La historia de la cartografía es una disciplina que ha despertado un interés creciente en los últimos años. A ella se acerca un público diverso con intereses varios que van, desde los aspectos técnicos y científicos, hasta los propiamente históricos, pasando por su faceta artística o la mera atracción estética que ejercen los mapas antiguos. Existen otras publicaciones sobre historia de la cartografía, pero, o son de un nivel básico y divulgativo destinado al gran público, o se trata de obras de nivel académico.
Esta obra pretende llenar un espacio intermedio entre ambos alcances, y está dirigida a aquellos interesados en adentrarse en el conocimiento de la evolución de una rama de la ciencia poco conocida más allá de los especialistas. Su contenido excede la mera divulgación y puede servir de referencia para adquirir una visión global de la historia de la cartografía, a menudo dispersa en descripciones específicas de mapas, cartas náuticas o atlas concretos. Este volumen está dedicado al periodo medieval comprendido entre los tiempos de Bizancio y el Renacimiento. La historia se cerrará en el siglo XVII, pues, dada su indicada orientación, una vez que el mundo ya ha sido explorado en todos sus continentes y es suficientemente conocido, la cartografía cumplirá el resto de sus importantes funciones, pero ya no puede mostrar grandes novedades, salvo las escasas áreas remotas pendientes de exploración, como las zonas polares, y dicho conocimiento ocurrió durante el siglo XVII. Además, la confección de los mapas deja de ser una obra de creación personal que participa de los conocimientos del arte y de la ciencia, para convertirse en una ciencia técnica.
El Imperio Bizantino continúa la historia del Imperio Romano, cristianizado y helenizado, pero carece de un papel relevante en la cartografía, principalmente por la influencia del cristianismo, que impuso la concepción derivada de las Sagradas Escrituras, relegando los «textos paganos», aunque conservó la ciencia griega en las bibliotecas de los monasterios y palacios. Nos ha legado, sin embargo, el magnífico mapa-mosaico de Madaba y el descubrimiento de la Geographia de Ptolomeo a finales del siglo XIII.
En el mundo islámico no hay una ciencia cartográfica independiente, sino que los mapas forman parte de textos de contenido geográfico o histórico, que no se preocupan de obtener una imagen concordante con la realidad, sino que buscan una representación esquemática y simbólica, e impregnada de arte decorativo. Es un lenguaje visual, y sus mapas requieren una nueva forma de aproximación para ser debidamente interpretados.
En Occidente, la Edad Media sufre una desconexión con los conocimientos clásicos, conservados solo parcialmente en el trabajo aislado de los monasterios. La cartografía medieval, muy influenciada por el cristianismo, desconoce las cumbres científicas alcanzadas por los griegos, sufriendo un profundo declive, pero solo desde un punto de vista actual, pues tiene su propio valor como «cartografía cristiana» con su especial finalidad de enseñanza de la historia cristiana y de los eventos bíblicos, quedando subordinada la realidad geográfica.
En el resto del mundo, la cartografía medieval sobreviviente carece de relevancia, salvo en China, Japón y Tíbet. En Japón y en Tíbet se conocen varias manifestaciones cartográficas, pero son escasos los ejemplos sobrevivientes anteriores al siglo XV. En cambio, en China existen a partir del siglo XII, en la dinastía Song, varios mapas topográficos importantes, y es este país, al igual que en el Mundo antiguo, quien ostenta el protagonismo de Asia en este periodo.
Fuente:
Romero-Girón Deleito, Juan (2022). Historia de la Cartografía. La evolución de los mapas. El mundo medieval, de Bizancio al Renacimiento. Centro Nacional de Información Geográfica, 2022.
