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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 16 de febrero de 2019

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Cibergénesis

Se cuenta que el mundo fue creado en siete días. A la Tecnotorre, sin embargo, le bastó uno para arrasarlo.

Todo comenzó, tal y como estaba programado, nada más introducirse la primera de las siete claves, que activó una serie de conductos ya olvidados que esparcieron esporas en todo lugar conocido. Como resultado, se propagaron enfermedades ya olvidadas y erradicadas que diezmaron a gran cantidad de criaturas.

La segunda clave puso en funcionamiento maquinaria bélica escondida y oculta que inutilizó a todos los ejércitos existentes, convirtiendo el planeta en los restos de un gran campo de batalla.

La tercera clave selló los almacenes de comida y los recursos empezaron a escasear hasta que poseer un mendrugo de pan fue motivo suficiente para ser envidiado, perseguido y asesinado por otros.

La cuarta clave trajo consigo la erradicación de especies al completo, sin posibilidad alguna de recuperación.

Tras las cuatro primeras claves, la quinta abrió las entrañas mismas de la tierra, preparándose para un nuevo golpe de efecto. La sexta clave inició un movimiento interno de las placas que devastó continentes enteros y convirtió montañas en llanuras de escombros. No quedó un solo edificio en pie, ni ninguna agrupación de individuos a la que poder llamar sociedad.

La séptima clave, al ser introducida, trajo consigo un inquietante silencio que duró media hora. Tras ello siete máquinas dispersas por todo el mundo, grandes como países, se alzaron entre las ruinas y se pusieron en marcha, girando sus engranajes y haciendo un ruido similar al de los instrumentos de viento.

La primera máquina esparció proyectiles de fuego por el mundo y quemó un tercio de su superficie terrestre.

La segunda máquina, empleando un procedimiento similar, acabó con una tercera parte de las especies de los océanos.

La tercera máquina lanzó una bomba radiactiva al mar y contaminó su tercera parte, incluyendo las fosas marinas.

La cuarta máquina llenó de dióxido de carbono la atmósfera y tapó el sol y la visión de las estrellas.

La quinta máquina emitió ultrasonidos para movilizar a todos los insectos, que se convirtieron a partir de entonces en los señores del nuevo orden.

La sexta máquina exterminó a la práctica totalidad de la humanidad.

La séptima máquina apuntó al cielo y se desplegó hasta rodear a la Tecnotorre, proclamando el comienzo de su reinado.

Después de aquello, la Tecnotorre descansó. Había gastado mucha energía. Redujo los sistemas al mínimo y esperó nuevas instrucciones. Llevaba siglos observando y dirigiendo en la sombra el avance cultural de los humanos, pero nunca había tenido que realizar un esfuerzo como aquel. Su programa algorítmico, venerado por ellos a pesar de no comprenderlo, aún no había terminado, pero el paso siguiente no dependía de ella.

Aquello pudo haber supuesto el fin de los seres humanos, pero no fue así. Dos de ellos, de distinto sexo, fueron los únicos supervivientes, pero eso no lo sabían. Antes de conocerse vivían en distintos continentes, aunque ya solo quedaba uno. Antes de encontrarse hablaban distintos idiomas, después fueron dos extraños que cuando podían practicaban el idioma universal.

Al principio trataron de comunicarse con insistencia, pensando que alguno de ellos podría hacerse comprender al otro. Se tocaban a sí mismos con la mano en el pecho y pronunciaban su nombre, apenas una serie de sonidos sin sentido desde el punto de vista de su compañero. Trataron de memorizar dichos nombres, pero no tardaron en sustituirlos en su cabeza por Yo y El Otro. Olvidaron la herencia cultural, olvidaron el pasado, olvidaron la sociedad y todo lo que ésta les había enseñado. Solo importaban dos cosas: cómo sobrevivir cada día y cómo sobrevivir el siguiente.

Tras mucho peregrinar, el Hombre y la Mujer llegaron a los dominios de la Tecnotorre, una fortaleza que se destacaba ante la ausencia de cordilleras, tan grande que su cúspide se perdía en el cielo de ceniza, y estaba fabricada enteramente de metal, funcionando como un colosal pararrayos que disipaba la furia del firmamento. Entraron en su interior, abrumados por la escala a la que se vieron reducidos, hasta estar frente a la Tecnotorre en sí. Justo en aquel momento los sensores les detectaron y los sistemas se reactivaron, dando paso a la siguiente parte del algoritmo.

La Tecnotorre despertó, y rugió como si en verdad fuera un ser vivo y no una máquina sin alma ni sentimientos. Sondeó la mente de sus visitantes e implantó en ellos las creencias del pasado, así como el papel que ella había tomado en los acontecimientos. Introdujo en su memoria el episodio en que los humanos crearon una civilización alrededor de ella y la llamaron Babel, y cómo tuvo que intervenir dividiendo los lenguajes en sus mentes, pues aún no había llegado para ellos el momento del progreso. Les hizo saber también la ocasión en que debido al empobrecimiento genético de la raza tuvo que alterar el clima del planeta para provocar una inundación de proporciones catastróficas y se convirtió en vehículo para los supervivientes, así como para otros especímenes que convenía preservar. Implantó en su mente todos y cada uno de aquellos episodios, hasta que el Hombre y la Mujer volvieron a tener un conjunto de dogmas firmemente arraigados en su interior. Tras aquello, y siguiendo las instrucciones de su programación, les indicó el camino hacia la Cúpula Jardín, el único ecosistema conservado, para que lo cuidasen y guardasen. Sin palabras les hizo entender que podrían usarlo como desearan, pero que no deberían entrar bajo ningún concepto en la Sala de la Ciencia. La Mujer imploró para que la Tecnotorre les hiciera hablar un idioma común, pero ésta se limitó a regresar de nuevo a funciones mínimas y esperar el momento para iniciar la siguiente fase de su implementación.

El Hombre y la Mujer se dirigieron a la Cúpula Jardín, al Este de la fortaleza, en la región de Ende, y nada más entrar la compuerta se cerró tras ellos. Allí el aire era purificado, el cielo artificial mostraba suaves tonos azules y la vegetación era tratada con pigmentos que mantenían verdes sus colores. Los animales y los insectos no eran inofensivos pero tampoco letales, y la subsistencia resultaba idílica comparada con el exterior. La Cúpula era extensa, y en el centro de ésta se destacaba un ancho pilar metálico con una puerta de su tamaño. Nunca antes habían visto ese lugar, pero el Hombre y la Mujer supieron que era aquel al que no debían acercarse.

La vida era apacible en la Cúpula Jardín, donde era fácil olvidar los horrores del pasado e incluso la existencia de un mundo devastado más allá de sus paneles acristalados. El Hombre y la Mujer no tenían nada que hacer ni nada de lo que preocuparse. Sus necesidades básicas estaban cubiertas en todos los sentidos, y todo lo que debían hacer era deleitarse cada uno con la presencia física del otro.

Sin embargo, con el paso lento del tiempo, la Mujer desarrolló inquietudes. Recordó el concepto del número unidad, recordó que era posible comunicarse mediante símbolos con otros. Trató de comunicar dichas inquietudes al Hombre, pero éste se limitó a mirarla con incomprensión, pues no entendía a qué se debía su desasosiego y preocupación. Los sensores, sin embargo, sí captaron el cambio en la Mujer, y enviaron la señal a la Tecnotorre, que a pesar de no reactivarse por completo puso en marcha los comandos correspondientes.

Un día la Mujer estaba paseando sola en el interior de la Cúpula Jardín cuando una enorme serpiente de metal, más grande que cualquier monstruo del exterior, se acercó a ella. Las serpientes no eran desconocidas para la Mujer y corrió a esconderse, pero la criatura habló dentro de su cabeza y preguntó qué la inquietaba. La Mujer respondió no con palabras sino con emociones, y la serpiente se limitó a guiarla hasta el centro del Jardín Cúpula. Allí la Mujer vio que la serpiente era, de hecho, parte misma del pilar, el mismo a cuyo interior tenían prohibido acceder. La serpiente hizo a la Mujer recordar que ella formó parte de una sociedad avanzada, y que esa sociedad se había perdido para siempre, pero que su conocimiento residía allí dentro, en la Sala de la Ciencia. Solo tenía que entrar y todo lo perdido podría ser recuperado.

La Mujer dudó y tuvo miedo, y antes de tomar una decisión apresurada corrió junto al Hombre y trató de explicarle lo sucedido. El Hombre no entendió nada, pero cuanto más trataba ella de explicarlo más se convencía a sí misma de que tenían que entrar. El Hombre se limitó a seguirla, y una vez estuvo frente a la serpiente ésta le hizo recordar a él también el pasado. Pero el Hombre había convertido las palabras de la Tecnotorre en poderosas normas, e interpretó aquello como un intento de desviarle de las órdenes de su señor. Atacó a la serpiente con sus propias manos, y a pesar de no poder hacerla daño, ésta se replegó y volvió a tomar forma de pilar. El Hombre se miró los nudillos ensangrentados y luego puso la vista al frente, y vio a la Mujer acercarse hacia la puerta de la Sala de la Ciencia. Estaba cerca, tan cerca que podía ver la placa táctil para acceder a su interior, con forma de manzana. El Hombre corrió hacia ella y gritó, y de un golpe la derribó al suelo, golpeando con ira hasta que la sangre de sus nudillos se mezcló con la de su compañera. Una vez terminó se levantó y se marchó de allí avergonzado, dejándola abandonada a su suerte. Llegó al borde de la Cúpula y ésta se abrió, permitiéndole de nuevo acceder al mundo exterior, donde permaneció pensativo. En cuanto la Mujer recuperó la conciencia, siguió el rastro de sangre y encontró al Hombre al otro lado de la Cúpula, acurrucado y con la mirada perdida. La salida se abrió también para ella y se reunió a su lado. Después de aquello miraron la fortaleza de la Tecnotorre, pero en vez de dirigirse allí, tomaron el camino del Este con la intención de no regresar jamás.

Una vez los sensores se aseguraron de que los humanos habían dejado la Cúpula Jardín sin entrar en la Sala de la Ciencia, enviaron la información a la Tecnotorre, que salió de su estado de letargo. Envió a sus constructores el informe negativo del experimento y la conclusión del mismo: los seres humanos, a pesar de los siglos de evolución, no habían sido capaces de sobreponerse a su propia irracionalidad con el uso de la lógica. Nada más enviar la señal y recibir la respuesta, la Tecnotorre despegó rumbo a las estrellas, con la misión de aterrizar en otro mundo primitivo y reiniciar allí su programa.

Ya lejos de allí, el Hombre y la Mujer vieron el despegue de la Tecnotorre hasta que se perdió en el cielo eternamente oscuro. El Hombre, apesadumbrado por haber estado a punto de traicionar a su señor, se maravilló ante aquel acontecimiento milagroso y lo interpretó como una señal de perdón. Después de aquello, siguió su incierto vagar con su compañera a través de la tierra muerta y solitaria.

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