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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 29 de noviembre de 2021

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Soñar

Para Gael y Belén

A Marimar, la mujer de mi vida

En recuerdo de mi hermana

 

Respiró.

Aún dormida, los recuerdos y los sueños se mezclaban en su cabeza. ¿O eran recuerdos de sueños? Difícil de decir, probablemente no tenía importancia. Se dio media vuelta y soñó.

Flotaba muy alto sobre el mar. Bajo sus pies el viento dibujaba grandes olas manchadas de espuma. Creaba imágenes que aparecían y desparecían, dejando una idea en su subconsciente, algo bonito imposible de retener. Giró la cara apartando los rizos que tuvo con seis años. En sueños todo es posible.

Siempre le habían gustado sus rizos, pequeños bucles que su madre nunca había logrado controlar. Y le gustaba el viento, huele a cambio. Trae promesas de dragones, sirenas, monstruos y caballeros. Sus ojos se perdieron en el horizonte, que siempre parece cercano, que siempre es inalcanzable, la tentación del viajero y del soñador.

A los lejos, las olas se volvieron oscuras. Su alma sintió el frío que las envolvía, profundo, triste, desesperanzador.

Ahora estaba en el agua. Casi no podía ver, sentía los músculos entumecidos, apenas podía mantenerse a flote. Braceaba luchando contra aquellas olas que parecían llegar de todas partes a la vez. Intentó gritar, pero su voz se quedó entre dos mundos, ahogada por el sabor del mar. Abrió la boca para respirar una última bocanada de agua salada.

Los sueños pueden ser crueles.

María se revolvió en la cama. Rescatada por el roce de las sábanas, por el peso de su cuerpo sobre el colchón, por todo lo que nos une al mundo, continuó durmiendo.

Caminaba por la playa, sintiendo el calor de la arena. Recordaba haber leído que cada grano de arena es una historia. Una historia vivida, imaginada o soñada. Tres universos que se mezclan en tus manos. Parece fácil distinguirlos, pero a veces los recuerdos soñados se cuelan entre los vividos.

Volvía a tener seis años. Tenía puesto su vestido preferido, el del pecho fruncido con pequeñas flores azules y verdes. De pie, se aferraba con sus manitas a la cuna de su hermano mientras el agua subía. Ya le llegaba a la cintura. Tenía miedo pero no lloraba, no quería despertar al bebé. Las imágenes mil veces recordadas habían sido completadas con razonamientos adultos. ¿Por qué estaba sola en medio de una inundación? ¿Por qué no pedía ayuda? Cuando el nudo en la garganta se hacía insoportable, se abría la puerta y su padre les sacaba de allí a los dos, cogiéndolos en brazos. Sentía el tacto áspero de su camisa de leñador, que se iba oscureciendo al mojarse.

Nunca ocurrió. No hubo inundación ni rescate. Ya adolescente, practicando su deporte favorito, mirar fotos viejas con su madre, se preguntó por qué no había fotos de aquel día. ¿Acaso era una manera de olvidar? ¿ Se podía eliminar un recuerdo hasta el punto de que nunca hubiese existido? Su madre la miró sin comprender, nunca había pasado algo así. Pensativa, le contó como con apenas dos años estuvo a punto de ahogarse.

-Estábamos con unos amigos. Tu padre y yo fuimos a bañarnos y te dejamos al cuidado de tu padrino. Sin que nadie se diese cuenta, no sé cómo, tu pañal y tú nos seguisteis hasta el agua. Y te tiraste sin más. Por suerte un chico te vio y te rescató. Lloraste para vivir por segunda vez.

¿Cuántos recuerdos falsos tendría? Distinguimos la realidad porque tiene reglas que somos capaces de predecir, y con el tiempo le gana la partida al caos de los sueños.

Claramente ahora era incapaz de distinguir nada. Mirando la arena creía ver cada historia, todas a la vez. El mundo se acercó y se alejó al mismo tiempo. Ella misma era diminuta y enorme, pequeña como un átomo y grande como un universo...

Respiró.

La consciencia ganó más terreno esta vez. Sintió la calidez de su piel, su suavidad. Hay pocas sensaciones mejores que despertar debajo de un cálido edredón, disfrutando de la pereza, del abandono, del aire fresco acariciando tu cara, sabiendo que estás a salvo en tu mundo, en ese momento en el que nada más existe.

Extendió sus sentidos más allá de si misma. Daniel dormía a su lado. Su olor, ese olor particular suyo, le reconfortaba. Era sutil, casi dulce, se metía en su cerebro y le hacía sonreír. Muchas veces, entre juegos y besos había buscado la fuente de aquel aroma. A veces lo encontraba en su pecho, otras en su nuca. Daniel se había hecho un hueco en su corazón a base de sonrisas, miradas y caricias. Era enfermero, católico y uno de los niños rechazados de La Facultad.

Mucho habían hablado de todo ello. Lo que más sorprendía a María era su fe. ¿De dónde le venía ese convencimiento total de la existencia de Dios? Ella solía intentar tomarle el pelo al respecto.

-Está bien -le dijo un día-, Dios existe. Y te voy a decir cómo he llegado a esta conclusión -ambos sonreían-. Es muy sencillo. La fuerza de la gravedad es proporcional a las masas de los cuerpos en juego dividido entre el cuadrado de la distancia que los separa. ¿No es fascinante? ¡Claro! Piénsalo... ¿Qué son las matemáticas? Un invento humano. ¿Y qué es un dos? La suma de uno más uno, un concepto perfecto, exacto. Y resulta que la gravedad, que domina nuestro mundo, depende de la distancia elevada a dos. Ni 2,01 ni 1,99. Es más, si fuese cualquiera de esos dos números el universo no existiría. Si al menos fuese un número de esos con infinitas cifras, como π... pero 2 es demasiado exacto. Daniel la miraba con cariño. Incluía esta nueva teoría entre otras tantas que María, como buena atea, había ido destilando con el tiempo.

De su paso por La Facultad era más difícil hablar. Daniel era muy pequeño cuando entró, y aún era un niño cuando decidieron devolverlo al mundo escolar.

En sus inicios, La Facultad no tenía ese nombre. Era el departamento de pedagogía del colegio San Judas Tadeo. En 1999 Carmen Peñuelas, jefa del departamento, recibió una carta de un abogado con un cheque. Estipulaba que recibiría un importe similar cada año siempre y cuando el dinero se destinase a la enseñanza de las matemáticas de forma poco usual.

Carmen miró el cheque, releyó la carta, volvió a mirar el cheque y volvió a releer la carta. Sosteniéndola aún en la mano marcó el número del membrete. -El papel es bueno-pensó. El abogado, con un tono monocorde, le explicó que cada año debería enviar una memoria de actividades, y cada año, ese mismo día, recibiría otro cheque por la misma cantidad.

-Incrementado con la inflación, naturalmente.

-¿Y hasta cuándo?

-No debe preocuparse por eso. Buenos días.

Era una cantidad importante. Mientras intentaba comprender cómo era posible que todo aquello estuviese ocurriendo, recordó una conversación mantenida con varios amigos muchos años antes.

Estaba en su tercer año de universidad, y las charlas en torno a la pequeña mesa naranja del salón se habían convertido en una costumbre en aquel minúsculo piso sin televisor. Esa noche la mesa estaba cubierta de vasos de cerveza negra y chupitos de whisky irlandés. Hablaban de la frustración que sentían en sus estudios. Marc, en segundo año de físicas, lo tenía claro:

-En la época de Newton, los matemáticos no eran sólo matemáticos. Eran físicos, filósofos, políticos, algunos naturalistas, incluso pedagogos -para decir esto miró directamente a Carmen-. Ahora, en cambio, cuando hemos avanzado tanto, llegas a losveinticinco, ¿y qué has aprendido? Si eres de los buenos, con suerte has empezado a ver el horizonte del estado del arte de ese pequeño campo o concepto que has elegido. Con mucha suerte y trabajo, cinco o diez años después habrás aportado un minúsculo avance que no podrás explicar a nadie sin enrojecer de vergüenza. Parecerá algo nimio para todo el que no sea un experto en la materia. Bueno, si, les parecerá asombrosamente complicado, pero pensarán un poco y preguntarán: "y eso, ¿para qué sirve?"

Las explicaciones sobre cómo avanza realmente la ciencia, cómo sin las pequeñas aportaciones nadie estaría en condiciones de plantear algo nuevo, tuvieron poco éxito.

Marc era tajante. Las cosas se estaban haciendo mal. Había llegado el momento de empezar a enseñar las cosas por el final. La física cuántica, las matemáticas más complejas, había que reducirlas. Los últimos descubrimientos serían los axiomas iniciales. No, mejor aún, las tablas de multiplicar de la nueva ciencia. De esa forma, los niños manejarían conceptos profundos sin darse cuenta...

Carmen Peñuelas se recostó en su sillón y suspiró.

María respiraba tranquilamente ahora, pensando en la historia de La Facultad. Habían pasado ciento cincuenta años desde la llegada del primer cheque. Al principio todo fueron fracasos, pero hará unos sesenta años la metodología de enseñanza empezó a conseguir sus objetivos. Algo después llegaron los primeros avances, y en seguida el cambio de nombre y el secretismo. La Facultad se volvió una institución hermética, y sólo los rumores dejaban entrever lo que allí se hacía. El último era demasiado importante como para mantenerse en los corros universitarios. Se decía  que los  alumnos habían hecho grandes avances en la fusión en frío. Se hablaba de una revolución energética en menos de treinta años. Sin embargo, ella sabía, Daniel sabía, que habían ido mucho más lejos.

Los humanos somos extraños, capaces de lo mejor y de lo peor. Podemos llegar a negar la naturaleza, negar nuestra propia supervivencia. La apuesta más arriesgada de los genes, casi una ruleta rusa. Es posible que la humanidad se aniquile, pero también podría colonizar el universo entero. Y todo depende de cosas tan pequeñas, o tan grandes, tan intangibles, como la amistad o el amor. O el odio.

¿Qué es lo que hace que dos niños de ocho años que se encuentran en una clase de desconocidos se sientan seguros el uno al lado del otro? ¿Por qué conectan, por qué se entienden casi sin hablar? ¿Por qué esa confianza sobrevive a la salida de Daniel de La Facultad, a la vida y al azar?

Habían pasado dos días desde la última visita del facultativo, como a Daniel le gustaba llamarle. Hablaron de lo mundano y de lo divino, de los recuerdos, de cocina y de amores. Se rieron como siempre y se encontraron en sus risas.

El silencio duraba ya más de lo acostumbrado. María les miraba mientras ellos escudriñaban sus respectivos vasos con aire ausente y una media sonrisa que se negaba a abandonar sus labios.

-La verdad es que es increíble. Me pregunto dónde llegaremos. -Una frase lanzada al aire, sin ánimo de ser replicada, una introducción a la confesión que siguió. Daniel y María lo presintieron y ninguno dijo nada, dejando que su amigo ordenase sus ideas, que las palabras encontrasen el camino a través de sus miedos.

-Lo llamamos fusión catalizada. No es mi especialidad, pero... han desarrollado moléculas complejas que atrapan los átomos de hidrógeno -levantó los ojos, incapaz de no sentir la enormidad de lo que quería explicar.

-Después se enredan entre si, y cada paso los deforma un poco más. Pero además van excluyendo estados, eliminando combinaciones. Al final el hidrógeno es casi inestable, está al borde de no tener lugar en el universo para existir.

Había gesticulado, retorciendo aquellas moléculas con sus manos, enumerando en el aire los átomos que atrapaba, dándoles la vuelta como un calcetín. Hizo una pausa. Un pensamiento cruzó por detrás de sus ojos. Suspiró.

-Entonces entran en juego los catalizadores. Están inspirados en los que intervienen en los procesos de nuestras células, pero actúan al nivel de las partículas fundamentales. Prácticamente eliminan la última barrera y sólo necesitas un poco de energía para producir helio. Y listo. Tienes fusión fría, controlable, limpia, ilimitada.

Se recostó en el sillón mientras pronunciaba la última palabra, las manos abiertas aun formando un abanico, o una flor, que se abre, que explota.

Al mismo tiempo Daniel se incorporó en el sofá, como si una sola palanca los hubiese movido a ambos.

-¡Eso es fantástico! ¿Cuándo estará listo?

- No me has entendido. Funciona. Ya. El reactor no es más grande que este piso.

-...

-Nadie lo sabe, Daniel -su amigo reaccionaba ante la cara de asombro primero, de incomprensión después, de perplejidad. -Y así debe ser. Todo se vendría abajo si de repente existiese una forma de energía así. El cambio debe ser gradual, no estamos preparados.

-¿Pero no dices que funciona?

-No me refiero a La Facultad. La humanidad no está preparada. Esto cambiaría el paradigma. Energía libre, prácticamente gratis. ¿Qué haría la gente?

-Por lo pronto no morir de hambre, o sed.

-¿Y después qué? ¿Explosión demográfica? ¿Agotamiento de recursos? ¿Nos convertiremos en parásitos de La Tierra? ¿Para qué trabajar?

-Todo eso es secundario. Salvarías vidas.

-¿Pero qué pasará a medio plazo? No lo sabes.

-Tú tampoco.

María abrió los ojos en la oscuridad de su habitación. Recordó el mar, el viento frío, el desasosiego,  el  nudo  en  la garganta,  su subconsciente intentando en vano avisarle del ruido en la planta baja, del silencio sostenido que le siguió, del susurrar de las escaleras, de las respiraciones ahogadas detrás de la puerta.

Antes de conseguir reaccionar, dos hombres habían entrado en la habitación. Uno de ellos sujetaba ya a Daniel, un trapo sobre la cara. El otro había rodeado la cama y alargaba los brazos hacia ella. Todo ocurría a cámara lenta. Tuvo todo el tiempo del mundo para fijarse en cada detalle. El crujido del cuero al apretarse contra su cara, tapándole la boca y la nariz. El pánico en su garganta, el terror, el sentimiento de injusticia, de pérdida. Sus piernas golpearon las de Daniel, que peleaba aún. Sintió su violencia desesperada.

Aquel hombre se apoyaba en ella con todo su peso, inmovilizándola. Trató de respirar con todas sus fuerzas, el cuello en tensión, los ojos abiertos, mirando esa sombra que le quitaba la vida. Se arqueó, intentó girarse, le ardía el cuerpo. Gritó con cada poro de su piel sin conseguir un sonido. Las lágrimas corrían por su cara. Luego, todo se volvió negro.

***

Gracias por llegar hasta aquí, espero que te haya gustado. Si es así, no dudes en pasárselo a amigos, familiares o quién sea. Si no, al menos ha sido breve! 

m.reyes.cuenteando@gmail.com

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