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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 19 de febrero de 2019

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Solo en la noche

Estoy solo. Las luces de los monitores se reflejan en mis pupilas. Mis ojos están cansados, pero no tengo sueño: nunca duermo.

Llevo cinco meses sin dejar de mirar las pantallas: descifrando y encriptando datos. Por lo visto se han olvidado de las drogas con las que me obligan a dormir una vez por semana.

Estoy solo en la noche. Las ciudades hierven, se agitan o duermen tras las pantallas, pero para mí solamente son números, coordenadas y gráficas dispersas en las pantallas. Código 1050 en 40 grados norte 75 grados este: mujer de etnia caucásica en edad fértil abatida por arma de fuego en Filadelfia. Todo queda registrado y envío cuatro copias aseguradas a las bases de datos. “Nada se escapa al Registrador del Tiempo” como decía el spot publicitario con el que recaudaron fondos para el proyecto que hoy supone mi trabajo.

Reviso el calendario antes de registrar otro código: en quince días me darán unas vacaciones. Espero que se les olvide, como la última vez. El tiempo libre para la gente con mis cualidades es una tortura, más que un premio, pero la ley marca que todo ser vivo debe disponer de treinta días de vacaciones obligatorias al año.

Son las tres y media de la mañana. No necesito mirar el reloj para saberlo, mis venas se están volviendo más frías. El suero, que aporta los mismos nutrientes que un filete de doscientos gramos de salmón (pero, por lo que he leído, no aporta la misma sensación. Aunque por supuesto no he podido comprobarlo: nunca he comido que yo recuerde), siempre me enfría un par de grados las venas, mientras aporta energía para mi cerebro.

Después de la comida, mi organismo tendría que sentirse fuerte. Pero no es así: hay una tara orgánica que me hace sentir somnoliento tras la alimentación, o al menos eso decía el bioingeniero que me cultivó. Mis condiciones genéticas son algo más que especiales, según he podido piratear de la antigua Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, destruida el 7 de julio del 2018, cuando un grupo independentista comenzó lo que ellos quisieron que fuera la Tercera Guerra Mundial pero que apenas fueron unos disturbios en el que murieron unas decenas de miles de personas; esos archivos me informaron que mi madre, una estudiante de quince años, fue la primera mujer en donar el cuerpo de su bebé a la ciencia. “Aborto constructivo”, lo llamaron. Todos los medios estuvieron conformes, algunas quejas realizadas por grupos religiosos y ONGs, pero también un premio nacional al filósofo que tuvo la idea y un nobel al neurólogo que me diseñó. La manipulación genética que se produjo en mi ADN me privó del estatus de ser humano, pero el animal resultante podría ser considerado algo así como un genio. Bueno, lo que ellos consideraban un genio. Eliminar las condiciones motoras de un cerebro permite que éste sea mucho mejor en cuanto a atención, capacidad abstracta y otras cualidades que me diferenciaban de los homo sapiens sapiens que me habían concebido. Sin embargo yo no me noto diferente. Yo no me noto mejor. Yo sólo soy yo.

Ahora simplemente me dedico a controlarlo todo y registrarlo. Cuando tenía diez años me conectaron… a una máquina, ya que al no tener brazos ni piernas debían enchufarme a algo mecánico para interactuar con las máquinas creadas para un organismo humano (eso supuso que la versión 1.1 de mi programación fuera a la basura). Al principio controlaba la antigua capital de Francia: París. O al menos la observaba. El primer mes me abrieron un expediente. Era cierto que podía controlarlo todo, pero no me importaba. Los asesinatos sólo eran números para mí, cifras. Suponían que tras un asesinato llamaría a la policía, pero no comprendían que es irrelevante: la policía no puede hacer nada por alguien que haya muerto. Algunos dijeron que sólo tenía 10 años, que no tenía experiencia. Otros dijeron que a un menor de edad no se le puede juzgar o condenar. Otros aludieron que, dado que era propiedad de la Unión Europea y no tenía siquiera un  nombre, era una mera propiedad, y que por tanto se me debía reparar y no juzgar. A mí no me importó toda la jerga política, en los dos meses que se pasaron haciéndome pruebas, aprendí japonés y mandarín, dos idiomas que no habían sido insertados en mi sistema de estudios, pero que me parecían muy estéticos. Los ideogramas, pese a lo infantil de su composición, me fascinaban cuando tenía diez años… ahora ya nada consigue llamar mi atención.

Las cámaras son mis únicas nociones de la realidad. Conectado a ellas -y a los sensores de movimiento, analizadores de gases, termómetros y micrófonos- me siento como un dios antiguo: enfrentado a la realidad, y decidiendo de forma indolente si actuar o no, pues nadie controla mi trabajo. El protocolo me ha relegado a un mero observador, aunque ellos me denominen simplemente Registrador.

Aún recuerdo cuando leí mis nuevas funciones, de las que en lugar de ser informado en persona tuve que deducirlas de los informes y los medios de comunicación. Por lo visto me habían diagnosticado como un “ser asocial” sin sentimientos y con un grave trastorno psicológico que me limitaba a hacer únicamente análisis racionales, una enfermedad que no podía ser tratada ni curada. Estos informes me molestaron, sobre todo porque se usaba el artículo indefinido para referirse a mí. Es cierto que no poseo órganos reproductores, pero de haberlos tenido hubieran sido masculinos. De hecho sí tengo el cromosoma Y, así que soy un hombre, a pesar de no tener piernas, brazos, genitales ni vello facial. Me hubiera gustado defenderme, haberles contado que cuando tenía siete años me inventé un nombre para mí mismo, y un alter ego en mi imaginación que jugaba al rugby en la universidad y fumaba hierba a escondidas de sus padres… pero no me dejaron testificar, ya que como soy una cosa y no una persona, era una prueba y no un testigo en el caso de mi sanción por negación de auxilio.

Tras declararme inútil como instrumento de control de seguridad, el juez de instrucción me relegó a una función archivística, tras lo cual fui donado a la OTAN por la Unión Europea. Mi tarea consistió desde entonces en registrar todos los asesinatos, fallecimientos y accidentes que se produjeran en el planeta Tierra y en las plataformas científicas de su órbita. Fui trasformado en una máquina de análisis demográfico, un bibliotecario orgánico conectado a los ojos del mundo: los satélites.

Registro un accidente de tráfico en Roma hace veinte años. Asigno al accidente un código numérico y coordenadas espaciales. Tres muertos y dos heridos graves. Justo al mismo tiempo, exactamente el mismo segundo, cinco niñas de nueve años de Sendai, Japón, se suicidan según un ritual que han aprendido en una serie de dibujos animados.

Estoy registrando cosas que sucedieron hace tanto tiempo por aburrimiento, ya que hace exactamente un año, dos meses, tres días y cuatro horas, las señales de los últimos satélites se apagaron, tras una serie de fallos similares a lo largo de veinte horas.  Sin señales claras mi trabajo se ha detenido, y estoy haciendo tiempo hasta que se arregle el fallo de los satélites o se me informe del motivo por el que no recibo las señales. Por lo que sé, podría estar despedido. Realmente me es indiferente que me hayan despedido, dado que jamás existió contrato alguno o recibí un salario. Además quedan muchos archivos grabados, incluso de antes de mi nacimiento, en el año 2014.

El tubo que tengo insertado entre el intestino delgado y la vejiga recibe mis deposiciones. En una ocasión, alguien se sorprendió de este sistema para eliminar mis residuos; fue cuando tenía catorce años, y unos periodistas vinieron a realizar un reportaje de investigación. Fue la primera vez que me dejaron hablar con los medios informativos. Lo llamaron “tortura”, “vergüenza”, “condiciones infrahumanas” (aunque claro, según los científicos sólo un ser humano nacido y deseado por su madre puede considerarse “ser humano”, y el trato que se me daba se correspondía con mi situación). Me preguntaron si no me avergonzaba el estar unido a una máquina que me alimentaba y a otra que extraía mis heces y mi orina. Entonces me di cuenta de que nunca había sentido la vergüenza (ni el amor, ni la dicha, ni la envidia… casi sin sentimientos, así es como soy), y tras hablar conmigo unos minutos, los periodistas perdieron su interés por mí.

Tras cinco meses trabajando más de veinte horas al día, de forma tan sistemática que no significa ningún reto para mí, comienzo a notar algo de cansancio. A mis cuidadores les pareció sorprendente descubrir que podía descansar con varias partes del cerebro mientras el resto trabajaba a un ritmo menor, con lo que no necesitaba dormir para realizar tareas sencillas. Sin embargo, a los sociólogos de la OTAN ese hecho les preocupaba, pues entonces la población no se sentiría registrada por un ser humano con capacidades particulares, sino controlada por algo anti-humano... así que se decidió que debía dormir 6 horas a la semana. Para ello tuvieron que sedarme, pues en un acto de rebeldía sin parangón -del cual se realizó una tesis doctoral, según pude comprobar en las revistas de investigación psicológica- me negué a dormir voluntariamente. Por primera vez en mi vida, hubo que forzarme a hacer algo. Ellos lo llaman dormir... pero yo no duermo, ya que no puedo soñar. Simplemente me paralizan y me provocan un coma controlado. De esto deduzco que el cansancio que noto no es tal, sino un estado mental, como si fuese el síndrome de abstinencia de una droga. Al igual que los seres humanos, es la actividad cerebral lo que realmente necesito para realizarme, y no el ocio o el descanso. Sin embargo jamás he mostrado esa opinión, primero porque no sería escuchada y también porque esas opiniones están tipificadas en el código penal como “terrorismo anticonsumista”.

Mientras sigo realizando mi trabajo, me doy cuenta que desde el apagón del último satélite nadie ha llamado, ni he visto a ninguno de los técnicos que debían rellenar los depósitos de alimento, suero y morfina. A lo mejor por eso ya no me sedan. O a lo mejor es un premio, o un castigo, por lo que sucedió antes del apagón. Recuerdo que un coronel estuvo aquí, comportándose como si estuviese loco y gritándome en francés. Me dijo que si tuviera piernas me las habría partido (recuerdo que ese comentario le hizo mucha gracia a un soldado que le escoltaba), todo porque colgué en Internet una teoría bajo un alias falso, y había creado el caos entre la población de muchos países. Durante varios meses  el número de conflictos armados y de víctimas en el continente africano aumentaron enormemente (varios millones semanalmente), y dado que ningún medio de comunicación recogía estos datos, los publiqué, bajo el título “Cadena de muertes en África. De seguir esta progresión, el continente quedará despoblado en tres meses”. Era cierto, las matemáticas no engañan. Recuerdo que el coronel no atendía a estas razones. Hablaba de “maldito alienígena” y “nos vas a llevar a una crisis internacional”, pero a mí me parecían irrelevantes sus quejas. Se marchó con una amenaza indefinida, y por eso supongo que me han privado de las visitas y la morfina.

Después de cinco meses tengo la piel algo agrietada. Como no puedo moverme, la piel muerta se me acumula. Yo no tengo olfato, por lo que el mal olor no sería un problema. Sin embargo la falta de higiene puede ser causa de enfermedades. Solía venir una mujer a limpiarme, con toallas húmedas, dos veces por semana. Era mi mayor contacto humano, e incluso podría decirse que mis únicas amistades (algunas de esas mujeres hablaban conmigo. Una me aseguraba que prefería mis relatos a ver películas de terror), pero después del apagón tampoco vinieron. Estoy solo.

Registro otro asesinato, cinco minutos y medio después de que la última niña suicida deje de respirar. Un hombre golpea violentamente en la calle a otro, y le sigue golpeando pese a que sus signos vitales han desaparecido: no respira, no se mueve y su corazón no late. Es una tónica habitual en los asesinatos, pero no la comprendo: no sé porqué un asesino sigue golpeando a una víctima después de lograr su objetivo: es una conducta irracional. Lo registro, 25 segundos después del suicidio ritual y el accidente de tráfico. Cinco segundos después un hombre en el Nepal se cae y se golpea el cráneo contra una roca afilada. No sé si está muerto porque una de sus cabras se acerca a él y le lame la cara, con lo que le transmite calor. Tengo que esperar cinco segundos de grabación: seis muertos en un accidente de autobús, siete muertos en informes de oncología, volcados en base de datos, treinta y dos niños que nacen muertos por la gripe en Rumanía, cinco fusilamientos en una prisión de China, una mujer asesinada con una pala de jardinería en su casa de Elche, diecisiete muertos cuando los colchones de una comuna anarquista salen ardiendo en San Francisco, dos niños devorados por un grupo de perros en el sur de Francia y las docenas de muertes por drogas que registro sólo con un número al final de la jornada (pues ni mi protocolo, ni el de los medios, la policía o los forenses indica que haya que hacer informes separados para los muertos por drogas). Tras esos cinco segundos descubro que el pastor de Nepal está efectivamente muerto, pues sus pulsaciones han bajado y su temperatura corporal es de 32 grados. Sin asistencia sanitaria su muerte es segura. Ningún médico constatará su muerte, ningún hombre o mujer le enterrará... tal vez siquiera le lloren. Pero yo lo registro. Yo me acordaré de él.

De forma automática, como cada día entre las tres y las cuatro de la madrugada, envío un mensaje informando del fallo de la red de satélites. Es muy raro que suceda eso. Todo el mundo decía que, aunque sucediese alguna catástrofe los satélites seguirían funcionando, incluso cuando una bomba nuclear explotó accidentalmente y acabó con Manhattan y con la vida de doce millones de personas al instante, los satélites siguieron funcionando. “Aunque toda la humanidad pereciese, los satélites seguirían funcionando”, decían sus creadores, algo así como semidioses cuidando de los que les habían creado en su mitología post-moderna. Por supuesto se equivocaban. Los satélites también fallan.

Otra bombilla se funde. Es extraño, ya llevan dieciséis desde el apagón, y nadie viene a cambiarlas. Entre la falta de higiene y la falta de luz siento como si realmente quisieran castigarme. Es posible que para ellos esta vida sea horrible, pero a mí me es indiferente. Estoy solo, y no necesito nada, salvo mis pantallas funcionando y la alimentación cada cinco horas.

Estoy solo, registrando los movimientos demográficos en la noche, enviando mensajes de aviso a mis superiores, aunque no respondan. Cumplo mi trabajo aunque no me reparen las lámparas, ni limpien mi cuerpo ni me suministren morfina.

Incomunicado desde que, poco antes de la media noche de hace un año, dos meses, tres días y cinco horas, la temperatura aumentase hasta en trescientos mil millones de grados en un centenar de ciudades a intervalos irregulares. Provocando que,  unos instantes después, los satélites se fueran apagando poco a poco. Estoy  registrando el pasado. Esperando a que se arregle la avería para registrar el presente.

Estoy solo. Solo en la noche.

 

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