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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Viernes, 19 de julio de 2019

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El superpoder

No es sencillo crecer sin poder comunicarte de manera normal. De bebé, mi incapacidad para hacer saber a los demás cuándo estaba incómodo o cuándo me encontraba en una situación de peligro casi me costó la vida más de una vez. Mis padres tuvieron que instalar una cámara con detección de movimiento en mi habitación. Cuando me agitaba, la alarma se disparaba. Cuántas falsas alarmas, cuántas noches sin dormir pasaron por mi culpa.

Luego, a la edad a la que todos los niños empiezan a relacionarse de manera normal, yo tenía que gesticular con los brazos y las manos para comunicarme con los demás. Al poco tiempo vino la pizarrita... Tienes que aprender a leer y escribir antes que los demás, claro, más te vale hacerlo para hacerte entender y entender tú mismo el mundo en el que vives. La pizarrita se convirtió en una extensión de mi mismo, siempre tenía que estar conmigo.

 

A estas rarezas había que sumar mi extraño aspecto físico, del que fui tristemente consciente a una edad temprana. Me sentía excluido. El mundo no estaba hecho para mí. Pero digamos que al final lo asumí. No me quedaba otra.

 

Desgraciadamente, mis rarezas no se terminaron ahí.

 

Descubrí que tenía premoniciones. De alguna forma, había situaciones en las que sabía lo que iba a ocurrir cuando nadie más podía saberlo. "Alguien viene a casa ahora mismo" decía yo a mis padres a veces. "Están a punto de llegar". Mis padres me miraban y se reían. Entonces, apenas unos segundos después, alguien llamaba a la puerta del piso. Podían ser mis tíos, podía ser un vecino. Mis padres empezaron a mirarme raro.

 

También era capaz de notar presencias. Podía notar si había alguien en una habitación contigua. A veces podía incluso percibir lo que estuvieran haciendo. Esta transgresión de la intimidad de los demás resultaba inquietante, así que mis padres me pidieron que no mencionara a nadie mis habilidades.

 

Mis padres me llevaron a médicos y a psicólogos para averiguar qué me pasaba. Nadie daba con una explicación plausible. Se sabe que los niños que sufren alguna incapacidad sensorial pueden desarrollar de manera extraordinaria el resto de sus sentidos, pero nadie había oído jamás que alguien desarrollara dones premonitorios o la capacidad para notar presencias de manera extrasensorial.

 

Luego mis padres recurrieron a médiums, hechiceros, y todo tipo de sacacuartos aprovechados. No averiguaron nada.

 

Un día mis padres me dijeron que era adoptado. Bien, eso podía explicar por qué era diferente a ellos físicamente, siempre lo había sospechado. Pero, ¿cómo podía eso explicar todo lo demás que me ocurría?

 

Un día vinieron unos tipos del ejército y hablaron con mis padres. Los militares me llevaron con ellos.

 

 

Comprender el origen de mi diferencia me marcó durante el resto de mi vida.

 

Resulta que las condiciones de mi adopción fueron más extraordinarias de lo que me había imaginado. Mis padres me rescataron de un naufragio de una nave alienígena cuando apenas era un bebé. Los militares conocían ese naufragio y ataron cabos.

 

Los científicos del ejército llegaron a la conclusión de que mis extrañas debilidades y capacidades se debían a las muy particulares condiciones ambientales en las que debió haber evolucionado mi especie.

 

Gork, el planeta en el que he vivido toda mi vida con aquellos a los que siempre he considerado mis padres (y seguiré haciéndolo), no es el planeta originario de la especie de mis padres y del resto de los habitantes que lo pueblan. Gork fue colonizado por la especie de mis padres, la especie firiniana, hace cientos de años. El planeta originario de los firinianos, Firin, no tiene atmósfera, pero Gork sí la tiene.

 

Los militares han deducido que el planeta del que procede mi especie también debe tener atmósfera. En ese ambiente, habría tenido sentido que los individuos de mi especie desarrollasen una capacidad sensorial para notar las débiles ondas que se trasmiten a través de los gases. Resulta que los científicos han observado que esas ondas pueden aportar mucha información acerca de los eventos que suceden en nuestro entorno.

 

Muchos años después descubrí, por motivos que no viene al caso contar en esta historia, que la gente de mi especie llama a ese sentido oído.

 

Los firinianos se comunican entre sí por medio de un código de colores brillantes que emiten con su piel. Al no haber atmósfera en el planeta originario de los firinianos, el sonido no se trasmite en él, así que la especie firiniana no tuvo ningún motivo para desarrollar el sentido del oído. Sin embargo, cuando yo era bebé emitía sonidos, así que nadie me entendía. No era capaz de iluminar mi piel para emitir colores con ella. Mi especie no tuvo que desarrollar dicha capacidad para comunicarse, pues mi especie podía comunicarse a distancia emitiendo sonidos. Así que me encontré en un mundo en el que no podía comunicarme con los demás de manera normal.

 

Fue una verdadera suerte que la atmósfera de este planeta fuera similar a la del planeta de mi especie. De otro modo habría muerto asfixiado, un concepto que apenas pueden comprender los firinianos. Bueno, quizás no fuera tanta suerte. Quizás mi especie estaba explorando este planeta debido, precisamente, a dicha coincidencia.

 

Ahora comprendo mis capacidades inusuales. De pequeño sabía cuándo venía alguien a casa porque antes oía el ascensor llegar a nuestra planta. Podía saber si había alguien dentro de la habitación contigua porque podía oír si alguien se movía dentro. Los firinianos no son muy silenciosos en sus movimientos. ¿Por qué iban a serlo?

 

Durante un tiempo se me ocurrió la idea de usar mi superpoder para hacer el bien a los que me rodean. Había incluso diseñado un llamativo uniforme que me serviría para ocultar mi identidad durante mis acciones benefactoras.

 

Luego pensé que tal cosa sería una chorrada.

 

Finalmente mi uní a la central de inteligencia de mi país. Esta habilidad mía fascina al ejército. Ninguno de los demás países firinianos de este planeta o de otros cuenta entre sus habitantes con alguien que oiga. Los sensores artificiales de sonido fabricados por los firinianos no tienen ni la décima parte de capacidad que yo para identificar con precisión qué emite cada sonido y de dónde viene. Así que soy muy especial.

 

Puede que algún día les cuente mis aventuras.

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