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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 1 de octubre de 2020

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El conductor

«Podemos conducir por ti»

Campaña de publicidad de Omega circa 2036

 

La rebelión comenzó cuando un hombre, trajeado, medio adormilado aun, alto ejecutivo de la City que tenía una importante reunión a las ocho, otra a las nueve y así sucesivamente, salió despedido por el parabrisas. Su cuerpo se encontró con la fachada de un edificio. Incapaces de ocupar el mismo espacio de forma simultánea, la pared lo detuvo. Medio segundo después, llegó el coche, impelido por una fuerza que parecería mágica si no fuese, tan solo, una tecnología altamente avanzada. Así, aunque el hombre conservaba algo de vida entre la masa de carne, vísceras y huesos que ahora era, el vehículo se encargó de ponerle fin a su sufrimiento. Ni la ambulancia que llegó seis minutos después pudo hacer nada, menos aún ningún otro individuo que viajase por la zona. ¿Quién se iba a bajar del coche?

Todos contemplaban de pasada el accidente, primero el acto en sí, luego los restos de este, con la nariz pegada a la ventanilla del coche. Incluso había quien daba la orden de frenar un poco, reducir la velocidad para así recrearse en aquel espectáculo de carne y metal y la pulcra carretera manchada de sangre y aceite. Pero nadie detenía del todo el automóvil. Habría sido una anomalía, una excentricidad digna de eras pasadas, caminar sobre el pavimento.

 

Alex, desde su cubículo, vio cómo arrestaban a la persona responsable del accidente. Era una mujer, tez negra, delgada, pequeña. Poca cosa. Se vio reflejado en ella. Atestada de deudas, joven, necesitaba un descanso. Solo era eso, dijeron. Un pequeño descanso. Los pasos de ella y de ambos guardias tardaron largo tiempo en diluirse entre el maremoto de órdenes gritadas, sonidos titilantes, cuchicheos y teclados ardiendo. El espacio, la nave donde trabajaban, era inmensa. Estaba habitado todo por cubículos, similares a los de Alex. Desde allí, controlaba un coche. Solo uno. Era un nuevo modelo de la clase Omega, ligero, frágil y suave en las curvas. A veces, si aceleraba demasiado, en autopistas o caminos despejados, podía notar cómo culeaba hacia los lados. Claro que era tan solo una falsa sensación. Él no estaba en el asiento del piloto de forma física, lo controlaba de forma remota. Se encargaba de llevarlo al taller cuando tenía cita (y tenía citas muy a menudo, la industria automovilística se encargó de crear las máquina con una vida muy limitada para poder remontar el gran crack del 17), lo aparcaba, iba a buscar a los niños al colegio, lo llevaba al autolavado... Todas las necesidades que el ser mecánico requería, él era el encargado de proporcionarlas.

Y lo hacía con bastante soltura y complacencia. Había llegado a querer al coche. Los individuos que iban dentro eran una familia adinerada, él magnate del metal, ella abogada sobrecualificada para las tareas de ama de casa, dos niños iguales a simple vista, pero diferentes en cuestiones tan dispares como la comida, las expresiones que usaban para designar a sus padres o el trato que de estos recibían. Muchas cosas sabía Alex sobre la familia, aunque muy poco le interesaban. Tenían las típicas discusiones, las típicas gracietas, las conversaciones más anodinas e indiferentes. Tampoco tenía intención de comentarlo con el resto de sus compañeros, como algunos sí hacían. Se podía saber qué familia tendría varicela según qué familia tenía ya la enfermedad. Si sus niños compartían colegio, si alguna vez se subían en el coche de otro para ir a una excursión o a la fiesta de cumpleaños de algún tercero, todo esto lo comentaban esos seres que manejaban sus coches, sin ser ellos conscientes, sin pararse a pensarlo ni un solo momento.

El día del accidente, su usuario se dirigía de vuelta a casa tras un acalorado encuentro con un dirigente de rango menor. Le mandó frenar ligeramente al pasar por delante del lugar. Alex agarró la palanca que regulaba la velocidad y la empujó para sí. El coche, tan suave como siempre, aminoró y el hombre pudo ver a ese otro hombre que bien podría haber sido él, si la lotería de conductores hubiese sido menos benigna. A Alex no le extrañó. Incluso tuvo que admitir, para sí mismo, el gran interés que sentía por ver el accidente a través de una de las muchas cámaras que el coche llevaba incrustadas en su esqueleto.

Alex sentía, cuando algo así sucedía, y sucedían muy pocas cosas en el mundo exterior de tamaña índole, que era parte del vehículo. Era uno con él. Podía controlarlo, pero a la vez estaba ligado a sus limitaciones. Lejos de desagradarlo, esto le resultaba atractivo. Dejaba atrás su cuerpo, su cuerpo terrenal lleno de imperfecciones, y se convertía en una máquina de ingenieria punta que alcanzaba los quinientos kilómetros hora, desplazándose, casi levitando, sobre un asfalto perfectamente trabajado, sin fisuras. No lo comentaba con el resto de sus compañeros, ya había visto cual era la reacción ante tales ideas. La mayoría prefería no pensar mucho en el tema, un sueldo es un sueldo. Otros decían que daba igual el trabajo en sí, que lo importante eran las condiciones. Alguno, los menos, directamente se enfurecían y chisporroteaban cada vez que oían la voz del usuario, viajando placenteramente en el automóvil. Estos eran los que más torcían el rostro, más agresivos se ponían, si se hablaba de forma positiva sobre el coche.

Estaba anocheciendo cuando vinieron a por la mujer. No había ventanas en la nave, Alex sabía el tiempo que hacía fuera gracias a la imagen retransmitida por las cámaras del vehículo.

Advirtió a su usuario de la desconexión, asintiendo este con la cabeza, señal necesaria para poder levantarse e irse a casa. Tenía apenas ocho o nueve horas para ir, dormir y volver. Cogió el tren subterráneo, atestado de gente, con los ojos tan rojos y las miradas tan perdidas como la suya. Hartos de mirar a pantallas y vivir una vida que no era la suya, a través de aparatos ajenos. Se bajó en su parada, sin mirar un letrero, tan solo por inercia. Sabía que era la suya.

La estación conectaba directamente con su edificio. Entró, junto con otra media docena de gente a la que no saludó ni miró, hasta el final de la recepción. Cada uno de ellos introdujo un número en un panel parpadeante y este los distribuyó en distintos ascensores. Hacía mucho que no veía su casa desde fuera, desde la calle. El coche de su usuario no solía pasar por aquella zona y la última vez que había salido a la calle la experiencia lo agobió hasta el agotamiento. Tuvo que dormir doce horas seguidas para recomponerse. Recordaba, de forma general, que el edificio era enorme, atestado de ventanas. Ocupaba una manzana entera, liso y plano, saliendo desde la parte subterránea de la ciudad, sin fisuras, sin forma de entrar o salir a nivel de la calle. Era un monolito gigante. Una escultura en honor al nuevo siglo.

Llegó a la planta 43. Un pasillo desprovisto de decoración, de sutilezas, de algún gusto por lo barroco o, tan solo, por los ornamentos más simples posibles, lo recibió. Contó puertas, familias, personas, individuos, vecinos que desconocía, hasta llegar a su apartamento. No era mucho más grande que el cubículo donde trabajaba. La cocina estaba intacta, sin usar.  Cayó derrotado en la cama.

Sonó la alarma. Por un momento, creyó que tenía que ir a clase. Se le juntaron la desgana con la impaciencia por no tener el trabajo del día hecho. Al darse cuenta de la hora que era, del día que era y el momento en su vida que era, todo aquello desapareció. Pensó que siempre estaba rememorando tiempos en los que había sido más feliz. Pero que siempre que los había vivido pensaba en otro tiempo anterior. Así hasta... ¿Dónde? Tendría que haber un momento donde era feliz sin añorar nada más.

Hizo el camino inverso al de la noche anterior. El ascensor, la recepción, el tren, la nave, su puesto. El coche estaba aun apagado, así que pensó que tenía tiempo para ir a tomar algo hasta la máquina. Llegó a una pequeña sala de esparcimiento, con un sofá, una mesa raquítica y una máquina de bebidas. Estaban allí dos mujeres, charlando entre ellas. No tendía a ser hablador, pero en aquel momento, aun adormilado, sintió que necesitaba hablar de cualquier cosa. El recuerdo de su colegio aún le atormentaba.

-¿Qué tal? -dijo, mirando a ambas.

-Bien -respondieron ellas al unísono, algo sorprendidas.

Se hizo el silencio durante un rato. Nadie se atrevía a hablar.

-¿Tú eres el del 4BF? -preguntó una de las mujeres.

-Sí, ¿por?

-No... ¿No lo sabes?

-No, ¿el qué?

Ambas mujeres se acercaron hasta él, intimidándolo un poco. No sentía a otra persona tan cerca desde hacía tiempo, así que notar su calor, su aliento, era una invasión de su espacio que no se esperaba.

-¿Sabes la mujer que detuvieron ayer?

Él asintió con la cabeza, conteniendo la respiración.

-Bueno, pues ayer por la noche, en el 4BE, detuvieron a otra persona. Exactamente por lo mismo. Mató a su usuario con el coche. Por lo visto este se iba a montar, el conductor hackeó de alguna manera el coche y lo activó antes de que el usuario estuviese dentro. Un acelerón y adiós muy buenas.

-Vinieron a por él -continuó la otra mujer- y hasta se resistió. ¿No te has fijado en que ese cubículo está cerrado? Creo que aun puedes ver manchas de sangre.

La mujer se detuvo. Alex pudo notar como se ponía cada vez más pálido. La simple idea... Ambas intentaron reconducir la conversación, hacer como que no pasaba nada y hablar de cosas triviales. Una de ellas dijo que su usuario acababa de conseguir un ascenso, lo cual le daba algo de pánico por si se compraba un nuevo coche y la despedía, así que estaba siendo más cuidadosa y eficiente que nunca. La otra asentía con la cabeza, dando a entender lo acertado de la estrategia. Alex decidió retirarse, incapaz de darle un sorbo más a su bebida.

Por la noche solía haber muy poca gente en la nave, pero siempre había alguien que le tocaba turno de noche para controlar que no pasara nada. Además, se podía contratar los servicios de un conductor nocturno. Cobraban poco más y además se decía que era mucho más tranquilo. Llevaban a distintos usuarios a ver a sus amantes, a resguardo de la noche, o los recogían de alguna fiesta, alcoholizados. Siempre estaba el que trabajaba de noche o al que le surgía una emergencia momentánea. La nave nunca estaba del todo vacía. Ninguna lo estaba. Alex no lo sabía a ciencia cierta, pero en aquel polígono había, con toda seguridad, una docena de naves similares, igual de gigantes y atestadas. Si tan solo un mínimo infinitesimal de la población tenía coches, al menos se necesitaba tanta gente, o más, para conducirlos.

Nunca había reparado en la responsabilidad del trabajo. Nadie lo había hecho. Quizá los pilotos de aviones o naves transplanetarias sí lo hacían. Después de todo, se llamaban capitanes y tenían cierto margen de control sobre sus pasajeros. Ellos estaban al mando. Aquí parecía funcionar a la inversa. Ellos no tenían dominio sobre nada, en apariencia, aunque lo controlaban todo. Percibió estas pequeñas apreciaciones al observar sangre reseca sobre el monitor del cubículo contiguo. Era cierto. Ahí estaba. La señal de la resistencia, de la anomalía dentro del sistema.

Su monitor se encendió y parpadeó un par de veces antes de establecer una imagen nítida. Le llegó, a la vez, un mensaje a su móvil, una dirección. Se sentó y condujó.

Estaba llevando a los niños de vuelta a casa cuando se despistó. El coche salió brevemente de su carril y acabó de frente contra otro coche. Este tuvo que maniobrar para evitarlo, frenando y derrapando de forma brusca. Ante el chirrido de las ruedas, Alex se despertó y recondujo el coche. Los niños gritaron, excitados. Les había parecido muy divertido.

Al rato, cuando el coche estaba aparcado en el garaje de casa y no tenía ningún recado, apareció un hombre en su cubículo. Llevaba una camisa blanca, manchada con marcas de sudor. La cabeza calva, perlada por el mismo motivo. Se encaró. Descendió hasta la altura de Alex, sentado en su silla, y colocó un dedo sobre su pecho, amenazante. Golpeó varias veces antes de hablar. Alex pudo notar, cuando el otro abrió la boca, un nauseabundo olor a café.

-¿Tú eres el del 4BF, no? ¿El del Omega deportivo gris? Me he quedado con tu matrícula.

-¿Pe... perdón?

-¡Casi me matas, hijo de puta! ¿Te crees que se puede conducir así? ¿Dónde te han dado la licencia? ¿Estás ciego? ¿O solo eres imbécil?

Tantas preguntas atontaron a Alex. No entendía nada. El otro debió notarlo.

-Antes, cuando te saliste de tu carril y fuiste de frente contra otro coche. Era yo, imbécil. Casi me matas.

Volvió a repetir esa frase, esa expresión. Alex se la tomó por una forma de hablar, porque realmente él no iba en el coche, no había corrido ningún peligro. Alex iba a comentarlo, pero el hombre se adelantó.

-Vuelve a meter la pata una sola vez y te quedas sin curro, colega. Tengo tu matrícula.

El hombre se alejó, golpeando el suelo con cada paso que daba, hasta perderse a lo lejos, entre cubículos y columnas.

Aquella noche, Alex soñó con la ciudad. Una columna de humo ascendía, saliendo por encima de los edificios, contaminando el cielo. Todo se volvía gris, la gente tosía, daba bocanadas de aire, ahogada, buscando oxígeno, algo limpio que llevarse a los pulmones. En el centro de la ciudad, una pila de coches ardía. Dentro de ellos aún estaban los usuarios, golpeando los cristales y las puertas, intentando huir. Alguno se había rendido ya, otro se estaba fundiendo con el propio coche. El metal se retorcía, los aprisionaba, los convertían en un mismo ser. Alex lo contemplaba, tosiendo, ahogándose también. Dudaba entre ayudarlos o huir, lejos de la ciudad. Y el fuego no se detenía y el humo seguía ascendiendo y cada vez se veía menos. Hasta que no quedó nada más que esqueletos metálicos. Y el sonido del despertador.

No descansó. Cogió el ascensor, el tren, ya estaba en el cubículo de nuevo.

Llevaba a la mujer a un recado cuando comenzó a acelerar. Ella se había escaqueado del trabajo y le había pedido que llevase el coche hasta una tienda cercana de café en cápsulas. A la vuelta, le pidió que pasase un momento por el banco. En un túnel subterráneo, sintió la urgente necesidad de salir de allí cuanto antes. Él era el coche y el coche se agobiaba en los espacios cerrados, llenos de humo. Aceleró, aceleró. Al principio no le molestó a la mujer, pero cuando salieron del túnel y el sol le daba en la cara de forma intermitente, oculto tras los rascacielos, se dio cuenta de la velocidad que habían cogido. Se movían demasiado velozmente. Adelantó a un coche, luego a otro. Alguien soltó un exabrupto cerca de él, a pocos cubículos de distancia. Luego se metió en el carril contrario. Zigzagueaba entre los coches, giraba en las curvas, derrapaba en rotondas. En la nave, la gente comenzó a alterarse. Pero Alex estaba absorto. No sentía más que una urgencia por escapar, por huir. No sabía de qué. Algo le recorría la columna vertebral, llegaba hasta sus dedos y le obligaba a no soltar la palanca de velocidad. Empujarla más y más lejos de sí. La mujer, dentro, comenzó a soltar improperios. Luego gritos de auxilio. En la nave nadie hacía nada más que observar a un coche pasar cerca de ellos a una rapidez endiablada. Llegó hasta la entrada de otro túnel. Observó el abismo que hacía al descender. Vio, aunque no podía verlo, la nada que era aquella depresión. Más adelante había otro edificio, la carretera lo circunvalaba por debajo. Tuvo que frenar. Tan rápido como había empujado la palanca, la arrastró hasta él, frenando de golpe el coche.

La mujer en el coche salió despedida contra el parabrisas, que soportó todo el impacto. Pero al frenar y girar, intentando dar media vuelta, el coche no pudo consigo mismo y emprendió un viaje por el aire, dando vueltas de campana, que terminó con este boca abajo al final de la rampa. La mujer, aun dentro, herida pero viva, reptaba por una ventana, clavándose pequeños cristales en los brazos y el abdomen. No duró mucho. Alex los vio venir gracias a una cámara que aún aguantaba. Todo el mundo se calló durante un instante, aguantando la respiración. Ninguno pudo hacer nada.

El primer coche lo intentó, sin suerte. Frenó, igual que había frenado el Omega de Alex, para acabar estampándose de lado contra este. El usuario dentro comenzó a gritar e insultar como un energúmeno a la cámara de control que había dentro del vehículo. No pudo hacerlo durante mucho tiempo. El siguiente coche entró de frente, aplastando todo el morro contra el segundo coche, acabando con la vida de ambos usuarios. Los demás comenzaron a apilarse sobre estos tres. Chocaban, se subían, algunos solo se achataban por el impacto, otros intentaban esquivarlo y acababan empotrados en las paredes del túnel. El cuello de botella que era la entrada, dos carriles del mismo sentido cercados por una resistente construcción de cemento, ayudaron a crear el caos que se formó.

Alex había perdido la visión tras el segundo impacto. El silencio reinó en la nave durante un minuto. Era extenuante. Que alguien diga algo, por favor, pensó Alex. Pero nadie podía. Sus mentes eran incapaces de articular palabras. La mayoría de ellos eran demasiado jóvenes para haber visto nunca un accidente automovilístico, los otros lo suficientemente viejos para recordar cómo eran. Además, la mayoría de las conexiones visuales se habían caído a medida que los coches se empotraban y se arrollaban los unos a los otros. No tenían forma de conectar con aquella realidad. No sabían lo que estaba pasando. La mayoría prefería que fuese así.

Se llevaron a Alex en medio de la noche. Tras el alborozo causado aquella misma tarde, en el cual se interrumpieron todos los servicios de la ciudad, se devolvieron a sus usuarios a casa, aunque la mayoría prefirió caminar o coger el tren subterráneo, comenzó la investigación. Las autoridades competentes, la Dirección de Tráfico, no estaba preparada para tamaño accidente. Solían avisar de faros rotos, poner multas en coches mal aparcados y nada más. Lo cierto es que aquella semana había sido atareada, tenían ya a sus espaldas dos muertes y dos vehículos en siniestro total. Pero eso era responsabilidad de la policía y demás cuerpos de la ley. Los asesinatos, pese a todo, se seguían cometiendo. Cuando llegaron al lugar del accidente, de las seis personas encargadas de investigar la zona, cuatro de ellas tuvieron que vomitar antes en una papelera cercana. Entonces se pusieron manos a la obra. Juana, la capitana de la brigada, lo miraba todo con un aire desdeñoso. Estaba mayor y las primeras canas florecían en su cabello, golpeando su frente. Un accidente así iba a pasar tarde o temprano. No podrían evitar la entropía durante tanto tiempo.

Descendió la cuesta hasta el final. Bajo todos los coches, por lo menos dos docenas, había uno. Gris, deportivo. Aún se adivinaba su estilizada figura, pese a todos los golpes. Podía ver, por las marcas del asfalto, que se había detenido mucho antes de donde estaba realmente. Los golpes y empellones producidos por el resto de vehículos lo empujaron hasta ahí. Dentro y saliendo por la ventana del conductor había medio cadáver. Ese no era su trabajo, desde luego. Sino saber cómo había llegado una persona a convertirse en medio cadáver, cuando un profesional con años de experiencia, suponía, manejaba un coche que era la envidia de la tecnología más puntera. Más adelante estaba la matrícula. Anduvo un par de pasos hasta ella. Introdujo el número en su móvil y le salió un rostro, un código y una dirección.

Estaba presente cuando se lo llevaron. Le permitieron vestirse y adecentarse un poco antes de salir de casa. Alex no dijo nada en todo el tiempo. Juana creyó, le parecía, que se había resignado.

Lo montaron en un coche de policía. Era la primera vez en mucho tiempo que se montaba en un coche. Desde el instituto, más o menos. Se sintió menos cómodo de lo que esperaba. Frente a él iban un hombre, joven, elegante, pero con el aspecto típico de un funcionario mal pagado, y una mujer, dura y mayor.

-Lo que haremos ahora -le explicaba el hombre- será llevarte a la comisaría. Te vamos a interrogar, puedes llamar a un abogado si quieres, pero es puro trámite. Allí puedes dar tu versión de los hechos. Luego pasarás a disposición judicial, que seguramente acabe contigo en el calabozo durante un tiempo sin fianza. La has liado buena.

Alex no respondió, apenas levantó la cabeza. Solo podía mirar al suelo enmoquetado del coche. Aquello debía ser complicado de limpiar. Había visto a sus usuarios comer de todo en el coche, hacer todo tipo de actividades y ensuciarlo de formas imposibles. Y él lo llevaba, diligentemente, hasta una zona de lavado cercana. Nunca se había fijado, no tenía ni idea, de que el suelo estaba enmoquetado.

-¿Por qué? -preguntó la mujer.

-Juana, por favor, aquí no -cortó el hombre.

-¿Por qué que? -respondió Alex.

-¿Por qué aceleraste? ¿Por qué frenaste luego? ¿Por qué no dijiste nada o avisaste? ¿Por qué dejaste que sucediera?

-¡Juana!

Alex levantó la cabeza y la miro. Juana se sorprendió ante su actitud. No era nadie prepotente, no se había resistido, no había desafío en sus ojos. En los otros dos sí. Creían en otro mundo, un tiempo pasado o futuro, no sabía bien, donde todo era más justo y los coches no los dominaban a todos. Pero este era... Aburrido. Juana perdió el interés.

-No lo sé -respondió Alex, confirmando el tedio de Juana, hundiéndola aún más. No le iban a sacar nada.

Lo metieron en otro cubículo. Una mesa de metal, una silla de metal, las manos esposadas, en frente otra silla de metal. Espero durante un tiempo infinito que se le hizo corto y llegó el mismo hombre que lo había acompañado en el coche. Le hizo un torrente de preguntas obvias, exactamente las mismas que le había hecho la mujer en el trayecto desde su casa hasta allí. Era incapaz de responder a ninguna. ¿Cómo podría? O no sabía o no le interesaba. Le llamaba la atención, eso sí, lo similar que era aquel sitio, lo poco que pudo ver de él, a su apartamento o la nave donde trabajaba. Los colores eran similares, las formas que adquirían las paredes al encontrarse con los suelos o al torcerse. Era como si nunca hubiese salido realmente de su puesto de trabajo. El otro hombre siguió hablando mientras él contemplaba las esquinas oscuras del techo, la puerta metálica que encajaba a la perfección con la mesa y las sillas y, por último, el traje gastado del hombre, el mismo corte imperfecto, el mismo tono cansado que el de su jefe. Todo era tan familiar que comenzó a tener sueño. Era de madrugada, después de todo.

El hombre se retiró, tras permanecer allí apenas una hora, extasiado ante la indiferencia de Alex. Era un caso perdido. Al rato, entró la mujer. Juana no llevaba nada más que un par de cafés en la mano. Le ofreció uno a Alex. Este lo cogió, alegrándose por tener algo caliente entre las manos. Juana no dijo nada durante largo rato. Alex miraba a la superficie marrón de la bebida. Era un buen café, sin duda. Algo cargado, pero sabroso.

-¿Sabes cuánta gente ha muerto hasta ahora?

Alex negó con la cabeza, sin apartar la vista del vaso.

-Ocho personas, de momento. Tenemos a cuatro más en un estado bastante grave y una docena de ellas heridas, pero estables. Veinticuatro coches totalmente siniestrados. Una veintena de conductores en estado de shock desde esta tarde, cuando comenzaron a asimilar qué había pasado. Grabaciones filtradas en todas las redes. El peor accidente de carretera en los últimos treinta años. La nación está histérica. Temen que volvamos otra vez a la crisis. Que perdamos fe en el sistema. Y todo gracias a ti.

Alex ni se inmutó. Dio un sorbo largo al café, se lamió los labios al terminar.

-No me interesa saber por qué lo hiciste, tú sola presencia aquí ya me pone un tanto nerviosa... Supongo que lo lleváis implantado en el subconsciente.

-Yo... -Alex quería decir algo, pero no sabía el qué-. No soy como el resto. A mí me gusta esto. Está bien. Al menos tenemos esto.

Juana lo observó, de arriba a abajo. No dudaba de su voluntad, pero tres en una semana no era una coincidencia. Más si sumaba los últimos seis en los anteriores cinco meses. El ritmo iba creciendo exponencialmente. Y ya les costaba mucho trabajo esconder al mundo los casos de conductores desquiciados. Se levantó y golpeó en la puerta. Un guardia la abrió desde el otro lado. Miro a Alex, que apuraba lo que le quedaba de café. Habló brevemente con el guardia y este fue a por Alex, lo cogió por un brazo y le obligó a caminar tras Juana.

Comenzaron a descender.

Un pasillo, igual que el del edificio de Alex o el que llevaba hasta el tren, apareció ante ellos. Estaban bajo tierra. Se podía notar la superficie por encima. Al final del pasillo había una puerta toda de plexiglás, gruesa, dura, resistente. Al otro lado, otro hombre uniformado. Les abrió y los dejó pasar.

Más allá, más pasillo. Pero algo se movía en los laterales. Incrustados en las paredes había pequeños cubículos no muy grandes, iluminados con un fluorescente que apuñalaba los ojos y hacía doler la cabeza. Dentro, hombres y mujeres, casi una decena de ellos en una decena de cubículos. La pared que daba al pasillo era plexiglás, igual que la puerta, dos capas del material duro, transparente y grueso. Alex reconoció a la mujer que se habían llevado hacía un par de días. Esta se acercó hasta la puerta de la celda y golpeó con los nudillos, como si estuviera llamando a alguien.

-Llega la rebelión, llega la rebelión.

Y se alejó, como un ciervo asustado.

El resto estaban más o menos en la misma situación. Gritaban, se agitaban emocionados y proclamaban la llegada de algo más grande que ellos, más bello que todo, más vivo que el metal y más rápido que la velocidad misma. Alex, al principio asustado, comenzaba a comprender aquello. Entendía el lenguaje usada. Por momentos, lo notaba como suyo.

Llegaron al final del pasillo, donde otra celda igual que las anteriores permanecía vacía. Había un catre con un colchón fino como un papel, un váter, un lavabo y nada más. Juana le hizo un gesto con la cabeza al guardia y este cacheó a Alex por entero. Luego le hizo entrar. Encima del catre aguardaba un mono blanco. El guardia desnudó a Alex, ante la mirada de Juana, y luego le puso el mono. Sólo entonces comprendió Alex que su fortuna sería la misma que la del resto de sus compañeros. Cuando el guardia cerró la puerta y se marchó, Juana seguía allí.

-No me podéis dejar aquí. De verdad, lo siento. No sé qué pasó.

-Tampoco podemos dejarte libre. Eres un virus, como el resto de los que están aquí. Tenemos que conteneros y apartaros del resto de la gente.

-¿Y cuando seamos cientos? ¿Cuándo ya no haya coches por estrellar porque ya estarán todos en el desguace?

-Entonces dejaremos arder la ciudad.

Juana se retiró. Alex pudo oír sus pisadas, seguras y potentes, hasta que cruzó la puerta. Obligado a tranquilizarse, se sentó en el catre y miró a la celda de enfrente. Estaba aun vacía. Pensó que, si todo seguía así, pronto la llenaría alguien. No sabía qué significaba la palabra rebelión, pero sintió que era exactamente aquello. La ciudad ardiendo.

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