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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 29 de noviembre de 2021

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Morgellons blues

Las nubes de plástico

El objeto que cayó del cielo en Roswell, Nuevo México, la noche del 19 de junio de 1947, era tan horroroso que si los halcones que rodeaban al presidente Truman hubieran conocido en ese momento su verdadera naturaleza, habrían arrasado la ciudad bajo una lluvia de bombas de plutonio.

El objeto era un disco incrustado de roca, de unos 2 metros de diámetro, construido en apariencia de metal y revestido con unas cintas o festones, también metálicos pero muy delgados y flexibles. El 24 de junio, la Fuerza Aérea envió una flotilla de aviones de vanguardia Ho-229 desde una base secreta en Mount Rainier, y el objeto recuperado fue remitido a Nevada en el marco de la operación "Majestic 12", que incluyó una fenomenal cobertura desinformativa en los medios periodísticos.

El objeto provocó muertes y enfermedad desde el primer momento. Los agentes que entraron en contacto con los escombros y el objeto comenzaron a padecer hemorragias y cuatro de ellos murieron entre convulsiones y calambres. La evidente contaminación que había sufrido el personal asignado a la recuperación y traslado del objeto obligó a extremar los cuidados, y no fue hasta 1951 que el comité Majestic 12 autorizó los primeros exámenes de laboratorio.

Los resultados no tardaron en verse. Varios integrantes del equipo técnico a cargo de la investigación cayeron gravemente enfermos apenas iniciada la pesquisa, y uno de los infectados huyó a Europa antes que pudieran impedírselo, llevando una vida errante durante 3 años y un curioso diario que permitiría ilustrar su atribulado itinerario:

"12oct. He logrado tomar un vuelo de Alitalia desde Londres y ahora me encuentro en un tren con destino a Florencia. La contaminación avanza a pasos agigantados, y siento los filamentos reproduciéndose en mi cuerpo como una horda de gusanos espaciales. Estoy seguro que los malditos del M-12 me siguieron los pasos hasta Roma, pero Florencia es un destino tan impersonal como cualquier otro y no pueden saber que lo he elegido. ¡Ni yo mismo lo sabía, maldita sea! No sé hasta donde podré llegar. Tengo sueños, pesadillas inmundas donde los filamentos reinan y la vida de la Tierra se pudre en las marismas y el ocaso. Sueño despierto y ya no sé si soy yo o quién, si no soy el heraldo de una peste devastadora que acabará con la raza humana... Todos los que me rodean tienen un aspecto extraño y amenazador: los hombres de negocios que leen el diario, la parejita que viaja a conocer el Ponte Vecchio, incluso el bebé en brazos de aquella señora... ¡Especialmente el bebé!

23oct. No he dormido y no he comido. Las partes de mi cuerpo me parecen desunidas, como si la única conexión entre ellas se la dieran los haces de fibras que a simple vista se ven bajo mi piel. Las fibras son rojas, blancas o azules, y me provocan una comezón indecible. A la noche asoman sus extremos a través de la piel y se mueven en todas direcciones, como si se comunicaran. He perdido el cabello y casi todos los dientes. Agradezco que el otoño sea frío ya que puedo cubrirme casi por completo para salir. Los malditos me han seguido hasta aquí, espero poder despistarlos entre la multitud en el partido de la Fiore contra el Pistoia. No sé hacia donde escaparé desde ahí. Prefiero no saberlo: no lo escribiré".

Cincuenta años después, los testigos del dispositivo de intercepción montado sobre el Stadio Comunale para detener al técnico prófugo no acabarían de entender lo sucedido. Un jugador notó que el partido se había detenido y todo el mundo miraba hacia el cielo, del que descendía un brillo como de plata. Un niño que acompañaba a su abuelo en el histórico encuentro futbolístico vio cómo una docena de naves con forma de gota o disco, que flotaban por encima del estadio florentino, diseminaban sobre toda el área una suerte de espuma o confetti, que se desintegraba al entrar en contacto con los objetos. Todo el asunto no duró más de 10 minutos. El cadáver del desertor, por su parte, descontaminado y sin signos visibles de infección, fue hallado más tarde a pocas cuadras de la cancha, y recuperado para investigación por el comité M-12.

Esa fue la primera vez que se dio uso masivo a las estelas químicas o "nubes de plástico": lanzadas desde alas voladoras Gotha, y más tarde desde bombarderos estratégicos, las emanaciones estratosféricas de polímeros sintéticos constituyeron por mucho tiempo la única y más radical barrera contra sea lo que fuera que había caído en Roswell.

 

Morgellons Hotel

El comité Majestic 12 fue disuelto en 1971, a partir de los recortes presupuestarios ordenados por la administración Nixon, y su cierre supuso una sensible merma en los controles que se mantenían sobre el objeto de Roswell. En 1974 una nueva fuga fue detectada en la localidad de Rachel, Nevada, a menos de 60 kilómetros del área secreta donde se conservaba el objeto. Algunos pobladores se quejaron de tener "bichos" en la piel y de sufrir insomnio, mareos y alucinaciones. La compañía Morgellons & Sons, heredera empresarial del desmantelado M-12, condujo una rociada de nubes de plástico sobre toda la región circundante; sin embargo, rastros de filamentos fueron hallados en gasolineras y moteles todo a lo largo de la ruta 375, y las nubes de plástico comenzaron a decorar los cielos de Arizona, Colorado y Texas a medida que la infección progresaba.

El doctor Pierre Morgellons y sus hijos James y Francis, que regentaban un pequeño laboratorio químico en Albuquerque, habían logrado hacerse con el millonario contrato para producir nubes de plástico tras el casamiento de Francis con la hija del general Twining, responsable de las instalaciones del Area 51 que albergaban el objeto de Roswell. La empresa fue rebautizaba como Morgellons, Inc., y en la jerga interna comenzó a llamársela Morgellons Inn, o inclusive Morgellons Hotel. La aliteración sugirió a los agentes del gobierno una tapadera para todo el asunto, y así el Hotel Morgellons se alzó, vacío y fatuo, en el linde de la carretera estatal 375, un poco alejado de la calzada, vetusto y horroroso como una tortuga dentada, envuelto en el légamo del tiempo, aguardando.

Para entonces corría 1978 y el Centro de Control de Enfermedades (CDC) ya había tomado noticia de un nuevo brote epidémico, ubicado ahora en las cercanías del lago Powell, Arizona. En esta ocasión, sin embargo, el vector no había podido ser rastreado, y se presumía que los filamentos habían logrado escapar hacia algún lugar en el Desierto Rojo. Helena Brixton, que revistaba como agente de campo del CDC en su calidad de pasante universitaria, fue despachada rumbo a la frontera estatal para evaluar la situación, en un plateado autobús de la Greyhound que cocinaba literalmente a sus pasajeros mientras se desplazaba fulgurante bajo el tórrido sol de agosto.

Descendió en Page con su mochila de lona repleta de tiras reactivas y tubos de ensayo, y consiguió que un desvencijado Ford la llevara hasta las inmediaciones de Greeneheaven, desde donde caminó todo el trecho en medio del polvo colorado hasta la oficina del alguacil.

Greeneheaven, LeChee y otros poblados del desierto no eran en esa época más que ruinosos caseríos devorados por el paisaje de dunas y polvareda. Los asesinos seriales cobraban forma entre las familias abandonadas por el Estado de Bienestar, y los viejos Buick y Oldsmobile de la Edad de Oro se momificaban infinitamente despacio en la canícula cenicienta de la siesta.

Helena no encontró al alguacil en su oficina y debió dormir en el porche de la precaria construcción. Pasada la medianoche la despertaron espantosos gritos que provenían del campo y que remedaban los aullidos del coyote y la agonía de un herido. Helena se arrebujó en su chaqueta de estudiante y exhaló una nube de vapor en el aire helado, lamentando una vez más haber sido enviada en tarea tal y rezando una vez más una plegaria a ese Dios del que descreía.

El amanecer, reventando sobre las planicies arenosas y las terrazas multicolores del Triásico, la sorprendió aterida y perpleja frente a un fenómeno que nunca había presenciado, aunque hubiera podido intuirlo: la lenta y temblorosa procesión de una miríada de filamentos que hacia ella convergían desde todas direcciones. De pronto su mochila y sus probetas se le volvieron inútiles, obscenas, mientras a su alrededor la alfombra de parásitos rojos, azules, blancos, se irisaba como un campo de hielo bajo la marea de un sol protoplasmático. Sólo se oía el viento frío que traía el alba y el crujido de los granos de la tierra removida por el paso de la espantosa peregrinación.

En un sentido, sabía mucho más que al principio: que toda la región estaba contaminada, que se trataba de organismos sumamente perceptivos, que su propia vida alcanzaba el final. Sin embargo, ignoraba lo más fundamental: que las fibras procedían de un objeto extraterrestre, que la aspersión de nubes plásticas se extendería a todo el Sudoeste para contener la epidemia, que los parásitos tricolores recorrían ya las venas de América a través de las rutas, los bares, los automóviles. El Hotel Morgellons, en cambio, que procuraba tener bajo control a sus numerosos y distantes huéspedes, tomó nota del deceso de Brixton y se dispuso a redoblar la emisión de aerosoles en la estratosfera.

 

Los cerebros del M-12

Pero aun el Hotel Morgellons desconocía un conjunto de circunstancias sobre las que los cerebros del M-12 sólo habían podido especular. John Flores, investigador privado contratado por la madre de Helena Brixton para averiguar el paradero de su hija, había logrado acceder a la base de datos de la Biohazard Control Division, dependiente de la Agencia Federal de Seguridad Interior, y había descubierto con horror que la infección Morgellons, fruto de un escape biológico, llevaba ya tres décadas sobre el planeta, y que buena parte de los Estados Unidos se encontraba afectada por este mal. Según los documentos que ordenaban la fabricación de nubes plásticas, las estelas químicas emitidas por los aviones militares intentaban mitigar el impacto de la epidemia y acordonar las áreas más comprometidas. Volcada al juego compulsivo desde mucho antes de la desaparición de su hija, la señora Brixton había ganado una gran suma de dinero en los slots de Las Vegas. Flores sabía que una parte de los archivos del M-12 estaban en poder de Rudolph Morgan, disoluto nieto de Vannevar Morgan, el inventor de las nubes de plástico. Flores compró los archivos a Morgan, que acababa de salir de la cárcel, por mil pavos, y cobró quinientos más a la señora Brixton en concepto de mano de obra. La luz entraba oblicuamente por las ventanas sin limpiar en su oficina de medio pelo sobre la calle Benton, en Flagstaff, Arizona, pero John Flores se sentía rodeado por la noche todo en torno de los folios desparramados que se abrían ante sí.

Las carpetas contenían información relativa a treinta años de operaciones negras que el viejo general había legado involuntariamente a su nieto al morir de apoplejía, y que este había intentado colocar sin éxito en un par de casas de empeño. Las piezas configuraban un puzzle del cual Flores no tenía la certeza de haber extraído las mismas conclusiones que el viejo Morgan. El rompecabezas de Morgan decía que en junio del '47 había caído un objeto en Roswell que había enfermado a cuantos lo habían tocado, que había sido trasladado al Area 51 trazando un reguero infeccioso a su paso, y ante cuya apertura se había producido un escape que llegó al corazón de Europa. Las nubes de plástico se habían usado para combatir la propagación de la peste, al parecer con éxito, pero los sucesivos brotes epidémicos mostraban a las claras la tenacidad de los parásitos. Los documentos describían pormenorizadamente los síntomas asociados a la enfermedad de Morgellons: comezón, prurito y dermatitis inespecíficas en la primera fase; una segunda fase, típica, con trastornos cognitivos y afectivos asociados a la aparición de fibras anómalas en la piel y los órganos; y una tercera fase, poco observada, en la que las fibras tomaban posesión de todo el organismo y lo constituían en sí mismo brevemente, antes de resolverse de nuevo en filamentos autónomos. Frente a este horror, la emisión de aerosoles sanitarios no parecía sólo una medida razonable, sino una cuestión de supervivencia. Flores, empero, observó un detalle.

Vannevar Morgan tenía un ayudante, el coronel Nathan Hunsaker, que había estado a cargo de la producción de nubes plásticas desde el inicio mismo del programa. De hecho, Hunsaker había sido el único miembro de la dotación original de recuperación del objeto en Roswell que no había sucumbido tras la operación, y en la primavera de 1981 era el único miembro del M-12 que quedaba vivo aparte del ya anciano Robert Gray. Además, Hunsaker había comandado el operativo sobre Florencia en 1954, en el que se habían probado por primera vez las nubes de plástico sobre la población civil.

John Flores había leído y releído los informes sobre composición química de las nubes de plástico y los había cruzado con las espectrografías realizadas sobre las muestras de fibras Morgellons. Los parámetros coincidían.

Hunsaker afirmaba que se había recurrido a las muestras del objeto de Roswell para desarrollar las nubes de plástico porque sólo mediante el recurso a las propias fibras había sido posible hallar un método para contener la infección. Flores creía, en cambio, que Hunsaker estaba secretamente contaminado y que había desarrollado las nubes de plástico para esparcir la enfermedad por todo el mundo. De hecho, el técnico que supuestamente había escapado a Europa en el '51 era un antiguo compañero suyo de preparatoria, y estaba bajo su supervisión directa cuando ocurrió el incidente.

Flores estaba convencido de que Hunsaker era un renegado, que la muerte del viejo Morgan había sido provocada por contener esa información en sus archivos, o tal vez incluso que el viejo mismo estaba contaminado, junto con sus archivos. Ahora que se filtraba la verdad, el nefando emblema tricolor de los parásitos parecía multiplicarse por doquier, y en los campos de casas rodantes del Medio Oeste los humanos estallaban como granos maduros bajo un sol radiactivo. Ahora comprendía que el Hotel Morgellons tenía muchas habitaciones, y que la puerta por la que había entrado Helena Brixton llevaba el cartel de "OCUPADO. NO MOLESTAR".

Afuera las calles de la ciudad se llenaban de gente que iba de compras, tirando envoltorios de helado al pavimento, pedorreando con sus coches. El calor del verano se anunciaba por encima del horizonte polvoriento, y pronto las ramas de los árboles estarían llenas de hojas y flores. Pero el detective privado estaba perdido. La señora Brixton no le había vuelto a pagar desde la compra de los archivos, mas ni aun todo el dinero del mundo le hubiera permitido recobrar el sosiego. Flores hubiera pagado para no haber comprado nunca esos archivos, que le mostraban la peste contenida en la hierba, en las nubes, en el suelo mismo de la tierra de los bravos.

Como los hongos de una cueva cuando las lámparas se han apagado, el fulgor de los archivos en el aire sucio del despacho fue decreciendo mientras atardecía. Flores no podía moverse. Sentía a los Morgellons desplazarse por la urbe, cobrando ímpetu a medida que las estrellas se encendían en la boca de la noche, reflejando mientras avanzaban el brillo azulado de los televisores, a través de las ventanas.

Un bocinazo abajo en la calle lo sobresaltó, y al mirar hacia arriba vio en el marco de la ventana una fantástica proliferación de fibras, que orladas por las luces de neón de las azoteas circundantes, se derramaban en la oficina como los restos de una bandera americana a medio digerir.

Flores no dudó un instante. Giró el pomo de la puerta y atravesó a toda velocidad el edificio hacia la calle, donde aún se demoraba el calor y la luz de la jornada. Arriba en el firmamento oscuro vio las estelas de los aviones que esparcían una nueva ración de nubes plásticas sobre las áreas pobladas. Caminó con paso quedo entre la gente, los viandantes, las mujeres. A su alrededor, sobre las paredes, en los charcos del bordillo que miraban hacia el cielo y a las luces de la calle, los Morgellons avanzaban, pero nadie parecía advertirlo.

 

Respuesta de las estrellas

Ya en 1896, el célebre inventor Nikola Tesla sugirió que una versión modificada de su sistema de transmisión eléctrica inalámbrica podría ser utilizada para ponerse en contacto con seres de otros mundos. En 1899, mientras realizaba ensayos de comunicación interplanetaria desde su estación experimental de Colorado Springs, había logrado irradiar con éxito, a una distancia de casi 7 años-luz en dirección a la estrella Wolf 359, una transmisión que los habitantes de su sistema planetario interpretaron como una clave de Tres Colores.

La respuesta no se hizo esperar. Los mirnx enviaron un Germinador hacia la Tierra, con una precisión tal que el objeto cayó, tras un viaje de casi medio siglo, a menos de 400 millas de donde Tesla había tenido su laboratorio. A la lejanía, las explosiones de las pruebas atómicas estadounidenses en Nevada fueron tomadas como confirmación de haber recibido el envío: los mirnx respondieron a la vez con una serie de detonaciones de gran magnitud en sus planetas exteriores, y dedicaron los siguientes 50 años a desplegar una excursión de gran escala. Ahora, una centuria después del mensaje de Tesla, la llegada a la Tierra era inminente. Los mirnx esperaban que el Germinador hubiera cumplido con su cometido, y que al arribo de la delegación principal los organismos terrestres estuvieran ya tan consustanciados con la esencia mirnx que el vínculo entre las razas resultara sustantivo y duradero. Después de todo, como huéspedes, adoraban empaparse en profundidad del color local.

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