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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de enero de 2021

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Morir de felicidad

Junio de 1952. A Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, viejo y cansado, le cuesta cada vez más  atender sus responsabilidades de presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética.

Ahora está repasando futuros proyectos científicos a los que debe dar su aprobación. Uno de ellos llama su atención. Un grupo de científicos de una alejada república ha presentado un proyecto para viajar en el tiempo. Consulta al comité de asesores científicos, y todos le indican que es un proyecto absurdo, sin sólida base científica, y además carísimo. De hecho no debería haber llegado a su mesa, había sido rechazado pero de alguna manera se ha traspapelado. Ante la extrañeza de los asesores, el presidente decide apoyar el proyecto, de hecho darle la máxima prioridad.

Tiene dos razones para creer en este aparentemente absurdo proyecto. La primera es que en el memorándum ha tropezado con una frase que hace que le recorra un escalofrío por la espalda: "el pasado y el futuro nos rodean, y son tan reales como el ahora". Y es que eso es justo lo que él siente en los últimos meses. El presente le parece cada vez más un sueño borroso, mientras el pasado le envuelve hasta convertirse en lo único real. Más que recordar, revive constantemente las continuas palizas de su padre alcohólico, sus primeros sueños revolucionarios y su paso a la clandestinidad, donde adoptó el apodo de Stalin que ya lo acompañaría siempre, su ascenso al poder, la segunda guerra mundial...todo parecían piezas de un puzle que ahora encaja a la perfección. Y no es que mire su trayectoria con complacencia. Nunca ha sido indulgente con nadie, y menos con él mismo. Sabe perfectamente que sus principios idealistas de liberar al pueblo Ruso pronto se tornaron en ansia de poder, y una vez alcanzado el poder en miedo a perderlo. Ahora, siente que le queda poco y solo tiene una preocupación, saber si su legado sobrevivirá. Esta es la segunda y principal razón. Estos científicos le dan la oportunidad de saber si la Unión Soviética será eterna, como le aseguran sus camaradas.

Hitler también creía que el Tercer Reich duraría mil años. Claro que Hitler era un loco, movido por el odio y los complejos, como mostró atacando a la gran Unión Soviética. Tenía sueños y ambición, pero no sabía cómo llevarlos a cabo. Stalin sí sabe cómo lograr un reino de mil años.  No se trata de invadir otros países, se trata de controlar el tuyo. Control, esa es la clave. Todo habitante de la Unión Soviética, desde el último campesino hasta los más insignes miembros del Comité Central, se sabe vigilado. Los vigilantes se saben vigilados. Tras la primera Gran Purga, la gente tenía miedo de hablar. Ahora, Stalin se siente orgulloso de ello, todos tienen miedo de pensar. Pero ¿durará este control cuando él no esté? El proyecto descabellado del viaje al futuro es la única posibilidad de contestar a esta pregunta, y Stalin se aferra a ella con todas sus fuerzas.

Una habitación blanca, con una pared cubierta por una gran cristalera. Diciembre de 1952. Han pasado 6 meses, el tiempo concedido a los científicos para probar su teoría. Hoy es el primer experimento, y muchos miembros del Comité Central incluyendo, nada menos, que al propio Stalin, están presentes, mirando con atención desde el otro lado de la cristalera. Los científicos están aterrorizados. La cantidad de energía necesaria para el experimento es tan enorme que no han podido probarlo antes. Saben lo que les espera si fracasan. Uno de los científicos, muy azorado, se atreve a pedir al propio Stalin que estampe su firma en un trozo de papel. Stalin desconfía, la sana costumbre que le ha mantenido en el poder tanto tiempo. Finalmente, no viendo peligro alguno, accede. Sitúan el papel firmado en el centro de la habitación blanca. Llegado el momento, comienza el experimento. De repente, el papel desaparece sin más. Los científicos parecen relajarse un poco.

-El papel está ahora mismo dos minutos en el futuro, en 30 segundos la haremos volver -dice el que parece ser el director del proyecto.

En efecto, a los 30 segundos pulsan unos botones y el papel reaparece en el mismo lugar. Uno de los científicos se apresura a entrar en la habitación, lo recoge y lo saca fuera, depositándola sobre una mesa. Nadie dice nada. Al minuto y medio, dos minutos exactos desde el comienzo del experimento, en la habitación vacía aparece un nuevo papel. El mismo científico entra en la sala, recoge el segundo pedazo de papel, lo saca y lo sitúa al lado del primero. Parecen idénticos. El propio Stalin se levanta a observar ambos  trozos de papel. Mientras lo está haciendo, de repente, uno de los trozos, el que ha sido sacado en segundo lugar, desaparece.

 

El director del proyecto, disimulando su entusiasmo, explica que el principio fundamental es que la masa total se ha conservado al acabar los dos minutos y medio. Es decir, el principio de conservación de la masa se sigue aplicando, pero para periodos suficientemente amplios de tiempo. También explica que el viaje solo se puede hacer en el sentido que han visto: primero al futuro y luego el mismo objeto de vuelta al presente. Esto explica porqué nadie del futuro nos está visitando, solo sería posible si antes hubiera hecho el viaje a la inversa.

En realidad ninguno de los miembros del Comité Central allí sentados está escuchando. Casi todos creen que acaban de presenciar un vulgar truco de magia, que los científicos tratando de salvar su cabeza han preparado de antemano un segundo trozo de papel con una firma falsa, o incluso han logrado de algún documento oficial una segunda firma verdadera para escenificar un falso viaje al futuro.

Solo uno de los miembros del Comité piensa que ha visto algo prodigioso. Stalin ha sospechado desde el primer momento el truco de las dos firmas. Por eso, en lugar de firmar con su nombre ha utilizado uno de sus alias, "Soselo", el que utiliza en sus poemas. Y ambos pedazos de papel mostraban ese nombre.

Se tarda un mes en preparar el segundo experimento y ya estamos en el año 1953. Esta vez, todo ha sido supervisado directamente por Stalin. Una cámara de gran calidad, con grabador de sonido, está preparada para viajar al año 2050.La habitación está ahora en una carpa en pleno centro de la plaza roja, rodeada por el ejército. La idea es obtener imágenes de la plaza en el futuro para determinar si el espíritu de la Unión Soviética sigue vivo. Tal y como los científicos le han explicado a Stalin, el coste en energía es proporcional al peso del objeto a enviar, a la distancia temporal y al tiempo que el objeto deba permanecer en el futuro. Enviar una cámara de 20 kilos al 2050 durante 20 minutos significa un apagón en Moscú durante esos 20 minutos, pero a Stalin no parece importarle.

Todo se desarrolla con normalidad, la cámara desaparece y vuelve a los 20 minutos. Stalin nervioso solicita ver la grabación de inmediato, en privado. La imagen empieza mostrando una plaza roja no demasiado distinta a como es ahora. Al fondo lo que parecen ser coches del futuro. Cuando aún no ha transcurrido un minuto de repente la imagen se vuelve negra. Parece que alguien ha puesto una tela por delante, o ha cubierto la cámara en una bolsa. La meten en lo que por el ruido parece ser el maletero de un vehículo. El resto de los 20 minutos solo se oye el ruido muy apagado del motor del mismo vehículo avanzando quién sabe a dónde.

Stalin está furioso, no le importa si ha sido un ladrón, o quizás la misma policía del futuro que vigila la plaza, el caso es que su pregunta sigue sin respuesta. Cuando propone un tercer experimento a los científicos estos se quedan sin habla.

-¡Camarada presidente...no podemos enviarle a Vd. al futuro!

Stalin insiste. Quiere pasar 3 horas en el año 2050, verlo todo con sus propios ojos. Por fin los científicos consiguen convencerle de que para enviar el peso del camarada presidente al 2050 durante 3 horas haría falta más energía de la que dispone el país entero. Stalin les pide que calculen lo más lejos que le pueden enviar. Resulta ser el año 2015, un máximo de 2 horas, y eso a costa de un apagón que afectará a la mayor parte del país.  Stalin insiste en hacer el viaje. Los científicos no pueden informar a nadie, bajo pena de muerte. Lo que Stalin teme es en primer lugar que sus más allegados se escandalicen por el riesgo de tamaño viaje, pero sobre todo que aprovechen para impedir que vuelva. Siempre cauto, les promete a los científicos fondos ilimitados...a la vuelta.

La noche del 28 de febrero de 1953 todo está listo. Stalin ha logrado que los ingenieros logren un suministro de energía no visto hasta entonces en un tiempo record. Ni los miembros del comité más cercanos al presidente saben qué pretende trasladar al futuro esta vez, solo que nadie excepto los científicos y él mismo pueden asistir. Nadie se imagina ni por lo más remoto que el objeto enviado sea el propio Stalin.

Ante la sorpresa de los científicos, Stalin se quita el bigote, que resulta ser postizo. Lo lleva para en caso de peligro quitárselo y pasar desapercibido. Y eso es lo que intenta hacer ahora. No sabe qué ropa se llevará en 2015, pero imagina que un abrigo largo con botas nunca llamará la atención. Se sitúa en el lugar indicado por los científicos. Aunque intenta disimularlo, está temblando, a medias arrepentido de haberse puesto en esta situación peligrosa y absurda.

Pero la curiosidad y el orgullo son más fuertes y da la orden de comenzar. Lo único que observa es que la carpa y la habitación de repente han desaparecido. Ninguna sensación extraña. La plaza está igual, pero a la vez cambiada. Esa bandera allí...se teme lo peor. Mucha gente, con ropas absurdas, pasa por su lado sin mirarle. Los coches llaman su atención, pero sabe que no tiene tiempo que perder y pone en marcha la historia que ha ideado. Para a un joven que pasa por su lado.

-Disculpe, camarada -empieza.

-¿Sí? -El joven no parece dispuesto a detenerse, pero tampoco a negar ayuda a un anciano, aunque le mira extrañado, no sabe si por la ropa o por la palabra "camarada".

-Verá joven, es que tengo un problema de memoria y a veces me  desoriento.

-¿Quiere que llame a la policía ? -ofrece el joven- Ellos le ayudarán a regresar a casa.

-No, no se preocupe -Stalin intenta aparentar normalidad, no querría acabar interrogado por la policía...sobre todo si es parecida a la que él dirige- Sé dónde está mi casa. Pierdo la memoria sobre todo para los hechos históricos. El médico me ha recomendado que hable con desconocidos que me la refresquen, al parecer hace más efecto que hablar con la familia -Stalin intenta poner cara de anciano desvalido, pero el papel le viene grande, y solo consigue parecer completamente loco.

-La verdad es que tengo prisa...

El joven empieza alejarse, pero Stalin no puede perder la oportunidad.

-Por favor, solo un par de preguntas.

-Dispare -dice el joven con impaciencia.

-¿Cómo? -Stalin está perplejo, nunca le ha pedido nadie que le dispare, aunque lo haya hecho con varios millones que no se lo han pedido.

-Qué pregunte -aclara el joven.

-Bien, lo primero, ¿cómo se llama el presidente de la Unión?

-La Unión desapareció en 1991 -dijo el joven con una sonrisa- Está Vd. En Rusia.

Stalin tuvo que sentarse en el bordillo de la acera. Lo que tanto se temía había sucedido. El joven se sentó a su lado.

-¿Está  bien?

-Sí, pero dígame, ¿que ha sido del Partido Comunista?

-Sigue existiendo, le votan muchos de su edad -ríe el joven.

-¿El partido sigue el legado de Stalin ? -pregunta finalmente con un hilo de voz.

-El legado de Stalin fue millones de víctimas inocentes. Incluso los comunistas reniegan de él. Nadie defiende ni a Hitler ni a Stalin, los grandes genocidas del siglo XX.

Stalin se siente desfallecer. Todo para nada, no habían entendido. ¿Si a la vuelta trabaja duro aún puede cambiar el futuro? ¿Qué le han dicho los científicos? No lo recuerda. Siente frío en su mejilla. Una lágrima, la primera desde su niñez. Y a la vez una extraña opresión en el corazón. El joven, mientras tanto, maneja un extraño aparatito con pantalla en el que se aparecían letras sin parar.

-Es un teléfono móvil -dice cuando nota que el viejo le mira con interés.

-¿Teléfono? ¿Sin hilos? -A pesar de sentirse hundido, Stalin no logra abandonar sus costumbres, y está pensando en cómo podrá un gobierno controlar a la gente si pueden hablar en cualquier momento y desde cualquier lugar. Los micrófonos ocultos en la casa pierden toda su eficacia. El joven interrumpe sus pensamientos.

-Sí funcionan sin hilos, envían la señal a un satélite, un aparato que gira alrededor de la tierra a mucha altura, y que reenvía la señal a la persona con la que quieres hablar.

-Una centralita volante -dice el viejo. El concepto de satélite no le sorprende porque él mismo ha aprobado investigaciones en ese sentido dirigidas por Serguéi Koroliov, pero lo de que los teléfonos usen estos aparatos le sorprende. Seguro que se pueden grabar todas las conversaciones en el propio satélite para luego escucharlas...ya no hace falta poner micrófonos en las casas porque el satélite es el micrófono universal. Brillante. El joven continúa hablando.

-Sí pero no solo se llama por teléfono, también sirve para enviar mensajes escritos.

-Maravilloso -dijo Stalin. Y no miente. Controlar las llamadas exige una gran cantidad de esfuerzo, personas escuchando cada conversación y apuntando lo importante. Sin embargo la correspondencia escrita es estupenda,  se lee rápido y se localiza antes cada posible conspiración.

-E incluso para decirte dónde estás -sigue el joven, al parecer divertido por la cara de asombro del anciano.

-¿Perdón? ¿Cómo? -demasiadas cosas nuevas que entender, y el dolor en el pecho que no se va.

-El télefono te puede decir tus coordenadas.

-Qué también pasan por el satélite -añade Stalin.

-Sí, pueden enviarse también -contesta el joven.

-Una cosa más -pregunta Stalin- entiendo el teléfono sin hilos, pero ¿sin corriente eléctrica?

-Sí que usan corriente, una batería, todas las noches recargo el mío.

El dolor en el pecho es ahora un calor agradable que inunda todo el cuerpo. Por fin ha comprendido. Ya no hace falta Unión Soviética ni partido comunista. La información no se obtiene poniendo micrófonos ni vigilando con prismáticos. Cada ciudadano es el vigilante de sí mismo. Lo hace de forma voluntaria y alegre, diciendo al gobierno dónde se encuentra en cada momento, escribiendo él mismo lo que piensa o lo que va a hacer. Incluso asegurándose de que la batería nunca se apague para asegurar la transmisión continua de la información. Sin purgas ni torturas, toda la información de todo el mundo y todo el rato. Estaba equivocado. Su legado ha triunfado. El viaje al futuro ha merecido la pena.

Poco después un médico forense y su joven ayudante examinan al mendigo sin papeles tirado en el suelo de la plaza roja, muerto con una extraña sonrisa en la boca. Antes de meterle en la camilla le quitan las botas, y al hacerlo se salen los calcetines.

 -Fíjate, Andrei, qué curioso, tiene una membrana entre el segundo y el tercer dedo del pie izquierdo, igual que le sucedía a Stalin -menciona el médico.

-Sí, y ahora que lo dice, hasta se parece de cara, solo que sin bigote -ríe el ayudante- ¿Qué edad tendría ahora?

-¿El Stalin verdadero? más de 130 años, creo.

-Pues creo que si viviera no le gustaría ver en lo que se ha convertido su amada Unión Soviética -añade Andrei.

Suena el teléfono en el bolsillo del doctor. Es un mensaje de su mujer "El localizador de tu móvil me indica que estás en la plaza. ¿Bebiendo otra vez? Te recuerdo que tenemos cena en media hora en casa de mis padres, acaba ya". Antes de contestar al mensaje, el doctor sonríe a su ayudante y dice, meneando, la cabeza:

-Nunca se sabe, Andrei, nunca se sabe.

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