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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 19 de octubre de 2020

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Flujo y reflujo

Jaime ahorró por seis meses el dinero suficiente para hacerse con una terapia para oficinista. Al recoger el modelo en la tienda, descubrió un increíble hecho: el tremendo parecido que tenía con el original. Existían algunos detalles sin acabar pero, como había dicho el encargado de la tienda, era parte del proceso.

Encendió la luz del sótano y lo encontró en el suelo, revolcándose, como un cerdo en su lodo. Tenía los pantalones sucios y un hilo de saliva escurría por su boca. Un olor nauseabundo golpeó con fuerza la nariz de Jaime. Exclamó:

-¡Mira lo que has hecho! ¡Te cagaste! Yo te voy a...

Lo limpió con una esponja y cambió sus pantalones. Una vez aseado y vestido, Jaime le preparó un plato de avena. Comenzó a gritar:

-¡Traga, infeliz! ¡Traga, te digo! Con una chingada, ¡que tragues, carajo!

Lo pateó repetidas veces en las costillas, como si se tratase de alguna especie de res maltratada en un rastro, pero no hubo reacción alguna. Jaime sentía un especial placer tras las vejaciones, los insultos. Aquello era sólo una pequeña porción de lo que había recibido en los últimos cinco años.

 

* * *

 

Semanas antes Jaime salió temprano por la mañana a fin de anticiparse al tráfico, pero un atolladero de autos se lo impidió. Estacionó el suyo a tres cuadras de la oficina y corrió el resto del trayecto. No pudo dejar de imaginar que su jefe estaría esperándolo en su oficina para reclamarle la hora de llegada.

La asistente sacudió la cabeza en un claro ademán de desaprobación luego de ver llegar a Jaime.

-Una disculpa -dijo él-. Es que había mucho tráfico. -Se dirigió a su lugar y tomó asiento. Enseguida se puso a trabajar.

Cinco minutos después el licenciado Guadarrama exclamó:

-¡Márquez! Ven a mi oficina en este instante.

Jaime se levantó de su asiento y maldijo en voz baja. Observó el techo de la oficina de su jefe como si la más grande calamidad se desplomara sobre él. Luego de unos segundos se halló en el escritorio, justo donde el licenciado Guadarrama lo contemplaba de frente, con los ojos más abiertos que de costumbre e inyectados en sangre.

-No estoy contento -dijo el licenciado Guadarrama-. Otra vez llegas tarde. ¿Qué crees que es esto? ¿Un hotel de paso?

Jaime pasó saliva. Se limitó a decir:

-No, licenciado.

-¿Qué te hace pensar que me interesan tus problemas? Tu hora de llegada es a las ocho en punto. No te pago para que me des pretextos.

-Hago lo mejor que puedo, licenciado. En serio.

-No, no lo haces. Ya estoy hasta la coronilla de tus impuntualidades y de tus errores. -Hizo girar la silla. Desde ahí contempló el paisaje gris que desprendía la ciudad.

La semana había sido larga, muy larga, y aún restaban tres largos días, pensó Jaime. 

-Uno de los primeros indicios de un buen empleado es preguntarse lo siguiente: "¿Soy puntual?". -El Licenciado Guadarrama se echó hacia adelante; su calva brillaba debajo de las fuertes luces de las lámparas-. La puntualidad es la primera carta de presentación de un empleado cuando deja caer su asqueroso culo en el asiento y comienza a trabajar. Podrá ser un jodido genio, podrá tener las mejores intenciones, podrá ir a misa cada domingo y pagar a tiempo sus impuestos, pero eso no significa nada si es un irresponsable en el trabajo. ¿De acuerdo?

Jaime alcanzó a asentir con lentitud, apenas lo suficiente para hacerle saber a su superior que captaba la idea.

-Lo que te estoy diciendo no es un consejo, sino una advertencia. Si no te pones al corriente, me aseguraré de que no vuelvas a entrar por esa puerta. -Se apartó y le dio la espalda, no sin antes decir-: ¡Lárgate! Me robas el oxígeno.

Jaime salió de la oficina y expulsó una bocanada de aire. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego de la humillación y la angustia, arribaba un impulsivo odio que lo hacía sumergirse en la ira.

Sabía que no tardaría en llegar el momento de liberación.

 

* * *

 

Tomó asiento en el consultorio del doctor Figareda. Todo el decorado lograba sumir a los huéspedes en un ambiente de paz y tranquilidad. Era justo lo que necesitaba Jaime, tan simple como eso. Pero sabía muy en el fondo que el asunto era complejo, y que no se resolvería con firmar su renuncia.

El doctor Figareda entró al consultorio y dijo:

-Buenos días, señor Márquez. Es un gusto recibirlo.

-Gracias, doctor. Espero no haber sido muy insistente en que me atendiera. El caso es que necesito ayuda.

-Toda la que necesite, señor Márquez, toda la que necesite. Póngase cómodo y cuénteme. No le ponga límite a sus palabras y sensaciones. Hablar de ello o escribirlo resulta ser bueno.

-¿Es todo? ¿Sólo tengo que hablar? Eso es fácil.

-En parte sí, pero de nada sirve si no nota los cambios y los corrige. -Figareda tomó su reloj y lo guardó en el bolsillo de su chaleco. Entrecruzó sus manos y puso especial interés en su paciente-. Vamos a ver. A partir de hoy tendrá una hora completa para hablarme de sus problemas, aquellos que lo afligen. No se detenga por favor. Si hay algo de lo que no me quiera hablar yo lo pasaré por...

-Es mi jefe -dijo Jaime, contundente-. Ese infeliz cabrón no deja de joderme la vida. Por una vez quisiera decirle sus verdades.

-Ya veo, ya veo. Continúe.

-Es duro levantarme por las mañanas y salir corriendo hacia la oficina. Creo que mi vida es dura, pero lo peor de todo es tener un jefe encima que se encarga de que el lugar de trabajo sea lo más parecido al infierno. No soporto ir a trabajar, de ningún modo.

-Jefes hay de muchos tipos, y seguro que a lo largo de su vida se ha cruzado con alguno muy especial. Es algo con lo que tenemos que lidiar de vez en cuando.

-No como este -dijo Jaime con seguridad, como si el doctor no entendiera nada del tema.

Al cabo de lo que pareció un largo rato, el doctor Figareda susurró con voz soñadora y a la vez sombría:

-Sí. Al parecer se trata de un estilo de liderazgo tóxico y unas malas habilidades laborales por parte de su superior. Esto puede provocar anomalías dentro de su trabajo, como el conflicto de rol, la ambigüedad de rol o la sobrecarga de rol. Pueden llevarlo a tomar decisiones negativas, como el de querer dejar la empresa o hasta en el caso más brutal desearle la muerte a su jefe.

-¿En serio? Bueno, doctor, tengo que reconocer que aunque esa idea me parece interesante, no estoy muy seguro de hacerlo. Es decir, creo que no soy un psicópata.

-¿De veras? -preguntó el doctor, interesado; la idea le daba vueltas y la estudiaba como un dossier clasificado. Por la forma en la que había despertado su curiosidad se diría que había descubierto oro en bruto en una finca-. ¿Por qué?

-Porque me considero una persona pacífica, doctor, pero al mismo tiempo me levanto en contra de las injusticias. Soy víctima de los malos tratos, de todo lo malo que hay en el mundo. Creo que nos falta liderazgo, y cuando tenemos el poder nos corrompe. Así lo veo. No soportaría personas que se salgan con la suya. Ojalá tuviera la habilidad para ponerlo en su lugar de una buena vez y que se dé cuenta de sus errores, que se arrepienta de las cosas horribles que ha hecho.

El doctor Figareda entrecruzó sus dedos y dijo:

-Temo que usted siga reprimiendo sus sentimientos, señor Márquez. No es sano que siga pensando así. Debería hacerle frente a este problema, expulsar su malestar. Gente como usted lo ha hecho por muchos años y los resultados no han sido favorables. De víctima podría usted convertirse en victimario. ¿Me explico? -Reunió unos papeles con las dos manos, los golpeó contra la mesa para igualar los bordes, los metió en un folder y lo extendió hacia Jaime-. Señor Márquez, creo tener una solución.

Jaime miró el folder, como si aquello fuera el camino hacia la luz.

El doctor prosiguió:

-Vera, el tratamiento consiste en...

Jaime escuchó con suma atención.

 

* * *

 

Una semana después de adquirirlo, escuchó el grito de Annie. Para su mala fortuna, provenía del sótano.

Jaime bajó las escaleras y la encontró de espaldas a la pared, con las manos en el rostro, sin moverse. El invitado se hallaba acurrucado en un rincón, con el estómago hinchado y restos de vómito pegados a la boca. En el ambiente se percibía un fuerte olor a excremento.

-Jaime, dime que no es cierto -dijo ella-. ¡Dime que no es un monstruo!

-No es un monstruo, Annie. Es un autómata. Una especie de androide orgánico. Aún se encuentra en etapa de maduración. Dentro de poco, él...

-¿Cómo...? ¿Cómo sabes eso?

-El doctor Figareda me lo recomendó. Me ayudará a descargar mis frustraciones en el trabajo.

Annie reaccionó.

-¡No lo quiero aquí! ¡Dile que se vaya!

Jaime pasó sus manos sobre los delicados hombros de Annie. Las lágrimas enjuagadas en las mejillas de ella lograban que sus ojos cafés brillaran con más intensidad.

-Tú me dijiste que buscara ayuda y eso hice -continuó él-. Annie, por favor. Responde, linda.

Annie murmuró algo que Jaime no alcanzó a escuchar.

-¿Qué dices?

-Dije que no lo quiero aquí.

-Fue sugerencia del doctor Figareda. Dice que hoy en día es lo último en tendencias psicológicas. "Destruye la razón de su infelicidad, aun tratándose de un símbolo físico". Bueno, aquí está. ¿Qué te parece?

Ella suspiró con fuerza.

-¿Cuánto...? -quiso saber-. ¿Cuánto tiempo estará aquí?

-No mucho. La terapia dura una semana. Dos, si tomamos en cuenta que aún no absorbe por completo sus características morfológicas.

Annie notó que aquella criatura artificial era un horrible engendro, la caricatura grotesca de un hombre. No tenía parpados y su piel era tan blanca como la de un muerto.

-Vamos, Annie, esta es una gran oportunidad.

Con una voz firme, ella dijo:

-Haz lo que tengas que hacer, Jaime, y deshazte de él cuando termines. Sólo te pido eso. -Subió las escaleras, se dirigió al cuarto de baño y cerró la puerta. Jaime escuchó sus quedos sollozos.

No importa, se dijo. De ahora en adelante todo volverá a ser como antes. Ganaría más confianza en el trabajo, con mejor paga y mejor trato. Nada estaba perdido.

 

* * *

 

Luego de una semana, Jaime y Annie apenas se dirigían la palabra. Él pasaba la mayor parte del tiempo con la criatura, bañándola y vistiéndola. Annie alcanzó a escuchar los insultos que su marido arrojaba hacía el androide, como si se tratara de un animal en cautiverio. Este no emitía quejido alguno, pero luego de que el ADN fuera adaptado por las células artificiales, adquirió por completo las características morfológicas del original. Jaime se sorprendió del increíble parecido. Excepto por la falta de expresión, toda su fisonomía era una copia auténtica al carbón.

-Bien, pequeño imbécil -dijo Jaime-, levanta el puto brazo para que pueda ponerte la camisa. ¿Me escuchas? Levanta la mano. ¡Levanta la mano, te digo! -Lo abofeteó con fuerza.

La copia se limitó a mirarlo sin ningún reproche.

Annie no podía soportar los gritos. Bajó al sótano y observó al androide, desnudo, sentado en una tina de baño. Su abundante masa de carne sintética apenas cabía en ella. El androide no hizo el menor caso a la llegada de Annie.

Jaime terminó de fumar un cigarro y arrojó la colilla aún encendida en la espalda del androide. Las chispas se esparcieron por toda su descomunal mole, sin que se quejara. Jaime sonreía con una mirada alegre y satánica. Sobre la mesa de madera pequeña se encontraba alineado un juego de agujas de todos tamaños. Annie los miró horrorizada.

-¡Jaime! ¡Por el amor de Dios, déjalo en paz!

-¿Qué estás diciendo? Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida.

-Pero mírate -respondió ella-. ¡Mírate a ti mismo! Esto no es correcto. ¡No está bien!

Jaime pasó un dedo sobre las agujas en la mesa y dijo:

-Tal vez necesitas verlo por ti misma, Annie, para que te des cuenta de una vez por todas que no existe castigo suficiente para él.

-¿Dices que vaya a tu trabajo? ¡Eso no tiene sentido!

-Él siempre está en su despacho. Ya sabrás qué clase de infeliz es para adorar maltratar a la gente de esa forma. -Miró con desprecio al androide en la tina. El androide se rascó una oreja.

 -No eres mejor que nadie pensando así y haciendo estas cosas tan feas, Jaime -opinó ella, un tanto asqueada por la postura de su marido-. No creo que sea buena idea.

-Una vez que sepas cómo es de verdad, querrás desquitarte con este muñeco. Además, te aseguro que no siente nada. Es como maltratar a un oso de felpa. ¿Irás, verdad?

-Jaime, yo...

Annie no pudo sostener la mirada hosca de Jaime. No tuvo más opción que resignarse.

-Está bien. Iré.

 

* * *

 

Annie arribó a la oficina de Jaime justo a la hora de la comida.

-No lo he visto en todo el día -dijo Jaime en voz baja-; ni siquiera ha salido de su oficina. Pero no falta para que empiece a fastidiar en cualquier momento, en especial a mí.

-Jaime.

-¿Qué se puede esperar de un hombre así? -continuó Jaime-. No tiene alma. De seguro debe estar planeando la forma de...

-Creo que fue una mala idea venir aquí.

-¡No me salgas con esas, Annie! Te digo que es un cabrón hijo de puta.

-No hables así de él. Es su trabajo. Lo tiene que cuidar. Estoy segura que no es algo personal contra ti.

Jaime la tomó con brusquedad del brazo y dijo:

-¡Ven conmigo para que te convenzas de una buena vez!

-¡Me estás lastimando!

Jaime la hizo subir en el ascensor hasta el último piso.

-No hace falta mucho para recibir un regaño de él -dijo Jaime-. Sólo tengo que dejarme ver y ya verás cómo me insulta. Si no fuera por este trabajo, yo...

Las puertas del ascensor se abrieron. En su escritorio se hallaba la asistente del jefe. Enseguida Jaime la abordó:

-Buenas tardes, Jocelyn. ¿Se encontrará el licenciado Guadarrama?

La asistente apenas alzó la vista y continuó escribiendo en la computadora.

-No se encuentra bien. Creo que está enfermo.

En instantes apareció un hombre con el cuerpo encorvado, la mano apoyada en el marco de la puerta y un sudor frío bañando su cabeza. Llevaba la camisa desfajada y la corbata suelta, como si regresara de una noche de fiesta. La expresión en su rostro era cansada, con grandes ojeras colgando de sus párpados. No pudo sostenerse más y cayó al suelo. Annie y la asistente corrieron hacia él. A duras penas lo sostuvieron y lo llevaron al sofá. El licenciado mantenía los ojos cerrados con un rictus de dolor en el rostro. Annie preguntó:

-¿Qué le ocurre? ¿Qué tiene?

-Me duele mucho el cuerpo... -murmuró el Licenciado Guadarrama-. La cabeza... Llamen a una ambulancia. -Se interrumpió, con la boca abierta.

La asistente habló por teléfono. Annie abrió más la camisa del licenciado Guadarrama e intentó abanicarlo. Jaime miró la escena entre fascinado y divertido.

El licenciado Guadarrama alcanzó a decir:

-Márquez... Márquez...

Jaime soltó una risotada y dijo:

-Ya, viejo, ya. Sólo déjate ir. No te aferres.

-¡Por el amor de Dios, Jaime! -exclamó Annie, indignada-. ¿Cómo se te ocurre decir eso? Este hombre está a punto de morir y tú sigues empeñándote en... ¡odiarlo!

-No exageres, mujer. Se lo tenía merecido este desgraciado. Ya verás que cuando estire la pata nos estará haciendo un favor a todos.

La asistente del licenciado regresó y dijo:

-Ya vienen los paramédicos. También llamé a la esposa del licenciado.

Annie no dejó de apretar la mano de aquel hombre. A final de cuentas, pensó, se trataba de un ser humano que requería aliento para sobrevivir.

La ambulancia llegó y partió hacía el hospital más cercano.

 

* * *

 

Annie regresó a casa muy tarde. Se alegró un poco al saber que Jaime aún no había llegado. Lamentó lo ocurrido en la oficina. Llamaría por la mañana para saber la salud del licenciado Guadarrama. Después pediría una disculpa a nombre de Jaime luego de su errático comportamiento.

Estaba medio decidida a irse a casa de su hermana y nunca más volver a ver a Jaime. Se levantó del sofá y habló con ella por teléfono. Enseguida fue al cuarto a preparar las maletas.

Veinte minutos después llamó a un taxi, tomó las maletas y salió de casa. Se encontró a Jaime caminando sobre el sendero del jardín. Los dos se detuvieron y se miraron por un largo momento. Jaime advirtió las maletas y lo entendió, sin preguntar nada. Se limitó a decir:

-El licenciado está muerto.

Con la cabeza agachada, Annie asintió. De alguna forma ya lo veía venir.

-Murió en el hospital -continuó Jaime con insólita pena-. Nos encontrábamos en la sala de espera aguardando el informe médico. Ya no quise quedarme en el velorio; no creí que fuera prudente. En este momento están cremando su cuerpo.

No pudo dejar de mirar las maletas que cargaba Annie. Se atrevió a preguntar por fin:

-¿Te piensas ir?

-Así es, Jaime. Mi abogado vendrá a verte para que firmes los papeles de divorcio. Puedes quedarte con la casa si piensas que eso puede agilizar los trámites. -Lo eludió y abrió la puerta del taxi que ya la esperaba-. Siento mucho lo ocurrido con el licenciado Guadarrama.

-El reporte del forense... Decía algo acerca de cicatrices en el cuerpo, moretones, heridas... como si él mismo se lo hubiera provocado.

Ella se detuvo, ya con medio cuerpo dentro del taxi. Abrió la boca unos centímetros, agitada. Giró hacia sus espaldas y preguntó:

-¿Cicatrices?

-Así es. Pero es extraño. Es como si el androide y el licenciado Guadarrama fueran...

Annie soltó las maletas y entró rápidamente a la casa. Bajó las escaleras del sótano y se encontró con lo que quedaba del androide. Su piel, vellos y carne sintética se habían convertido en un asentamiento de polvo, como si recién hubiera salido del crematorio...

Jaime la siguió y observó lo ocurrido. Entonces dijo:

-Ahora recuerdo que el doctor me dijo algo acerca del androide. Algo respecto al país donde fue fabricado.

Ella tuvo miedo de saberlo, pero al final preguntó:

-¿Qué país era?

-Haití. Fue diseñado por ingenieros haitianos.

Annie fue incapaz de preguntar más acerca del diseño del androide. Se aventuró a pensar si no sólo compartían ADN y partes sintéticas: también cabía la posibilidad de que hicieran uso del vudú para garantizar una mejor conexión entre el original y la copia.

Luego de que revisaran la garantía y el instructivo, Annie no tuvo dudas.

 

FIN

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