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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 26 de noviembre de 2020

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El prisionero

Recuerdo que atravesé los puestos de control y descendí confiado hacia el tercer subsuelo, a los pabellones de confinamiento. Se hablaba mucho del detenido al que vería, se decía que era un caso especial, pero yo pasaba las semanas "entrevistando" a esos pequeños agitadores acusados de pertenecer a la resistencia, y nada de lo que constaba en el expediente de éste me hacía suponer que debiera tratarlo de modo distinto. Se mencionaba la posibilidad de que fuera un mutante sin registrar, pero me dije que seguramente podría manejarlo. En el Ministerio, si había algo que sobraba, eran medios.

Pensé en la ciudad que nos rodeaba, con su arquitectura soviética de los años cincuenta, con sus moles cuadradas y grises, opacas. La Sede Ministerial se alzaba justo en medio de ellas: un edificio piramidal flamante, de paredes lisas y aspecto metálico, negro y sin ventanas, construido en tiempo record. Parecía algo caído del cielo, completamente incompatible con el entorno. Estaba allí como testimonio de la ocupación, sobresaliendo en el paisaje urbano igual que la punta de un iceberg descomunal.

Oh, sí, los Nuevos Amos sabían cómo hacer sentir su presencia, aunque en realidad estuvieran muy lejos de nosotros.

Dos guardias me escoltaron por el corredor. Abrieron la puerta de la celda y lo vi allí: sentado en el suelo, recostado contra la pared, con los ojos cerrados. Entré, cerraron la puerta y se retiraron. Él ni se inmutó. Le habían aplicado un campo de aislamiento, lo habían envuelto en esa radiación repelente destinada a limitar movimientos, impedir asir objetos o tener contacto físico con otras personas. Para algunos detenidos el campo era tan incapacitante que apenas podían respirar bajo sus efectos, pero él no parecía sufrir molestia alguna. Lo observé durante algunos segundos y por fin me senté en el camastro frente a él.

Entonces murmuró:

-Ya era hora de que vinieras.

Sonreí, descolocado. Pero me tomó sólo un instante volver a enfocarme en el procedimiento. Iba a presentarme cuando me detuvo con un gesto.

-Descuida -dijo-. Sé quién eres y a qué se debe tu visita.

Abrió los ojos y una claridad profunda y poderosa llenó la celda. Comprendí que no eran exagerados los informes sobre el efecto que él podía tener sobre la gente. Intenté ganar la delantera:

-¿No le interesa recuperar su libertad?

-La  verdadera  libertad es algo de lo que tus amos no han podido  privarme-, sonrió y sus dientes centellaron a la pálida luz de la lámpara -¿cómo podrían devolvérmela?

Algo en esa sonrisa disparó una alarma en mi mente. Permanecí callado durante un momento que me pareció muy largo, luchando sorprendido contra el impulso por salir corriendo de allí. Entonces noté que sus ojos -¿divertidos? ¿compasivos?- buscaban en los míos. Hubo un sutil cambio en su expresión. Me disponía a hablar nuevamente cuando él preguntó:

-¿Cómo anda tu madre, Václav? ¿Qué le dijo el médico?

Era bueno. Me pregunté qué sería: ¿un grado tres? ¿un grado cinco? ¿Cómo habría logrado un mutante tan poderoso escapar a la detección?

-¿Qué sabe de mi madre? -pregunté intentando mantener la calma.

-¿Qué sabes tú?

Comenzaban a sudarme las manos. Úsalo, me dije, deja que el maldito infeliz crea que caes en su juego.

-En realidad... Con la cantidad de trabajo que hubo esta semana...

Se mostró muy sorprendido:

-¿No hablaste con ella?

-Bueno -me desabroché el cuello de la camisa-, iba a llamarla hoy, pero surgió algo a último momento...

Sin prestar demasiada atención a mis balbuceos, comenzó a decir:

-Ya anocheció, pero todavía es temprano. -Inge­nuamente tanteé con la mirada los muros grises y mohosos buscando alguna ventana... hasta acordarme de que estábamos en el tercer subsuelo; tampoco había relojes a la vista. Él se limitó a encogerse de hombros ante mi expresión. -El rocío estuvo cayendo hasta hace un rato -explicó-; no deben ser más de las siete. ¿Te parece bien ir a verla ahora? -Se rió de mi cara de desconcierto-: ¡No vas a decirme que estás demasiado ocupado como para ir a visitarla ahora!

Estuve a punto de decir algo, pero él no me dejó dudar; atravesó el campo de aislamiento como si fuera agua, puso su mano sobre la mía y dijo:

-Vamos de una vez.

Sólo recuerdo un zumbido, y que mi mente se sumergió en un torbellino de colores confusos, extraños, que perdí toda noción de espacio y de tiempo, que me quedé sin aire y tuve miedo, un miedo repentino y primordial. Fue como si de pronto no hiciera pie, pero cayera hacia arriba... Y luego estaba allí, en el porche de la casa de mi madre con él a mi lado, sonriendo y alisándose el cabello como si se preparara para una cita. En verdad era un hombre enorme, mucho más alto y corpulento de lo que yo había imaginado antes de verlo de pie. ¿O sería que recién entonces comenzaba a mostrarse como era en realidad? Sin darme tiempo de hablar -y a ciencia cierta no sé que hubiera podido decir- alzó una de sus manazas y llamó golpeando la aldaba con delicadeza. Oímos pasos apresurados y abrió la puerta mi madre.

Estaba tan feliz de verme que me abrazó y besó y nos hizo pasar de inmediato.

-¡Adelante, adelante! -canturreó mientras nos guiaba hacia la cocina-. Algo me decía que iba a tener visitas. Estoy preparando pishkis y tengo café recién hecho.

Atravesamos el comedor en penumbras y me pareció que la casa estaba tal como la recordaba. La adiviné algo envejecida, con la pintura descuidada, pero tan llena de chucherías como antes; hasta me pareció ver multiplicadas las figuritas de porcelana, los retratos en la pared, las carpetitas bordadas. Cada paso que daba adentrándome en ella, cada paso que daba hacia la cocina tibia e iluminada, lo retrocedía en el tiempo.

La cocina era el aroma de los pishkis, el sartén crepitante, las cortinas abiertas y el mantel blanco; mi madre de espaldas, batiendo: una escena de mi infancia. Él seguía sonriendo tan amistosamente que comencé a detestarlo. Nos sentamos a la mesa y, en medio de una alegre charlatanería, mi madre se desvivió por atendernos. Él seguía una a una sus palabras y hacía comentarios que a ella le encantaban. Le preguntó por sus dolencias y ella las minimizó; entonces la regañó por no cuidarse lo suficiente y ella rió con coquetería. Por fin exclamó:

-¡Qué ricos están los pishkis!

-¿De verdad? Por el racionamiento se consiguen cada vez menos cosas, tuve que arreglarme con lo que había en el mercado y me preocupaba que quedaran medio secos...

-Nada de eso: ¡Estos son los mejores pishkis del mundo!

Esa gota rebalsó el vaso. Casi le grité:

-¿Qué necesidad tiene de mentir?

Las  palabras me salieron duras, más de lo que yo esperaba, más de  lo que hubiera querido. Mi madre me miró extrañada, ahogando un reproche, pero él me habló sin rencor ni falsa amabilidad.

-Yo nunca miento. En este momento éstos son los mejores pishkis del mundo.

No supe cómo contestar.

-¿Nos disculpa, señora? Su hijo y yo vamos a salir un momento...

Me tomó por el hombro y casi me arrastró hacia la puerta de la cocina. Una vez que estuvimos fuera, en la galería, me señaló el escalón del borde para que me sentara; luego se sentó a mi lado. El pequeño huerto estaba en sombras, las casas vecinas en silencio. Me sentí como cuando era niño y mi padre estaba a punto de reprenderme por algo que yo sabía que había hecho mal. Pero la reprimenda nunca llegó. Él parecía dolido más que enojado.

-Escúchame -dijo finalmente-, sé que esto debe ser bastante extraño para ti y que no tienes ninguna razón para confiar en lo que te digo. Pero está pasando. Y puedes disfrutarlo o dedicarte a discutir conmigo.

Yo trataba de ordenar mis pensamientos, pero me sentía demasiado abrumado para pensar o para tomar cualquier decisión. Me pregunté qué esperaba lograr él haciéndome pasar por todo aquello. La cabeza me daba vueltas. Todo lo que pude hacer fue alzar los ojos al cielo. Y fue como si lo viera por primera vez. La noche estrellada me pareció ajena. Inquietante. Pero increíblemente hermosa. Después de un momento dije:

-Volvamos adentro. Mamá debe estar preocupada.

Confieso que me costó sobrellevar la sensación de extrañeza que experimentaba. Miraba a mi madre y no podía dejar de preguntarme si ésa era realmente mi madre o si yo estaba realmente allí hablando con ella. Sin embargo, llegado un punto, me dije: Qué más da. Está pasando. Y poco a poco empecé a disfrutar de la charla, y comprendí -sorpren­dido, avergonzado- cuánto hacía que la llamaba sólo por compromiso. No tuve que decírselo, ella parecía darse cuenta de lo que me sucedía, parecía incluso haberme perdonado. La vi rejuvenecer tanto en un par de horas que lamenté que mi padre no estuviera con nosotros para verla.

Cuando la réplica de reloj cucú anunció las once, él dijo que ya era hora de irnos y se despidió de mamá con el cariño de un hijo; me tomó del hombro y se encaminó hacia la puerta principal. Antes de salir se volvió para recomendarle que no tomara frío y decirle que yo volvería a visitarla pronto.

Una vez en el porche, me quejé del compromiso.

-¿Por qué le dijo eso?

-Porque vas a venir.

-¿Cómo lo sabe?

Me sonrió de un modo extraño, casi feroz, y no quise seguir indagando.

Todavía me zumbaban los oídos debido al salto y, frotándome las sienes, me pregunté cuántas pastillas necesitaría para alejar el dolor de cabeza que estaba sintiendo. Me subía desde la base del cráneo como una especie de resonancia, igual que si me hubieran dado un recio cachiporrazo en la nuca. Entonces lo escuché decir:

-Hace mucho que no ves a tu esposa, ¿no? ¿Cuánto tiempo llevan viviendo separados?

Su pregunta fue como una patada en el hígado.

-¿A qué viene eso?

-¿Y a tu hija? ¿Cuándo fue la última vez que...?

-Ella ya está grande -respondí, cortante.

Buscó en mis ojos y sonrió maliciosamente.

-¿De qué tienes miedo? ¿De que te pregunte cómo te ganas la vida?

Otra patada en el hígado.

-Yo siempre cumplí con ella y con su madre. Nunca dejé que les faltara nada -me defendí.

Él rió.

-Y nunca les faltó nada. De eso les diste grandes cantidades: de nada. Ausencia fue lo que más les diste.

Me observó durante un instante, como evaluando si yo valía el esfuerzo. Esa mirada, a medio camino entre la compasión y el desprecio, terminó de violentarme.¿Quién era él para meterse en esos asuntos? Ya estaba listo para enfrentármele cuando apoyó su mano en mi brazo y, suavizando el tono, agregó:

-Seguro todavía puedes recordar cómo eran las cosas en un principio. No ha pasado tanto tiempo.

Sentí que se me ablandaba el cuerpo de un modo antinatural. Imágenes como destellos me fueron poblando la mente. En la chatura de mi memoria, algunos detalles comenzaron a cobrar relieve, como si fueran las únicas partes importantes de un tapiz enorme que reconocía con la yema de los dedos. Cada uno de esos detalles era semejante al fragmento de una imagen holográfica: una parte y el todo. Ella volvía a mí en el tenue brillo que tomaba su piel al hacer el amor; en el perfumado azul de las flores que tanto le gustaban; en el sabor de su café, que nunca pude igualar. Toda nuestra vida juntos estaba en la palidez jubilosa de su rostro el día de nuestra boda, en la primera canción de cuna y en el primer llanto de nuestra hija...

-¿No te gustaría estar con ellas otra vez? -preguntó.

No supe qué responder. Todo eso había sido durante la Reforma, antes de la ocupación. Había sucedido en otra vida. Le había sucedido a otro hombre. Estaba claro que yo había cambiado. No me agradaba pensar qué tanto. No me agradaba recordar las cosas que había hecho para sobrevivir, las cosas que todavía hacía para conservar mi posición, para mantener contentos a los Nuevos Amos. Pero comprendí que mi familia era una especie de vínculo con esa época anterior, esa época inocente y feliz en la que todavía no sabíamos lo que el mundo podía hacernos.

Me escuché decir, con voz casi ajena:

-Vayamos a verlas.

Y él me sonrió. 

Volví a perderme en ese torbellino del primer salto, volví a sumergirme en la maraña de colores y sensaciones contradictorias, pero ya no tuve miedo. Esta vez me dejé envolver por esa calidez que me invadía y me arrastraba. Y de pronto me hallé parado a su lado, en el pasillo exterior del vigésimo piso de la torre habitacional. El viento silbaba con crudeza a nuestras espaldas. Recién entonces caí en la cuenta de que era casi medianoche y estábamos llamando a la puerta del departamento de mi ex-esposa.

-¡Esto es una locura! -dije-. ¿Qué estamos haciendo?

Él me miró amenazante y me impuso silencio con un gesto; ya se oían los pasos acercándose a la puerta. Alguien observó por la mirilla y, después de un instante, volvió a observar. La puerta se entreabrió, todavía sujeta con la cadenita de seguridad, y vi aparecer su cara. Qué linda estaba.

-¿Václav? ¿Qué haces aquí?

¡Su voz! Casi había olvidado esa cualidad cristalina que el teléfono le robaba y que tanto había amado yo alguna vez... Intentando disimular mi turbación, balbuceé:

-Bueno... En realidad, pasaba... y se me ocurrió venir para saber cómo estaban ustedes.

Me miró desconcertada. Comprendí que no había estado con ella cuando más me necesitaba, que no nos habíamos visto las caras en mucho tiempo y que ahora yo aparecía diciendo que pasé por ahí y, al ver luz, subí. Pero no hubo reproches. Quitó la cadena y abrió la puerta.

Me dio la sensación que el departamento era más pequeño de lo que yo recordaba. Me sentí sofocado entre aquellas paredes. Comprendí con amargura que el hogar que yo había abandonado ahora resentía mi presencia.

Sentado en la modesta sala, no podía dejar de mirar un portarretrato antiguo que había sobre un estante, donde se alternaban tres imágenes de una misma serie -mi esposa y mi hija haciendo morisquetas y payasadas en algún sitio fuera de la ciudad-; no podía dejar de preguntarme quién habría tomado las fotografías.

Ella regresó de la cocina con los vasos, excusándose porque lo único que tenía para ofrecernos era un viejo licor. Él respondió que eso estaría perfecto y, mientras la ayudaba a servir, comenzó a hacer todo lo posible por parecer el hombre más agradable del mundo. Insistía buscando conversación e intentando disolver las asperezas de nuestra mutua incomodidad, y pensé que había algo patético en aquella situación; sus esfuerzos me recordaron los del amigo aquel que nos había presentado tantos años atrás y sonreí; ella pareció estar pensando en lo mismo y sonrió también. Mencionó a los amigos que habíamos tenido en aquella época, pequeñas anécdotas. Había tanta gente de la que no habíamos vuelto a saber, tanta gente que había muerto o desaparecido; temí que hiciera preguntas y la conversación tomara ribetes espinosos, temí que mencionara a su hermano, a quien yo no había salvado, pero no lo hizo.

De a poco, la charla se hizo más y más cálida. Ella se quedaba en silencio de tanto en tanto y luego reía, como si sus propios recuerdos fueran muy graciosos. Yo la miraba y sentía cómo se iba emborrachando mi corazón. Por fin, pregunté por mi hija.

-Ah, ella está bien -respondió-. Se quedó en casa de una amiga. Pronto comienza su noviciado y está un poco nerviosa. -Quiso mostrarse confiada, pero algo tembló en su voz.

¿Su noviciado? ¿Entraría a un campo de entrenamiento? Sentí un súbito malestar. Conocía a los uniformados que salían de esos campos, sus cabezas rapadas, sus miradas vacías, sabía de su obediencia ciega y de su gusto por la brutalidad. ¿Mi hija, la niña que sonreía y hacía morisquetas en esas fotos, entraría a uno de esos campos? Allí le arrebatarían todo lo que era, todo lo que hubiera podido ser. Pero qué otras opciones había en nuestra patria ocupada: estudiar era peligroso, siempre estaría bajo sospecha, y una mujer joven, una que no había recibido una gran educación, que no era rica y a la que sus padres no podían enviar al extranjero, no tenía mucho de dónde elegir. Ella crecía rápidamente y cuanto más tiempo pasara, menos posibilidades tendría de ingresar. Yo sabía que en los campos sólo aceptaban "mentes frescas". Ella entraba en la adolescencia, estaba en la edad justa; después de los dieciocho sólo la tomarían para tareas de limpieza. Si ingresaba ahora, hasta podría hacer carrera en las nuevas Fuerzas de Seguridad.

Me repetí que quizás fuera lo mejor... pero eso no aplacó la sensación de angustia que me había invadido.

Sin embargo, me dije que no debía intervenir, que quién era yo para opinar o para cuestionar las decisiones que se tomaran en aquella casa, no era más que un extraño, un intruso, allí...

Abatido, me pasé la mano por el rostro, y cuando alcé la vista descubrí que mi esposa me estaba mirando; había un profundo dolor en sus ojos. Recién entonces comprendí el significado del temblor que antes había detectado en su voz. Fue como si la escuchara decir: "Si mi hija tuviera un padre que cuidara de ella no tendría necesidad de entrar a un campo".

El peso de esas palabras no pronunciadas me derribó.

No fue como antes, cuando la suma de sus reproches taladraba mi cerebro. Este mudo reclamo me atravesó limpiamente, como una hoja afilada. La contemplé sentada allí, algo inclinada hacia adelante, con las manos juntas sobre el regazo, tan cerca y a la vez tan lejos de mí, y la amargura me tiñó por dentro. Tuve ganas de matarla. Porque no lloraba, porque podía vivir sin mí, porque tenía el descaro de señalarme mi ausencia. Tuve ganas de levantarme y salir dando un portazo. Tuve ganas de no haber vuelto jamás. Tuve ganas de nunca haberla conocido. Pero antes de darme cuenta imploraba a sus pies:

-¡Perdóname!¿Qué tengo que hacer? ¡Dime qué tengo que hacer para que me perdones!

Mi reacción la tomó tan por sorpresa que casi la hice saltar de su asiento. Me sentí ridículo. Descorazonado, oculté el rostro entre las manos, ahogándome con mi propio llanto. Pero entonces sucedió algo extraordinario: ella se inclinó hacia mí, despacio, y me acarició la cabeza. "Tranquilo, no te pongas así", dijo su voz cristalina, "todo va a salir bien". Y yo le creí.

Me hizo alzar la cara, secó mis lágrimas y me sonrió trémula. Luego me besó. Sentí que el cuerpo se me incendiaba. No sé que hubiera hecho si hubiésemos estado solos. Busqué y busqué en mi mente, y no pude hallar ningún motivo valedero para nuestra separación, no encontré más que pobres excusas, y siempre detrás de eso la sensación de ausencia, de ver los hechos sucediéndose como en una vida ajena.

Se me hizo muy claro que de algún modo, durante la confusión de la guerra, yo me había... perdido. Había tenido esperanza, había pensado que el cambio era posible, había pensado que después de la Reforma nuestra nación finalmente tendría una oportunidad, que tanto sacrificio, tanta lucha y tanta muerte no serían en vano. Realmente había creído. Y la ocupación había matado una parte de mí. Lo que vino después -mi contratación como intérprete y luego como negociador, mi ingreso al Ministerio y las progresivas concesiones que había hecho, sintiéndome obligado a demostrar en cada acto mi eficiencia, mi lealtad, mi compromiso con el Nuevo Orden-, todo había sucedido como consecuencia de aquella primera resignación.

Me había alejado cada vez más de los que me rodeaban, me había encerrado cada vez más en mí mismo. Al final no pude hacer otra cosa que mudarme a la Sede Ministerial; no toleraba las miradas de temor, suspicacia o desprecio de aquellos con los que me cruzaba en las torres habitacionales, estaba cansado de que pintaran "TRAIDOR" en nuestra puerta y temía las represalias de algunos elementos de la resistencia, pero lo que se me hacía más difícil de soportar era el silencio que se había instalado en nuestra mesa. Y ahí, hincado frente a mi esposa, como si luchara contra ese silencio que me había entumecido durante tanto tiempo, dejé salir las palabras a borbotones y se lo conté todo.

Hablé y ella escuchó durante la madrugada entera, hasta que él dijo que debíamos marcharnos.

Asentí mansamente y me puse de pie. Lo mismo me hubiera entregado en ese momento a cualquier tarea que se me hubiese encomendado.

Mientras mi esposa nos saludaba desde la puerta, él prometía que yo llamaría pronto para salir con ellas, y yo me limitaba a sonreír. Qué más podía hacer. Sabía que haría ese llamado.

Recuerdo que caminaba detrás de él, un poco aturdido todavía, cuando vi algo que apareció y desapareció entre las fachadas de los edificios de enfrente. Todavía estábamos en el pasillo exterior del vigésimo piso y retrocedí un paso y luego otro, observando, buscando el origen del destello. Y allí estaba: una pequeña ranura vertical entre las moles de las torres por la que se podía ver el sol saliendo sobre la bahía. La luz dorada me sobrecogió. Era un día seco y fresco, el aire estaba limpio y parecía que desde ahí se podía ver muy lejos. A un mundo de distancia.

Pero el viaje terminó.

Y un momento después estábamos en la celda una vez más.

Erguí la  cabeza como buscando a qué aferrarme. Él seguía sentado frente a mí y sonreía. Detrás se alzaban las paredes de la celda. Inseguro, temiendo lo que habría de venir, busqué mi reloj y confirmó lo que era de esperarse: habían pasado sólo unos minutos desde que yo había entrado. Olvidé mi trabajo, el procedimiento, lo que se supusiera que debía hacer allí. Sentí que se me revolvía el estómago, que una rabia absoluta, envenenada, se desataba en mí, sentí que llegaba a odiarlo de un modo en el que nunca había odiado a alguien.

Me lo habían advertido: "Quizás haga su numerito contigo", pero nunca imaginé que me afectaría tan profundamente. No era la primera vez que tenía que tratar con mutantes, pero ninguno de los anteriores había resultado ser tan poderoso y siempre mis propias capacidades habían sido suficientes para bloquear su influencia.

Debería haberlo sospechado.

Debería haber sabido que él, con su repentino surgimiento, con sus misteriosas apariciones en público (que seguían reportando incluso después de su arresto), con el extraño efecto que sus discursos tenían en la gente, no era un activista más. ¿Qué lo había hecho salir de la clandestinidad y dejarse capturar? Me dije que no debía olvidar que los Nuevos Amos tenían un poderoso enemigo, dueño también de una tecnología fabulosa e incomprensible. ¿Serían los responsables de sus capacidades sublimadas? ¿Lo habrían enviado Ellos? Pero, ¿con qué fin? ¿De qué modo podría beneficiar a la resistencia local este encarcelamiento?

Sin embargo me dije que no podía esperar a saber tales cosas, porque resultaba innegable que él era más peligroso que todos los otros agitadores juntos; me dije que los pobres estúpidos que se reunían a escucharlo, esos que llevaban meses clamando por su libertad, no eran más que víctimas de sus manejos; me dije que debíamos destruirlo, de inmediato.

Sé que mientras él me observaba sin decir palabra le grité insultos que me quemaban la boca, como me quemaba el miedo, el resentimiento y el desprecio hacia mí mismo por haberle permitido manipularme a su antojo. Mis gritos atrajeron a los guardias que rápidamente abrieron la puerta. Impulsado por la revulsión, salí disparado hacia el exterior del pabellón y recorrí los pasillos más aprisa que nunca.

Llegué a la Jefatura con el sudor corriéndome por debajo de la camisa. Me cedieron el paso y un momento después estuve frente al Jefe de los Pabe­llones de Detención. Me costó hablar, tenía la garganta seca, pero finalmente dije lo que había ido a decir.

-No va a firmar. -La voz se me entrecortó y me dejé caer en la silla-. El muy desgraciado no va a firmar. No lo hará ahora ni dentro de diez años.

-Tenemos todo el tiempo del mundo... -comenzó a decir el Jefe.

Negué con la cabeza.

-No lo recomiendo, señor. Resulta evidente que ha sido modificado y es probable que la mayoría de los procedimientos de los que disponemos no tengan el efecto deseado en él. Sería una pérdida de tiempo y de recursos. Y cuánto más tardemos en ponerle un punto final a la situación, más crecerá su imagen entre la gente.

El Jefe se miró las manos; luego miró al Oficial Político, que fumaba sentado en silencio algunos metros más allá. Lo que yo acababa de decir no parecía sorprenderlos en lo más mínimo. El Jefe movió el brazo sin prisa, alcanzó el teléfono y marcó. Intercambió algunas frases lacónicas y colgó el auricular.

-El Borrado -dijo- se realizará mañana a primera hora.

Yo sabía que sería así, que si no existía oportunidad de que él declarara públicamente que estaba arrepentido de sus acciones y dispuesto a reformarse, que sus actos no eran más que ilusionismo, que eran engaños planeados para promover al caos y al desorden, debía ser sometido a ese procedimiento. Y sin embargo me inquietó escuchar la sentencia. Siempre creí que había algo realmente siniestro en el Borrado, siempre creí que era una forma de muerte peor que la muerte, porque se basaba en quemar algunas zonas del neocortex, de eliminar con precisión quirúrgica ciertas secciones de la memoria. Cuando terminaba el procedimiento, el condenado todavía podía hablar y comer solo, sabía escribir y atarse los cordones, incluso recordaba su nombre y algunas cosas de su pasado, pero había perdido todo aquello que en algún momento lo había hecho ser quien fue.

Salí del despacho.

Me repetí que así era como debía ser, que aquello era lo mejor, que no había opción.

Abrí la puerta de mi oficina sin voluntad. Sólo encendí la lámpara del escritorio. Busqué en el librero, saqué la botella semivacía y me eché sobre el diván. Miré alrededor y comprendí que llevaba demasiado tiempo allí, metido entre montañas de expedientes, haciendo el trabajo que nadie más quería hacer.

Mudarme al Ministerio quizá no había sido tan buena idea.

Claro que podría salir cuando quisiese... pero ¿dónde más iba a ir?

La idea del afuera se había vuelto extraña para mí, como si lo que había más allá de las paredes de la Sede Ministerial hubiera comenzado a desvanecerse apenas acepté el empleo.

Las paredes grises rodeándome por completo, continuamente, fuera cual fuese el lugar en que me encontrara... Ésa era mi realidad.

Intenté alejar esa imagen dándole un buen trago a la botella. Y como no se resignaba al olvido tomé otro y otro más. El dolor de cabeza se había vuelto insoportable. Busqué en mi bolsillo y saqué el frasco con pastillas. Me habían dicho: "Nunca más de dos. Nunca con alcohol". Tomé cuatro y las empujé con un par de tragos más.

Fui cayendo en un sopor pesado y doloroso. Pero a medida que mi conciencia se achicaba y me iba acurrucando en un rincón de mi mente, sentí que algo se extendía sobre todo aquel territorio que yo abandonaba. Fue como si, al irme retirando al fondo de una enorme casa, alguien me siguiera a la distancia encendiendo las luces que yo apagaba. Quise volver sobre mis pasos, enfrentarlo, pero me faltaron las fuerzas. Sentí recelo, impotencia; luego, una paulatina resignación; y al final, inexplicablemente, esperanza.

Tuve sueños confusos, llenos de sensaciones contradictorios e imágenes extrañas.

Soñé con una semilla que germinaba y con una enredadera incesante que llegaba a tocar todas las cosas del mundo.

Me incorporé trabajosamente hasta alcanzar el teléfono.

-Hable -dije.

La voz pronunció mi nombre, dudando; tardé un momento en comprender que era la voz de mi esposa. Se disculpó tan dulcemente por llamar a esa hora que se me encogió el corazón. Luché por aclarar mi mente mientras la escuchaba hablar, traté con todas mis fuerzas de entender lo que me decía, pero me distraía buscando esa cualidad cristalina que tanto extrañaba en su voz...

De pronto me hallé contemplando el auricular que descansaba colgado sobre el teléfono. ¿Ella me había invitado a almorzar? ¿Realmente había llamado o yo lo había soñado? No lograba estar seguro. Era como si mi cerebro hubiera sufrido un cortocircuito.

Un chillido de acople me sobresaltó.

-Hombre muerto caminando -dijo una voz en el sistema de altoparlantes.

El modo usual de proclamar que alguien estaba siendo trasladado para un procedimiento final actuó en mí como un disparador. Me puse de pie y tomé el arma del cajón. Miré mis manos: ya no temblaban. Salí de la oficina caminando rápidamente. Me sentía envuelto por un leve estupor. Sin embargo, algo se desenrollaba y se expandía hasta llevar claridad a cada rincón de mi mente. Era como si yo fuese al mismo tiempo espectador y protagonista de una película cuyo argumento iba descubriendo sobre la marcha.

No esperé el ascensor, tomé las escaleras y bajé aprisa.

Cuando llegué al tercer nivel procuré tranquilizar mi respiración, abrí la puerta y caminé por el pasillo. Detrás del segundo recodo estaba una de las puertas de sección. Saludé a la cámara y pasé la identificación por el sensor. Me pregunté si en realidad alguien me estaría viendo. Probablemente todos estén pendientes del procedimiento. Y la perspectiva de no llegar a tiempo me heló la sangre.

Corrí escalones abajo. Me sentía disociado de mi cuerpo. ¿Qué me proponía? ¿Qué haría al llegar a la sala de ejecución? No lo sabía. Pero tampoco dudaba.

El último trayecto hacia el Recinto se me hizo interminable. Los tramos de escaleras, los pasillos y los recodos se sucedían y alternaban como en un laberinto que cambiaba de forma. Cuando me vi frente al puesto de acceso apenas podía creerlo.

Agité la mano como saludo y los guardias me respondieron como tantas otras veces. Uno de ellos me cedió el paso abriendo la primera reja y, cuando esta ya se había cerrado a mi espalda, preguntó:

-¿Viene al Borrado?

Asentí, tratando de mantener la sonrisa; me perturbó notar en sus ojos un siniestro vacío del que nunca antes me había percatado.

-Le llegó el día, ¿verdad? Lástima que el procedimiento sea privado... -comentó su compañero.

Advertí que existía una especie de acuerdo tácito para no pronunciar su nombre, y percibí en el aire ese particular temor a lo desconocido que angustia a las mentes pequeñas.

Era de esperarse que las Nuevas Autoridades desearan pocos espectadores. Él se había vuelto demasiado conocido, demasiado peligroso, como para ejecutarlo públicamente. Ni siquiera podían asesinarlo en silencio, para luego tirar su cuerpo al mar o enterrarlo en una fosa común en algún lugar del desierto. No. Serían más sutiles, más perversos. Se limitarían a remover de su mente todo lo que lo definía como individuo, lo convertirían en alguien que no se recordara a sí mismo, y luego lo liberarían para que deambulara por las calles, silencioso y apático, a la vista de todos.

-Sí, claro, el procedimiento es privado -concedí-. Pero yo no puedo faltar.

Me observaron durante un instante. Luego, el que había hablado primero respondió:

-Por supuesto. -Y sonrió con desprecio. El mismo desprecio que yo había encontrado tantas veces en aquellos que me contemplaban.

Accionaron el mecanismo que abría la segunda reja y avancé.

Al trasponer las grandes puertas advertí que el auditorio estaba casi vacío. Se me ocurrió que la escasez de público se debía a que el espectáculo había sido representado demasiadas veces. Entonces el enorme vidrio espejado se fue haciendo transparente y lo vi del otro lado. El técnico preparaba su equipo junto a una mesita metálica y él estaba amarrado a lo que llamaban el Sillón del Adiós. Sus ojos se encontraron con los míos, simplemente me sonrió y supe con claridad lo que debía hacer.

Saqué el arma de la cintura y tiré contra los guar­dias que protegían la entrada a la cámara central.

Tiré avanzando a grandes zancadas entre los gritos y la estúpida sorpresa de los presentes. 

Alguien se puso de pie, armado, vociferando; le disparé sin siquiera volverme a mirarlo, y seguí adelante.

Una parte de mí vociferaba tanto como ese espectador lo había hecho, gritaba más alto que el ulular de la alarma que ya reverberaba en los muros: me parecía increíble lo que acababa de hacer, me parecían increíbles la frialdad y precisión con las que estaba actuando.

Empecé a creer que era posible, que si lo sacaba de allí quizás pudiéramos escapar. Conocía el protocolo de seguridad del Ministerio, sabía que los guardias del acceso no se moverían de sus puestos, que nadie entraría al Recinto hasta que llegara el Grupo de Contención; eso me daría algunos minutos de ventaja. Después de liberarlo, podría utilizar a los espectadores (algunos, importantes funcionarios del Régimen) como escudo para garantizar nuestra salida.

Empecé a creer que era posible, que si lo sacaba del Ministerio quizás pudiera llevarlo con gente de la resistencia; ellos sabrían qué hacer para esconderlo o sacarlo del país; probablemente mi fama me precedería, ellos dudarían de mis razones y tratarían de matarme, o tratarían de matarme aunque no dudaran de mis razones, pero debía intentarlo.

Sí, empecé a creer que era posible.

Me había llevado sólo unos segundos cruzar la sala.

Quité el seguro de la puerta, entré a la cámara y el arma del técnico me estaba esperando. Durante un instante estuvimos apuntándonos mutuamente con el brazo extendido. Recuerdo que pensé: A esta distancia, ninguno de los dos puede fallar. Debió haber pensado lo mismo, porque hizo algo que yo no esperaba: giró y le disparó a él. Tengo que admitirlo, no puedo menos que admirar a un hombre tan comprometido con su trabajo. Los dos tiros que le puse en la cabeza no fueron suficientes para borrarle la sonrisa. Cuando jalé del gatillo, esos estampidos resonaron en un mundo que de pronto se había vaciado de sonidos. Me acerqué al sillón sin saber qué hacer. Él se miraba el pecho ensangrentado; alzó la vista y me sonrió.

-¿Por qué tardaste tanto? -preguntó.

-Lo siento -respondí estúpidamente, mientras liberaba una de sus manos. Me faltaba el aire.

-Deja eso... Ya no tiene sentido.

Tomó mi mano. Había algo en sus ojos, algo diferente. Sentí otra vez el ramalazo de ese pavor instintivo que había mordido mi mente en la celda, la primera vez que lo había visto sonreír.

¿Esa había sido realmente la primera vez?

Quería entender qué me ocurría, pero era como si mi cerebro hubiera vuelto a sufrir un cortocircuito.

¿Yo lo había visto antes? ¿Yo lo conocía? ¿Desde cuándo?

Con temor creciente, pensé en las visitas que habíamos hecho a mi madre y a mi esposa, y en la forma en que nos habían recibido.

¿Por qué yo no había tenido que presentarlo?

Tenía que ver con algo que estaba muy, muy en el fondo de mi mente. Algo que no lograba recordar.

¿Por qué no podía recordar?

Al esforzarme, vino la primera punzada. Fue como si un alfiler atravesara mi ojo derecho. Junto con el dolor, vino un escalofrío. Cautelosamente, intenté recordar otra vez y apenas pude contener un grito. Supe que no se trataba de un Borrado, ni siquiera de una Supresión. Lo que yo estaba sintiendo eran los efectos de un Cerrojo, un procedimiento por el que uno dejaba de tener acceso a ciertos elementos de su pasado. Entendí que no se trataba de que los Nuevos Amos hubieran vaciado mi memoria; no habían tenido que hacerlo; yo había renunciado a ella. Un condicionamiento como el Cerrojo sólo funciona si es implantado por propia voluntad. Se me revolvió el estómago. Sabía que yo había elegido cambiar, había elegido "ajustarme", pero ¿hasta ese punto?

¿A qué cosas había renunciado?

No importaba.

"Una memoria incompleta determina una identidad incompleta, una identidad que puede ser modelada", el Jefe me lo repetía siempre al hablar del Supresor.

Y para el caso esto era igual.

¿A qué parte de mí mismo había renunciado?

Sólo había un modo de saberlo.

Los recuerdos estaban allí, no los había perdido en realidad; esa era la particularidad de un Cerrojo. Si soportaba el dolor, podría alcanzarlos. Comprendí que no sería fácil. Nunca he sido un hombre muy fuerte, y siempre le he temido al dolor. Además, se me hacía cada vez más difícil luchar contra ese terror, contra el furioso deseo de huir que iba creciendo a medida que consideraba la posibilidad de llegar a mis recuerdos.

-Yo te ayudaré -dijo él. Y apretó más mi mano. Un hilo de sangre le brotaba de la comisura.

Quise retroceder pero no me soltó.

Ahogado de pavor, quise preguntar por qué estaba sucediendo aquello, por qué a mí, por qué en aquel momento, pero antes que yo pudiera articular las palabras él respondió:

-Porque algunos no hemos perdido la fe en ti.

Y de pronto reconocí el brillo de su mirada. Fueron como chispazos en mi mente. Sensaciones que se abrían paso, emociones prefigurando recuerdos. Antes incluso de ver imágenes, antes de saber cuándo o cómo había sucedido, supe que él había sido mi amigo. Más que eso. Supe que habíamos crecido y luchado juntos. Y supe que ahora había venido a liberarme.

Como si se rompiera un dique y un río desbocado, hambriento de valles, reclamara los secos cauces de mi mente, los recuerdos me inundaron con un dolor incandescente. Caí de rodillas. Pero Havel no me soltó. Y a medida que la vida se le iba yendo, a medida que su cuerpo se vaciaba de energía, yo me llenaba  por dentro.

Me completaba.

Me potenciaba.

Todavía temblando, retiré las manos con las que me había cubierto el rostro y alcé la cabeza. El Grupo de Contención entraba al Recinto después de volar las grandes puertas; pronto estarían en la cámara central.

Mi ventaja de algunos minutos había terminado.

Y entonces, de pronto, me hallé sin miedo, y comprendí que ya no había lugar para el temor en mi alma ahora fortalecida. Me puse de pie y levanté las manos. En ese momento volaba la segunda puerta y ellos me rodeaban. Por un instante, antes de que se echaran sobre mí, me di cuenta que estiraba los labios en una sonrisa, una sonrisa que seguramente los asustaba más que cualquier otra cosa.

Estoy metido en un campo de aislamiento, pero para mí no significa nada. Podría atravesarlo como si fuera agua.

Los escucho hablar fuera de la celda.

-¿Cómo pudo pasar? ¿Cómo permitieron que ocurriera esto?

-Es la primera vez que un procedimiento es revertido, señor.

Sé que me propondrán un trato, que querrán confundirme, intimidarme, forzarme a negar la verdad de lo que soy, sé que amenazarán con ejecutarme, con cosas peores que la muerte. Por supuesto, esas amenazas no me preocupan en lo más mínimo.

Nunca me sentí tan fuerte como ahora.

No podrían hacerme daño ni aun destruyendo este cuerpo.

Entonces recuerdo a aquellos a los que les disparé. Los que murieron ahora también eran culpables, como antes fui culpable yo. Nadie puede ser inocente si permanece impasible frente a la injusticia, frente a la atrocidad, frente a la ignorancia.

Durante demasiado tiempo quise olvidar quién era yo y lo que podía ser, durante demasiado tiempo quise olvidar que era distinto, que podía hacer cosas que nadie más podía, durante demasiado tiempo quise olvidar que podía cambiar el mundo, o que por lo menos podía luchar para que las cosas fueran diferentes. Pero eso ha terminado.

Me quitaron el reloj, sin embargo ya no lo necesito. Inspiro profundo, y es casi como si lo hiciera por primera vez. Un auténtico bienestar me colma por dentro. Cierro los ojos de la carne y abro los de la mente. El sol, alto en el cielo claro, me confirma que es hora de almorzar. Sé que alguien me está esperando, que otro sitio me reclama. Me digo que no debo perder el tiempo: tengo una hija que entrenar, un movimiento que organizar, toda una vida por vivir. Mientras fijo en mi determinación la imagen de ese sitio al que acudiré, me siento como un deportista ansioso, que se prepara probando sus músculos, estirándose despacio, dejando que el deseo señale el camino. Me remuevo dentro del campo de aislamiento, como tomando envión, y salto.

© Laura Ponce

 * Este cuento fue publicado en PROXIMA 10, junio 2010

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Comentarios - 1

Nedda

1
Nedda - 9-08-2012 - 02:02:01h

"Durante demasiado tiempo quise olvidar que podía cambiar el mundo, o que por lo menos podía luchar para que las cosas fueran diferentes. Pero eso ha terminado"
Me parecen excelentes la esperanza y la claridad del final, en un relato oscuro en el que, como casi siempre, el ser humano muestra el poder y su lado más oscuro.


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