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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 1 de octubre de 2020

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Conversaciones del testículo parásito

¿A quién hablo? Hubo un tiempo en que los hombres dialogaban entre sí, comunicaban, discrepaban en nimiedades y asuntos vitales. En cierto sentido no converso sino conmigo mismo, y en eso no soy diferente de los hombres de esta era, cada uno en su montaña, recogido sobre sí, bajo la burbuja transparente de su armadura. Pero yo aspiro a componer una ruptura, y por eso hablo sólo para mí, pues ¿quién habría de romper la coraza que trabajosamente ha segregado de sí mismo? Quizá esta promesa de un quiebre es precisamente el punto de partida del encierro: cada quien propone romper con el aislamiento, y es allí que se queda solo. Así es como yo, Arciball Pallatus VII, reputado transofista y mutafísico, no tomo de testigo sino al viento y no hago de mis reflexiones sino las conversaciones de un testículo parásito.

Pero tal vez alguien me escuche entre el oleaje de los pársecs y los años, y entonces mi voz será semilla de un nuevo mundo y una carne nueva. Y en este mismo momento que hablo estoy muriendo, dirigiéndome al no-ser del cual provengo y en el que la vida no es más que una chispa, un destello, un parpadeo en el océano de la noche. ¿Hay alguien ahí? No hay nadie. Pináculos de roca erizada, los machos solazándose en sus celdas, las mujeres creciendo lentamente, interminablemente. Aquí Radio Pallatus, para el Universo: soy Arciball Pallatus VII y estoy solo con mis palabras en la cima de una columna de varios kilómetros de altura, por encima del dosel de nubes, donde reina el viento y la luz del sol.

¡Oh! Por supuesto que no estoy solo: Luhman 16 es un mundo superpoblado, y únicamente a grandes altitudes es posible estar en cierta medida a salvo de la fauna local. ¿Alguien me escucha? No, realmente no estoy solo, y de hecho vivo en el interior de una mujer grande como una montaña cuya voz penetra en mi cabeza de día y de noche. Bueno, no en el interior exactamente, sino en una celdilla fotosintética de techo transparente, que una vez constituyó un folículo piloso y hoy alberga la célula de energía a la que me encuentro enraizado, bombeando nutrientes montaña abajo, adormeciéndome en la siesta, luego insomne, con la noche negra y congelada por toda respuesta.

Pero no siempre fue así.

Un macho joven es destetado de su folículo epidérmico apena desarrolla su vela o membrana aerostática. En primavera, miles de machos son liberados en la atmósfera radiante a través de enormes extensiones de terreno, y capturados por hembras núbiles con pegajosos filamentos extendidos hacia el cielo como cabelleras de azafrán. Yo mismo llegué a mi montaña de ese modo, elevándome sobre una miríada de compañeros lanzados al espacio, hacia las melenas de captación que las mujeres agitaban sobre las cumbres más altas. Aquí fijé mi residencia, descendiendo de la pluma estratosférica al encuentro de mi dama, y aquí encontré el cáliz donde mi pedículo se capilarizó hacia el interior de la montaña, mientras mi vela aerostática se endurecía hasta convertirse en una lente de vidrio sobre la cuenca reflectante de mi antiguo yo.

De mi mujer aprendí la historia de las montañas, de las eras y los viajes espaciales. Por supuesto que mi madre me había transmitido el conocimiento acumulado a lo largo de los ciclos de la noche y de los astros, pero sólo al alcanzar la madurez esos cuentos de la infancia consintieron en situarse en la cadena de mi historia y de mi raza.

Los primeros colonos, humanos estándar como se decía en aquella época, habían llegado en un velero estelar atravesando distancias fuera del tiempo y del sueño. Estaban dotados de una flexibilidad fenotípica que les permitía adaptarse a los ambientes más hostiles recreando distintos estadios de la filogenia, pero Luhman era un mundo torturado que no hacía lugar a los humanos. Planeta Erizo lo llamaban: un relieve atormentado de miles de cumbres semejantes a monstruosos penitentes de piedra volcánica, como si en un momento no demasiado temprano de su historia la superficie hubiera sido sometida a salvajes mareas gravitacionales. Muy en lo profundo de los insondables cañones corrían tortuosos ríos en penumbra permanente, siguiendo las cicatrices que las oleadas magmáticas habían abierto en su agonía. Únicamente en las laderas de altura, donde alcanzaba la luz del sol, podía desarrollarse un bosque nuboso en el que los seres vivos se daban caza de una manera desesperada. Más abajo, en la noche murmurante de los desfiladeros y las criaturas abisales, sólo había carnívoros y carroñeros.

La colonia había sido asediada por toda clase de depredadores, monstruos que robaban a las hembras y ocupaban el lugar de los cachorros. Los machos habían formado el proverbial anillo de defensa, pero generación tras generación habían sido aniquilados por las bestias. Para proteger a sus polluelos, las hembras desarrollaron pieles cada vez más gruesas, corazas que mutaron en murallas y almenaras. Bajo el peso interminable de edades oscuras, criando a sus niños en el interior de vastas fortificaciones, buscaron sin pausa el modo de nutrir las estructuras crecientes.

Confrontadas al hecho de que sólo fuera del alcance de las bestias era posible la reproducción de la vida, las mujeres echaron altos muros que las separaban de la fauna y buscaron su alimento en la luz, en el agua que flotaba en las nubes, en el cielo que se abría hacia el espacio. Sobre las cumbres negras y desnudas crecieron en montañas fotosintéticas cuyas terrazas se elevaban por encima de las nieblas y el bosque lluvioso, sembradas de oquedades de cristal donde los machos transformaban la energía solar en alimento.

Año tras año, la aspersión de miles de organismos hacia el aire diáfano de las altas cumbres reiniciaba el ciclo de la expansión ecológica. Donde las hembras captaban a los machos aéreos, la reproducción quedaba garantizada. Si el individuo, en cambio, caía sobre roca desnuda, se feminizaba y comenzaba a desarrollarse como mujer-montaña. Sólo los infortunados que caían por debajo del manto nuboso, hacia los abismos de roca dentada, se perdían a los fines de la especie. Los extremos de las cabelleras de captación se proyectaron más arriba cada temporada, para que sólo los machos de mayor altitud pudieran aportar su plasma al banco genético. Al acercarse el invierno, las celdillas fotosintéticas donde se alojaban los testículos que habían servido durante toda la temporada se secaban, desprendiéndose como lentejuelas del traje de una fiesta ya pasada.

La experiencia de este ciclo de clausura y renovación dio origen a la transofía, una disciplina del pensamiento que ponía el acento en el carácter transitorio de la existencia y de nuestro conocimiento acerca de ella. La mutafísica, en particular, se distinguió como una escuela que interrogaba el estatuto de lo finito desde la perspectiva de su transformación: mi contribución en este campo se centró en la cualidad de lo efímero como paradigma ontológico de lo sensible. No obstante la importancia capital de estos planteos para el desarrollo de la doctrina, y al igual que lo sucedido con la mayoría de las creaciones seculares del espíritu, su difusión a nivel global mediante transmisión de antena no logró conmover el más generalizado solipsismo que atravesaba la realidad humana.

Resto arcaico de los aparatos de comunicación utilizados por las patrullas que salían a controlar el perímetro en los primeros tiempos de la colonia, la antena de los machos persistió a través de los eones bajo la forma de de un cabello larguísimo y resistente que flameaba sobre las terrazas, emergiendo de un ojal en su burbuja. De noche, cuando los vientos electrónicos de Luhman 16 quedaban ocultos por la masa del planeta y la disminución de la interferencia solar permitía una comunicación límpida, los testículos asomaban sus antenas por sobre las cumbres que emergían más allá del techo de nubes, informando de sucesos y novedades en toda la extensión del globo. Un órgano tan notable de comunicación a distancia debería haber llevado a una época nunca vista de intercambio y crecimiento, pero lo cierto es que sólo profundizó las brechas que separaban cada montaña; los hombres amplificaron una cultura melancólica utilizando las antenas nada más que para difundir sus fantasías de grandeza, y las mujeres se llamaron a un silencio planetario que no era sino reverso del monólogo incesante dirigido a su hombre interior.

Aquí encallamos. Bajo el disco en espiral del firmamento que canta la lenta combustión de la galaxia, esta situación se ha mantenido en Luhman durante tanto tiempo que existe evidencia fósil. Al modo de los insectos gregarios, nuestra raza se dirige hacia un destino de hormiguero o de colmena, después de haber alcanzado el óptimo reproductivo a través de la división sexual de la organización social. En poco tiempo más habremos eliminado el intelecto, y las antenas no emitirán sino la instantánea de un presente permanente.

¡Ay, si los hombres y mujeres de este mundo se encontraran sobre la hierba verde y el agua oscura! Qué no haríamos, floreciendo nuevamente entre los astros como en eras fulgurantes de la raza, y a las playas estelares llegarían otra vez nuestros navíos, reinventándose. Ah, mi corazón se inflama... Escucha hermano/ la canción de la alegría. ¿Alguien me escucha, maldita sea? ¿Hay alguien ahí?

Sí.

¡! ¿...

...

Pero... ¿Quién es usted? ¿Cómo llegó aquí?

Soy Hi-Noor, la mujer-montaña, y tengo la impresión de que estamos en contacto a través de tu antena.

¿Mi antena? ¿Pero cómo...?

No lo sé. Hay mucho viento, tal vez el extremo de la antena alcanzó mi terraza. Sólo estoy segura de que coincidimos completamente en cuanto a lo que decías acerca de los hombres y mujeres. ¡Qué no haríamos! Es magistral. ¿Cómo has llegado a esa formulación?

Vaya, no es tanto una intelección como una aspiración. Verá usted, el apotegma se distingue de la parábola en que... ¡Hey, amigos, aquí, en todo el mundo! ¡Aquí Pallatus! ¡Estoy hablando con una mujer! Jajaj. Perdón, es la primera vez que hablo con una mujer. Es decir, aparte de mi mujer. Y de mi madre, por supuesto. ¡Qué digo! No sé qué decir.

Con quién estás hablando, Pallatus.

Hablo con quien se me da la gana. Con nadie. Conmigo mismo.

¿Quién está ahí? ¿Hola? Soy Hi-Noor, la mujer-montaña. ¿De quién es la voz?

¿Hi-Noor? ¡Pallatus! ¿Qué es esto? ¿Hay otra mujer?

No sé como explicártelo, querida...

Pues empieza a hablar, o te verás fuera de esa cuenca de cristal más rápido que el paso de las nubes en otoño. 

¡Eso es, precisamente! Creo que el viento extendió mi antena hasta la montaña vecina, y eso posibilitó el contacto...

¡¿Crees que el viento extendió tu antena?! ¿No tienes acaso control sobre el lugar donde pones tu antena?

Es que el viento era muy fuerte, y yo...

Señora, soy Hi-Noor, la mujer-montaña. Puedo oírla aquí mismo, y esto nunca había sucedido.

¡Ni volverá a suceder! ¿Cómo crees que mi Pallatus andaría meneando su antena por ahí, buscando cuál es lugar más adecuado donde ponerla? ¡Vaya descaro!

Creo que no se trata sólo de mí, querida. He radiado el mensaje y las antenas informan que por todo el mundo las mujeres están comunicándose entre sí por su intermedio. Te lo agradecen.

¡Mi pequeño Pallatus! ¿Qué opinas, Hi-Noor? ¿Crees que podamos ser amigas después de todo? Mi nombre es Hau-Hupen y llevo mil inviernos sobre esta montaña. He acogido en mis terrazas a una larga estirpe de filósofos y matemáticos, y cada año mis cabellos se extienden más arriba para recibir solamente a la vela de vuelo más alto.

Bueno, señora Hau-Hupen, mil inviernos no son tantos. Tu voz me hizo creer que eras mayor, pero ahora estoy segura que comienzas a descascararte antes de que termine el otoño. ¿Cómo haremos para comunicarnos cuando ese parásito tuyo se vaya con el viento del sur?

Puedo intentar que mi antena se enrolle alrededor de una de tus rocas, Hi-Noor.

¡Pallatus! Por favor, conserva tus modales.

Querida, no me siento bien ahora mismo y creo que la descamación está ya bastante avanzada: si no aprovechamos ahora el viento quizá no tengamos otra oportunidad. Hi-Noor, disculpa mi torpeza y quedémonos así mientras me duermo, mi antena anudada en torno a tu espolón de basalto. Trabaré la base de la antena con un lazo en mi montaña, y así estaremos seguros de que el cabello se calcifique durante los meses fríos. Habré creado un puente, y está bien que así sea, porque no otra cosa pregona la transofía sino el paso de lo pasajero a lo pasadero, de lo transitorio a lo transitable.

Y ahora me voy: mi turno ha terminado, y a otros corresponde proseguir la travesía. Sólo anhelo para los que vengan sueños más brillantes y cielos más azules. Adiós.

(...)

...

¡Maravilloso muchacho! Y bien ¡así es la vida! Pero volvamos a lo nuestro. ¿En qué estábamos, querida?

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Comentarios - 1

Damián

1
Damián - 25-09-2020 - 03:43:00h

Espectacular Max!


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