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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 26 de noviembre de 2020

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Voz de Proteo, mi hermano

Mientras tanto, en el hospital de campaña las cosas no iban mucho mejor. El azote de los múmidos recrudecía al sonar el silbato de la última nave, antesala de su ingreso en la estación.

La enfermera jefe anotó en su registro la entrada del grupo que bajaba del destacamento. Piotr se despidió de sus compañeros y dejó que el equipo de desinfección lo purgara. Desde la consulta eran audibles los partes de la radio, emborronados por la estática:

- Bzzzt... el estado de emergencia... bzzzt... nuevos refuerzos en el frente oeste... continúan las hostilidades... bzzzt... se esperaba ofensiva en lugar impredecible...

Enfermeras jóvenes con hollín en las mejillas le sonrieron al cruzar el descansillo. Tuvo tiempo de reparar en los improvisados contrafuertes de las paredes. Un cirujano al que conocía de vista se le acercó y le miró con gravedad.

- Tu hermano se quiere despedir de ti.

- ¿Y le han creído? Venga, llévenme con él. A ver qué le pasa.

- No sé qué decirte, Piotr.

Le condujo por un pasillo de lámparas demasiado bajas y luces duras y amarillas. Sus sombras saltaban de posición con cada una, como grillos nerviosos. Fuera chillaban los ejemplares hembra de los múmidos. A medianoche el hambre las delataba.

- ¡El hermano de Gombrovitz!

- ¡El hermano de Gombrovitz!

Así les precedían los comentarios, más rápidos que las piernas en su movimiento. Notaba las miradas sobre él. Le sorprendió la de un ayudante de unos quince años. En su temblor de manos percibía dos cosas; una, desasosiego por el futuro de su hermano y dos, lo ético de pedirle un autógrafo en tales circunstancias. Niños más jóvenes le habían abordado con mayor valentía en, ¿cuántas ocasiones? Demasiadas para contarlas. ¿Y desde cuándo? Desde que Gombrovitz dejó de ser Mijaíl, desde que sus hechos resonaban por todo el sistema, hasta donde alcanzaba su memoria.

En la sala de comunicaciones, un hervidero de visitas y pacientes al teléfono o en videoconferencia, un póster mostraba a Gombrovitz rifle en mano y vestido de uniforme completo de piloto. No creía que fuera el lugar adecuado para celebrar su imagen. Sus reflexiones se interrumpieron cuando el cirujano tosió a modo de disculpa.

- Espérate lo peor- le susurró.

- Sólo dígame si está sufriendo, lo demás ya se arreglará.

- Es que esa es la pregunta más difícil.

Se armó de esperanzas y empujó la pesada puerta. Situación curiosa, pensó, la de abrir una puerta manual con sus débiles manos. No lo hacía desde la adolescencia.

La penumbra se tragaba la habitación. Gombrovitz vivía entre flashes y grabadoras. El Gombrovitz real. Sus múltiples proyecciones holográficas alumbraban los despachos de cientos de conferencias privadas. A la luz de sus ingeniosas maniobras se vislumbraban caminos inéditos en la guerra. Eran tan creíbles esas proyecciones que hasta Piotr picaba y por poco se dirigía a su falso hermano. Nunca le divirtió mucho esa distancia perpetua entre el periodista y el general, hermanados, juntos en una rueda de prensa.

El Gombrovitz de la sala de curas era sin embargo muy real, y a la vez muy poco vívido.

Yacía medio inconsciente en un catre de colchón duro, sin duda el mejor que se podían permitir en un hospital de campaña. Las migajas de claridad no bastaban para revelar su figura. Sólo un torso machacado, pobre base para su espléndida cabeza, formaba un perfil ante los reflejos verdes de la máquina de respiración artificial. Dio tres pasos. Un lamento grave de una de las criaturas de fuera soterró el aliento de su hermano, único sonido del dormitorio. De cerca la imagen era más clara. Dos espigas metálicas engarzaban sus brazos. Parecían aún inconclusos. Electrodos de diferentes colores brotaban de sus sienes rapadas. Recordó Piotr el aviso del correo del médico; sólo estaban en la fase A de la intervención. Se le notaba cansado y terrible. Ya le iba a llamar por su apellido.

- Gombrov...

- ¡Al baluarte! ¡Son quinientos! Virad a la derecha veinte grados. ¡De rojo! A por mí. Las patas.

El cirujano se liaba un cigarrillo fuera cuando vio a Piotr salir de la habitación. Éste no tardó en guiarse por las señales, hallar el cuarto de baño y agarrarse a una de las tazas para vomitar en silencio. Escuchó a su espalda un educado carraspeo. Era el médico.

- Cómo han podido permitirlo.

- Debe ponerse en situación...

- ¿Se burla de mí? ¡Es un anormal! ¿Dónde está el hombre brillante que...? -Se contuvo, lágrimas calientes le sofocaban la vista-... ¿le han hecho eso los múmidos, acaso?

- Hace muchos años que no viene a las Lindes.

- Ya sé lo que van a decir. Ahórreselo. Sobre todo si cree que se aprovechará de mi falta de contacto con Gombrovitz para actuar a su antojo con él. Es una persona, por si ya no se acuerda, y se le debe atender.

- Pero deje que le explique...

- Es una atrocidad. Cómo va a explicarlo...

- Debe servir a los fines de la guerra como mejor pueda. Tendrías que haber visto el humo verde de las velas en la Capilla. La señal era clara; ¡así lo han querido los Altos!

Al oír la frase del médico bajaron ambos la cabeza y juntaron las manos en señal respetuosa. Piotr controló su respiración y su ritmo cardíaco a niveles estables. Si lo decían los Altos no había mucho más que objetar.

- Alabados los Altos.

- Alabados los Altos, Piotr.

 

2

Ni un ruido cruzaba el enlosado de la cafetería del hospital. Un aroma a café barato de otra mesa se enroscaba alrededor de Piotr mientras tecleaba en su tableta.

Hostilidades abiertas en el Cuadrante Noreste.

Reabiertas las comunicaciones con el frente más débil del bando humano.

La situación en el Cuadrante Noreste de las Lindes, después de un mes de silencio e incertidumbre, vuelve al conocimiento público. El espacio aéreo, pese a las avanzadillas múmidas, fue despejado ayer a las cinco y permitió al Primavera Radiactiva, el convoy en el que viajaba este periodista, acceder al hotel Juventud, único edificio intacto con aforo suficiente para los visitantes.

La reactivación de los canales con el alto mando no ha ofrecido buenas noticias. Los tres contingentes principales de Gombrovitz acumulan numerosas bajas...

El flujo de las palabras, reacio a plasmarse en la pantalla desde las primeras líneas, se interrumpió en seco cuando apareció el nombre de su hermano. Piotr se tocó la nariz con el puntero de la tableta. Leyó al revés y al derecho lo escrito. Probó a cambiar un par de sinónimos. Eso siempre funcionaba. Los altavoces llamaban o daban órdenes que no entendía. El bollo de chocolate se resecaba en el plato. No muy convencido, pensó en levantarse a tirarlo a la papelera.

Repasó lo poco que tenía de crónica, en la habitación de su hermano, sentado frente a él en una silla plegable. Nada más le acompañaban las luces de tableta y los sonidos de la máquina de respiración de Gombrovitz.

Sus notas y fotografías, tomadas en la mañana, abundantes las dos, no correspondían con la verdad cuando las consultaba. Leía muchos más datos en el rostro de su hermano. Vio en un sillón su armadura anfibia compuesta de tres partes. Luego pensó qué ocurriría si Gombrovitz no estuviera ahí. Dónde irían las cartas de las admiradoras que le escribían, sí, incluso en tiempos de guerra. O su madre, que preguntaba por él en casa a diario. Pensó incluso en sí mismo. Su mera existencia, reflexionó, ¿cambiaría de modo drástico en su ausencia?

- Te echaría de menos, incluso después de que me dejaras al cuidado de mamá para irte a hacer el héroe.

- Siete punto dos. No hay significado. Hermano. Es un misterio. Perdóname.

Por poco se cayó al suelo de la impresión. ¡Gombrovitz había articulado una frase coherente! ¿Le habían engañado sus sentidos o podría dar fe de ello frente a los médicos? Lo había dicho en una voz tan baja, tan vacilante...

Abrió el menú de los archivos de su tableta y borró su crónica. Se rascó tras las orejas, primero una, luego otra, y jugó a colocar y descolocar mechones de su cabello, tras las orejas, su costumbre antes de ponerse a escribir. Pero esta vez el apretar el puntero con la mano le produjo un dolor casi físico y sólo pudo terminar una frase:

"El estado de Gombrovitz no es del todo incierto."

Leyó las ocho palabras, invirtió varias veces el orden sintáctico. Al final las dejó tal y como estaban en un principio. No se le ocurría qué más añadir y de muy buena gana hubiera enviado eso y sólo eso al periódico.

El bochorno tropical empapaba la estancia. En esa zona el sueño llegaba denso, pegajoso, y los trinos de las máquinas no dejaban dormir a Piotr. Dedicó una última mirada a Gombrovitz y salió hacia la sala de visitas, donde la enfermera de guardia le facilitó mantas y algo de cena.

Imágenes confusas le rodearon. Cantaban unas, otras las imitaban pero sus voces palidecían y hasta afeaban el resultado, como si un estado embrionario del ser humano le persiguiera para asimilarle. Largas tiras del color del amanecer se enroscaban entre la danza del pasado y el futuro, encadenando los eslabones de su identidad de tal modo que sólo había un miasma indistinto y gris. Aquí y allá diferentes borrones le recordaban personas o recuerdos conocidos pero la ilusión duraba apenas un instante, para luego disiparse en la monotonía del zig zag. Imposible hablar con nadie; de su boca se despeñaban todas las frases para morir en la negrura.

El calor, o quizá aquellos sueños asfixiantes, le despertaron. Se pasó la mano por la frente. ¿Podría borrar con ella lo que impedía su descanso? No, se dijo. No mientras no hablara Gombrovitz. Con él. Supuso que su hermano sufría también las altas temperaturas, lo que le animó a levantarse. Se escabulló entre un par de auxiliares de vuelo inconscientes en sus sillas. Uno de ellos dormía con un bote de bebida de sales en la mano, aún cerrada, de puro cansancio. Fuera de la sala de visitas todo era soledad, y ni siquiera las luces automáticas le acompañaron de vuelta al cuarto de Gombrovitz.

Como un color vivo en un retrato de ocres, la voz susurrante del médico jefe se destacó sobre el sosiego nocturno.

- Concéntrate. ¿En qué piensas?

- Nueve punto cinco. No, reoriente. Nueve punto seis, seis y medio. Se mueve deprisa. Muy deprisa. No es uno de ellos. Madre. Muy débil. No tendría que haberlo hecho. Se desplaza. Tienen vehículos. Siete, siete y medio, ocho, ocho y medio...

- ¡No tan deprisa, por amor de Dios! Estoy transmitiendo todo lo rápido...

- Nueve, nueve y medio...

Gombrovitz replicaba con voz trémula al doctor, que le insistía nervioso. Su hermano no disfrutaba con la charla, y Piotr, la oreja pegada a la pared, se percató de ello pese a lo confuso de las frases. Los esfuerzos de su medio desvanecido hermano no bastaban para el practicante, que perseveraba sin piedad. Piotr sintió una furia desmedida en su pecho pero fue incapaz de traspasar el umbral y pedir explicaciones. Se quedó muy quieto a un lado, siguiendo la conversación.

- La línea Magenta. Han vuelto a casa. De momento. Recuperan combustible. Madre. Déjame que te explique. Once con siete. Los he perdido. No hay señal.

No podía entrar sin más, aun cuando fuera parte de su familia. En la sala de invitados había una máquina expendedora de bebidas. Introdujo varias monedas y cayó una botella de agua helada que rebotó hasta sus manos. Con la sensación de frío entre los dedos rehízo el camino.

Deseoso de perderse en cualquier detalle, se asomó por una estrecha ventana que casi era una rendija. Oscurecía, y el crepúsculo se tragaba incluso la luna y las estrellas. Pensó en la negrura de la noche y en cómo representarla. Si fuera un pintor rellenaría un lienzo entero de negro, quizá con alguna mancha amarilla aquí y allá, ligeros puntos iluminados de los más trasnochadores. Como fotógrafo encuadraría la ventana, concediendo unos centímetros del interior, que revelarían con más fuerza lo oscuro del exterior. Pero Piotr no era más que un reportero de guerra. Fuera de la "contienda", los "armisticios", el "teatro de operaciones"... no era bueno con las palabras. No se sentía capaz de describir la noche. Ni siquiera podía abocetar en pocas líneas a Gombrovitz, o a su madre, o el momento en que su hermano los abandonó a ella y a él para irse al combate. Sólo tenía oficio para plasmar en la pantalla bagatelas. Se acodó una última vez en el escueto alféizar y miró el negro. Trató de reconstruir mentalmente las picudas montañas de forma de sierra, el nido múmido al noroeste y los vehículos antigravitatorios apostados en las afueras. Le entró un poco de miedo el pensar que quizá un múmido estaba pasando bajo la ventana en ese preciso instante y que de algún modo interpretaba sus pensamientos y deslizaba sus tentáculos en la ranura de la ventana. Se apartó de un brinco y reanudó el paso.

En el cuarto de Gombrovitz no se oía ya al médico jefe.

El médico salió sin encender luz alguna. Piotr aprovechó para sorprenderlo.

- ¿Quiere explicarme lo que hace?

- Piotr, es por orden de la Cancillería que se ha llegado a la solución de sedar a tu hermano. De alguna manera es capaz de localizar posiciones múmidas con más precisión que cualquiera de nuestros radares. Hacía décadas que no se probaba la existencia de un psíquico, y tras un estado de sedación hipnótica sus interpretaciones ganarán en exactitud. ¡Es algo portentoso!

Piotr dejó salir el aire por su nariz con el mayor ruido posible. Irguió hacia el médico sus manos pero el hombre reaccionó con aplomo y no se movió un centímetro. Las retiró a sus bolsillos. Se giró para marcharse pero sólo después de encarar al hombre ahí, de pie, rechinando los dientes.

- ¿En asamblea?

- En asamblea, Piotr. Es lo mejor para la guerra.

El médico cerró los dedos de la mano como si encarcelara cinco rebeldes y este gesto calló del todo a Piotr. No abrió la boca ni para despedirse y sólo acertó a agitar la tableta entre ambos.

 

3

Piotr llevaba dos horas y seguía sin terminar su desayuno. No se sentía hambriento pero había llenado igualmente la gastada bandeja de metal. No eran raros tales comportamientos en épocas de guerra. El agudizado sentido de supervivencia, el deseo de acaparar lo más posible, no reñía con lo ilógico de almacenar comida cuando uno apenas lleva equipaje. Para más contradicción, comió poco y sin ganas, absorto en su plato, cada vez más frío. Mientras se dedicaba a su pasatiempo habitual de periodista; observar a la gente. En la mesa del personal interno, las enfermeras se dedicaban sin prisa al café y los bollos, como en tiempos de paz. Por su parte los médicos comían en riguroso orden por turnos de media hora. Tan pronto uno finalizaba la pieza de fruta llegaba otro y ocupaba su lugar. Piotr decidió acercarse y escuchar sus conversaciones.

- ¿Ya has acabado con Gombrovitz? ¿Me toca?

- Sí, pero no te hagas ilusiones, está muy callado hoy, he tenido que despertarle tres veces.

- A ver si a mí me sonríe la suerte. Me vendría bien el pico extra.

- Tranquilo, lo tenemos estabilizado para rato. Acabará por no enterarse de nada.

- Me fascina todo esto. ¿Crees que sería capaz de indicarnos la fortaleza misma del Padre múmido Dordepref en persona?

- Tal vez. ¿Apostamos algo?

- Aquí no, hombre, que nos oye todo el mundo.

Ese día consiguió autorización de visita por treinta minutos. Al día siguiente sólo por quince y al siguiente la enfermera le denegó el papel timbrado para su lectura óptica en la puerta. Piotr arrugó el papel, lo mantuvo dentro del puño casi un minuto y luego lo arrojó a un rincón.

Piotr se paseó de un extremo a otro del ala del hospital, leyendo el nombre y apellido de cada paciente escrito en cada puerta, escrutando los rostros consternados de los escasos visitantes y haciendo caso omiso, o intentándolo al menos, de los mugidos de los múmidos que parecían capaces de tirar el edificio abajo. Al final del pasillo del ala de cirugía encontró un grupo numeroso apiñado frente a un monitor. Al llegar hasta ellos vio la retransmisión en directo el estado de Gombrovitz. El logotipo de la Cancillería se mostraba incrustado en una esquina del televisor, con el lema "24 horas activo" debajo. Gombrovitz estaba pálido como un lienzo virgen, salvo las dos ojeras que resaltaban sobre su piel como madrigueras de conejo. Balbuceaba sin mucho sentido números y datos; al fondo, el médico jefe anotaba a toda velocidad en una tableta. De vez en cuando una frase publicitaria recorría el lado inferior de las telenoticias con proclamas militares.

La audiencia expectante, formada por pacientes y médicos a partes iguales, atendía a cada frase pero nadie reaccionó cuando su hermano se atrancó en una serie de toses. No le costó leer sus labios: pedía agua. El médico ignoró a Gombrovitz y con unos golpecitos el hombre insistió para que continuara. Mientras esto sucedía, un anuncio se ensanchaba para cubrir la pantalla por completo. Detrás de los colores y las formas danzarinas, a Piotr no se le escapaba la silueta de su hermano, sediento y cansado.

Los demás a su alrededor lanzaban proclamas y vítores. Piotr los ignoró y se dio la vuelta en dirección a su cuarto, meneando la cabeza. A su espalda sonaba el himno de los Estados Libres que precedía a los discursos de la Cancillería.

Nada estorbó el quehacer nocturno hasta la llegada de nuevos heridos del frente en la misma frontera del alba. Nada excepto un timbrazo que resonó en un largo eco. El médico jefe salió de la estancia, sin separarse en ningún momento de su carpeta y su pluma. Al final del pasillo le esperaba la enfermera de guardia que se mordía los dedos de preocupación. Juntos entraron en una de las oficinas y se perdieron de vista. Con el sutil crujido del tirador de la puerta, Piotr surgió de una esquina entre sombras y como una de ellas se coló en el cuarto de Gombrovitz.

La tensión habitual campaba en las instalaciones al día siguiente. Las tareas del personal facultativo resultaban mecánicas a la vista. Apenas un brillo de honor o satisfacción animaba el carácter de los hombres que tras demasiadas horas sin dormir, actuaban por pura inercia. En torno a Gombrovitz, como siempre, había una colmena de soldados y admiradores. Los primeros, quien más quien menos herido e incapacitado para el combate, revoloteaban con más posibilidades de acceder a la habitación del héroe trocado en profeta. Muchos llevaban en la mirada el ardor esperanzado del que ya los médicos carecían. Se hubiera dicho que depositaban su fe en la recuperación, en la misma victoria, en los hombros de Gombrovitz. El grupo heterogéneo de admiradores nunca lograba pasar de una segunda o tercera fila en dirección a la puerta de ligero metal blanco tras la cual descansaba el clarividente.

- ¿Has oído? Estaba hablando de nuevo.

- ¡Repetía más números! Ya verás cómo un día localiza el nido múmido con sólo su mente.

- No sé si es bueno confiar en sueños pero os confieso que yo también pienso a menudo en esas cosas.

- ¿Sabéis su porcentaje de aciertos? Ayer predijo los puntos de bombardeo múmido en un noventa y ocho por ciento, y dicen desde neurología que mantendrá ese ritmo los próximos cuatro meses.

De esta manera hablaban los curiosos y compañeros del hospital mientras el cirujano jefe consultaba los últimos cables en el lector público en la pared. Mascaba un chicle de frutas, un perfecto sustituto para el cigarrillo electrónico que muchos le veían fumar en las afueras los días de menor intensidad radiactiva en el ambiente. Con el fulgor de las revelaciones de Gombrovitz a pocos pasos de distancia, pocos se percataron del cambio en el color de su rostro. Pasó las páginas sin apenas detenerse en ellas. Ajustó el macro y centró el contenido en la pantalla. 

Mientras leía, un nuevo murmullo se impuso al de los exaltados admiradores, a su espalda. Ellos también llevaban tabletas y ahora les prestaban más atención a los sonidos de aviso de noticia que a la presencia de Gombrovitz. Por instinto, el médico jefe se coló en el grupo para llegar a uno de sus colegas del área directiva, que también esperaba alcanzar el otro lado. El cirujano lo sacó de ahí y le enseñó el comunicado que parpadeaba en verde oliva en la pantalla. Los dos se rascaron la barba descuidada con similar pasmo. Encararon el grupo del pasillo y éste les devolvió la mirada. Ambos bandos conocían la situación. Casi a la vez que la calmada voz de megafonía se oyeron las primeras voces.

- Uno punto uno. ¿Puede ser cierto? ¡Esa es nuestra posición!

- ¡Los múmidos! ¡Caen aquí en media hora! ¡Al refugio!

Rodeado por la turba el médico jefe permaneció estático, como si lo hubieran plantado en el suelo. Su cuerpo se regía por órdenes contradictorias que era incapaz de interpretar. Una mancha blanca pasó a su lado, esquivando los bandazos de la mayoría. Se trataba de la enfermera jefe que había conseguido deslizarse en la habitación de Gombrovitz sin esfuerzo aparente. El portazo sirvió para despertar al médico, que braceó de nuevo hacia el pasillo.

Dentro, y a salvo de las masas aturdidas, la enfermera encontró a Piotr. Ya había despegado gran parte de ventosas del cuerpo de Gombrovitz y se dedicaba a llenar la maleta de suero y otras sustancias en pequeños botes de cristal. Piotr no la miró más que de reojo mientras desataba las correas de seguridad que ataban a su hermano a la camilla. La enfermera tampoco perdió el tiempo y le ayudó a cargar con el héroe de guerra hasta otra camilla de ruedas. Los dos movieron al convaleciente hacia la ventana, por la que entraba un gris luminoso y un sonido de aspas de helicóptero.

- Repítame lo que le he dicho esta mañana.

- Linetosidina, tres veces al día, vía intravenosa, cambiando el lugar de inyección cada vez. Mertizinadol en pastillas, dos al día como máximo siempre que haya fiebre alta. Masajes y movilización para las piernas. Lo tengo apuntado. ¿Qué hay de las pastillas rosas de su bandeja? De esas no me ha dicho nada.

- No son necesarias. Sólo se administraban para someter a su hermano. ¿Seguro que llegarán a tiempo al hospital más próximo?

- Mi madre es cirujano traumatólogo. En caso de emergencia pasaríamos por casa primero y de ahí al hospital. Está todo controlado, y gracias a Gombrovitz preveré las rutas menos infestadas de múmidos.

- ¡Me la juego bien por ustedes dos! Pero no podía tolerar que le usaran como un mono de feria. Espero que en otro lugar terminen de rehabilitar a su hermano.

- Yo también. Ahora márchese, no querrá que nadie la vea conmigo.

- Señor...

Piotr alzó las cejas en dirección a la enfermera.

- ¿Es verdad que vienen los múmidos a por nosotros?

- Hasta cierto punto. Lo que he hice fue notificar al periódico la posición factible de los múmidos dentro de tres semanas según mi hermano. Tenía anotada una de sus cadenas de predicciones; yo comuniqué la última parte. No he mentido, sólo... me he adelantado un poco a los acontecimientos. Vaya tranquila, si Gombrovitz está en lo cierto, hay margen de sobra para prepararse ante la ofensiva. Si es que llega, porque cuanto más lejos en el tiempo, más variables son las previsiones de un psíquico. Y no se preocupe por él. Cumplirá su misión, pero en condiciones humanas.

La enfermera sonrió con los ojos al marcharse, aunque el resto de su cara trató de ocultarlo.

Fuera, dos conos de luz dura guiaban la vista hacia una astronave de pasajeros Chárter de forma oblonga. Planeaba sobre el claro de la boscosa meseta en la que se alzaba el hospital, y Piotr percibió que el piloto titubeaba, pues el tren de aterrizaje se extrajo por completo al principio y vio el brillo de las cuatro patas metálicas en forma de cruz desplegarse como queriendo asir la tierra. Luego debió cambiar de opinión porque se contrajeron a la misma velocidad y la nave se conformó con colocarse a escasos metros del suelo, lo suficiente para que la alfombra de helechos bailara con el cálido soplido de los motores.

La compuerta trasera se abrió en silencio y dejó paso a una ancha pasarela, delimitada por luces de neón. Manteniendo el equilibrio un mecánico con gafas de soldador le hizo una señal. Juntos alzaron los pocos palmos de la tierra a la nave e introdujeron a Gombrovitz en la cálida oscuridad. Ya dentro, los dos hombres recuperaron el aliento sin dejar de lado al herido. Piotr se secaba el sudor de la frente cuando un brusco arranque le hizo trastabillar. Extendió las piernas para lograr un mejor apoyo y tendió las dos manos sobre la camilla de su hermano, al tiempo que desde la carlinga oía la voz del piloto, que había corrido hasta allá para despegar la nave.

- Tiene asientos por todos los habitáculos. Amarre la cama con las correas de seguridad y búsquese un sitio. No hay tiempo para ceremonias.

Piotr obedeció sin atreverse a contradecirle. Halló una sala de almacenaje vacía donde encontró tanto las correas como un asiento desplegable. Toda la embarcación era tan vieja que resultaba maravilloso que aún se deslizara por el aire, y el raído cojín ocre sobre el que se sentó reflejaba al detalle el estado del vehículo. Seguramente el Primavera Radioactiva no pasaría ni en sueños la próxima revisión, pero para eso faltaban aún seis meses, o eso argumentó Falk, el piloto, cuando le contrató la noche pasada para el despegue de emergencia.

La primera hora transcurrió con la mayor de las tensiones. Cada sombra recortada sobre el cortinaje del amanecer, en contraluz sobre el sol naciente, formaba en su imaginación un escuadrón múmido de exploradores. Cada silbido con el que los servotensores flexionaban los materiales de la nave para adaptarla a las altas velocidades era el grito de guerra de las bestias al cargar contra ellos. Poco a poco, Piotr dejó de sentir que su cuello fuera de mármol y pudo moverse. Se fijó, pues no lo había hecho antes, en que no había soltado la mano de Gombrovitz en todo el trayecto. Una alarma conocida, signo universal en las comunicaciones interplanetarias, avisó de que habían dejado la atmósfera y que la nave se estabilizaba. Aflojó la tensión de la mano. Al retirar los dedos, el herido parpadeó y en sus ojos, abiertos como siempre, se asomó el brillo de la inteligencia.

- No debí marcharme.

Sonó tan flaco, tan débil la frase del soldado que apenas se distinguía del aliento normal con el que llenaba sus castigados pulmones. Piotr necesitó pegar sus oídos a los labios de su hermano. No había entendido pero comprendía que se dirigía a él.

- No tendría... que haberme ido.

Piotr se enjugó las lágrimas y acarició la cabeza de Gombrovitz, con cuidado de no tocar las zonas vendadas.

- Mijaíl, es ridículo que pienses eso. Nadie sabía lo que iba a pasar. Tómatelo con calma. Vamos a casa.

A un gesto suyo, aún lúcido pero ya fatigado por el esfuerzo, Piotr se acercó de nuevo. Tuvo que pedirle que repitiera. Gombrovitz movió los labios, y las palabras surgieron dibujadas por sus labios, más que pronunciadas. Su hermano miraba la placa metálica identificativa, con nombre y número de serie, que toda nave humana de la Región Próxima llevaba por ley en cada habitáculo.

- ¿De verdad han tenido el valor de llamar a esta nave Primavera Radioactiva?

Piotr rió, acarició la frente de su hermano y extrajo de su bolsillo un pequeño cuaderno de tapas grises. Con letra y pulso minucioso comenzó a escribir su crónica. A lápiz.

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