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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 20 de julio de 2019

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Luces y sombras de la fantasía científica soviética II: de la guerra patria al deshielo de 1956

En esta segunda entrega dedicada a la ciencia ficción soviética, analizamos algunas de las obras y autores destacados publicados entre 1937 y 1956. La primera de las fechas marca el apogeo de la hegemonía estalinista, mientras la segunda se caracteriza por una tímida y efímera apertura del sistema, debida fundamentalmente a las tortuosas luchas y depuraciones llevadas a cabo después del deceso de Stalin. En términos generales, las décadas de 1930-1950 se caracterizan principalmente por la extirpación violenta de la disidencia, para cuyos fines la Gran Guerra Patria y el posterior establecimiento de la confrontación con Occidente fueron de gran ayuda. La otra característica es el finalmente fallido intento de uniformización total y un extendido hermetismo basado en una progresiva desconfianza mutua, que supone una sublime materialización moderna de la máxima romana divide et impera. Abandonada ya la época de la utopía, la literatura de ciencia ficción se vuelca, al menos de forma oficial, en una vía de educación, formación técnica y de exaltación de los logros que la construcción del socialismo habrá de aportar, moralmente sustentada por la victoria soviética en la II Guerra Mundial y el impresionante desarrollo científico e industrial que la sigue. La industrialización del país, defendida ya en tiempos de la Revolución, constituye la primera y principal obsesión del Estado, y será esgrimida como el principal estandarte ideológico hasta la época en que sea reemplazado por la carrera y conquista espaciales

 

Son realmente muy pocas las antologías y colecciones, tanto rusas como extranjeras, que recopilan o recogen textos escritos entre 1940 y 1956, principalmente debido a la generalmente baja calidad de las obras, así como a su previsible uniformidad. La relativa pobreza de la producción de ciencia ficción en esta época, en términos cualitativos, puede colegirse asimismo de la bibliografía incluida en la monografía crítica de Anatoly F. Britikov (véanse las referencias de la primera parte de este ensayo), considerado como el mejor analista y el más solvente entre los críticos del género, donde para el período 1941-1956 se enumeran tan sólo 96 novelas y relatos dignos de mención, o que se ajusten realmente al género.[1] En este sentido debe decirse que cientos de publicaciones propagadas como ciencia ficción no eran realmente tales, sino disquisiciones técnicas o científicas extrapoladas a un futuro (próximo), en ocasiones llenas de elementos puramente fantásticos, motivo por el cual Britikov los descarta en su enumeración.

 

En este brillante estudio, el autor sentenciaba certeramente que "una vez que se haya consolidado el socialismo, la felicidad consistirá en morir por la humanidad, para que las gentes, a falta de otros enemigos, puedan perecer en su lucha contra la naturaleza". Esta sentencia resume la esencia de la actitud oficial soviética en lo que concierne al medio ambiente. Desde la primera etapa del estalinismo hasta la muerte de Brezhnev, la destrucción y progresiva contaminación del medio natural será una práctica constante. La fiebre por las infraestructuras ciclópeas, al margen de su posterior utilidad real, consumirá cantidades ingentes de recursos técnicos y humanos, teniendo en algunos casos unas catastróficas consecuencias ecológicas, intencionadas o accidentales. La falta de planificación o de interés en la conservación de los ecosistemas (y los pobladores de éstos) transformó extensas partes de la Unión Soviética en eriales irrecuperables, de los cuales algunos siguen catalogados entre las localizaciones más contaminadas del planeta. La alteración de los afluentes y la indiscriminada explotación del mar de Aral es probablemente el ejemplo más notorio, aunque no constituye el más insalubre, que corresponde al lago Karachai en las proximidades de Chelyabinsk-40, empleado durante décadas como depósito de residuos nucleares, con un grado de contaminación que hace palidecer aquellos registrados en 1986, después del accidente de Chernobyl.[2] Este desdén ecológico está plenamente justificado en términos del materialismo dialéctico vigente, que establece que el hombre y la naturaleza están en oposición, por lo que el medio natural debe ser sometido a la fuerza y jugar un papel puramente utilitario.

 

El exponente más destacado de esta tendencia filosófica oficial es Grigori B. Adamov,[3] antiguo revolucionario y autor escrupulosamente fiel a los dictámenes gubernamentales. Sus obras tratan de forma reiterativa de magnificar los titánicos esfuerzos del pueblo para industrializar una nación tecnológicamente atrasada, transformando la naturaleza sin consideraciones de ningún tipo. Implícitamente, estas obras reflejan la experiencia del autor como corresponsal para la prensa industrial, y dejan traslucir un profundo desapego por el pasado agrario de Rusia, así como un desinterés en toda ciencia no estrictamente técnica. Adamov es posiblemente uno de los más férreos defensores del catálogo zhdanovista sobre disciplinas prohibidas, que marcaba estrictamente los temas que podían tratarse y aquellos que estaban proscritos. Aunque se trata de un autor mayoritariamente anacrónico y pasado al olvido, tres de sus  obras son meritorias, al menos desde el punto de vista técnico y la cronología.

 

La primera de ellas, titulada Los conquistadores del subsuelo (1937), narra la epopeya de un héroe del pueblo en su busca de una nueva forma de energía, para lo cual construye un ingenio que le llevará al subsuelo terrestre, en reconocible imitación del estilo de Verne. La trama, si de tal puede hablarse, se resume en un largo y detallado compendio de detalles técnicos, principios geotérmicos y descripciones geológicas calcadas de los eruditos artículos y monografías del académico Vladimir I. Vernadsky. Esta soporífera tendencia se mantendrá en obras posteriores de Adamov. La segunda novela, publicada en 1938 y cuyo título es El misterio de dos océanos, relata el viaje de un extraordinario submarino llamado Pioner desde Leningrado a Vladivostok, con el fin de reforzar la flota oriental y así detener las intenciones expansionistas japonesas.[4] En esta ocasión, el paciente lector será bombardeado con multitud de datos sobre biología marina y botánica, sin que el argumento en sí mismo pueda definirse como cautivador. El mérito histórico de estas composiciones es haber servido de inspiración a toda una generación de ingenieros soviéticos, muchos de los cuales participarían posteriormente en las inmensas obras de ingeniería civil desarrolladas a lo largo y ancho de la URSS.

 

El destierro de los amos, obra póstuma aparecida en 1946, es posiblemente la mejor de las tres grandes novelas de Adamov, y la más próxima a lo que se entiende generalmente como ciencia ficción. La acción transcurre en la segunda mitad del siglo XX, con un comunismo ya sólidamente establecido y un desarrollo tecnológico sin precedentes. El joven científico Lavrov, en compañía de

la heroína Irina Denisova y Nikolai Berezin, desarrolla un procedimiento para incrementar la temperatura del Ártico y así facilitar su navegación durante todo el año, convirtiendo el ártico soviético en un oasis. Al margen del posterior desarrollo mezquino de la trama, con Berezin vendiéndose a una potencia extranjera a causa de unos pueriles celos y la consiguiente trifulca con el héroe Lavrov por la victoria, esta novela es uno de los primeros ejemplos de la ciencia ficción soviética en representar con cierta credibilidad la grandiosidad de la industria estatal. Por absurdo (y peligroso) que parezca, existió realmente un proyecto de esta índole, impulsado por el geógrafo Petr M. Borisov desde 1957, aunque ya en el siglo XIX se había barajado la posibilidad de alterar las corrientes en el estrecho de Bering.[5] La minuciosidad con que se describe el citado proyecto, su preparación y su ejecución son más cercanas a un estudio técnico que a una novela, y sirven de referente para entender como en un breve lapso temporal, la infraestructura técnica soviética pudo avanzar de forma trepidante. No obstante, los personajes de Adamov no dejan de ser meras sombras, sujetos estereotipados, planos y sin personalidad propia, una tendencia que será muy frecuente en la literatura de esta época. La influencia de Adamov es inmediata, siendo sus motivaciones imitadas por una mayoría de escritores. Todo ello reduce la literatura de ciencia ficción a dos clichés principales: la enconada lucha contra la naturaleza y la lucha del bien contra en mal, que comprende, como es fácil deducir, el enfrentamiento con los corruptos occidentales y los disidentes. Muchos de estos textos, a diferencia de los anteriores a la guerra, desprenden un declarado odio hacia todo lo que no sea soviético, extendiéndose en ocasiones a las naciones supuestamente aliadas.

 

Si una de las notorias características de la ciencia ficción occidental entre 1930-1950 es la acción bélica espacial, de la que derivan algunas de las más conocidas sagas, el elemento bélico en la ciencia ficción soviética está limitado, casi sin excepciones, a la lucha de la URSS contra la intervención extranjera y los movimientos anticomunistas autóctonos. Debe reseñarse, no obstante, una marcada diferencia entre las motivaciones subyacentes a los relatos anteriores y posteriores a 1937. En este contexto, Sergei M. Beliaev (no confundir con Alexander R. Beliaev) combina la temática bélica con la de ciencia ficción, anticipando un clima de hostilidad declarada y un enfrentamiento soterrado de la Unión Soviética con el resto del mundo. Literariamente, el logro más destacable de este autor es la transformación de las grotescas y risibles figuras del agente o espía extranjero aparecidas en los libros publicados con anterioridad a 1932 en temibles sombras que amenazan no sólo a la sociedad, sino a la civilización entera. No puede negarse la habilidad del autor en imbuir un sentimiento de desconfianza y desasosiego en el lector, para lo cual los trágicos acontecimientos registrados en Europa desde 1933 en adelante constituyeron una fecunda fuente de inspiración. Estas alegorías literarias serán la base del secretismo que marcará a la sociedad soviética durante décadas. El individualismo y, hasta cierto punto, la misma originalidad serán propagadas como motivo de sospecha de disidencia y delito, lo que justificará, al menos en el plano político, el vejatorio trato dispensado a la población soviética durante y después de la guerra. Entre las novelas de Beliaev oficialmente aclamadas por su entusiasmo nacionalista, enumeramos El caza 2Z (1939) y El décimo planeta (1945),  panegíricos patrióticos y en ocasiones incluso patrioteros. La novela El señor de los rayos (1947), por otro lado, relata los esfuerzos de los científicos soviéticos para extraer energía electromagnética de la atmósfera y transportarla a largas distancias sin necesidad de tendidos eléctricos (la analogía con los célebres experimentos de Nicola Tesla en Colorado Springs es clara). Al margen de la descripción de las dificultades que experimentan los científicos para implementar este ambicioso programa, la trama se centra principalmente en relatar los incidentes, errores y sabotajes que sufre el proyecto, siendo en este sentido una mera novela de misterio con elementos científicos. Los protagonistas, de los que apenas se esbozan unos trazos, actúan no obstante de forma ilógica, lo que le resta credibilidad al texto. Es interesante observar que los conflictos que experimentan los científicos descritos son, hasta cierto punto, incompatibles con la supuesta fidelidad al régimen, aunque generalmente estas ofuscaciones son explicadas como consecuencia de influencias externas que anulan la resistencia del individuo, lo que refuerza, como es intención del autor, la sugerencia de una intensificación del control por el colectivo. De esta forma, la figura literaria antaño predominante del sabio aislado y potencialmente peligroso, cuando no abiertamente enajenado, es progresivamente reemplazada por el técnico perteneciente a un colectivo o por un jefe científico de laboratorio, cuyas motivaciones y reacciones están siempre controladas por una inquebrantable fe en el partido y las máximas del marxismo dialéctico. La misma tónica puede encontrarse en otros autores-panfletistas como Serguei Ya. Rozval y sus novelas antiimperialistas, de las cuales Rayos de vida (1949) es la más conocida.

 

Los relatos de Emanuel S. Zelikovich, antes de volcarse en la popularización científica en 1940, tales como Un invento peligroso, suponen una interesante excepción, que indica que no todos los autores acatan ciegamente la premisa del sometimiento de las fuerzas naturales sin pensar en las potencialmente desastrosas consecuencias. En este breve relato se cuenta como un inventor solitario trata de perfeccionar un aparato para eliminar las partículas de polvo en la atmósfera. Unos inconscientes técnicos, en ausencia del profesor, accionan el mecanismo antes de que esté preparado, con consecuencias catastróficas para el clima. Después de ingentes esfuerzos, el profesor logra invertir el proceso, aunque perece durante la experiencia. 

 

 

Las obras de Vadim D. Okhotnikov y Vladimir I. Nemtsov son una excepción a esta regla, al estar enfocados a problemas de índole más personal, así como estar más influenciadas por las actividades científicas y técnicas de estos autores. Valgan como ejemplos el volumen recopilatorio de relatos El mundo de la investigación (1949), así como la novela Vía a las profundidades (1950), en las que los protagonistas son siempre ingenieros, casi poetas de la técnica, dedicados en cuerpo y alma a la creación de nuevos aparatos y técnicas que faciliten la explotación de los recursos naturales, pero sin el afán destructivo que caracteriza a los pedantes pragmáticos. La lucha entre el idealismo del héroe y la cerrazón de las autoridades se salda con la victoria del primero, generalmente ayudado por los altruistas komsomoles. Un elemento interesante de los relatos de  Okhotnikov es su empeño por el secretismo en la producción, con el fin de evitar que los logros técnicos sean expoliados por entes extranjeros. Esta posición no carece de base histórica, dado que, antes de la Revolución, muchos descubrimientos de científicos rusos fueron patentados, cuando no abiertamente usurpados, por inventores extranjeros, al no ofrecer el gobierno zarista ayuda ni apoyo alguno a los eruditos e inventores.

 

En La bola de fuego (1946), Vladimir I. Nemtsov narra las peripecias de un radiotécnico para rescatar a su mentor de un inmenso incendio declarado en la taiga siberiana por la caída de un meteoro. Con la ayuda de un inventor y su fabuloso tanque, inmune al calor y las radiaciones, el protagonista emprende el peligroso viaje y logra no sólo rescatar a su viejo profesor (y su hija), sino encontrar asimismo los restos del cuerpo celeste desencadenante del desastre. Llegados a este punto del relato, comienza una sesuda discusión sobre los efectos del fuego en la ondas de radio y los diamantes artificiales encontrados entre los restos del meteoro. Al margen del entusiasmo sobre las aplicaciones industriales de éstos, no falta la lección moralista del comisario de la expedición, que sentencia que son los abnegados rescatadores los verdaderos diamantes, ya que en ellos se ha cristalizado la esencia del nuevo hombre (soviético). Los elementos técnicos y humanos se convierten así en símbolos para dignificar la entrega desinteresada de un pueblo a un ideario. En la misma línea se sitúa La mina de oro (1948), que trata sobre las explotaciones petrolíferas en Bakú y la rivalidad entre dos ambiciosos ingenieros para poner en funcionamiento un método de extracción de crudo que sea perfecto. La esposa de uno de los protagonistas funge como catalizador para la reconciliación y asociación de los ingenieros, de la cual surge, en combinación de ambos conceptos, la solución óptima que marcará una nueva era en el desarrollo del país.     

 

A juzgar por estas características, es innegable que la llamada novela del realismo socialista, no solamente aquella dedicada a la fantasía científica, es por lo general estética y literariamente superficial, cuando no declaradamente anodina. Como se ha indicado anteriormente, su misión principal es la de educar e implantar una línea de pensamiento, así como sofocar la individualidad en favor del colectivo, lo que garantiza asimismo una mayor posibilidad de control.[6] Las directrices que establecen la exaltación triunfal de la industrialización y la colectivización estrechan las posibilidades del contenido netamente literario, dejando poco margen a lo que no sea una crónica o un texto propagandístico. Por ello, como ilustran los ejemplos anteriores, una gran parte de la producción de ciencia ficción en esta época es más próxima a la divulgación científico-técnica que a la literatura. Se trata esencialmente de ensalzar la ciencia soviética en yuxtaposición a la occidental, así como de aportar largas y en ocasiones tediosas descripciones, sean éstas teóricas o relativas a las implicaciones morales y filosóficas del materialismo dialéctico, para justificar la actitud stajanovista del héroe y reforzar la formación de la conciencia comunista del pueblo soviético. Al margen de estas observaciones, y pese a esta estrechez de miras y ausencia de atrevimiento literario, algunas de las producciones compuestas siguiendo el canon del realismo socialista son llamativas y de marcado interés, no por su estilo o profundidad, sino por constituir un valioso testimonio documental de la época en que fueron escritas, dado que ponen de manifiesto cuales eran las preocupaciones científicas y técnicas (al menos, las civiles) del momento.

 

Okhotnikov y Nemtsov, además de ser dos de los autores más populares en las décadas de 1940-1950, se distancian significativamente de los escritores de producción por la meticulosidad de sus obras, así como por la seriedad y sobriedad de sus afirmaciones. Puede añadirse a esta lista el nombre de Victor S. Saparin, aunque sus obras están indefectiblemente influenciadas por los elementos tradicionales y fantásticos rusos (La desaparición del ingeniero Bobrov, 1948). El autor Boris Z. Fradkin merece una mención aparte. Inicialmente escritor de producción, a partir de 1950 se vuelca en la temática de ciencia ficción, a la que aporta algunas obras de interés tales como Historia de un cuaderno de apuntes (1954), en la que se relata la invención de un arma ultrasónica, o los relatos espaciales Caminos a las estrellas (1954) y Misterios del asteroide 117 (1956).   

 

Hacia 1950 comienza a desarrollarse un estilo más próximo a la narración que a la crónica periodística, pese a conservar aún ciertos trazos de esta última, y de la que pronto toman nota los autores de ciencia ficción. Basándose en los logros científicos y técnicos del momento, los autores tratan de extrapolar los avances que se conseguirán a corto o medio plazo, casi siempre de acuerdo con los planes estatales y las prioridades y prohibiciones establecidas por el sistema. Sin embargo, a diferencia de la década anterior, el ideario humanista renace, lo que significa una mejora cualitativa en las tramas y una descripción detallada de las motivaciones de los personajes.  

 

En este contexto conviene mencionar la interesante novela de Nikolai V. Lukin El destino de la apertura (1951). En ella se narra la historia de un ingeniero prerevolucionario llamado Lisitsyn, las dificultades que éste experimenta para desarrollar su trabajo bajo el yugo zarista, así como su noble empeño en busca de fuentes de alimentación artificiales, sintetizadas a partir de minerales y la transformación de la celulosa. Después de su muerte, el químico soviético Shapovalov encuentra los diarios de Lisitsyn y decide finalizar y ejecutar la obra inconclusa de éste. Con la ayuda de un grupo de asistentes, así como de las nuevas autoridades, que apoyan decididamente la investigación, Shapovalov resuelve el problema de sintetizar carbohidratos. La moraleja de la historia es que el trabajo desinteresado por el bien del pueblo, despreciado por una generación anterior, será culminado con éxito por la siguiente. La oposición del destino de ambos científicos, separados cronológica y socialmente, pero con un objetivo común, no deja de ser trágica, y Lukin concluye el texto con la sabia sentencia de Dimitri I. Mendeléiev "la semilla científica crecerá para proporcionar una cosecha nacional".

 

Otros relatos destacables siguen este estilo literario-tecnológico, que se aleja de la panfletaria infalibilidad de la ciencia soviética defendida por los pragmáticos oficialistas, y da mayor protagonismo a la psicología y las inquietudes reales de los personajes. Un buen ejemplo de ello es El subyugador de las tormentas eternas de Victor A. Sytin (1955), en la que los científicos tratan de construir una planta de energía estratosférica. Pese a que la prueba finalmente falla debido a turbulencias que no han sido adecuadamente consideradas en los cálculos, los sabios extraen las conclusiones adecuadas que avalan la viabilidad del proyecto, lo que les permite modificarlo y concluirlo con éxito. Nuevamente, la moraleja que se trata de transmitir es que las (buenas) ideas científicas no se pierden, aunque sus creadores no vivan para ejecutarlas. En este contexto debe citarse también el libro Mal tiempo subterráneo (1956) de Georgi I. Gurevich, en el que se relata la historia del vulcanólogo Gribov, el cual reniega de sus teorías para retomar los trabajos de un científico rival llamado Shatrov, fallecido antes de poder culminar un mecanismo infalible para predecir las erupciones volcánicas. Mediante este acto de remisión, Gribov retoma el testigo de Shatrov y acaba apendiendo a precedir con exactitud las erupciones. No obstante, su obra no acaba ahí, sino que se convierte en una pieza esencial de la construcción de una nueva ciudad, Vulkanograd, en la que se construirá una factoría que empleará por primera vez la actividad volcánica en la industria. Tras múltiples peripecias, la ciudad es finalmente erigida y en su plaza central, a modo de epitafio, se erige un monumento a Shatrov, declarado como "el primer hombre que descifró los volcanes".  

 

Aunque ambos textos tienen como sujeto la reiterativa y repetitiva temática de la búsqueda incesante de nuevas y efectivas formas de energía, las tramas están exentas de la violenta anexión y sometimiento exigido por los dictámenes oficiales, enfocando el problema del progreso desde una perspectiva más humanista.  

 

Los temas médicos o biológicos, en la tradición a veces obsesiva y parcialmente enfermiza de Alexander R. Beliaev, se recuperan y reflejan en los escritos de Yuri A. Dolgushin. Así, en el Generador de milagros (1946) encontramos a los protagonistas enfrascados en perfeccionar un método para matar un organismo y resucitarlo posteriormente, libre de enfermedades y afecciones. Habiendo ensayado con éxito su procedimiento en diversos mamíferos, los experimentadores deciden audazmente repetir el experimento con un ser humano, elección que recae en la heroína de la novela, Anna. De este ensayo se deduce que el proceso de revivificación es más largo cuanto mayor sea la escala evolutiva del sujeto de experimentación. En la tensa atmósfera del experimento, no falta en esta historia el sempiterno espía que trata de desbaratar el experimento y robar la información para transferírsela a una (malévola) potencia extranjera. No obstante, la mayor preocupación de los experimentadores no es la potencial amenaza del intruso, sino las implicaciones morales que se derivan del éxito del ensayo en los seres humanos. Un elemento sumamente interesante de este relato es el manejo de conceptos relacionados con la biónica, que puede considerarse pionero en la ciencia ficción, tanto occidental como soviética, por la época en que fue propuesto.

 

En Viaje al mañana (1952), el periodista y publicista Vasili D. Zakharchenko enumera de forma exhaustiva todos los progresos de las industrias energética, química, farmacéutica y agraria, así como los avances en las telecomunicaciones y la aerodinámica. Cabe decir que, pese al exagerado optimismo del autor, algunas de las ideas expuestas serían en efecto desarrolladas a lo largo de los años siguientes, aunque no siempre por sus paisanos. La principal crítica que puede hacérsele al libro es la extendida y ya comentada tendencia a describir los personajes como meros anexos a la producción, de la que se deduce la nula importancia que se le confiere al individuo, al menos por debajo de cierto escalafón técnico o político.   

 

Aunque atípico como elemento predominante en las novelas de posguerra, la exageración satírica, a veces grotesca, es una característica recurrente en algunos autores, principalmente en las composiciones del tipo novela-panfleto, con resultados muy variados y en ocasiones cuestionables en lo que se refiere a calidad. Hay, no obstante, destacables excepciones como Lazar' I. Lagin, principalmente conocido como escritor de obras infantiles, pero que aportó varias obras de sátira científica, en las que supo encontrar la proporción adecuada entre la sátira y lo ridículo. La más famosa es la novela La patente AV (1947), en la que el biólogo y médico Popf descubre una fórmula revolucionaria para aumentar y acelerar el crecimiento de organismos vivos. Aunque la intención del médico es ofrecer el elixir para paliar el hambre mundial, unos monopolistas tratan de comprar la fórmula para acaparar el mercado. Popf rehúsa y se ve implicado en una trama criminal que le lleva a presidio, con lo cual los monopolistas se hacen con el invento. Bajo la sombría influencia de un tal Alfred Vanderkhunt (cuyas iniciales dan título al libro), el uso comercial del elixir queda olvidado para destinarlo a crear una nueva raza de hombres altos y robustos, pero dotados de la inteligencia de un tierno infante. La finalidad de estas creaciones es obviamente servir como carne de cañón y mano de obra a precio de saldo. Ayudado por el pueblo, Popf es finalmente liberado, pero su laboratorio es destruido y sus derechos sobre su creación anulados. Lagin explota con astucia todas las posibles consecuencias lógicas de esta en apariencia absurda premisa, analizando asimismo las implicaciones políticas. No es casual que la novela transcurra en Argentina, en lo que suponemos que es una descarada alusión al régimen del general Perón.     

 

En un plano científicamente más especulativo y menos apegado a los estereotipos y convencionalismos impuestos se sitúa la obra de Alexander P. Kazantsev, ingeniero mecánico reconvertido en escritor y uno de los grandes divulgadores en astronomía y cosmonáutica, además de reconocido ufólogo y defensor de los llamados paleocontactos, rareza extrema dentro del ámbito soviético, probablemente tolerada únicamente por la gran reputación del autor. En el Huésped del cosmos, combinación de relato y artículo científico de divulgación, el autor propone una extravagante explicación del controvertido fenómeno de Tunguska (1908) como el resultado de la explosión de una nave extraterrestre.[7] Esta exótica hipótesis nació de la visita de Kazantsev a Hiroshima después de la guerra y de los paralelismos deducidos entre las observaciones de Kulik en Tunguska y los efectos de la explosión de la bomba nuclear.[8] Cabe observar que otros autores como S. Lem han empleado asimismo el fenómeno de Tunguska en sus relatos. Al margen de la credibilidad de estas especulaciones, el tono empleado por Kazantsev difiere radicalmente de otros autores. Aunque persiste la obsesión de doblegar la naturaleza a los fines de la sociedad, ya no se trata de explotarla salvaje y despiadadamente, sino de tratar de extraer sus secretos a través de su análisis minucioso. Los temas polares son recurrentes en Kazantsev, buen conocedor de estas latitudes. Ya en sus primeras novelas, como Puente ártico (1946), la temática se mueve en torno a grandiosos proyectos de ingeniería, en el caso que nos ocupa, un túnel submarino que una la Unión Soviética con Alaska a través del Polo Norte. El texto analiza asimismo problemas morales, como es el uso de reacciones termonucleares para el calentamiento del ártico, lo que plantea riesgos relacionados con drásticos cambios climáticos. A diferencia de otros autores como Adamov, la actitud de Kazantsev no es indiferente a las potenciales consecuencias destructivas de un proyecto de esta magnitud en la fauna y flora árticas.    

 

En esta misma época, mediados de los años 1940, emerge un autor que, al margen de la importancia capital que jugará en el deshielo y la tercera época de la ciencia ficción soviética, postula abiertamente un respeto por la naturaleza y una explotación controlada y sensata, con el fin de preservar aquello que ha costado millones de años en formarse. No es casual que Iván A. Efremov fuese paleontólogo de profesión, una interesante ocupación que le permitiría viajar a muchas de las regiones y localidades remotas de Siberia y Mongolia, así como analizar detalladamente la sabiduría popular y la tradición de los pueblos nómadas, conocedores de los secretos de esas inhóspitas regiones. El debut oficial puede fjarse en 1944, fecha de la aparición de una recopilación Relatos de lo extraordinario, que plasman tanto la experiencia personal del autor como algunas atrevidas hipótesis científicas, que, pese a parecer inverosímiles en el momento de su formulación, serían posteriormente confirmadas por el método científico. Los personajes, lejos del arquetipo del héroe, son eruditos cuya motivación es el conocimiento en sí mismo, un reflejo del verdadero protagonista de los relatos, que es la naturaleza con sus misterios aún no desvelados.  Efremov combina magistralmente la narrativa con especulaciones plausibles extraídas de su quehacer científico, basadas en la reflexión académica seria, y no en el temor de sobrepasar los límites autorizados. Dichas hipótesis, publicadas en revistas de su especialidad, habrían sido problemáticas o tachadas de impostura y fantasía, al no estar (aún) respaldadas por datos empíricos. No obstante, la progresiva exploración de estas regiones demostrarían que las extrapolaciones anunciadas por Efremov constituían una certidumbre científica. Como ejemplo de esta perspicacia científica podemos citar el hallazgo de diamantes en Yakutia, tal como postulaba en el relato La chimenea de diamantes (1944), donde los protagonistas descubren trazas del mineral kimberlita, indicador de la existencia de diamantes. Diez años después, en circunstancias harto similares,  se descubriría el primer depósito diamantífero de Yakutia. Con el establecimiento de la división siberiana de la Academia de Ciencias soviética en 1957,[9] que inicia un riguroso estudio de los recursos naturales de la Rusia oriental, el hallazgo de numerosas minas de diamantes en esta región no se hará esperar. Como anécdota mencionamos que Efremov fue ridículamente acusado de revelar secretos de estado sin autorización, pese a que en 1944 nada se sabía de los depósitos diamantíferos en aquella región, lo que muestra, una vez más, que la paranoia gubernamental es omnipresente. Otras predicciones de Efremov, como la existencia de pinturas rupestres, la existencia de fósiles prehistóricos o lagos de mercurio en altas latitudes, fueron asimismo confirmadas sucesivamente, siendo las circunstancias de su descubrimiento análogas a las descritas en sus relatos. Dejando de lado el aspecto académico, el gran valor de la obra producida por Efremov en esta primera época reside en crear una atmósfera en la que el lector, una vez sumergido en ella, experimenta con admiración las mismas sensaciones que el protagonista de cada relato. Esta maestría en la creación del ambiente es ciertamente una rareza en la ciencia ficción de estos años, comparable con la exhibida por Kazantsev en sus escritos menos polémicos. Es también anecdótico señalar que unos de los primeros relatos de Efremov, El secreto heleno, destinado a aparecer en la recopilación de Relatos de lo extraordinario, fue rechazado por la censura por ser considerado meramente fantástico, y no aparecería hasta muchos años después. La razón esgrimida fue que la "memoria ancestral" en la que se basa la trama, una especie de viaje temporal espiritual, era inadmisible en el marco materialista de las directrices zhdanovistas.   

 

Tanto Efremov como Kazantsev fueron capaces de reavivar el interés histórico y científico en las regiones polares soviéticas, ignoradas durante largo tiempo y casi exclusivamente empleadas como tierras de exilio y condena para los inadaptados. Ya en el siglo XVIII el gran erudito Mijail M. Lomonosov profetizaba que "la grandeza de Rusia surgirá de Siberia", aunque la política soviética tergiversará sus palabras para convertirlo en el precusor moral de la explotación sistemática e indiscriminada de los recursos naturales de esta inmensa y desconocida región. Debe indicarse, no obstante, que este egocéntrico desprecio por el legado de la naturaleza no era, por lo general, compartido por toda la élite científica. Así, el reputado Vernadsky publicó en 1926 su famosa monografía Bioesfera, obra capital en la que postula la vida como una fuerza geológica que da forma al ecosistema. Pese a ocupar un importante cargo en una comisión para la explotación de los recursos naturales, Vernadsky no renegaría nunca de sus postulados, que forman uno de los pilares de la ecología moderna.

 

A finales de los años cuarenta se observan ya ciertas fisuras en las tendencias prescritas para la ciencia ficción, como el lento abandono de las producciones afectadas de gigantismo en favor de la narrativa breve, pese a que el número de autores que exhiben su creatividad y originalidad es todavía muy reducido. En el célebre artículo Lo fantástico y la realidad, publicado en 1950 y debido al crítico Sergei Ivanov, se denuncia abiertamente la literatura de ciencia ficción no socialista como exenta de valor alguno, decadente y altamente perjudicial, mientras se ensalzan las virtudes y valores de una literatura de producción, basada, según este crítico, en la genial previsión de los autores rusos (la cita de Lomonosov es aquí inevitable). Algunos de los grandes temas de la ciencia ficción, como los viajes espaciales,[10] la conquista planetaria y  los viajes en el tiempo son condenados de manera fulminante. La fobia hacia los viajes en el tiempo, al margen de ser catalogados como una irresponsable evasión de las obligaciones del ciudadano con el Estado, tiene un germen más profundo en la condición proscrita de la Teoría de la Relatividad como ciencia.[11]

 

Sigue una larga enumeración de problemas que aquejan al escritor soviético, y en los que se recuerdan las "indicaciones históricas" de Stalin, referentes en particular a la gestión y tratamiento de las zonas forestales, siguiendo al pie de la letra la entonces dominante doctrina de Lysenko. En este ensayo, además, se critica y acusa explícitamente a diversos autores de haberse dejado "obnubilar por el americanismo", como es el caso de Gurevich por su novela El cohete humano (1947). Posteriormente, este mismo autor sería culpable de la imperdonable osadía de describir bosques poblados de álamos, en lugar de los robles que exigía el lysenkoismo.[12] Aunque este inquietante artículo reaviva las amenazas por desviaciones ideológicas, su reiterativa vehemencia es en cierto modo un indicativo de un reconocimiento en el debilitamiento creciente del sistema.

 

El fallecimiento de Stalin en marzo de 1953 hace tambalearse el régimen soviético hasta límites insospechados, desencadenando una lucha interna en la cúpula del partido que durará al menos tres años, de las cuales se derivarán nuevas purgas, aunque esta vez limitadas a los asesores directos de Stalin, como el temido Lavrenti Beria. Aprovechando esta breve relajación de la férrea censura, y para sorpresa de unos y escándalo de otros, a finales de 1953 la revista Nuevo Mundo publica un sonado artículo de Vladimir  M. Pomerantsev, en el que denuncia abiertamente que la literatura soviética está basada en el engaño y la ausencia de sinceridad. No deja de sorprender que un texto tan directo y clarificador, pese a las circunstancias excepcionales del momento, pasase el fino tamiz de los guardianes del pensamiento y fuese admitido para su publicación. Las respuestas de los burócratas, en su mayoría insultantes y malintencionadas, no se hacen esperar, y el atrevimiento de Pomerantsev no quedaría exento de castigo. Como era previsible, S. Ivanov es el más vehemente entre los atacantes. Aunque el aparato censor fue posteriormente reajustado para evitar nuevos cuestionamientos ideológicos como la osadía de Pomerantsev, el mensaje caló hondo en diversos autores, que comenzaron a elaborar magistrales parábolas aparentemente inocuas desde el punto de vista ideológico para transmitir su desafección por el régimen y su previsible estancamiento a medio plazo. Entre los oficialistas que no habían condenado plenamente el estalinismo, destacamos al conocido Ilya Ehrenburg, quién involuntariamente forjó el término de deshielo, debido a la homónima novela Ottepel', aparecida en 1954 como respuesta a la denuncia de Pomerantsev.[13]

 

La reacción a la supresión del veto oficial a los temas cósmicos, en vísperas además del lanzamiento del primer satélite artificial, no se hace esperar. En 1955 aparece 220 días de vuelo estelar, primera de las entregas de una trilogía cósmica debida a Georgi S. Martynov, y que puede considerarse como el prototipo de novela dedicada a la conquista espacial desde la filosofía soviética. Se relata como la nave soviética KS2, con una tripulación de cuatro hombres, aterriza en Marte para explorar la fauna y flora planetarias. Unos días más tarde aterriza un ingenio estadounidense, que ha fracasado en su intención de llegar en primer lugar, y su creador muere en un trágico accidente. Aunque el segundo expedicionario estadounidense es rescatado por los cosmonautas soviéticos, éstos no logran convencerle para que repare su nave y vuelva a la Tierra. La fatalidad se cierne sobre el equipo soviético cuando su comandante, retrasado en una misión de reconocimiento, no logra volver a tiempo antes del despegue programado de la nave KS2, quedando abandonado en Marte. Para sorpresa de los expedicionarios (que no del lector), el comandante repara la nave estadounidense y logra regresar a la Tierra incluso antes que la nave soviética. Resulta llamativo que para el inventor de la nave americana, Martynov eligiese el nombre de Charles Hapgood, que coincide con el del controvertido historiador, fundamentalmente célebre por sus estrambóticas teorías acerca de civilizaciones prehistóricas destruidas por cataclismos. 

 

El deshielo de 1956, a la par de su importancia histórica como primera revisión de los excesos estalinistas, supone por tanto el final de una segunda etapa en la literatura de ciencia ficción soviética, marcada por las prohibiciones y la falta de un amplio espectro temático. La novela de producción, aunque seguirá gozando de buena salud (que será reactivada con los logros espaciales y las hazañas de los cosmonautas) ya no es la única vía admisible. En esta fecha, y como defensa postrera de las tesis de Ivanov, el crítico Andrei D. Siniavsky declara en el manifiesto ¿Que es el realismo socialista? que "la mediocridad de la literatura soviética no es imputable al realismo socialista, sino a la falta de convicción de los autores que han aceptado sus reglas sin ser capaces de evocar imágenes inmortales".    

 

El punto final oficial de esta segunda etapa, así como el comienzo de la tercera, está caracterizado por la aparición de La nebulosa de Andrómeda de Efremov en 1957. Libro no exento de polémica, al significar el renacimiento de una enterrada utopía, la novela está confeccionada de forma tan sólida e ideológicamente impecable, que no tardará en convertirse en la obra de ciencia ficción soviética más aclamada, tanto por los amantes del género como por los estamentos oficiales, llegando a ser catalogado como el libro del cual surgió la ciencia ficción soviética moderna.[14]

 

En fechas posteriores a 1956, que podemos definir como la "tercera época de la ciencia ficción soviética", empieza a relajarse ligeramente el hermetismo oficial (debido en parte a la necesidad de publicitar mundialmente los logros cosmonáuticos) y los lectores occidentales, bien a través de ediciones aparecidas en los países satélites de la URSS, traducciones estatales (en ocasiones de dudosa calidad) o de traducciones profesionales extranjeras, tienen por fin la oportunidad, después de un lapso de treinta años, de asomarse nuevamente a la fantasía científica producida en Rusia. Descartadas ya las directrices dictadas en los años veinte por Zhdanov, los temas característicos de la ciencia ficción comienzan a ser tratados abiertamente, lo que conlleva la aparición de nuevos autores con una sólida formación científica que va relegando a una mayoría de los pragmáticos oficialistas al olvido. Esta nueva corriente, capitaneada por Efremov, estará formada por nombres bien conocidos a nivel internacional, como son los hermanos Strugatskii, Ilya Varshavski, Dimitri Bilenkin, Vladimir Savchenko, Ariadna Gromova, Sergei Snegov, Guennadi Gor, Olga Larionova o Alexander Meerov, entre otros muchos, que contribuirán al renacimiento y consolidación del prestigio de una fantasía científica reprimida durante tantos decenios.      

 

 

REFERENCIAS

 

ADAMOV, G. B. 1956 Das Geheimnis zweier Ozeane (Berlin, Neues Leben)

 

BERGIER, J. (Ed) 1972 Les meilleures histoires de science-fiction soviétique (Paris, Marabout)

 

BORISOV, P. M. 1970 Mozhet li chelovek izmenit' klimat (Moskva, Nauka)

 

CAMPOAMOR STURSBERG R. 2018 Sci °Fdi 19 30

 

CSICSERY-RONAY I. 2004 Science Fiction Studies 31 337

 

CHUMAROVA, N. 2015 Bohemica Litteraria 18 29

 

EFREMOV, I. A. 1959 Land of Foam (Boston, Houghton Mifflin)

 

EFREMOV, I. A. 1978 Olgoi-Jorjoi (Bilbao, Ediciones Albia)

 

EFREMOV, I. A. 1974 La Nebulosa de Andrómeda (Moscú, MIR)

 

HOWELL, Y. (Ed) 2015 Red Star Tales: A Century of Russian and Soviet Science Fiction (Montpelier VT, Russian Life Books)

 

KAZANTSEV, A. 1964 Le chemin de la Lune (Paris, Denoël)

 

KAZANTSEV, A. 1978 Alguien vino del futuro (Buenos Aires, Ed. Rodolfo Alonso)

 

KRINOV, E. L. 1949 Tungusskii' Meteorit (Moskva, Izd. Akad. Nauk SSSR)

 

LAGIN, L. I. 2001 The Old Genie Hottabych (Amsterdam, Fredonia Books)

 

LAHANA, J 1979 Les mondes parallèles de la Science-Fiction soviétique (Lausanne, L'Age d'Homme)

 

MAGIDOFF, R. (Ed) 1964 Russian Science Fiction (New York, New York Univ. Press)

 

MARTYNOV, G. 1977 220 días en una nave sideral (La Habana, Gente Nueva)

 

PARNOV, E. I. 1968 Sovremennaya nauchnaya fantastika (Moskva, Izdatel'stvo Znanie)

 

SANTOS, D. (Ed) 1986 Lo mejor de la ciencia ficción soviética I (Barcelona, Ediciones Orbis)

 

SANTOS, D. (Ed) 1986 Lo mejor de la ciencia ficción soviética II (Barcelona, Ediciones Orbis)

 

SANTOS, D. (Ed) 1986 Lo mejor de la ciencia ficción soviética III (Barcelona, Ediciones Orbis)

 

SAPARIN, V. S. 1978 El gulú celeste (La Habana, Gente Nueva)

 

SCHWARTZ, M. 2013 Slavic Review 72, 224



[1] De esta cantidad, una mínima parte ha sido traducida, con traducciones realizadas principalmente en la RDA y Rumanía, habiendo asimismo otras editadas en Cuba.

[2] Mediciones llevadas a cabo después del colapso de la URSS dieron un valor aproximado de 6 Sv/h (Sievert/hora), una cantidad letal en cuestión de minutos. Véase por ejemplo T. B. Cochran, R. S. Norris, K. L. Suokko 1993 Annual Rev. Energy Environ. 18, 507-528.

[3] Nombre real: Abram Borukhovich Gibs.

[4] La importancia que el estado soviético confirió a esta obra se deduce del hecho de que fuese inicialmente publicada en el órgano oficial Pravda, entre los meses de mayo y septiembre de 1938.

[5] La primera propuesta, meramente teórica, fue planteada hacia 1870 por el geólogo estadounidense Nathaniel Shaler. No obstante, no sería hasta 1957 cuando tales especulaciones comenzaron a ser tomadas en serio por un gobierno. Creemos por tanto que el "mérito" de haber sugerido tal audacia corresponde a Borisov.

[6] Los intentos de control social obviamente no se circunscriben únicamente a la ideología comunista, sino que serán disimuladamente desarrollados y fomentados por el occidente capitalista, entre otros, eligiendo otros medios que la historia ha demostrado que son estadísticamente más eficientes y edificantes.

[7] Aunque la idea original data de 1946 y fue defendida en una reunión de la Sociedad Astronómica en febrero de 1948, la versión novelada y su continuación son posteriores, apareciendo como los capítulos 11 y 12  en el libro de 1958 Huésped del Cosmos. Relatos polares (Moscú, Geografgiz).

[8] Debe observarse que la primera expedición científica a Tunguska en 1928, dirigida por Leonid A. Kulik, no pudo sino constatar la enorme extensión de los daños producidos. No sería hasta 1958, con las expediciones organizadas por el Comité de Meteoritos de la Academia de Ciencias soviética, cuando el fenómeno comenzó a estudiarse de forma sistemática. La hipótesis de que se tratase de un fragmento del cometa Encke sería propuesta por el astrónomo eslovaco L. Kresák en 1978 (Bull. Astron. Inst. Czechosl. 29, 129). Véase asimismo la referencia de E. L. Krinov.

[9] Los miembros fundadores de esta división fueron los académicos Mikhail A. Lavrentyev, Sergei L. Sobolev y Sergei A. Khristianovich.

[10] Esta actitud hostil frente a los viajes espaciales dará un giro de 180 grados una vez que la URSS haya establecido su primacía astronáutica con el lanzamiento del Sputnik I el 4 de octubre de 1957.

[11] Tanto la Teoría de la Relatividad como algunos importantes cosmólogos (Fridman) no serían rehabilitados hasta después de la muerte de Stalin, una vez descartadas las pseudociencias de Lysenko, Lepeshinskaya, etc.

[12] Nos referimos aquí a la novela El álamo impetuoso, aparecida en 1951.

[13] La novela en sí misma no se encuadra en la ciencia ficción, sino que es un ensayo para determinar los límites de la censura postestalinista. La historia que se relata es la vida de un despótico director de fábrica y su posesiva esposa. El deshielo, simbolizado por la primavera, coincide con la transformación emocional de los protagonistas.

[14] Véase la referencia de Chumarova para un estudio e interpretación de La nebulosa de Andrómeda desde una perspectiva moderna.

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