función de algunas terminales, pero no decían mucho.

-Escuche -intervinó Tomás-, tal vez sólo se trate del juguete de un niño. Usted ya lo había dicho.

-Lo sé. Pero estaba echando una ojeada y me topé con esto. -El profesor Rossi no abandonaba su fascinación-. Este mecanismo es único en su tipo. No tengo idea si los japoneses estén trabajando en ello.

-Es demasiado pronto. -Tomás observó con nerviosismo como Rossi manipulaba una consola de video-. ¿No podríamos esperar un poco?

-No se atreve a enfrentarse con la realidad, ¿eh? Observe el registro de grabación. Puede causarle sorpresa las dimensiones aumentadas de las personas y de los objetos.

Las pantallas estallaron en una serie de imágenes y sonidos vertiginosos. Luego de que se estabilizara, comenzaron a definirse ciertos contornos que le parecieron muy familiares a Tomás. Una de ellas era la textura dura y porosa del hormigón de la banqueta. A primera vista parecía que se trataba de una superficie atacada por cráteres. La cámara se alzó y dejó ver las gotas de lluvia que caían por doquier, ahora convertidas en grandes y definidas masas de agua. Tomás supuso que esa era la visión de un insignificante caracol de jardín. Debido a la lentitud en el arrastre del caracol, todo sucedía con una velocidad asombrosa: la caída de la lluvia, el paso del agua, la aceleración de un auto, un zapato que descendía y se apoyaba en el suelo... El cielo parecía trepar hacía el infinito. La hierba había ganado las proporciones de robles aglutinados. Los ojos del caracol se movían a un paso bastante torpe. Sin embargo, el profesor Rossi dijo:

-Estos son movimientos premeditados. Fíjese cómo enfoca el camino.

La imagen era ciento por ciento nítida, sin ningún rastro de interferencia. Mientras un ojo del caracol escrutaba a su alrededor, el otro no dejaba de mirar el largo camino que tenía por delante.

-Para usted pueden pasar algunas horas, pero para estos animalitos pueden ser días. Adelantaré la grabación.

Las imágenes se movieron con rapidez. De pronto, el caracol había recorrido una distancia considerable: ahora se hallaba deambulando en el patio de Tomás. Una mancha borrosa apareció como una repentina llama de fuego. Cogió al caracol y lo introdujo en una bolsa donde se encontraban más caracoles de su tipo.

-¿Qué fue eso? -gritó alarmado Tomás-. ¿Qué fue esa mancha?

-Es usted, visto a través de los lentes del «caracol» o lo que sea que es. Recuerde que usted se mueve a una velocidad aumentada debido al relativo movimiento del caracol. -Un ligero aire de preocupación ensombreció el rostro del profesor Rossi-. ¿Lo vio alguien más? -preguntó, mientras contemplaba la lente con aire pensativo. Despejó un poco la mesa, apartó algunas herramientas y materiales-. ¿Lo observó su esposa?

-No lo creo. Ella es algo distraída.

-Entonces nosotros dos somos las únicas personas que conocemos la existencia de estos dispositivos.

Tomás se secó la frente con una mano temblorosa.

-Esa maldita cosa me estaba mirando a mí. Me estaba estudiando a mí. -Se puso a gritar como un histérico-. ¿Cómo cree que me siento? ¡Examinado por un repugnante caracol! Me miró. Me inspeccionó. Después, se retiró, como si se apartara de una lente. ¡Le digo que me estaba examinando!

-¿Sólo a usted?

-A mí. A nadie más.

-¿De qué cree que pueda tratarse?

-Al principio creí que se trataba del Gobierno. Luego descarté la idea; esto es muy sofisticado para ellos. Entonces pensé en una agencia de inteligencia, pero no creo que sea una persona que guarde un secreto muy importante. Entonces también descarté esa posibilidad.

El profesor permaneció sentado e inmóvil. Su mirada no siguió el rumbo del caracol diseccionado, sino que permaneció fija en Tomás.

Éste se puso en pie.

-Quizá sea algo venido del espacio exterior -comentó.

El profesor Rossi asintió. Sus duras facciones se suavizaron por un momento y adquirieron un temple meditativo.

-Creo que lo haré público -continuó Tomás-. Tarde o temprano se develará el causante de esta indignación hacía mi persona.

-¡No se atreva! Esto tiene una importancia mucho más benéfica. ¿Se imagina lo que podemos hacer si llegamos a descubrir cómo funcionan? Podríamos lograr duplicarlos y vender la patente a una multinacional. Piense en los beneficios.

Tomás no escuchó: se encontraba meditando en el alcance que debía tener dicho fabricador de caracoles artificiales. No había ninguna otra forma en que pudiera explicar eso. Lo descubrió poco a poco, empezando con la inquieta expresión en el rostro del profesor Rossi cuando tuvo que darle la razón a Tomás. No quiso decir más y se fue de ahí, con las imágenes grabadas por el caracol.

Cuando llegó a casa ya muy tarde descubrió una carta de Julia. Tomás la leyó en la sala y descubrió que lo había abandonado. Julia despertó con el hecho de que no había ningún servicio básico en la casa. Pensó que ya era suficiente.

Tomás buscó algo que comer en el refrigerador. Se conformó a regañadientes con cenar solo.

 

* * *

 

Despertó cerca del medio día. Sus temores de días recientes se habían disipado, abriéndole paso a un sentimiento de melancolía y abandono. Estaba lejos de sentirse fresco y descansado. Sobre todo la seguridad era un tema en el que no podía quejarse luego de las drásticas medidas adoptadas el día anterior.

Ya regresaría Julia a casa; debía darle tiempo. Los caracoles acabarían por ignorar todo el asunto y la normalidad regresaría a sus vidas. Luego de llegar a esa conclusión, decidió darse un baño con una cubeta de agua fresca. No hubo duda de que eso lo animó. El nuevo jabón perfumado que había comprado Julia lo hizo entrar en una sintonía más positiva y menos paranoica. Se sorprendió de encontrarse con un inusitado buen humor.

Al terminar de ducharse, abrió la ventana para que el vapor se disipara. En la pared, junto a la ventana, justo del otro lado, se hallaba un caracol arrastrándose. Sus puntas se estiraban en toda su extensión. Tomás no daba crédito a lo que sus ojos contemplaban. El caracol se detuvo y apuntó sus zarcillos en dirección a Tomás. Las dos puntas volvieron a emitir una descarga eléctrica.

Tomás se incorporó a medias. Había palidecido con intensidad. La alarma se reflejó en sus ojos. Mientras aferraba con fuerza la esponja en su mano, su boca se abría y cerraba.

Había grandes ojos en la pared. Dos inmensas y precisas lentes de cámara que escudriñaba la regadera y examinaban. Las lentes abarcaban toda la fisonomía del sujeto que tenía enfrente.

-¡Santo Dios! -gritó Tomás.

Cerró la ventana con rapidez. Los ojos de cámara se retiraron a un mejor punto. Tomás se hundió poco a poco en el suelo. Lloraba como un niño asustado; se retorcía las manos sin cesar y su boca temblaba con violencia.

Corrió en dirección al sótano. En la puerta encendió la luz y bajó las escaleras. Haría funcionar el aspersor de hierba para acabar con esa plaga de una buena vez por todas. Sólo faltaba hallarlo y...

Se detuvo a medio camino. Un extraño sonido de castañuelas se escuchaba en todo el sótano, en especial en la parte de abajo. Era un sonido muy quedo pero persistente. Tomás intentó inclinarse para escuchar mejor y saber de qué se trataba. Bajó dos escalones y encendió el interruptor.

El terror se apoderó de él. El sótano se había convertido en un nicho de caracoles, uno encima de otro, como si se tratara de un enjambre o un hormiguero de proporciones descomunales. Las conchas chocaban entre sí y provocaban aquel extraño rumor. Por aquí y por allá sucedían chispazos eléctricos provocados por los contactos de las puntas de los caracoles.

Estaba atrapado.

Habían elegido su sótano como cuartel general. No sólo él estaba siendo vigilado. Debía tratarse de una cultura parasitaria, una raza evolucionada que vivía en la clandestinidad, que se aprovechaba del conocimiento y de los descubrimientos humanos.

Tomás escapó de ahí y regresó con una galón de gasolina. Lo hizo vaciar sobre los caracoles. Ahora que había llegado el momento, ya no conservaba la menor muestra de pánico. Sus temblores habían desaparecido para darle paso a un controlado impulso. Contempló todo con interés profesional. Un solo chispazo eléctrico, sólo uno para desatar el infierno y hacerlos desaparecer de la faz de la tierra.

Extrajo por fin un fosforo de la cajetilla. Lo encendió con fuerza. La llama flotaba, iluminando su decidido rostro. Su brazo se extendió y dibujó un arco al soltarlo. Lenguas de fuego azul recorrieron aquella masa de caracoles. El fuego prendió bien y en un momento la gran llama se mecía a sus anchas en los caracoles.

Tomás no tomó en cuenta que el fuego se extendería en toda la casa.

Los vecinos se reunieron alrededor de la casa en llamas. Al abrirse la puerta se sorprendieron al ver ahí a un ajetreado Tomás con el rostro lleno de hollín. Había alcanzado a salir con vida. Se tambaleaba sobre el camino del patio. Cuando traspasó el enrejado se dejó caer al suelo, boca arriba y con una sonrisa llena de satisfacción en la que no dejaba de repetir:

-Lo hice. Acabé con ellos. Díganle al presidente... ¡Díganselo! ¡Ja, ja, ja!

No sólo llegó el cuerpo de bomberos para extinguir las llamas. Un doctor hizo su diagnóstico y dos enfermeros lo llevaron consigo a la ambulancia en una camisa de fuerza.

Nunca más se le volvió a ver por el vecindario.

 

* * *

 

Gotas de lluvia intensa se desprendían de las macizas nubes. Los caracoles sobrevivientes emergieron de su escondite. Todos y cada uno de ellos se alinearon en cinco filas sobre la banqueta sin ser vistos.

La señal de otro tiempo y espacio fue recibida.

-Den un reporte de los acontecimientos, Conglomerado C -requirió la voz de mando de la nave madre.

-Ha sido eliminado el elemento sospechoso -dijo el dirigente del Conglomerado C-. Creemos que sus argumentos no serán bien recibidos por sus congéneres.

-¿Hay posibilidades de un eventual regreso?

-Lo desconocemos. Pero creemos que no será fácil. El órgano de pensamiento es muy frágil en estas toscas criaturas. Su realidad se ha desquebrajado con suma facilidad.

-Hay que ser más discretos en la exploración de este planeta. ¿Alguna sugerencia?

El dirigente del Conglomerado C no dudó en decir:

-¿Podemos acelerar nuestra tracción? Creo que vamos un poco rezagados con respecto al Conglomerado B.

 

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