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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Nuestras otras vidas

Para A. y S. dos seres de especies diferentes que encontraron un planeta en el que podían vivir juntos.

Para A. y P. que no lo encontraron.

 

Antonio diseñaba reactores atómicos para propulsar naves tripuladas. Era un tipo simpático. Si alguna vez se hubiera parado a pensarlo, es probable que se hubiera sentido satisfecho con su vida. Le gustaba su trabajo, ganaba bastante dinero y tenía éxito con las mujeres. Sabía por instinto que la vida y el amor sólo se disfrutan si no te los tomas demasiado en serio.

Salomé era comercial en una empresa que fabricaba nanotecnología de última generación. Tenía la piel morena y reluciente como la de una pantera. Sus ojos color petróleo observaban el mundo intentando aprehender la esencia misma de las cosas. Salomé se tomaba en serio hasta el manual de usuario de la Thermomix.

Habían hablado cientos de veces por teléfono, pero nunca se habían visto. Salomé no era una comercial corriente. Hablaba poco y escuchaba mucho. Antonio tampoco era el cliente típico. A veces llamaba para pedir piezas o un presupuesto, y a veces llamaba porque sí. Ella le escuchaba pacientemente intententando descubrir el objeto de su llamada para poner en marcha la maquinaria de su demoledora eficiencia... en vano. Al cabo de un rato, él colgaba y ella se quedaba un rato perpleja, preguntándose por qué no podía dejar de sonreír.

Un día ya no llamó más. Alguien le contó a Salomé que Antonio se había cambiado de trabajo y había emigrado a una colonia en la periferia espacial. Y ella siguió con su vida de siempre. Atendiendo pedidos y clientes, de esos que llaman para pedir piezas, información, presupuestos.

Pero, cada noche antes de acostarse, sin saber por qué, empezó a mirar hacia las estrellas.

Antonio odiaba el ambiente gélido y la atmósfera estática de la estación espacial. Ya no recordaba por qué se había dejado arrastrar por aquellos palurdos vendedores de chatarra hasta los confines del Universo. Aquel planeta entero estaba enfermo de aburrimiento.

Los primeros meses echaba de menos su vida social. Las copas con los amigos, las aventuras con las mujeres... Pero luego empezó a pensar en el viento. El aire no se movía en la estación espacial. Y con el viento se colaron la nostalgia por las cosas sencillas a las que no creía haber prestado atención, el sabor del café por las mañanas, las canciones de su vecina en la ducha a través de las paredes de papel de su viejo piso, el olor a tierra mojada los días de lluvia.... Y la voz de Salomé.

El tiempo transcurría de manera extraña en la Estación Espacial. Parecía detenerse en la atmósfera eternamente iluminada. Por eso Antonio no podía asegurar a qué hora descolgó el comunicador y pidió hablar con Nano Comp, del Sector 5 en Sistema Solar, Planeta Tierra.

Un amigo que pilota naves comerciales de pasaje civil me ha contado que Antonio y Salomé viven juntos en la luna.

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