En este artículo la historiadora Laura Martínez Domínguez da cuenta de que hubo propietarias de bibliotecas y del rol que jugaron las mujeres en la cultura impresa.
Hace más de tres siglos, en la Nueva España del XVIII, una biblioteca particular podía reducirse a un solo ejemplar o bien reunir decenas de libros de distintos tamaños que cabían en un baúl o en un estante. Entre ropa, alhajas, costuras, estampas religiosas y otros objetos de uso diario y doméstico, algunas mujeres guardaban sus obras impresas.1 La imagen tradicional que tenemos de la lectora novohispana suele situarla en el convento; sin embargo, fuera de los muros claustrales, también hubo mujeres que hicieron suya la cultura impresa en múltiples frentes: como escritoras, impresoras, grabadoras, vendedoras, escuchas y, por supuesto, como lectoras.
A grandes rasgos, se ha pensado que estas lectoras laicas fueron casos raros y excepcionales; no obstante, contamos con numerosas evidencias, como los inventarios de sus bienes, dotes matrimoniales y huellas de propiedad en libros conservados de la época, que dan cuenta de la existencia de mujeres dueñas de bibliotecas particulares. Estas colecciones, desde luego, no reflejan la totalidad de lo que leyeron en su vida, pues una biblioteca, tal como sucede ahora, no revela todas las obras que se han poseído, leído o escuchado, ni las perdidas ni las que se desecharon por su uso continuo. Pese a ello, un testimonio, como lo es un inventario de bienes, constituye una muestra fija, una imagen congelada, de los gustos, intereses y necesidades de una mujer de aquella época.
De acuerdo con las investigaciones sobre el tema, las dueñas de estas bibliotecas provenían, en su mayoría, de clases sociales acomodadas; solían ser miembros de la nobleza, esposas de funcionarios reales, hijas de mercaderes prósperos, viudas propietarias de diferentes negocios y haciendas; algunas de ellas eran comerciantes muy modestas que lograron reunir unos cuantos volúmenes. Por lo general, estas lectoras residían en la Ciudad de México, pero también radicaban en otras ciudades y pueblos muy alejados del corazón administrativo y comercial de la Nueva España. Con esto, podemos decir que, aunque una parte sustancial de las lectoras pertenecía a la incipiente burguesía asentada en la capital novohispana, es necesario tener en mente que había bibliotecas femeninas repartidas en diversas regiones y estaban en manos de un amplio espectro social.
Las lectoras novohispanas se hicieron de sus libros a través de diferentes manos, métodos y vías. Es posible suponer que podían conseguir sus obras en algunas de las numerosas librerías establecidas, en cajones que se abrían en los portales y en los puestos móviles de los mercados; es decir, hablamos de varios puntos de venta repartidos en las calles de lo que hoy es el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Para estas mujeres, el tener libros propios tuvo diferentes motivaciones y usos. Sin embargo, no es exagerado apuntar que muchos de ellos estuvieron anclados en los valores y las costumbres de una sociedad profundamente religiosa. De este modo, la posesión libresca femenina estuvo marcada por lo que se esperaba de la instrucción cristiana dirigida a las mujeres, la cual fomentaba la formación devocional y espiritual, así como la preparación para ser buenas madres y esposas, que contemplaba la enseñanza de la lectura, la escritura, la música y el hacer cuentas, además de las labores manuales.3 Si bien estos preceptos eran pieza clave de la educación femenina de la época, también se debe señalar que, ante el ascenso de las fuerzas productivas del capitalismo, se hizo indispensable que las hijas, esposas y viudas de los dueños de grandes capitales y propiedades completaran su formación con lecturas contables y legales que, a su debido tiempo, les permitieran tomar las riendas de los negocios, como las haciendas agrícolas y ganaderas y el comercio de fierro.
Para ilustrar lo anterior, refiero los casos de la doncella Guadalupe de Poza, que contaba con quince títulos; de María de Avendaño, que estaba casada y poseía nueve libros entre sus bienes; y de la viuda Úrsula del Pozo, poseedora de diecisiete títulos. Las bibliotecas particulares de mujeres funcionaron, entonces, como un instrumento de educación cristiana y un resquicio de agencia material e intelectual que respondía a las necesidades concretas de sus vidas.
Las lectoras novohispanas se hicieron de sus libros a través de diferentes manos, métodos y vías. Es posible suponer que podían conseguir sus obras en algunas de las numerosas librerías establecidas, en cajones que se abrían en los portales y en los puestos móviles de los mercados; es decir, hablamos de varios puntos de venta repartidos en las calles de lo que hoy es el Centro Histórico de la Ciudad de México. Pero los libros, como otras mercancías, circulaban más allá de la capital, pues se difundían por medio de viandantes hasta localidades muy apartadas en el campo o en el desierto.
MARTINEZ DOMINGEZ, Laura. Dueñas de sus libros: lectoras de la Nueva España
Este trabajo es producto de la investigación posdoctoral: "Leídas e instruidas. Impresos para la formación de mujeres en las bibliotecas femeninas novohispanas del siglo XVIII", que la autora desarrolla dentro del proyecto Conacyt 2023 (1) "Estancias Posdoctorales por México-Iniciales", en el IIB de la UNAM.
