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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 15 de agosto de 2020

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Conoce a tu Llais

Vale, empecemos recordando la primera vez que vi cómo una voz venía a la vida. Su suave timbre me entró por las orejas y allí estaba: Llais. Soy demasiado viejo, por lo que he vivido en una época en la que esto hubiera sido mágico. Pero, incluso para gente como yo, después del uso compulsivo que hemos hecho de los mismos, la encarnación de una voz es algo tan natural como un atardecer.

Ah, sí, tengo que aclarar cómo funciona el programa, como si nadie lo supiera. Bueno, básicamente, está basado en el mismo principio por el cual imaginas a la persona que te habla al otro lado del aparato telefónico. Pero estas nuevas ondas sonoras tienen algo, una frecuencia creo, que le da una patada en la entrepierna a tu nervio óptico, haciéndole vomitar una bella imagen, a menudo el hombre o la mujer de tus sueños. Esta es mi explicación, no es la científica, ni mucho menos. Pero, de todas formas, no sé por qué te cuento algo que ya sabrás, como si fueras alguien venido del pasado.

Ahora, nadie puede vivir sin ellos. Pero todavía puedo recordar los días en los que no había programa alguno que te contara historias para alegrarte un día aburrido, hasta convertirlo en una aventura épica o romántica, o ambas a la vez. El caso es que, la versión que me descargué, Llais, como todas las versiones beta, como casi todos los seres humanos, nunca funcionó demasiado bien. Las historias que me contaba para entretenerme no tenían ni pies ni cabeza. No, eso no es del todo cierto. Algunas tenían pies y otras, cabeza. Pero, o eran demasiado originales, o demasiado poco originales, como para que sonaran a buena ficción.

A pesar de todo, no creo que pudiera vivir sin mi Llais. Amo todos sus encantadores defectos. Pero a partir de hoy, se acabó. Esta mañana le pregunté a Llais: "¿a qué peligros nos enfrentaremos hoy?". -A una guerra civil galáctica, me respondió.

Y entonces, me decidí a no escuchar su voz nunca más. La cuota mensual no es mucha, pero no me puedo permitir gastos inútiles. Así que abrí el menú. La opción "borrar la cuenta" casi no era una posibilidad, de escondida que estaba. Después de una hora, conseguí programar la muerte de esta voz que me había acompañado durante tantos años.

Acababa de dejar el hotel. Y ahora, no sabía cómo rellenar las horas muertas de viaje por el desierto. De repente, una voz interrumpió el silencio, advirtiéndome que tenía diez horas para reactivar la cuenta o Llais desaparecería para siempre. Genial, ahora tendría que soportar una cruel cuenta atrás. No sólo había intentado matar a una compañera agradable, ahora tendría que escucharle agonizar, suplicándome por su vida. Fui muy inocente al pensar que el programa desaparecería así como así, sin soportar incontables "¿lo has pensado bien?".

Justo después de entrar en mi cobre, no pude resistir la tentación. Abrí el programa, bueno, en realidad tendría que haber dicho "abrí a Llais", como suelo hacer, pero a muchos de los que pueden estar escuchando les podría parecer algo de mal gusto. Le pregunté: "¿quién seré hoy?".

-Un héroe, respondió-apareció Llais.

-¿Qué clase de héroe?

-Un caballero andante.

-Bien.

-Te ingresaron en una escuela que recogía a los niños no deseados. Ya sabes, los que nacían enfermos, eran feos, o peor aún, aburridos. Y, como no puedes descambiar a un niño, les daban a los padres la opción de dejarlos en un contenedor, justo en la entrada de la escuela. Y es en esa escuela donde aprendiste a ser un héroe.

-Pero todo héroe necesita una aventura.

-Tendrás que robar, pero no como la mayoría de nosotros lo haría. Tienes que robar superando grandes obstáculos. Como un héroe. Tienes que conseguir las piedras del azar.

-¿Dónde puedo encontrarlas?

-Las piedras del azar no se buscan. Aparecen cuando nadie las está buscando.

-Pero no puedo salir en busca de algo que no puedo rastrear. Un caballero andante necesita objetivos claros, desafíos.

-Te equivocas. Andante viene de errar, dejar que la suerte decida qué cariz tomará tu aventura. Por eso existen los soldados de fortuna.  

Aquel día tenía que ir a Almería. A deshacerme de un lugar que me perseguía. Me dije, si lo vuelvo a ver, no será como lo recuerdo. Y entonces, será un solo lugar con arena y sin memoria. Ya sabes, cuando estás en un cobre, sin conducir, tan sólo dando instrucciones al controlador central... ¿qué puedes hacer para superar el aburrimiento y no quedarte dormido? Encima, miraba un paisaje que apenas cambiaba. Arena, cielo, una nube o dos quizás. Más arena, más cielo, sin nubes. Hasta que, de repente, una sorpresa en forma de hombre apareció en el horizonte.

Cerca de la carretera, un vagabundo fingía ser un campesino, golpeando la tierra con una azada imaginaria.

-¡Para!-gritó/saltó Llais.

-No.

-Para y pregúntale sobre la conspiración. Pregunta por la trama.

-No.

Aunque me negué, le dije al cobre que parase, cerca del falso campesino. Le debía esta última voluntad. Ella no lo sabía, pero le había traicionado y pronto no la escucharía/vería más. Le debía una explicación. Y una despedida. Pero hay pocos momentos en los que nos parece apropiada una confesión. El vagabundo escuchó mi pregunta sobre la trama y me preguntó cómo es que sabía lo del sol.

-El gobierno, el gobierno hizo este desierto -murmuraba- El presidente nos golpea con rayos de sol. No quiere que esta tierra se convierta en un vergel.

Juro que dijo la palabra vergel.

-No quiere que nosotros, los campesinos, podamos ganarnos la vida. Es la marioneta de los mercaderes de la galaxia

Después de varios minutos de paciente escucha en silencio, dejé al campesino sin aperos en la cuneta, atrapado en sus pensamientos circulares, que eran tan importantes tanto para sí mismo como para él. De vuelta al viaje aburrido... hasta que vi las estatuas. Entonces, estuve a punto de darle la razón al campesino en su visión absurda del presidente.

En mitad de la nada, en la cima de una árida colina, se erigían varias imágenes de nuestro presidente... ¿Debería llamarle Andi, como quiere que se le llame ahora? Ni siquiera permite que se nombre su nombre de pila al completo. Si no le llamas por su diminutivo cariñoso, te manda a la cárcel. O al menos, eso es lo que dicen por ahí. Cerca de una de estas estatuas, una cuerda de presos estaba limpiando no sólo la piedra, sino la arena cercana al pedestal. Parecía que incluso los sentenciados a cadena perpetua no serían capaces de terminar el trabajo.

La carretera se apartó de la colina. Dejamos atrás la cuerda de presos y las estatuas. Miré al frente y vi una silueta humana. Alguien estaba caminando en mitad de la carretera, ignorando a los posibles cobres que pudieran atropellarle. Aunque no llevaba el uniforme de la cárcel, se veía que era un preso fugado.

-Deberíamos reclutar a 29. Para la misión, de repente exclamó/saltó Llais.

Ella tiene la costumbre de hablar si no has abierto la boca en una hora.

-¡29! Esos son demasiados hombres. Y estamos en mitad del desierto.

-No. 29 es el código secreto de un solo hombre. Aquí tienes, dos fotos de él.

En la pantalla de mi F.A. aparecieron dos imágenes. Lo malo es que, en cada uno de los retratos, la cara era diferente. Sin duda se trataba de dos personas distintas. O del mismo hombre con dos caras nada parecidas, pero esta última opción era poco probable.

-Una de esas fotos no es el retrato de 29. Es imposible.

-Lo sé, pero si te enseño dos rostros distintos, hay más probabilidades de que lo encuentres. Un cincuenta por ciento más. Él te guiará a las piedras del azar. Si tienes suerte, claro.

El preso libre volvió la cabeza hacia nosotros. Mi cobre estaba muy cerca y ya podía verle con más nitidez. Su cara era muy parecida a una de las dos fotografías, la primera. Bueno, quizás su semblante era un poco más culpable. Debía ser otro de los trucos de Llais. Estaba seguro de ello. La cuenta atrás estaba en marcha, así que empezaba a crear misterios diseñados para engancharte otra vez. Pero lo tenía decidido, Llais iba a desaparecer al final del día.

Tuve que detener el cobre. El preso nos había cerrado el paso, haciendo activar los frenos automáticos. Bajé la ventanilla. Para que os hagáis una idea, digamos que se parecía a vuestro tío, el que se emborracha en las reuniones familiares.

-¿Eres 29? Quiero decir, ¿te llamas 29?, le pregunté antes de que pudiera decir una palabra. Y es que me dije, si quieres enseñarle que no le tienes miedo, nada mejor que tomarle el pelo.

-Sí, ese soy yo, me respondió.

-¿Puedes probarlo?

-Bueno, me has preguntado si me llamo 29 y no he pensado que estabas loco.

29 se echó a un lado y empezó a apilar matojos. Bajé del cobre. Tenía que estirar las piernas. Mientras comprobaba que la cuenta atrás hacia el final de Llais seguía en marcha, los matojos empezaron a arder.

-Vas a matarnos de calor. Eres el primero que veo que se atreve a encender un fuego cuando hace un sol de justicia, protesté.

Mientras decía esto, me di cuenta de que no hacía calor en aquel desierto, a pesar de que el sol estaba en todo lo alto. Incluso me daban escalofríos cuando el viento soplaba.

-El fuego no es para calentarnos. Es una forma de adivinación. La verdad siempre está en el humo. El fuego nos advertirá.

-Quizás podemos ver el futuro en él y saber si encontraremos las piedras del azar de una vez.

Cuando mencioné las piedras del azar, ni siquiera alzó una ceja, como si lo que acababa de decir tuviera algún sentido.

-No he encendido el fuego para ver tu futuro. Lo hice para adivinar tu pasado. Aspira el humo.

-Me pondré malo si lo hago.

-Así que puedes ver el futuro, ¿eh? No necesitas entonces el fuego para hacer eso. Pero puedes ver el pasado si tú...

-No voy a llenarme los pulmones de humo sólo porque me lo digas.

-Vale, voy a decirte la verdad. También quería que te libraras de los parásitos. El presidente ha envenenado el aire que respiramos. Es la única forma que tenemos de matarlos. Así que huele el humo para limpiarte los pulmones mientras ves tu pasado.

Lo hice. Todavía no sé por qué. No tiene sentido. Si alguien escucha esta historia, por favor, que no piense que intenté matarme. Creo que quería demostrarle que no le tenía miedo. Así que puse mi cara cerca de las llamas y fingí que aspiraba. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar toser.

-No soportas ver el pasado, ¿eh?

El preso intentaba sonreír sin parecer un maniaco. Apuesto que no se había reído a gusto en toda su miserable vida. Se notaba. Mientras me encontraba en medio de un terrible ataque de tos, me golpeó en la cabeza con su bota derecha. ¡Qué simple y poderosa patada circular! Estaba en forma. Tendido en la arena, vi cómo se acercaba a mi cobre. Fingí que estaba inconsciente para no tener que luchar con él. Sabía que yo tenía todas las de perder. Me pregunto cómo se le ocurrió el truco del humo para dejar fuera de combate a sus víctimas.

De todas formas, ya estaba muy cerca de mi destino. El lugar en donde mi vida volvió a comenzar. Caminé durante unos 29 minutos. Alcancé la estructura metálica octogonal que, hace muchos años, llamaba hogar, dulce hogar. El hogar de la gente que gritó que ya no lo soportaban más. Mientras contemplaba las ruinas de nuestra comuna, empecé por contarle el final de mi historia a Llais, como un mal narrador. Ella estaba en modo escucha, así que no se quejó.

-El Ejército Comercial de la Tierra vino. En sólo una mañana, nuestra pequeña comuna desapareció. Lo destrozaron todo, hasta hacer brotar de nuevo el desierto. Incluso mataron a una mujer por proteger un árbol que ella misma plantó. Ella era la única que amé de verdad. Cuando terminaron la matanza, uno a uno, volvimos a firmar nuestro contrato vital con la Compañía-Gobierno. Y tuvimos que renovar el Juramento de Lealtad al Dinero. Tuve que hacerlo. Me amenazaron con quitarle los brazos láser a mi padre. Él no puede vivir sin ellos. Lo gracioso es que, cuando yo era niño, fue él el que me enseñó a amar a la Compañía-Gobierno, el que me enseñó el Saludo al Presidente, el que me obligó a aprenderme el Juramento de Lealtad al Dinero de memoria.

No sé por qué, pero decidí que tenía que contarle el principio de mi historia. Estaba hablando con Llais, que es lo mismo que estar hablando solo.

-Destruimos todas nuestras posesiones. Así que fuimos declarados oficialmente desaparecidos, se acabó nuestra vida social. Los primeros días fueron duros. Pero, con el tiempo, ves que vivir sin dinero no es algo imposible. Es una vida diferente, eso es todo. Y es más llevadera, si no estás solo.

Para completar mi confusa historia, recordé algo que tenía que haber aclarado desde el principio.

-Creíamos que la Compañía-Gobierno había creado un arma de destrucción masiva: la crisis económica. Si decidía lanzar una crisis en tu país, sólo había una forma de escapar de la destrucción: dejar de creer en el dinero. Así que te dices a ti mismo, a partir de mañana, el balance de mi cuenta corriente es una cadena de números al azar. Y si ves un billete de mil, te dices que es un papel de colores. Y que una moneda es la ficha de un juego de magia.

Otra vez, un mensaje en la pantalla, advirtiéndome que en unas pocas horas, no podré ver-oír a Llais nunca más. Esto me animó a hacerle una confesión, que ahora sí venía al caso.

-Pero cambié. Ahora creo en el dinero, en el Gobierno, incluso creo en Andi. Por eso me tengo que deshacer de ti. No me traes cuenta. Todos los meses, pago por un mal servicio. Tus historias son tan pobres, tienen tantos defectos... No me sirves. ¿Comprendes? No podemos seguir juntos.

-No funciono mal, funciono diferente. Soy como una de tus compañeras de la comuna.

-Lo que pasa es que no me puedo permitir el mantenerte. Así que, supongo que tenemos que decirnos adiós.

-Destruye la Computadora Central.

Como narrador de última hora, tengo que explicar qué es la Computadora Central, o el Dios-Castillo, como es conocida por muchos. Ya sabéis que se trata de un cubo negro de cemento. Dentro del cubo, hay incontables circuitos de roca basáltica. Dentro de los circuitos de roca basáltica, están todos nuestros datos. Entre los datos, los fiscales.

-No tengo armas, me excusé.

-Sólo tienes que ir allá, y entonces verás la manera de destruirlo. Conoce a tu enemigo. Si ni siquiera lo has visto, no puedes imaginar la manera de vencerlo.

Pensé: "quizás es una buena idea darnos un paseo hasta la Computadora Central. Por lo menos, así tendré algo que hacer hasta que llegue la última hora de Llais. No hay duda de que este programa se diseñó para no darse por vencido, como nosotros, los supuestos seres humanos". Pero la verdad es que decidí ir allá, más que nada porque el Dios-Castillo estaba cerca. Podríamos llegar antes del atardecer. La distancia que nos separaba de la Computadora Central era tan corta como el espacio entre dos frases separadas por un punto y aparte.

El Dios-Castillo estaba en el horizonte. Tenía una extraña diadema en la cima. Podías ver un halo en la esquina del cielo encima del edificio. Miré una vez más, y entonces me di cuenta de que era un fuego allá arriba que formaba dos puntos negros como estos; y estaban cayendo hacia nosotros.

-¡Las piedras del azar!, gritó-apareció Llais.

-Al parecer, vamos a ser aplastados por un meteorito. Bueno, por dos. Más o menos al mismo tiempo.

-Sí. Las piedras del azar están llegando. Vienen a derrotarles. Nos ayudarán a destruir la Computadora Central.

-Y también acabarán con nosotros.

-¡Qué más da! ¡Ganaremos!

Abrí el menú y paré la cuenta atrás. Llais desaparecerá, pero porque yo también lo haré. De hecho, teníamos tan poco tiempo, que era absurdo el contarlo.

-Creo que vamos a morir, Llais.

-No. Imagina que estás en una galaxia con forma de espiral, en la que el centro es una rueda. Siempre puedes girarla para ir al punto exacto en el tiempo al que quieres regresar.

A pesar de lo absurdo de la petición, estiré los brazos, como si sostuviera uno de esos viejos volantes de los automóviles. Giré a la izquierda.

-¿Qué haces? Estaba hablando metafóricamente, dijo Llais.

Dejé de mover los brazos y me senté en el suelo.

-Escucha, haré que vivas para siempre. Dame tu permiso y esta aventura será grabada en los archivos del programa. Imagina, millones de personas volverán a vivir este día, una y otra vez. Seremos los protagonistas de una historia. Una muy corta, si quieres. Pero, para ello, necesito grabar tu punto de vista, y así completar la perspectiva. Cuéntame.

-De acuerdo. Pero lo malo es que seguro que llenarás la historia de personajes y situaciones absurdas, como siempre, en vez de contar lo que pasó en realidad ¿Por dónde empiezo?

-Describe la primera vez que me viste, la primera vez que viste a una voz cobrar vida.

-Vale, empecemos recordando la primera vez que vi cómo una voz venía a la vida. Su suave timbre me entró por las orejas y allí estaba: Llais.

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