La expresión «valer un Potosí» o «valer un Perú» se generalizó a finales del siglo XVI en los territorios de la monarquía hispánica para hablar de una riqueza extraordinaria, en referencia a las ricas minas del Potosí y, en general, del Perú. Se cumplen 500 años de la primera expedición (1524-1525) que salió desde «Castilla del Oro» (Panamá) con el fin de confirmar las noticias que allí llegaban acerca de la existencia de una gran civilización indígena hacia el sur de la costa del Pacífico: el reino de Birú, nombre del cacique que gobernaba ese territorio. Los castellanos transformaron la palabra Birú en Pirú o Perú.
Aunque la conquista castellana de América del Sur se hizo «por la espalda», es decir, siguiendo la ruta más larga y compleja, que incluía un viaje transoceánico y una travesía por el océano Pacífico de casi 2000 kilómetros, este fue sin embargo el itinerario más lógico. Guiados por la información proporcionada por los pueblos indígenas, los conquistadores dirigieron sus esfuerzos hacia las regiones que albergaban las civilizaciones más ricas y avanzadas del continente (Céspedes del Castillo, 2013). Este viaje fue organizado por una pequeña compañía de conquistadores, cuyos principales socios eran Francisco Pizarro y Diego de Almagro, baquianos con años de experiencia en América que buscaban emular el éxito de Hernán Cortés en México.
En una segunda navegación (1526-1528) y después de muchas penalidades y fracasos, los castellanos se toparon con una pequeña embarcación en la que navegaban diez indígenas. Al capturarla descubrieron un cargamento de delicadas piezas de orfebrería de oro y plata, finos textiles lana y de algodón, cerámica de gran calidad, collares de perlas y esmeraldas, que les permitió confirmar su hipótesis de que estaban cerca de una gran civilización.
Con esta información, tras negociar en la corte las capitulaciones de Toledo de 1529, se organizó un tercer y definitivo viaje (1531-1532), que permitió a Pizarro y sus hombres alcanzar el Tahuantinsuyu inca: un estado militarista, con capital en el Cuzco, que se articulaba en torno a la cordillera de los Andes, dominando un enorme territorio que iba desde el sur de la actual Colombia hasta Chile. El gran logro de los incas había sido gobernar gran parte de la fachada pacífica de América del Sur mediante una extensa red de caminos y un complejo sistema de redistribución de correos, efectivos militares y productos, que permitieron la comunicación y dominio de tres ecosistemas completamente diferentes: la estrecha franja costera, la cordillera andina y una pequeña parte de la selva tropical de las cuencas del Orinoco y Amazonas. Estas infraestructuras y recursos fueron un valioso sustrato sobre el cual los castellanos establecieron el virreinato del Perú.
Tras una rápida conquista, caótica y violenta, en la que Pizarro supo sacar partido de la crisis dinástica que atravesaba el Tahuantinsuyu, los castellanos refundaron la ciudad del Cuzco, situada en plenos Andes centrales, a 3399 msnm, en marzo de 1534. Fue entonces cuando el conquistador tomó la decisión de no mantener allí la capital hispana, como Hernán Cortés había hecho con México-Tenochtitlan, sino establecerla en la costa. El 6 de enero de 1635 envió tres jinetes para buscar el lugar adecuado, que fue localizado cerca del templo de Pachacamac a orillas del río Rímac, donde ya había un establecimiento indígena. El 18 de enero se procedió a fundar la llamada «Ciudad de los Reyes», por haberse iniciado la expedición fundadora el día de Epifanía. Este nombre se utilizó durante toda la época colonial junto con el de Lima, nombre indígena, derivado, de Rímac -en quechua «el que habla»-, en alusión al ruido de las aguas del río cuando se derriten las nieves andinas (Lavallé, 2005). La decisión de Pizarro fue, sin duda, un acierto estratégico de largo alcance: situar la capital en la costa facilitó la comunicación del naciente virreinato con otros territorios de la monarquía hispánica.
Fuente:
EXPOSICIÓN VIRTUAL "Vale un Perú": textos e imágenes del Virreinato. Exposición organizada por el Servicio de Bibliotecas de la Universidad de Navarra. Texos, Pilar Latasa. Fotografía y diseño web: María Calonge. Inmaculada Pérez y Sara Satrústegui.
