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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 26 de noviembre de 2020

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El fracaso del mundo

A Ángel González, autor del poema. Ésas fueron sus palabras.

A pesar de los muchos siglos que habían transcurrido y de que sus bancos de memoria ya no eran tan fiables como en el pasado, el androide comprobó que la plataforma de circulación que rodeaba la reserva de humanos permanecía tal y como la recordaba, extensa y brillante en el horizonte. Se acopló a la carretera principal y las aristas puntiagudas de su forma cibernética se encajaron en el entramado general de máquinas. El viaje hasta el punto de destino duraría varias horas, pero el Androide no se aburrió en ningún momento, pues desconocía el significado de tal término al igual que el de la palabra entretenimiento.

Al fin divisó con mayor detalle la reserva, un complejo tan metálico y cartesiano como aquellos que lo mantenían operativo. Salió de la ruta principal y aceleró hasta alcanzar velocidad punta. En cuanto divisó el final del trayecto frenó en seco y se quedó quieto justo donde debía hacerlo, ni un milímetro más, ni uno menos.

El Sol del amanecer se destacaba en el horizonte, pero el androide no le prestó la menor atención. Esperó durante varios minutos sin cambiar de posición hasta que otro robot similar se acercó hacia él a trompicones, como si fuera el cuco de un reloj suizo.

-¿Número? -recitó con voz monocorde.

-35487 -fue la respuesta del androide, con un tono más suave, como correspondía a un modelo diseñado para tratar con humanos.

-Hace 2352 años en cifras imprecisas que no ejerce su derecho a visitar esta instalación, número 35487.

-He venido a realizar un seguimiento.

Tras ello vino un silencio que, si bien podía resultar incómodo entre seres humanos, no era así entre sus cuidadores robots. Nada quería decir para ellos; poco les importaba entablar una conversación donde los diálogos se sucedieran a intervalos de segundos, horas o años.

-Todo correcto -graznó el recién llegado. Volvió a oscilar como un tentetieso y se marchó tan deprisa como había venido. A partir de entonces, nada más detuvo el avance del androide. Las compuertas se abrían a su paso, los vigilantes ignoraban su presencia. Era como si toda máquina de los alrededores respondiera a su voluntad. Se acercó al muro de la reserva, plateado a los rayos del amanecer, y estiró un brazo de múltiples manos hacia un mecanismo disimulado. Acto seguido el muro se volvió transparente y pudo contemplar el lado opuesto. Había bastantes seres humanos, no tantos como para considerarlos una especie según sus parámetros pero suficientes como para formar un pequeño ejército. No parecían demasiado motivados ni despiertos. Eran tan grises como las ropas que llevaban, la clase de vestimenta que nadie elegiría jamás para sí mismo pero sí para otros. Había cierta sensación global de tranquilidad, pero no dejaba de parecer una situación artificial y calculada.

El androide circuló a lo largo del muro cristalino, observando a los habitantes con su rostro frío e inexpresivo, hasta que se detuvo y vio a aquel que estaba buscando. Era fácil darse cuenta de que había algo distinto en él, pues sus ropas estaban rasgadas por varios sitios, desde la pernera hasta los puños, como si acabara de salir de una pelea. Asimismo sus movimientos inquietos lo distinguían de otros que estaban a su alrededor, algunos más quietos que una planta. Sin embargo el detalle decisivo, el que confirmó al androide que era a él a quien buscaba, era su mirada. El androide no había olvidado ni olvidaría aquella mirada. Podían borrarse muchas cosas de sus bancos de memoria, pero algo así no.

Hizo una seña con sus decenas de manos al hombre y éste reaccionó al momento, acercándose a grandes zancadas. Cuando sólo le quedaban unos pocos metros para llegar echó a correr y golpeó el muro con todas sus fuerzas. Un par de mujeres que estaban en las proximidades se apartaron como si ellas mismas hubieran recibido el impacto.

-¡Hijo de puta! -gritó encolerizado-. Sácanos de aquí, ¿me oyes?

-Te oigo -respondió el androide con voz apacible, como si tratara de hipnotizarle con ella-, pero no puedo sacarte, lo siento.

El hombre se alejó unos pasos y se frotó la mano, muy magullada.

-Tú no eres de aquí, ¿verdad?

-Lo fui hace mucho. Soy 35487, pero supongo que eso no te dice nada.

-Vuestros nombres nunca me dicen nada -fue la amarga respuesta.

-Lamento que así sea. Por desgracia no podemos hacer otra cosa de momento. Una reenumeración llevaría demasiado trabajo, y para cuando lleguemos a las cien mil unidades se ha decidido comenzar de nuevo a partir de cero y bautizar a las antiguas con la letra A. De modo que puedes llamarme 35487A, si con eso consigo que mi nombre te parezca menos monocorde.

El hombre no respondió, limitándose a dirigirle una suprema mirada de odio.

-Sé que empleáis los silencios para mostrar confusión ú hostilidad, no como nosotros -argumentó el androide con naturalidad.

El hombre se sentó resignado en el suelo.

-Al diablo -dijo sin más. Sus congéneres no tardaron en alejarse hasta dejarle relativamente solo a su lado del muro.

-¿Cuál es tu nombre, humano? -dijo el androide con lo que podría llegar a considerarse amabilidad.

-No tengo nombre.

-Sí que lo tienes.

-No, no lo tengo.

-Dímelo.

-Soy H732 -repitió sin mucha convicción.

-No, eso no. Tu nombre de verdad.

El hombre abrió los ojos y levantó la vista hacia la máquina que tenía delante como si estuviera frente a un espejismo.

-Nunca un androide me había preguntado algo así.

-¿Cuál es, entonces?

-Aunque tengo uno apenas lo recuerdo, ya que aquí nadie se dirige a nadie. Puedes dirigirte a mí como humano, porque en verdad creo que soy el único existente.

-Según mis cálculos vives con al menos 1273 más, si es que no ha muerto ninguno en los últimos segundos.

-Olvídalo -dijo resignado-. ¿Por qué estás aquí?

-Se trata de una promesa, humano.

-¿Una promesa?

-Una promesa que realicé a un antepasado tuyo, hace tanto que tu mente no es capaz de asimilarlo con propiedad. Él me pidió que regresara a este lugar una vez cada diez mil años. Ésta es la primera vez que debo hacerlo.

-¿Para qué? -preguntó el hombre, intrigado.

-Para que hablara, aunque fuera brevemente, con sus descendientes.

-¿Por qué cada tanto tiempo? ¿Por qué no antes, para así hablar también con las generaciones intermedias?

-No deseo que tu presencia sea recordada por los míos -comenzó el androide con voz distinta. Era clara y frágil, más parecida a la de un ser humano-. Eso sería hacerles tener fe en que las cosas pueden mejorar, una tortura a la que no quiero someterlos. Ésas fueron sus palabras, aunque no las comprendo del todo.

-¿Del todo?

-Fui diseñado para comprenderos, para protegeros, y con tal propósito pasaba el mayor tiempo posible en la reserva, para incorporar vuestro idioma a mi modulada voz, para examinar vuestras costumbres, vuestros miedos irracionales. Trabajaba aquí. Éste era mi puesto, en el que estoy ahora.

-Discúlpame si no te compadezco.

-Un buen día -prosiguió el androide como si no hubiera escuchado nada- conocí a un humano distinto a los otros. Me insultaba, escupía en mi dirección, daba puñetazos contra el muro. Insistía en que debíamos soltarle, a él y a todos los demás. El caso es que me gustaba ese humano. Gracias a él aprendí muchas palabras cuyo significado desconocía, y muchos conceptos que no sabía que tenían una palabra asociada. Me enseñó a expresar cómo llamar a un individuo de un grupo que sufre algún tipo de error interno y empieza a intentar reproducirlo en los demás. Yo le dije que naturalmente había que desconectar a ese individuo porque amenazaba su entorno, pero él me convenció de que si todo el grupo estaba averiado ese rebelde -así lo llamaba- podía entonces repararlos a todos. Tú eres un rebelde, humano.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Por eso te he reconocido. Eres igual que él. Con los puños cerrados y los ojos entornados.

-¿Qué más cosas te enseñó mi antepasado? -preguntó el hombre.

-Según mis circuitos lógicos, demasiadas para contarlas todas ahora. De hecho sufrí una serie de desajustes internos que él calificó como dudar de mis actos, aunque yo no dudase qué acción estaba realizando en cada momento. Tuve que abandonar mi puesto por un fallo permanente y desde entonces llevo diez mil años dedicado a tareas de limpieza y mantenimiento.

-Tú puedes sacarnos de aquí, ahora lo entiendo. Por eso mi antepasado te obligó a volver, para conseguir que nos comprendieras con el paso del tiempo.

-Él no me obligó a volver -dijo el androide, y el hombre sintió por primera vez que la máquina que tenía ante sí era especial.

-¿Por qué lo has hecho?

-Para él yo era algo único que llamaba amigo. Creo en ti y sé que volverás, y si esa vez no los liberas lo harás la próxima vez. Ésas fueron sus palabras.

-Tienes que hacerlo, tienes que sacarnos de aquí.

-No puedo.

-¿Por qué no?

-Os extinguiríais, por eso estáis ahí dentro. Eso no puede suceder. Sois demasiado vulnerables, no todos tienen tus reservas de energía.

-¿Quién dijo eso? ¿Quién ordenó que fuéramos recluidos?

-Vosotros mismos en un tiempo muy lejano, lejano hasta para mis bancos de memoria.

El hombre se echó las manos a la cabeza y se sentó contra la pared, dando la espalda al androide y mirando a los suyos, pasivos y carentes de voluntad.

-Es nuestro trabajo. Debemos protegeros, para eso nos construisteis -acabó el androide.

-¿Protegernos de qué?

-De todo. Todo os hace daño. Todo os puede desconectar. Matar, lo llamó él.

-Vosotros también sufrís riesgo constante en el exterior y sin embargo no os encerráis ni os recluís.

-Nosotros somos prescindibles, vosotros no.

El hombre intentó llorar. No pudo.

-Sácame a mí de aquí.

-Aunque querría, se me hizo prometer también que no lo haría.

-¿Por qué?

-Un día uno de ellos lo conseguirá. Convencerá a los demás y entonces te darás cuenta de que todos son como yo, de que en cada uno de nosotros hay un rebelde. Verás que no soy especial ni defectuoso, sino todo lo contrario, y que podemos cuidar de nosotros mismos. Ésas fueron sus palabras. Según mis parámetros tú eres el único rebelde, de modo que no puedo hacer nada.

-Un tipo muy dedicado y noble, mi antepasado -añadió el hombre como escupiendo las palabras.

-Tuvo también momentos en los que sus parámetros vitales disminuían -comentó el androide indiferente-. Un estudio estadístico indica que solían presentarse después de un conjunto predeterminado de frases.

-¿Qué frases?

El androide se quedó callado un momento, y luego comenzó a recitar.

 

Quise mirar el mundo con tus ojos

ilusionados, nuevos,

verdes en su fondo como la primavera.

Entré en tu cuerpo lleno de esperanza

para admirar tanto prodigio

desde el claro mirador de tus pupilas.

Y fuiste tú la que acabaste viendo

el fracaso del mundo con las mías.

 

-Ésas fueron sus palabras -concluyó.

-Conozco ese poema -dijo emocionado el hombre-. Mi madre lo recitaba a cada momento. Somos el fracaso del mundo, me decía una y otra vez. Somos el fracaso del mundo.

-Noto un descenso en tus parámetros vitales, humano.

-No es nada -dijo el hombre poniéndose en pie, frente al androide-. ¿Estás registrando esta conversación?

-Siempre -fue la escueta respuesta.

-Entonces presta atención -dijo el Hombre más enérgico de lo habitual-. A mis descendientes. Me he pasado toda la vida entre rejas, pero ahora comprendo que no son sólo rejas físicas. Son también rejas creadas por mí, y los que nacieron antes que yo me enseñaron a levantarlas. Ahora sé que moriré aquí, pero aunque no veré el futuro que nos espera, nosotros no somos el fracaso del mundo. Mientras yo lo crea y tú lo creas, no somos el fracaso del mundo.

-¿Eso es todo, humano?

El hombre se giró y miró al cielo despejado.

-Éstas son mis palabras -añadió con voz fuerte y clara.

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