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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 25 de agosto de 2019

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Estado de empatía

Me despierto.

Otra vez vuelve a llorar ese maldito bebé del piso de abajo. Y otra vez lloramos a la vez todos los vecinos que vivimos en los pisos alrededor del suyo. Oigo al bebé, pero a mis vecinos no les oigo llorar. No hace falta, les siento llorar. Como ellos me sienten a mí.

Todavía entre lágrimas, me pregunto por qué ahora mismo tengo una erección, esto es absurdo. Ya deben estar follando los vecinos de arriba.

Olvidémoslo, quiero volver a dormirme. Pero me siento nervioso, parece que algún vecino está muy nervioso. Debe estar muy cerca. A juzgar por cómo me siento, probablemente sea algún vecino de esta misma planta, del C o del D.

De todas formas sé que, cuando por fin logre volver a dormirme, al poco tiempo volveré a despertarme sobresaltado, tan pronto como cualquiera de mis vecinos vuelva a tener una pesadilla.

El día en que nos volvimos... que nos volvieron empáticos, todo cambió. Empezó de repente, sin más. La gente empezó a ayudar a los desvalidos por las calles, pues el dolor ajeno simplemente parecía insoportable, todo el mundo necesitó de repente ponerle remedio. Supongo que eso fue bonito. Se cuenta que ese mismo día los asistentes a un combate de boxeo entraron en estado de shock cuando, de manera totalmente inesperada, comenzaron a sentir los golpes que se daban los púgiles entre sí. El público comenzó a huir despavorido, presa del dolor y el terror. Irónicamente, los dos boxeadores, tan acostumbrados a dar y recibir palizas, entraron también en pánico como su público, y huyeron como los demás. Así funcionan las cosas cuando todos nuestros sentimientos se contagian de quien tengamos cerca, sea el dolor, el miedo o cualquier otro.

Hay quien dice que todo comenzó cuando unos agentes del gobierno trataron de actuar de manera encubierta para acabar con la guerra entre dos clanes mafiosos rivales. Su violencia descontrolada había empezado a salpicar a muchos civiles, había que ponerle freno. El jefe de cada banda odiaba hasta sus entrañas al jefe de la otra por las muertes causadas por el otro en el pasado. Se cuenta que los agentes lograron inocular un virus a ambos jefes sin que se dieran cuenta, lo hicieron envenenando su comida. Dicho virus obligó a cada uno a sentir lo que sentía el otro. El efecto de aquel virus fue tan intenso que, en lugar de permitir a cada uno entender el horror que había causado en el otro y enfriar los ánimos, cada jefe pasó a odiar a sus propios lugartenientes que, cumpliendo sus propias órdenes, habían asesinado a tantos pistoleros del otro bando. Así fue que ambos capos, estando cada uno de ellos contagiado por el odio que el otro sentía hacia su propia banda, masacraron a traición a los miembros de sus propias bandas, dejando de nuevo un reguero de civiles como daños colaterales, y luego se suicidaron. Lo que debería haber terminado con los asesinatos acabó desencadenando uno de los días más sangrientos que se recuerdan.

Según parece, el virus después mutó, se esparció y amplió su efecto, hasta el punto de que cualquier persona infectada se veía invadida por los sentimientos de cualquier otra persona que estuviera cerca. En pocos meses, virtualmente todo el mundo se infectó. El mundo ya no volvería a ser el mismo.

Las palabras lo siento ya nunca volverían a ser en vano. Si alguien hace daño a otra persona, ¡por supuesto que lo siente! El amor ya nunca volvería a ser no correspondido. Encuéntrate varias veces con una persona que esté enamorada de ti, siente ese hormigueo cada vez que aparezca. Entonces, como si fueras el perro de Pavlov, finalmente acabarás sintiendo lo mismo cuando esa persona esté presente, pero también cuando imagines que está. Y habrás caído también.

Sí, nuestra forma de relacionarnos ya no es la que era. El dinero ya no sirve para permitir o vetar la posibilidad de vivir en un buen barrio. De hecho, lo que ahora se considera un buen barrio ya no es lo que se consideraba antes. Sea de casas grandes o pequeñas, bonitas o feas, un buen barrio es ahora simplemente un barrio de gente feliz, gente cuya felicidad se contagian unos a otros. El mal vecino no es el vecino ruidoso, ni el vecino que no paga la comunidad, ni el que tiene sucio su jardín, ni siquiera el que parece peligroso o agresivo. El mal vecino es el vecino triste. Ahora lo inmoral, lo que agrede a los demás, es la tristeza.

Los parkings de las hamburgueserías están llenos de gente de dieta metida en sus coches, contagiándose voluntariamente de la sensación de llenado que inunda a los clientes del restaurante.

La única televisión que existe hoy en día es la televisión a la carta vía internet. Se acabó lo de emitir programas a horas determinadas. No es deseable que millones de personas vean un drama de los de llorar a la vez, el efecto multiplicativo sería devastador. Y olvidémonos también de meter a cien mil personas en un estadio de fútbol y de permitir que todos se alegren o entristezcan con los goles a la vez, ¡saldrían de allí catatónicos!

Ya ningún padre dice a sus hijos que no, nunca. Los adultos habíamos olvidado lo que era sentir la rabia infantil de un niño frustrado. Es demasiado intensa, no la aguantamos. Así que nunca decimos no. Dado que los adultos aprendimos hace tiempo a apaciguar nuestra frustración, pero los niños no han tenido oportunidad de aprenderlo, ésta fluye mucho más en una de las dos direcciones, no es una guerra equilibrada, ¡no es justa! El resultado es que, en cualquier hogar con niños, los niños mandan absolutamente. Su arma es demasiado poderosa.

Ningún médico quiere tratar en un quirófano a una víctima de un accidente de tráfico, ni a una parturienta, simplemente es demasiado intenso. Incluso los sanitarios se adormecen cuando sedan a sus pacientes. Nadie quiere alimentar ancianos dependientes, ni dar tratamiento a enfermos mentales. Simplemente, nadie lo soporta.

Ya no hay héroes. Antes, para que hubiera héroes bastaba con que hubiera un solo loco que no temiera al dolor. Ahora los vecinos paran al bombero que se acerca a apagar un incendio, por miedo a sentir ellos mismos cómo éste se abrasa. Por muy valiente que sea, el bombero tampoco pone demasiada resistencia a la presión vecinal y acaba echándose atrás rápidamente, contagiado el pánico de los vecinos.

Este es el nuevo tiempo en el que todo el mundo debería estar ayudando a todo el mundo, o al menos así es como al principio nos pareció que sería. Pero resulta que, para dejar del sentir el dolor ajeno, no es necesario ayudar. También sirve huir. Los jefes de los recursos humanos de las empresas huyen a kilómetros de su empresa cuando quieren despedir a alguien, por supuesto siempre por teléfono o por e-mail. Tras recibir la notificación de despido, el despedido se dedicará a la desesperada a buscar al tipo que le ha despedido, pues para recuperar el antiguo empleo basta con encontrarle. Los despedidos despechados no gastan dinero en abogados, sino en detectives especializados en encontrar personas.

Antes éramos más diferentes entre nosotros. Ahora somos uniformes emocionalmente por simple ósmosis, somos medias aritméticas vivientes porque la marea es demasiado fuerte. No somos una colmena con zánganos y soldados, sino más bien un solo cuerpo en el que la pierna mira de reojo que el brazo no se meta en líos, pues si se hace daño, también le dolerá a ella. Ya no hay cárceles ni héroes, ya no hay versos sueltos emocionales.

Vivimos en un mundo de hipócritas donde sólo se critica al que no está presente, y sólo nos atrevemos a hacerlo si pensamos que nunca se enterará de nuestra crítica, o que si se entera, lo hará estando muy, muy lejos, donde no podamos verlo, donde no podamos sentirlo. Éste es un mundo donde todo nuestro altruismo procede de nuestro miedo al propio dolor, por la cuenta que nos trae. Antes nuestras buenas obras, cuando no eran actos estratégicos, eran una forma de eludir un castigo divino, humano, o psicológico. A este último motivo lo llamábamos conciencia, remordimiento, o simplemente empatía. Hoy es éste el motivo que lo domina todo, pero no somos mejores, nuestro egoísmo no es menor. Nuestro altruismo sigue siendo un subproducto de nuestro propio egoísmo.

En este nuevo mundo sólo hay una emoción que, sin ser intrínsecamente diferente a las demás, sin tener nada de especial, no puede transmitir de unos a otros ese dichoso virus, y esto es así debido a la propia naturaleza de tal emoción. Sí, existe una única sensación que, si la sientes, entonces es tuya y sólo tuya. Es más, si la sientes, entonces todas las demás emociones que sientes también son tuyas y sólo tuyas, son genuinas como lo eran antes. Se trata de una emoción que hace a la gente recorrer desiertos, junglas y océanos con el único propósito de encontrar un lugar donde puedan sentirla.

Aquí, subido en esta montaña remota y desconocida, vuelvo a ser yo, vuelvo a ser como antes, ¡estoy solo! ¡No hay nadie a decenas de kilómetros a mi alrededor!

Por fin la siento, la soledad. Aquí el aire es puro y mis sentimientos también, fuera del alcance de todos los demás. Si me enfado, sólo siento mi enfado, si me río, es mi risa, y si me deprimo, es mi depresión. ¡Por fin!

Un momento, ¿qué estoy sintiendo?

¿Frustración?

Sí, siento frustración por ser encontrado, por no estar solo. A alguien más se le ha ocurrido venir a esta misma montaña.

Maldita sea.

El sentimiento es mutuo.

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