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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 11 de julio de 2020

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Esporas

Tras nueve días de una calma casi cenobítica, una sacudida metálica y veinte centímetros de polvo y ceniza irrumpen en el búnker como napalm sobre un campo de trigo. Las placas de manganeso y hormigón de la puerta acorazada gimen al abrirse y gruñen al cerrarse, expectorando pequeñas astillas estriadas; tanto el sensor de movimiento como el interruptor de apertura automatizada entraron en coma hace tanto tiempo que ya es imposible recordar la época en la que había que seguir el protocolo de esterilización antes de penetrar entre los neones parpadeantes de esa porción de oasis en la que siguen existiendo la carne de perro y las pastillas rehidratables de cerveza.

Una silueta embarrada y renqueante desciende por las escaleras de seguridad.

-   ¡Me muero de sed! Que alguien me sirva cualquier cosa que pueda matar unos parásitos intestinales.

Silencio. Nadie detrás del mostrador. Nadie entre las mesas, ni agazapado bajo el sistema de filtrado NBC, verificando las válvulas de expulsión. El bar, sumergido en una espesa balsa de aceite, parece haber adquirido la decoloración propia de un cadáver hundido en el fondo de un lago; únicamente el susurro incesante de las tripas mecánicas y los motores perpetuos confinados tras los tabiques evidencian la existencia de algo similar a signos de vida.

El recién llegado se desembaraza de su abrigo cuarteado, apoyándolo encima de uno de los barriles de combustible que salpican el área central, y se acomoda en una silla tubular enclavada frente a la barra principal. Se rasca el agrietado muñón de su meñique izquierdo, al tiempo que observa el parpadeo intermitente que desprende el potabilizador de agua, encastrado en el cemento como la cabeza de una bestia disecada; si bien no esperaba encontrar supervivientes en esa guarida para topos desollados, el mutismo que tiñe las paredes le inquieta. Aspira profundamente, evitando que la metralla de sus pensamientos se le clave muy profundamente.

Tal vez allí dentro las cosas también hayan cambiado.

-   ¡Pero si es mi querido Cuatro Dedos! ¿Cuándo has llegado? No te he oído entrar.

La figura correosa de P. K. asoma la cabeza través de un estrecho orificio situado junto a una columna de sacos de harina y alimentos liofilizados; con un movimiento ágil, el pequeño camarero emerge al completo, sujetando bajo su brazo una caja de aluminio herméticamente cerrada.

-   Hacía tanto que ya no venía nadie por aquí que os daba a todos por muertos.

-   Soy el primero de hoy, entonces.

-   ¡De hoy y de las últimas tres semanas! -una sonrisa perturbadoramente sincera deja entrever una hilada de dientes tostados- Aunque, sinceramente, cuando no es por un tumor es por una bala, pero pocos aguanta mucho tiempo ahí fuera.

-   Tampoco es que quede demasiado por lo que aguantar.

Una mueca de resignación se plastifica en ambos rostros, cuyos gestos emanan acidez de estómago y ambigüedad; una ambigüedad que celebra el reencuentro, pero que también asimila lo inevitable. El holocausto mastica y digiere a todos, sigan en pie o no.

-   Bueno, y hablando de eso, ¿cómo te trata la vida? ¿Has perdido más partes de tu cuerpo? ¡Hacía mucho que no te veía, joder! Ya pensaba que te habían colgado del cuello para llevarse tu maravilloso guardapolvo -la pareja dirige sus pupilas hacia la amalgama de telas remendadas que conforman el gabán, tumbado sobre la cubeta de carburante- o, no sé, que alguno de los bichos esos de las cárcavas te había degollado. ¡Realmente es una alegría tenerte aquí!

-   Estuve en el Cañón, cerca de las chimeneas. Me llegaron rumores acerca de unos cementerios electrónicos que aún no había tocado nadie, sepultados en el interior de los canales; por lo visto, fueron de los últimos que inauguraron antes de que todo se fuera al carajo. Tenía la esperanza de hacerme con unos cuantos dispositivos y algo de mineral adulterado para intentar venderlo por ahí.

Con elegancia y cierto grado de brusquedad, los dedos del anfitrión colocan un vaso de vidrio reciclado frente al visitante. La gragea de su interior comienza a disolverse al contacto con el agua, regalando un caldo tibio y espumoso con aroma a goma y centeno.

-   ¿Y tú qué tal por aquí?

-   Aburrido. ¡Muy aburrido! Me he dedicado a ver películas holográficas y hacer inventarios, uno detrás de otro, tratando de evadirme. Deseando escuchar algo más que mi propia voz o ese asqueroso zumbido que me está volviendo loco -señala con la barbilla uno de los ventiladores industriales instalado en el rincón más septentrional- eso sí, ya tengo anotado hasta el último gramo de todo lo que guardo aquí abajo. Si me administro bien, sé exactamente cuánto tiempo me queda antes de morir de hambre o perder la cabeza.

-   Sí que te aburres, sí.

-   Por cierto, la señal de radio no funciona desde hace días, pero en su momento pude cambiar un dispositivo musical por un par de geles energéticos; justo cuando has llegado estaba sacando un reproductor compatible. Si te apetece, puedo poner algo.

Un golpe húmedo, seguido del crepitar de canicas esponjosas rodando por la superficie exterior, interrumpe la conversación. P. K., más sorprendido por la presencia de sonido que por su naturaleza en sí, alza la vista, clavándola en los metros de tierra y acero reforzado que les envuelven y les protegen. Cuatro Dedos se limita a tragar lo más rápidamente posible el líquido acre que gorgotea frente a él. Su esternón por fin se relaja.

-   ¿Qué fue de tu proveedor? Yo no le conocía mucho, pero parecía capaz de encontrar alcohol y fármacos hasta de una pila de estiércol.

-   Desapareció. No tengo ni idea de si se le acabaron los supermercados enterrados o si alguien decidió dispararle por la espalda mientras destripaba las habitaciones de algún apartamento abandonado. Así que lo que ves es prácticamente todo lo que queda. ¡El paraíso echa el cierre! Dentro de poco, aquí no habrá más que cascotes y carbón, igual que en el resto del mundo.

Sus manos entumecidas alzan una bebida de aspecto ceroso, la cual parece reflejarse pálidamente sobre sus retinas coaguladas.

-   El resto del mundo ya no son solo cascotes y carbón. Desde hace unos días todo ha empezado a llenarse de musgo, raíces y humedad. Esta zona sigue cubierta de escombros, pero, por lo que he visto, me da la impresión de que durará poco así.

-   ¿En serio?

-   No te miento -mira en dirección a la caja registradora- ¿te queda tabaco, o algo que se le parezca?

El hocico del camarero bosqueja un gesto ausente; con cierta meticulosidad extrae una pequeña lata plateada de uno de sus bolsillos y la deposita encima de la barra.

-   Pues sí. Ahora, camines por donde camines, no pisas más que bultos flácidos y lodo. Además, joder, todo está lleno de colores extraños. Quiero decir, colores que brillan como si fuesen luces de navidad. Sinceramente, no sé qué ha pasado, pero con todo lleno de setas y paredes cubiertas de moho me siento mucho más incómodo que antes.

Con un movimiento herrumbroso, se levanta y se dirige a su abrigo; varias de sus vértebras chasquean, y una borrasca de petróleo y cólera amortiguada se resbala a través de su diafragma. Quiere gritar, pero ni su médula espinal ni su garganta se lo permiten. Una argamasa de represión, cansancio y apatía se cuece dentro de su estómago, domando cada migaja de rabia y caos que espolvorea sus pensamientos.

Se enciende un cigarro.

-   Porque, no sé, era mejor cuando se me llenaba la boca de polvo y me costaba respirar por el maldito gas. Sabía lo que era. Sí, no había más que despojos y huesos carbonizados, pero... mierda, a su manera era bello. Ahora todo resulta más repulsivo y da la impresión de estar más muerto que antes, por mucho que tiemble y palpite.

-   ¿Tiembla?

-   Todo el rato. Todo el maldito rato. Como un fiambre repleto de bichos a punto de explotar -los músculos inflamados de su mandíbula se tensan- es jodidamente desesperante. Pero me acabé acostumbrando. Sí. Me acabé acostumbrando a que todo resplandeciera, a que todo hiciese esos diminutos y repelentes ruiditos. Constantemente.

El murmullo de docenas de pequeñas gotas de agua reptando gelatinosamente alrededor del refugio provoca un espasmo casi involuntario en P. K., cuya boca se abre levemente, exponiendo un paladar oscuro y tibio.

-   Supongo que por eso ya no viene nadie. Por lo que me cuentas, si yo no estuviese aquí enclaustrado me habría vuelto loco soportando toda esa mierda verde.

-   Verde y morada y naranja y de colores que ni sabía que existían. Es como si alguien hubiera ido cromando montañas de vómitos con pintura metalizada. Marea solo verlo.

Una corriente glacial, revestida de un perfume almibarado y espeso, atraviesa la sala. Un escalofrío perfora las columnas vertebrales y los globos oculares de ambas figuras, provocándoles una incertidumbre rugosa e inesperada, una incertidumbre que se diluye igual que sangre en una sartén caliente; tras ella, el desasosiego. Corriendo sin control. Licuando todo cuanto se cruza en su camino. Y, finalmente, el miedo. Dando vueltas en círculos, como un carrusel enfermizo, alimentado por el crujido de los dientes tratando de pensar y los pulmones comprando oxígeno al por mayor antes de encerrarse en casa y no salir.

Algo flota en la atmósfera. El tiempo, convertido en gelatina pulposa, se dilata pegajosamente, y un armazón helado ciñe los intestinos y corta la respiración de P. K.; éste, sintiéndose una hormiga asustada que chapotea el barro, vuelve a llenarse el vaso. Un absceso hinchado y agrietado le presiona las cuerdas vocales. Con esfuerzo, logra expeler una frase que rompe la mampara de cristal ahumado que tapiza el bar. Le tiembla la voz.

-   ¿Hacen algo esas plantas? Aparte de ser molestas, quiero decir. ¿Tienen, no sé, espinas? ¿Atacan? ¿Cantan o lo que sea?

-   No exactamente. Apenas tienen tallos. Es como hiedra de látex o de caucho de la que salen tumores y quistes.

-   ¿Pero no se mueven?

-   Bueno -las córneas del visitante patinan a lo largo y ancho de la galería de botellas que se exponen en las baldas de aluminio- Oye, ¿qué te parece si nos olvidamos de estas píldoras efervescentes y sirves alguna bebida de verdad?

-   Todo lo que estas contemplando ahora mismo está vacío, así que no te ilusiones.

-   ¿Y no te queda nada? ¿Ni cerveza? ¿Ni siquiera un vino de levadura sintética? Me extraña que no te hayas guardado nada para ti.

-   Claro que me he guardado algo. Pero tú lo has dicho: es para mí.

-   Eres una puta rata, y lo sabes.

Como si de espejismos descompuestos se tratase, una serie de hendiduras comienzan a cubrir violentamente las paredes, tatuándolas con una red de cicatrices orgánicas de las cuales surgen pequeños brotes bulbosos que parpadean y tiritan. Cuatro Dedos alza la vista en dirección a la más cercana de las fisuras y sonríe ásperamente.

-   Por otro lado, dudo que puedas mantener a salvo tu preciado alcohol mucho más tiempo.

Incorporándose, señala con su extremidad amputada el tapiz mullido que se escurre a través del hormigón. P.K. se da la vuelta.

-   Mierda.

-   Te lo dije. Se extiende como el cáncer.

-   ¿Qué? ¿Se extiende como el cáncer?

-   Es una expresión, la decía mucho mi abuelo. Creo que se referían a una enfermedad o algo así. ¿Vas a compartir ahora tu tesoro, o sigues prefiriendo que se llene de esporas y se pudra?

Mordisqueándose la carne que forra el interior de las mejillas, el camarero hunde su mirada en la telaraña pastosa que se propaga a medio metro de él y maldice; lentamente, cruza la sala central y penetra en un pasillo atestado de arcones de PVC. Tras retirar tres cajas destinadas al almacenaje de complementos proteínicos y algas deshidratadas, abre una trampilla oculta tras uno de los tanques de agua y saca un estuche opaco. Se sienta en una de las pocas mesas que no han sido invadidas, lo destapa y desentierra dos botellines escondidos bajo un amasijo de polietileno acolchado. Le desliza uno a su acompañante, junto con un abridor descascarillado.

-   Si no fuera porque, seguramente, no quede nadie vivo fuera de este lugar, te habría mandado a la mierda y te habría echado de una patada. No me gustan los listillos.

-   Perdona. Se me había olvidado que eras todo amor y dulzura.

Brindan. Se galvanizan los esófagos con la malta y la cebada. Tosen. Vuelven a brindar. Vuelven a toser. Alguien se ríe, sin importar el por qué. La mayor parte del local ha sido parasitado por un tapiz membranoso y húmedo, un lienzo que gorgotea y crepita. Ambas figuras suspiran casi simultáneamente. Después, el silencio.

-   ¿Tú crees que esto es lo mismo que mató a todos en la Tierra?

Con los ojos clavados en los diminutos estallidos que espolvorean la espuma de su vaso, P. K. dibuja una mueca indiferente con sus labios.

-   Ni idea. Y, si te soy sincero, no creo que descubrirlo a estas alturas les sirva de mucho.

-   Supongo que tienes razón.

-   Claro que la tengo. Hazme caso, los muertos no resucitan por muchas vueltas que le des.

Un cúmulo de esquirlas viscosas llueve sobre el pelo fino y árido de Cuatro Dedos; éste, ligeramente adormecido a causa del manto de niebla verdosa que le arropa, agota de un trago los últimos mililitros de cerveza que aún sobrevivían en el fondo de su botella. Su anfitrión le mira con sonrisa.

-   ¿Voy a ver si me quedan más?

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